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jueves, 23 de abril de 2026

El jardín donde suenan los nombres

 



       

      Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID

 

Fue la tarde de domingo 19 de abril en el jardín que da entrada al Museo López Torres de Tomelloso. La primavera estaba recién estrenada y, en el improvisado escenario, unos alelíes blancos —tan limpios, tan humildes— parecían haber sido colocados para recordar que hay belleza incluso cuando todo duele.

Lo más relevante no era el protocolo, ni los saludos, ni el orden del acto. Lo más importante era escuchar los nombres. No los de todos —faltan muchos más—, pero sí los de quienes murieron en nuestra comunidad castellanomanchega y en otros puntos de España durante la pandemia del COVID de 2020. Los nombres fueron cayendo, uno a uno, en una tarde quieta, acompañados por un viento suave que, como si también estuviera conmovido, arrancaba pequeños brotes tiernos de árboles y arbustos.

La voz del concejal de Cultura, Antonio Calvo, abrió el homenaje. A su lado estaban el alcalde, Javier Navarro, y los concejales de gobierno Elena Villahermosa, Rocío Valentín y Jesús Lara. También María José Saiz Zamora, presidenta de la Asociación de Afectados por el COVID de CastillaLa Mancha. Y, al final, como un cierre de luz —o quizá de consuelo—, la coral de Tomelloso Lux Aeterna puso música donde ya no alcanzaban las palabras.

En torno a todo aquello, el jardín seguía siendo jardín: revoloteaban abejas e insectos pequeños alrededor de flores y arbustos, ajenos y, a la vez, íntimamente vinculados al silencio humano. La tarde estaba poblada de familiares y amigos; se veía en las miradas esa nostalgia que no es solo recordar, sino volver a atravesar. Había una tristeza tenue, como una pátina en los ojos, esa transparencia gris que dejan los días que nadie querría revivir y, sin embargo, vuelven.

El lugar también hablaba. Rodeado por una verja de hierro que se cierra por la noche, el jardín guardaba una antigua condición de recinto sagrado. Aquí estuvo el primer cementerio de Tomelloso; aquí, durante años, el sacerdote católico entraba con paso lento para acompañar a enterrar a un vecino del pueblo. El tiempo pasó y el camposanto se transformó en jardín; pero hay sitios que conservan, como una respiración antigua, el eco de lo que fueron. En este, siempre se ha respirado paz. Una paz que se siente como si la tierra todavía recordara aquellas bendiciones.

Yo también lo recordaba, pero desde otro lugar: desde mi infancia. Fue aquí donde venía a jugar alrededor de la fuente grande, redonda, con baranda de hierro. En el centro estaba el pescador policromado, Lorencete, mirando desde su pedestal, con la caña en la mano y una cesta de piedra a su lado, como si en ella pudieran guardarse los peces que nadaban y se deslizaban en el agua. Los niños nos asomábamos apoyados en la baranda para verlos ir y venir por el fondo, como si su movimiento fuese un secreto del mundo.

Por entonces las adelfas eran más grandes, más frondosas, y crecían a la sombra de moreras blancas y negras. Los gorriones y los jilgueros confundían sus cantos con las voces infantiles. La paz del jardín tenía algo de patio protegido, de casa sin techo, de refugio. Y, a la vez, tenía algo de respeto, como si la alegría —la risa de los niños, los pasos de los mayores— nunca hubiera terminado de borrar del todo la solemnidad del lugar.

En años pasados, también hubo fiesta aquí. Se celebraban los bailes de la feria, la cena de gala de la Fiesta de las Letras, con su reina y sus damas y los poetas galardonados. La música no llenaba solo el recinto; se derramaba por las calles de alrededor, y los vecinos la escuchaban sentados en las puertas de sus casas, cogiendo el fresco de la noche veraniega de agosto. El jardín parecía entonces una plaza pequeña, un corazón abierto.

