Todavía, a pesar del calor, la
tierra nos da frutos. En el tramo de viñas, el corazón se agita y late más
fuertemente al ver colgando los racimos; y es un milagro arrebatado contemplar,
en el dorado de la tarde, la nobleza que me da la tierra al verla coronada de
vides que resisten el calor del sol de julio.
Siento la plenitud del regalo
recibido de la tierra que nos alimenta desde el esfuerzo callado del labrador
que —solo, muy solo y olvidado— resiste a los pagos al fisco y reza de labios
hacia adentro para que todo eso que cabe en su alma sea el puente para saciar
el cuerpo sin perder el alma.
Acaso Dios le haya repartido
la herencia de la tierra, tan dura y perpetua, y él la cuida y la ama aun
sabiendo que, cuando Dios lo llame, nada se llevará consigo. Ese feudo quedará
para que otros que le reemplacen la cultiven; y, aun así, la toma entre sus
manos ásperas y cansadas, y la sigue cuidando como se cuida a los hijos, y la
ara y cultiva como ama y penetra el arado en la tierra.
Poema y fotografía Natividad
Cepeda©
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