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martes, 23 de junio de 2026

Noche de San Juan

 



Esta noche por la Vía Láctea se calcinan

estrellas y regresan sortilegios

entre el aliento de todos los misterios. 

 

Desfila ese tiempo olvidado que yace

en la penumbra del pensamiento

con preludio de brasas, y yo alargo

mi pábilo, y alumbro sendas de paz

para este tiempo oscuro de guerras. 

 

La noche comienza su viaje, con ella

me diluyo en el fuego ancestral y mágico

de San Juan, recostada en mi soledad

frente a la certeza de que las llamas

limpiaran mi alma de inútiles nostalgias. 

 

Noche de San Juan, cruzan las estrellas

rápidas por la noche y nada pido,

las miro y en todas ellas veo mis sueños,

y con ellos a todos aquellos a los que amé

y ya no tengo, y a los que amo hoy

y son mis estrellas en esta noche mágica. 

 

Poema y fotografía © Natividad Cepeda  

jueves, 23 de abril de 2026

Elegía para un homenaje a nuestros ausentes

 


 

Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID.

 

Lo recuerdo.

Lo recuerdo como días de lágrimas en los ojos:
fluidas, constantes.
Lo recuerdo como la marca de las pupilas rojas
y el desamparo humano
bajo la ley más cruda
que hasta entonces habíamos vivido.

Lo recuerdo.

El COVID fue un enemigo desconocido,
un daño sin rostro,
que nos hirió
y nos dejó vacíos de esperanza,
como atados a la muerte,
como haces de leña,
como gavillas:
sin orgullo,
con miedo,
con una tristeza
que carecía de palabras.

Fue en aquellos meses funestos,
marzo y abril de dos mil veinte,
cuando nos sentimos desposeídos
de la vida…
y hasta de la dignidad
de amar
y demostrarlo.

Se nos fueron los que amábamos.
Se nos fueron desperdigados
como motas de polvo.
Se nos fueron solos,
tras el oscuro rostro de la muerte.
Se nos fueron
sin cera de velas encendidas en el templo,
sin el calor de una mano última,
sin la despedida que sostiene el alma.

Y ahora… que ha pasado el tiempo,
unimos palabras.
Unimos palabras para no apagar aquellos rostros
que sentimos cercanos.
Porque el tiempo no borra:
el tiempo ordena el dolor,
pero no lo cancela.

Ahora… que ha pasado el tiempo,
no podemos esquivar el dolor de haberlos perdido.
Y al recordar lo vivido
nos sentimos desolados
porque nos falta aquella despedida
que no pudimos darles.

Nos duele todavía —sí—
que fueran arrancados de nosotros.
Nos duele no haber podido cerrarles los ojos
y besar su rostro.
Nos duele esa ausencia concreta:
la ausencia de lo sencillo,
la ausencia de lo humano.

Aun así, seguimos unidos.
Unidos a ellos, a ellas,
en la infinita llanura del corazón
plagado de ausencias.

Ya no gritamos como en aquellos días.
Ya no estamos desgarrados de la misma manera.
Pero seguimos…
cercanos.
Y, a veces, mendigando su amor:
ese amor que nos falta
y que nadie ha podido paliar.

Porque con su marcha
nos quedamos a oscuras.
Se desgastaron los días
al no sentir sus manos en las nuestras,
al no ver su sonrisa
iluminando la vida.

Y sin embargo…
en nuestras miradas
llevamos su luz.

La percibimos al mirar el atardecer.
Porque cuando el día se despide
y la noche regresa de su viaje astral,
os sentimos…

os sentimos
en las primeras estrellas
que encienden nuestro cielo.

En esa longitud sideral
está vuestro legado:
el amor que nos dejasteis.
La luz que nos dais
cuando os nombramos.
La luz que abre senderos
para seguir caminando…
con paz.

Os seguimos amando.
Perdimos vuestra materia,
vuestros cuerpos amados,
pero no vuestro aliento.

Ese aliento que sobrepasa la muerte
y la distancia.
Ese aliento que nos marca
y nos hace sentiros a nuestro lado,
enhebrando los días a través de vosotros
en esta costura eterna
que es la vida
y la muerte.

Y es ahora, hoy,
en esta elegía compartida,
cuando decimos algo que sabemos de verdad:

que estáis a nuestro lado.
Que remontáis la muerte a contracorriente
en nuestra memoria,
en nuestras palabras,
en lo que amamos.