Ahora custodia la entrada del museo donde cuelgan las pinturas del viejo maestro Antonio López Torres, y su realismo —sereno, atento a lo verdadero— se funde con el sosiego del lugar. Belleza y quietud en el mismo punto, como si el jardín y los cuadros fueran dos formas de decir lo mismo: que la vida, incluso cuando se rompe, sigue teniendo una claridad secreta.

Y allí, en esa tarde de domingo abrileño, los nombres de los que murieron en la pandemia del COVID volvieron a hacerse presentes. Yo escuchaba las edades, los pueblos, los lugares de esta tierra. Y no podía evitar visualizar a quienes ya había conocido, ponerles rostro, recordar gestos. El silencio solo se interrumpía por unas notas musicales y por la brisa, que despeinaba las hojas primeras de la primavera. Cada nombre era una puerta. Cada nombre, una presencia.

Pensé entonces que, a veces, los muertos —nuestros muertos amados— nos traen a recintos que también ellos conocieron. Como si la memoria no fuese solo un acto de la mente, sino una forma de caminar por el mundo. He aprendido que nada sucede por casualidad; o, al menos, que hay casualidades que parecen demasiado exactas para ser solo azar.

Y en esa tarde sentí algo que no sé explicar del todo: que los nombrados, las personas que fallecieron en esa triste pandemia estaban a nuestro lado, siendo parte del jardín y de la tarde. Como si el viento pronunciara con nosotros no solo los nombre, también la brisa nos traía sus presencias. Como si los brotes tiernos que caían al suelo fueran una manera de decir: aquí estuvieron, aquí están, aquí se les nombra para que no se borren de nuestra memoria.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Últimos días de diciembre en Tomelloso


Permanecen callados, sin viento, más allá del ruido de la ciudad y del murmullo de las palabras estériles de tantas voces vacías y sin otro fruto que su afán de mirar escaparates  y pertenecer a la perecedera voz de comprar y comprar sin tino ni medida. El aire concluye en ellos su viaje. Se detiene seducido por la belleza fascinante de su gracia, y como velo venido desde el cielo las nubes rocían con su sombra los ramajes que impertérritos, soportan el frío del invierno. De perlas ha cubierto la niebla que se aleja  cedros, abetos, árboles y tejados sin otra obligación que dejarse desvanecer cuando el sol rompa la densidad que el amanecer trajo consigo.     
Este veinticinco de diciembre  hay silencio en parques y plazuelas pareciera que en esos lugares la Providencia no quisiera que el nacimiento de Jesús, aquél niño nacido de una virgen, según está escrito en las escrituras sagradas, no quisiera hacer partícipe a esta naturaleza reglada por  las leyes locales de los ayuntamientos de esa noticia difundida por altavoces  y televisiones. Los miro solos en mitad de una ciudad dormida con su silencio místico que de nada alardea y a mí alrededor creo escuchar la humanidad sufriente.
Aquí junto al corazón de la tierra  sometida por  manos humanas de jardineros   especialistas en jardines de diseño, siento detenerse la vida de todos los que han marchado a esa otra dimensión que no comprendo.  Vuelan las nubes y al mirarlas intento seguirlas y con ellas, seguir volando al infinito adonde quisiera encontrar a todos los que ya no veo. 
El alma de los árboles, las hojas esparcidas y las semillas muertas me traen el rostro de otros diciembres que ya pasaron. Que no regresarán con los que en esos días pasaban por este pueblo mío, tan amado por ellos y por mí.
Ando sin prisa por entre la anónima paz que me rodea dejando que en mis zapatos el barro humedo de la tierra se plegue a  las suelas. Y de nuevo recuerdo a los que se marcharon en Berlín en medio de las luces navideñas. Se quedaron con el impulso de la vida roto, sin otro mérito para perecer que vivir en medio de una ciudad de paz. Una ciudad acogedora para los que creen en la Navidad y para todos aquellos que tienen otras creencias diferentes. Berlineses de otras latitudes y lugares lejanos; berlineses porque pisan sus calles y los cubre su cielo. Sigo andando y en el silencio escucho esos pasos que se quedaron sin ser dados. Miro a la altura y el cielo tormasolado  hace figitiva a la niebla.
Es Navidad en Tomelloso y en todos los lugares donde la llegada del invierno la unimos con el nacimiento de Dios entre nsotros y, de nada vale que nieguen los ateos su existencia y con soberbia iracional, sostengan que Dios no existe, sin poder demostrarlo,  porque a pesar de su negación también celebran la navidad.  
Arrastramos dudas y convencimientos en temas filosoficos desde épocas tan lejanas que no han sido acuñadas en escritura y sí, trasmitidas oralmente. Sabiduría inmemorial o ignorancia, la una y la otra son aplicables en el transcurrir humano. Ante esta verdad para todos es Navidad, exceptuando a todo aquél que no respeta la convivencia pácifica. Diciembre ha vuelto a encender velas en Berlín y a dejar flores en el suelo que de nada sirven, cuando ninguno de esos gestos hará volver a los que se quedaron sin vida como flores muertas sobre el asfalto. Recuperar sus vidas es imposible, tan imposible como tocar la nubes con mis manos.   


