El
mundo, la gente, la historia es una corona que se pone el tiempo mientras
nosotros lo ignoramos.
Yo creía que, cuando lograra uno de mis sueños, la locomotora del tiempo —de mi tiempo— se pararía y viviría eternamente ubicada en mi sueño. Y además, que ese sueño sería la fragancia de mi vida; pero no fue así. Después volví a soñar con otro sueño y poco a poco se convirtió en mi meta, y pensaba que ese sueño era mucho más poderoso que el primero. Y así, en el mar de la vida, mis sueños se fueron alojando en mi piel y fueron muchos, múltiples sueños semejantes a la arena de las playas, porque siempre había un nuevo sueño en el que me embarcaba para ser feliz. Y no echaba el ancla en ese mar mío.
Así, en las olas de la vida, un día miré mi piel y en ella, en las aristas que el tiempo había ido dejando como pequeñas líneas, como espaciados surcos en mi cuerpo, yo, que soy de tierra adentro, pensé que era hora de anclar y dejar de soñar, y quedarme parada, quieta, mirando y viviendo lo que tenía sin buscar nuevos sueños. Porque en esa búsqueda de encontrar nuevos sueños también había encontrado cruces y dejado lágrimas en su madero; y de pronto, ahora me faltaban aquellas personas de mi primer sueño y ahora que las había perdido, que se habían marchado en el mar de la vida en busca de la eternidad, las que llegaron no suplieron jamás a aquellas otras.
Aquellos, ellos, cuando los recuerdo me dejan como a la deriva de mi primer sueño y pienso que, después de tantas marejadas y vueltas de timón, los sigo añorando sin renunciar a los que fueron llegando, los que me trajo el viento de la vida y que también han ido desapareciendo en esas travesías que son los viajes de las universidades, del trabajo, de crecer y alejarse, como siempre ha ocurrido. Sí, desde la antigüedad remota yo nací, crecí y volé fuera del mar familiar, y en mis hombros llevo esa pesadumbre de haber dejado marchar a mis padres, y ahora a mis hijos y a mis nietos; y en esa unidad de soplar de los vientos los he dejado ir y a la vez los detengo a mi lado, en silencio, porque sin ellos, entonces, ¿dónde estarían mis sueños?
Cuando amanece miro el planeta Venus, esa estrella que mi madre me señalaba cuando caminábamos al amanecer camino de la casa de sus padres, buscando sin que ella lo dijera aquel primer hogar que abandonó para fundar el suyo. Recorro ese camino de las calles que recorrí con ella y veo, mirando a la estrella, que aunque no recorro aquellas calles cogida de su mano, la estrella y mi madre están conmigo.
Y sé, ahora sé, que las ausencias son más numerosas y que yo, en esas ausencias y en ese conocimiento de vivir con todos ellos, es donde habitan mis sueños; no todos, porque para amarlos a todos ellos renuncié a otros. Sí, he echado el ancla y me quedo sin mar y sin barco, esperando que alguno de ellos venga hasta mi playa y me cuente sus viajes, y también escucho los sueños de mis nietos y, en silencio, embargada por esos sueños suyos, vuelvo a revivir los míos y navego sin remos y sin mar, sabiendo que la vida, mi vida, es y ha sido un viaje plagado de sueños.
Natividad Cepeda