Porque sois parte nuestra.
Y el olvido…
el olvido es mentira.
Una falacia que no puede borrar
la fuerza del amor.

El amor es un río
que nos une
y nos guía.

Y sí:
si, todavía sentimos la tragedia vivida.
La impotencia de respetar las leyes.
La herida de lo inevitable.
Y a veces nos sentimos estafados,
y duele como si el cierzo
se infiltrara por dentro.

Pero nos hacemos racimo con vosotros.
Uvas de lagar
que esperan volver a recobraros
cuando crucemos al otro lado.

Y mientras tanto,
seguimos proclamando:
que os amamos.
Sois los nuestros.
Aquellos que perdimos
en la terrible pandemia.

Aquellos que se fueron
sin el duelo preciso.
Aquellos que elevaron sus alas hacia el cielo
y nos dejaron heridos con su marcha.

Pero sabemos también —lo sabemos—
que estáis en los senderos de cada amanecer.
En cada gota de rocío.
En cada flor que nace en primavera.
En el gorjeo de las aves
bajo el cielo azul y claro de Tomelloso,

en los cielos de toda Castilla- La Mancha,
y en la corteza hermosa
de la tierra desnuda.

 

Esperadnos.
Esperadnos
en la dulce nostalgia de esta primavera.

Para cuando partamos,
vosotros nos mostréis el camino hacia vuestro lado.
Para convertirnos en estrellas
y alumbrar nuestros cielos manchegos.
Y para conocer el amor infinito de Dios,
Alfa y Omega,
por encima de la muerte
y de la vida.

Sabedlo: sabedlo…

Os seguimos amando.
                                         Natividad Cepeda

 

 

Poema leído el domingo 19 de abril de 2026 en la Glorieta de María Cristina de Tomelloso en el Homenaje a Victimas del COVID.

Fotografía del periódico La voz de Tomelloso.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Maternidad

 

   


       

 

Llegan por caminos de autovías

digitales sonidos de campanas

con murmullos de voces y acordes

celestiales con músicas al aire

anunciando alegres navidades.

 

Llegan con un rostro de Dios ateo

y consumista en las noches con luces

eléctricas como si esas luces

taparan las tragedias que a bordo

 de silencios navegan por la vida.

 

Llegan pobres heraldos de tristezas

en el resplandor fatuo de las grandes

ciudades naufragando en buques

de miseria sin calor sin techo ni cobijo

para los huesos de los que nada tienen.

 

Llegan madres con hijos de luz

entre sus brazos llenando el Universo

de amor por los senderos de la tierra

en autopistas de entrega sin medida

igual que el Hijo de Dios vino a nosotros.

 

Baja la luz de las estrellas en diciembre

en dulce consonancia de armonías

y en el eco lejano se escucha un aleluya

gracias a la maternidad divina de María

y entonces la Navidad nos ilumina

                                                                   

                               Natividad Cepeda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 30 de agosto de 2021

Perseidas en los senderos del cielo


Cuando cruzan las brillantes perseidas en el cielo no dejan huella alguna. Al buscarlas, en esa inmensidad sin límite jamás he percibido viento cósmico que  dispersara sus fulgores. Recuerdo que allá en esa infancia lejana de mi memoria me decían, las mujeres que apenas si sabían firmar, que algunas estrellas fugaces eran las almas de las buenas personas que al morir iban al cielo. Yo les preguntaba como lo sabían y ellas me dijeron que si al mirar la estrella me recorría un escalofrió, entonces que no dudará que alguien moría y volaba arriba. Las recuerdo sentadas junto al pozo de aquella tierra de mis padres en el paraje llamado de las Tres casas. Sentadas en silencio mirando al infinito, hermosas y profanas.  Ninguna de ellas había estudiado astronomía, ni leído a poetas insignes, cantaban algunas coplas que yo desconocía y señalaban la Vía Láctea llamándola el Camino de Santiago. Fueron ellas las que me dijeron que algunas noches cuando cruzan muchos cometas es porque el apóstol Santiago galopa en su caballo blanco guiando a los muertos que  han perdido el camino. Eran mujeres oscuras, anónimas con creencias de fe enraizadas en otras paganas. Rezaban ensalmos que curaban, que de ellas aprendí, prometiendo no decírselo a nadie.