                                                                                         Natividad Cepeda
Arte digital: N Cepeda

domingo, 30 de octubre de 2016

Madrigueras y socavones que nadie quiere ver

 Estoy mirando mi ciudad con esa tristeza que tienen  las flores sin perfume de los invernaderos. Antes, cuando en la ciudad florecían las flores su perfume inundaba los alrededores y embriagaban las rosas al pasar junto a ellas. Y cuando noviembre  se vestía de luto por los muertos  su elegía era un muestrario de flores en mi cementerio. Invisible  llegaba aluna lluvia a llorar con nosotros y caían sus lágrimas sobre las tumbas y las flores dejando un aroma  prendido de nostalgia en todos los rincones de mi cementerio. Las almas de los muertos suplicaban oraciones desde sus tumbas florecidas. Las había con flores sencillas, humildes que habían sido cortadas en los patios  de la familia, dejadas sin atavíos de cintas y papeles de celofanes. Se reconocían por la profusión de sándalo y crestas granates, laurel y margaritas pequeñas, hierbaluisa y claveles dejados con primor artesano sobre la tumba. Olían a patio encalado y tiestos  de latas de tomate y cubas vacías de aceitunas. Sí, eran flores con nombre propio cuidadas por amos amorosas que las dejaban sobre las tumbas con la emoción de seguir a mando a quien ya reposaba en el lugar sagrado sin otras confusiones que amar a pesar de la muerte y por encima de esa distancia corporal que no erradicaba lo que albergaba el alma y el corazón.  En la memoria seguían existiendo todos los que no estaban.
Un día las flores dejaron de ser plantadas en los patios y se comercializaron como las hamburguesas de las multinacionales, que no saben a nada, son caras  y para más inri, las sirven en cartones sin camareros; y como ganado manipulado se pasa a consumirlas sin protestar por nada. Así llegaron las flores sin aromas perfectas en tamaño y a punto para ser compradas y llevadas a todos los cementerios.  Los centauros de las emociones se fueron disipando entre centros florales  de formas y colores de flores exóticas, además de las flores logradas con híbridos mestizajes sin el aroma aquél que tenía mi ciudad en parterres y parques y también por noviembre en el cementerio de mi ciudad.
Ahora el cementerio carece de ese aroma que transportaba a los hogares donde los muertos habían vivido. Hay  más flores que entonces, todo es suntuoso, elegante pero carece de aquello que lo hacía inmortal, creíble y pródigo en ver ante las tumbas unos labios moviéndose  al ritmo tenue y silencioso, como leve murmullo de la oración que salía de los labios de cuantos de pie, estaban junto a sus muertos. Mi ciudad ha cambiado, es distinta y perdió los aromas  que prohijaba a los muertos y a los vivos entre sus paredes.  Y  en esa elegía sin ornamentos  de falso oropel, en algunas tumbas había romero y tomillo traído desde el monte, donde  todavía los conejos había que buscarlos porque sus madrigueras no eran socavones múltiples en terrenos labrados y en parque industriales, donde se plantaron jardines para las empresas que no llegaron y son habitados por ellos.
Recordar es retroceder al viejo solar del pasado. Es, mirar mi ciudad en su espejo presente  llena de incertidumbre, de ese miedo que no dice y se palpa cuando la noche cae sobre sus calles y casi nadie la transita a pie.  En ese espejo hay que protegernos todos porque somos unos desconocidos no fiables.
Yo también compro gladiolos y flores sin aromas y los dejo junto a los que perdí,  lloro sin lluvia y sin ellos, porque todavía veo los socavones que nadie quiere ver y sigo sola sin esconderme en las madrigueras actuales donde demasiadas veces escucho que algunos jóvenes se han suicidado en mi ciudad, a pesar de tener botellón y fiestas diferentes con libertad y sin melancolía ni nostalgias envueltos en disfraces que promulgan la felicidad sin conseguirla.