Las perseidas otras veces eran antiguas magas desterradas al cielo a causa de la envidia de hombres y mujeres hacía ellas. ¿Por qué? les preguntaba, y ellas sonreían ante mi ignorancia mientras la noche iluminaba sus miradas mostrando sus brazos musculosos con sus mangas remangadas por encima del codo, brazos torneados y blancos, lo mismo que sus blusas interiores, desabrochadas hasta mostrar el canalillo donde empieza el pecho. Senos firmes y altos que nadie adivinaba cuando se tapaban. Si una estrella cruzaba como un relámpago auguraba a quien la había visto en silencio, que a lo largo del año tendría noches fogosas. Y reían al imaginarlo. Y quien no veía estrellas fugaces  era porque  le faltaba lumbre en el corazón o tenía mala niebla en el alma.

Perseidas y dormir fuera de la casa, fuera de las habitaciones y lejos de los hombres para que la magia de la noche las cubriera. Mujeres aquellas que conocían los sonidos de las aves nocturnas, del ratón que corría  y de donde llegaba el aire por el aroma que traía. Las recuerdo leyéndose el futuro por dibujos que hacían en la tierra, por el agua que traspasaba el cristal y aparecía un prisma de colores que ellas decían que eran puertas por donde entramos y salimos en el transcurso de nuestra vida. Ante  ellas me sentía desnuda, pequeña, y a la vez deseosa de que me enseñaran lo que ellas sabían.

Ninguna de ellas  me traición, ni me olvidó. Éramos diferentes y a la vez iguales. La envidia, niña, me dijeron, es una sarna que no se quita y es un camino oscuro lleno de ingratitud; cierra la puerta a los envidiosos, a los que te quiten varas de pellejo y son desagradecidos. Por entonces aquellas palabras para mí no tenían sentido eran palabras que sonaban  distintas, calientes, como la cal viva cuando hervía en viejas calderas destinadas a encalar  paredes de tierra apisonada para cubrir los cuadriláteros de tapiales de cientos de años. Mujeres desdeñosas de mendigar caricias con hogaza de amor para sus hijos y un cartapacio de saber entre sus manos ajadas de uñas limpias sin lacas de colores. Mujeres como lo fue mi madre, que me enseñó a salar jamones, a cocer los membrillos y hacer carne membrillo, las jaleas, las conservas de tomate y pimiento, las berenjenas encurtidas en las orzas de barro para el verano, los tomates en sal, el letuario para el arrope, con el mosto más dulce de septiembre, la pepitoria que se servía en la celebración de bodas…

Mujeres que amasaron adobes con sus manos desde la infancia ayudando a la economía familiar y a las que sin decirlo les sobraban saberes. De aquello hoy se ha perdido su esencia, la verdad sin artificio alguno. Cuando cruzan en el cielo de agosto las perseidas en ellas las recuerdo. Regresan en la hondonada oscura de la noche estrellada y siento que me acogen igual que en el amanecer veo el lucero del alba y regreso a coger la  mano de mamá, señalándome con su mano el cielo y explicándome que aquella estrella era el planeta Venus. Perseidas y cabañuelas en labios de mujeres y hombres del medio agrícola prediciendo el futuro de los meses venideros. Mujeres y hombres apegados a los ancestros de viejas tradiciones hoy casi olvidadas o profanadas por su alteración y mangoneo ficticio.

Perseidas, partículas de sueños que cruzan por el cielo con su cola luminosa en la noche de agosto; lágrimas de amor por el  martirizado San Lorenzo, asado en la parrilla del emperador romano Valerio, que subieron al cielo aquél diez de agosto del 258. Perseo y la decapitación de Medusa brillando en la constelación del Norte… Estrellas que alumbran y nos acompañan desde sus lejanías muy olvidadas hoy por la luminosidad artificial de la electricidad y la ignorancia nuestra.

 

                                                                                                 Natividad Cepeda

 

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

Al otro lado del calor el retorno a las camas de los hospitales

           

En las noches estivales se ha olvidado el bicho que pulula por el mundo de nombre  Covid-19 y su incidencia en nuestras vidas y ciudades. Parece que el tiempo de la sensatez no existiera y bajo el sudor con aromas de desodorantes  crecen los ingresos y también las muertes. Allí, cuando se ingresa, la fiesta se termina dejando en el olvido reuniones de amigos  mientras el corazón se encoge y altera rogando a cualquier dios urbano que el médico sea algo más que un humano que nos presta su ayuda impartiendo la ciencia aprendida.