                                                                                                                         Natividad Cepeda

Arte digital: N Cepeda


domingo, 25 de octubre de 2015

Murieron en octubre


Murieron en octubre cuando tenían los ojos soñadores igual que las ventanas de los ríos cuando salen al mar y se zambullen entre corales y peces de océanos lejanos.
Tenían ese día en los labios llamaradas de risas y pasiones de esperanzas, de fuegos venidos desde adentro  igual que el magma de la tierra.
Tenían en esas horas regatos de agua dulce donde saciar la carne dolorida de fracasos y heridas…
Tenían la vida por sus venas con sus fracasos de cada nuevo día y el bosque donde volar pájaros sin alas, porque los hijos, nuestros hijos, los que todas las mujeres acunamos son los que llevan alas, las nuestras, y las de todos los hombres que salen del vientre de la que entrega vida cuando pare.
Tenían la inacabada idea de vivir a pesar de las sombras de la duda, a pesar de las equivocaciones y los golpes, a pesar del error de haberlos conocidos cuando inesperadamente una tormenta de sangre y de tragedia  las dejó  sin respuesta y sin quejas.
Tenían a los jueces y a los magistrados, a los delegados y a las asociaciones, a los publicitarios y a las cadenas de televisión acuñando eslóganes inútiles en campañas, donde esconder la afrenta de las muertes anteriores toda la cobardía de no cambiar sentencias con palabras edulcoradas envueltas en progreso, libertad y avances diferentes a los de antaño, a los que no sirvieron, ni sirven para nada:
Todos los que  acabaron con otras muchas vidas… y en ese universo resbaladizo y lleno de vaguedad y esnobismo se quedaron rajadas,
muertas en este octubre español las mujeres asesinadas,  como otras mujeres en el mundo, con velas y flores en aceras, con zapatos pintados de rojo y sin respuesta para tanta violencia ejercida en ellas, y sensibilidad  para sus asesinos, cuando salen con las caras tapadas para que no descubramos el rostro  que se oculta detrás de capuchas y gorros, de bufandas y cuellos alzados… Ellos lo tienen todo y ellas, las mujeres que ha muerto y mueren, el olvido.
Mañana, cuando alguna otra muera a manos de verdugos socialmente tratados con leyes de seda y condenas de risa, mañana la vergüenza de ser libres se volverá pequeña, invisible, asquerosamente inservible como ahora cuando mueren mujeres en el mundo y en España, y las leyes no las cambian.
Hoy ya no hay llantos, solo voces de un día y el silencio en las tumbas de las que ya no volverán a ver la vida.