Como no disfrutar de las placidas noches veraniegas  olvidando tormentas tan cercanas plagadas de fugitivas sombras que tuvieron nombre y apellidos y, que se fueron por las sendas oscuras del olvido. Se han marchado amigos, familiares por esa puerta carente de rumores y casi nadie recuerda el vacío que hay en sus estancias. Ese silencio que pesa en las paredes, en los retratos y hasta en los paseos por donde coincidíamos y ahora ya jamás los vemos. 


Al otro lado del calor el retorno a las camas de los hospitalesAl otro lado del calor del verano parece que si no buscamos excitarnos con algarabía  resucitando ese pasado de botellón y reuniones masivas, la vida no es vida. Y sin embargo vivir no es perder  la vida y quedarse postrado en esas camas de hospital adonde no llegan los festejos de la reunión irresponsable. La enfermedad sale de nuevo a nuestro encuentro porque silenciosa permanece agazapada y nos engañamos creyendo que con la vacuna contra el Covid somos invencibles. Hace días visité el cementerio de mi ciudad y con tristeza entré al nuevo cementerio plagado de nombres conocidos, eran, son tantos los que allí descansan que no podía imaginarme cuantos se me habían ido.

En silencio fui recorriendo los paseos, leyendo los nombres y mirando las fotografías, donde las había, de tantas personas conocidas. El calor mostraba marchitas flores dejadas como señal de amor y fui saludando a los que sin vestiduras negras de luto, mostraban su luto en la mirada.  Volví al recuerdo del hospital , a sus camas y a sus largos pasillos que en la noche se quedan sumidos en penumbra y parece que el gozo de la vida en ellos no tienen cabida. Está mal visto hablar del dolor y de la muerte en nuestra sociedad amordazada de populismo absurdo. Está mal visto hablar de lo que es sagrado, aunque secretamente casi todos lo buscan porque el tiempo  es perpetuo y nosotros con él.

      Precisamente todas nuestras vivencias están plagadas de esa fuerza espiritual permanente e incesante de la que no podemos escapar, y si lo hacemos somos parias  con el deseo de regresar a nuestro origen.  Me duelen no solo las ciudades que amo, aquellas por las que anduve, y las otras; ciudades del mundo conocido  levemente imaginadas a través de mis ojos y de la lectura de su pasado y presente. Lo más nuestro es desear vivir en paz bajo las calles de las ciudades grandes y  pequeñas, yacer en nuestro habitad, admirando la vida que emerge de la que somos parte.

De pronto volvemos a olvidar que el mundo conocido es muy pequeño, igual que lo somos nosotros, viajeros  resguardados en los viejos solares de los antepasados. Residentes del cosmos, hijos de las estrellas… He pasado por muchos hospitales y en cada uno de ellos he visto y vivido la fragilidad humana en sus camas y estancias. Por eso no entiendo que se olvide lo que somos, frágiles como fino cristal que se quiebra y rompe y nadie puede reparar. Al mediodía a la hora del almuerzo bendigo la comida y ruego por los que les falta pan y techo, salud, trabajo y alegría porque no entiendo este virus, ni tampoco la muerte de miles de personas por hambre. Busco esa respuesta y no la encuentro.

 

Natividad Cepeda

 

 

 

sábado, 10 de abril de 2021

Poesía, camino indefinible de belleza


 


Los continentes, las nebulosas, las cometas, los agujeros negros, el sol que conocemos y aquellos otros que imaginamos en el desconocido infinito y dan vida a otras galaxias: todos fluyen para el escribidor de versos; los poetas, como la brisa nocturna que calma y alivia el negro de la noche.

Hasta el dolor y las lágrimas, la vejez y la muerte transforman el corazón de los poetas haciendo surgir su voz, desconocida incluso para ellos, resaltando en las palabras poéticas aspectos ordinarios que se convierten en únicos, cuando son elevados al plano inviolado de la poesía y se adentran en esa verdad del alma.

Cualquier acontecimiento sirve para el lenguaje poético, y en cualquier pueblo .ciudad o aldea nace entre esa multitud un poeta. Nace pequeño, sin timbales ni trompetas que anuncien su llegada. Vive con la contradicción de parecer igual a los otros aunque sólo él escuche cuando se despereza una flor, bosteza una estrella, se derrama la sangre de seres inocentes que, en la noche la luna recoge mientras llora, y la va dejando gota agota, en la línea azul del horizonte que se vuelve escarlata, cuando ella, ya sin lágrimas se cubre de luto y se marcha.

Todo poeta sabe que siempre estará solo, que en múltiples ocasiones se sentirá  derrotado y que en algún lugar hay un sueño perdido que a ellos, les corresponde recuperar.