                                                                                                  Natividad Cepeda   
Arte digital: N. Cepeda 

sábado, 1 de febrero de 2014

YO CONOZCO UN AMOR DE NOSTALGIA

Lo vi por vez primera una noche de luna de febrero.
Aún hacía frío, y por las nubes lejanas, viajaba
la flor de los almendros, pariendo con sus pétalos
rosados, montes en los perfiles de la aurora.
Nos miramos igual que las estrellas se miran  en el mar,
lo mismo que los álamos se miran en el río,
igual que la lluvia se mira en el ventanal de las vidrieras,
o como los niños se miran en los charcos que dejó la tormenta.
Nos vimos, y después de mirarnos, proseguimos,
sin volver ninguno de los dos la cabeza. Cada cual a lo suyo.








La luz caía inmaculada sobre la carretera y los campos,
el aire, pasajero del mundo, besaba la frente de la tierra.
Y lo volví a encontrar, cayéndole el aroma de las flores
del almendro por sus manos  morenas. Y se perdió en la tarde.
Ardía la leña en el fuego, las brasas me hicieron recordarlo.
Eran sus ojos, apresurados y ardientes, lo que el fuego tenía.
Y salí a la calle a sentir la infinita tristeza de la nieve,
a ver los nacimientos de barro tiritando, a perderme en las calles
por si volvía a estremecerme con su encuentro.
Encontrarlo me seducía igual que una canción de medianoche.
La gente bajaba corriendo  porque el viento del norte llegaba
por plazas y rincones. Al azar entré en la Cafetería de las Flores.

Detrás de sus cristales  destilaban rocío los capullos de almendro.
Me quedé mirando la vidriera empañada y recordé febrero...
Se quebraba el frío en los muros helados cuando sentí dos brasas
quemándome la cara. Y se sentó a mi lado como un ave
que descansa de una gran travesía. 
Fue absoluta la huella de su beso.
                                        Se marchó con la noche, dejándome su ausencia, 
                                        una nostalgia eterna.


                                                                                                      Natividad Cepeda.



II Premio de Poemas de Amor de Conil  (Cádiz) Febrero de 2002

jueves, 11 de abril de 2013

A mi Señor: Don Quijote de la Mancha



 
         Mi Señor Don Quijote:
                                             Habéis de saber que jamás tendré otro caballero que no seáis Vos. Lo reitero en ésta carta que comienza sin fecha ni día, porque todo el amor me irrumpe como un campo de amapolas en mayo.
Todos saben que mi nombre es Dulcinea; dama de mi Señor, al que también se le conoce como el Caballero de la Triste Figura, el mayor defensor de los oprimidos, el único idealista que no se cansa de cabalgar por encima del tiempo para imponer justicia allá donde no la hay.
Vos, no ignoráis que solo nací para amaros y ser amada por vos.
Sin vuestro nombre en mis labios mi existencia no tendría razón de ser.

Los dos nos hallamos en un espacio sin tiempo terrenal, inermes, ante la profunda sed de nuestro amor.
Dicen los muchos viajeros que sois un loco echado a los caminos para desfacer entuertos, que de tan locura estáis llenos que se duda de mi existencia. Pero mi Señor; los rumores de nuestro amor se extienden como polen y son muchos,
 -mujeres y hombres- los que nos envidian. Tú eres para mi distancia y tiempo de geografía dilatada, y se condensa mi amor por detrás de la tarde y, fugitiva de lo que me rodea, me interno en tu voz y en tu figura  masculina. 
Así, te imagino cansado, detenido al repecho de un derrumbado hastial, mientras nuevos y jóvenes lectores dejan sus libros de texto y leen tus aventuras.
Yo en estos días de comunicación desorbitada y febril, donde la prensa, destaca las muchas muertes de mujeres a manos de malos hombres, me refugio en tu conmovedor amor y cierro mis ojos para guardar dentro de mi soledad vuestra mirada.
Me enamoré del azul transparente de las tardes manchegas hace ya mucho tiempo: dicen que la Mancha es un mar de llanura por donde los sueños navegan...  como perdida me quedo desmigando nuestros muchos naufragios, mirando la ciudad con los rostros que en ella deambulan. Todo cabe entre sus paredes y sus calles, el deseo de recibir una caricia sin testigos frente a la tarde que adolece de luz. Y en el juego de luces crepusculares dejar que vuestra ausencia se desvanezca y me asistan vuestras manos, su tacto  y su temblor, sentirlas por mi piel  como una procesión de estrellas primerizas.

Por eso ahora turbada, llena de eternidad y de misterio escribo esta carta empapada de tiempo. Tiempo cosido a tus aventuras, a la inmensidad de tus hazañas, a tu doliente grito enfrentado a tanto malandrín que puebla nuestro mundo, y nos mancha la dignidad, y nos ensucia  la alacena cuando desde la televisión, nos dicen que la sangre de un cuerpo de mujer ha vuelto a oscurecer el sol.
Yo, que solo por vuestro amor fui llamada bella, emperatriz y señora, princesa y dama a la que desde entonces cantan los trovadores y poetas, os escribo desde la niebla de los días, entre este jirón de vida que nos asiste, y nos hace coincidir en este nuevo siglo, para así demostrar que los milagros aún son necesarios y precisos, porque sin ellos el camino al futuro sería un triste funeral, una tumba donde ni la yerba crecería porque se me hiela la sangre ante  tanta miseria y destrucción.

Mi buen amor, mi señor, don Quijote, en estos días os digo que me siento como un ángel sin alas, roto, y cubierto de sangre que me llama y reclama, que os suplique, que por Dios, vengáis de donde estéis a defender a tantas pobres mujeres maltratadas, ultrajadas, vejadas, violadas, asesinadas como si el fruto de aquella manzana primigenia aún nos pasara cuentas... Sé que solo vos, defenderéis a esas damas sin hacerles preguntas, sin repasar sus vidas, sin pensar que alguna se lo tenía merecido.
¡Oh, Dios! no sé,  las que ahora están amenazadas dónde podrán hallar cobijo. No lo sé, y me siento yo misma por ellas perseguida, y me duele la memoria de pensar en tantos nombres olvidados, y me tiemblan las manos cuando rezo por ellas...
Por eso mi señor don Quijote, os escribo esta carta, que sin fecha ni dirección os mando, para así calmar mi dolor y mi impotencia, y siento que por mis venas galopan el miedo y el dolor que junto a mi corazón llora por tanto amor asesinado. Cuando la recibáis, Señor Hidalgo, no dudéis en volver del más allá, las damas de hoy en día os reclamamos vuestra ayuda, y no es que todos los hombres sean malvados y perversos, no señor, pero algo de valentía y de coraje, sí que les falta para de una vez por todas acabar con  tantas muertes y hacer causa común y no mirar para otro lado...

Venir, mi amor, para no tener ángeles negros en los labios  dejándolos helados: para  derretir al frío;  este frío que cada día es más frío y tenebroso.

Venir, para dejar en las manos de las mujeres ramos de flores. Flores que sean recibidas por ellas, como tributo de amor, y no sean flores de mortaja y de adiós. Llegar,  para que esta arisca realidad termine, para que en la besana de la vida el luto no se convierta en algo cotidiano.
De verdad mi Señor, que ahora más que nunca necesito vuestros brazos, dejarme abandonada en vuestro pecho, escucharos, hablar, y comprender, que la nobleza de la estirpe masculina aún persiste, porque quiero volver a amar y en el rellano de mi sangre no sentir la violencia de la muerte; sentir que el amor es poderoso y que gracias a él  los buitres infernales del crimen  se disipan.
                                                                             Al borde de vuestro amor y mi esperanza esta mujer a la que llaman Aldonza y Dulcinea os  espera.


Abril:
en homenaje a Miguel de Cervantes.


                                                                                                    Natividad Cepeda 

Arte Digital: N. Cepeda