Porque las rutas poéticas son infinitas, están sobre las rocas y el valle, sobre el mar y por las simas, despunta con el día y pueden también emerger con la noche. Son rutas de amantes y de apátridas, de desahuciados en camas de hospitales, o de niños perdidos por los campos de guerra...


 

Tal vez en esa frontera de los sueños es cuando los poetas retoman al murmullo exacto de la poesía, como retomamos  las huellas de nuestros antepasados, las huellas del recuerdo o la búsqueda de los primeros símbolos.

Tal vez todo depende de que los devastadores de la belleza no puedan comprar jamás a los poetas por unas cuantas monedas de curso legal. Tal vez la bondad nos depare el regalo de dejar en libertad a la poesía que nos habita por dentro, y así abarcar el corazón humano con el corazón del cosmos.

Si esto sucede nosotros, todos, seguiremos escribiendo poesía a pesar de ser unos soñadores y la poesía será un camino indefinible de belleza.

 

 

Natividad Cepeda.

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2020


 

Antes cuando yo era niña todas las viñas eran así cepas de vaso, sarmientos tocando la tierra y racimos absorbiendo su calor o su humedad.  Los vendimiadores y vendimiadoras iban continuamente mirando la cepa buscando entre sus arboleda verde los racimos prietos de uvas dulces. Algunas mujeres llevaban atado en el mandil una bolsa de tela con toda su abertura abierta y disimuladamente echaban en la talega de tela las uvas que por el calor se habían convertido en pasas.
El caporal cuando descubría la recogida de las pasas decía a las mujeres que no se podía perder el tiempo porque había que ganarse el jornal, después disimulaba y hacia como que no las veía coger las pasas y echarlas  en la talega de tela gris y negra confeccionada de la misma tela que la falda que por delante la doblaban y se la recogían atrás, con una laña grande, haciéndola caer como un pico o cola que tapaba todo el culo enfundado en los pantalones.
Por la noche el contenido lo vaciaban en una bolsa de tela mayor y  así día a día hasta lograr llenar el saquito de tela que luego se llevaban a su casa para comerlas en invierno de postre.
Las vendimias eran festivas porque al regresar a la casa de campo se escuchaba cantar algunas coplas y reían  si alguna de esas coplas eran graciosas con un toque picante. Los hombres cantaban por flamenco imitando a Antonio Molina, los menos y a Juanito Valderrama los más, porque era más fácil de imitar. 
Las noches de vendimia yo miraba al cielo estrellado asombrada de su grandeza y belleza mientras las mujeres contaban sus  cosas en susurro, para que los hombres no las escucharan, y los hombres, casi todos fumando tabaco negro, aguzaban el oído sin que se notara demasiado, para saber con la oreja estirada, de quien hablaban las mujeres. 
Entre los jóvenes solteros había miradas y a veces organizaban un baile de jotas al son de la sartén  y el cucharon mientras los mejores cantaores acompañaban con su voz la letras de las jotas. Al verlos cantar y bailar siempre me admiraba de que no estuvieran cansados después de la dura jornada. Eran tan alegres que parecía que todo era felicidad cuando en realidad, cada uno de ellos y de ellas, llevaban muchas preocupaciones  entre pecho y espalda.
Aquellas vendimias con las gentes de nuestros pueblos eran  muy diferentes de las de ahora. Vendimias duras, pero vendimias donde yo aprendí lo importante que es saber escuchar  para aprender de aquellos que, según ellos mismos, aseguraban no saber nada.
Comprobé el respeto entre todos ellos  y la forma de esperar turno para coger de la sartén la comida, como se troceaba el pan de cruz y se repartía entre unos y otros. También quien se pedía la orilla, que es el principio por donde se corta ese pan, para hacerse en su hueco una cata de tomate y  aguardar su turno si la petición era de varias personas. De aquellas vendimias salían amistades para toda la vida y rencores rozando la envidia, mascullada entre dientes tragándose la saliva para que casi nadie lo notara.
Con el calor se ponían pegajosas las manos de las uvas, en ellas  se dejaba caer agua del botijo, cuando, de cuando en cuando, se hacían pequeñas paradas para beber agua o liarse un cigarro. 
De aquél mundo rural no queda nada, al recordarlo tengo la sensación de que no ha existido o es muy posible que yo solo sea un recuerdo viajando  entre el teclado de un ordenador. 

Natividad Cepeda