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domingo, 3 de mayo de 2026

Calendario

 

Se señalan días para conmemorar recuerdos;

se anuncian fechas como faros de cartón

que nos guían hacia celebraciones

inventadas, laicas, profanas, y las seguimos sin pudor,

sin complejos, como queriendo creer

que fuimos nosotros quienes dictamos el guion.

 

Por el resbalón de los días nos dejamos asesorar:

celebra el día de la madre, celebra el día del amor,

celebra el día de la paz, celebra el día del niño,

celebra el día de cualquier cosa con tal de mantenernos

sumidos en un mundo ficticio, con tal de no mirar de frente

lo que no termina.

 

Y olvidamos las guerras que no acaban,

el hambre que enzarza vidas sin esperanza,

la herida que se repite hasta volverse paisaje.

 

Acumulamos errores y nos parece

que nadie nos mueve, que no estamos siendo dirigidos

como marionetas sin voluntad,

sin carácter, sin principios ni valores.

 

Llevamos grilletes invisibles instalados en el cerebro,

y aun así sonreímos cuando llega la fecha,

cuando toca aplaudir, cuando toca publicar,

cuando toca repetir.

 

Miramos las pantallas: del móvil,

del televisor, del juego

que nos incita a seguir entretenidos;

miramos y miramos y en ese mirar

se nos va la vida como agua entre los dedos.

 

Y no vemos que nos gobiernan

gobernantes astutos, a quienes no les importamos

como seres humanos, sino como parias:

para sacarnos el sudor, para exprimir la energía,

para convertir el tiempo en una moneda sin rostro.

 

Así vamos: callando, obedeciendo,

tragando ruido, celebrando migajas

mientras el mundo arde al fondo.

 

Así vamos mientras nuestra civilización

se hunde, y no lo vemos.

 

 

Natividad Cepeda

jueves, 23 de abril de 2026

Elegía para un homenaje a nuestros ausentes

 


 

Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID.

 

Lo recuerdo.

Lo recuerdo como días de lágrimas en los ojos:
fluidas, constantes.
Lo recuerdo como la marca de las pupilas rojas
y el desamparo humano
bajo la ley más cruda
que hasta entonces habíamos vivido.

Lo recuerdo.

El COVID fue un enemigo desconocido,
un daño sin rostro,
que nos hirió
y nos dejó vacíos de esperanza,
como atados a la muerte,
como haces de leña,
como gavillas:
sin orgullo,
con miedo,
con una tristeza
que carecía de palabras.

Fue en aquellos meses funestos,
marzo y abril de dos mil veinte,
cuando nos sentimos desposeídos
de la vida…
y hasta de la dignidad
de amar
y demostrarlo.

Se nos fueron los que amábamos.
Se nos fueron desperdigados
como motas de polvo.
Se nos fueron solos,
tras el oscuro rostro de la muerte.
Se nos fueron
sin cera de velas encendidas en el templo,
sin el calor de una mano última,
sin la despedida que sostiene el alma.

Y ahora… que ha pasado el tiempo,
unimos palabras.
Unimos palabras para no apagar aquellos rostros
que sentimos cercanos.
Porque el tiempo no borra:
el tiempo ordena el dolor,
pero no lo cancela.

Ahora… que ha pasado el tiempo,
no podemos esquivar el dolor de haberlos perdido.
Y al recordar lo vivido
nos sentimos desolados
porque nos falta aquella despedida
que no pudimos darles.

Nos duele todavía —sí—
que fueran arrancados de nosotros.
Nos duele no haber podido cerrarles los ojos
y besar su rostro.
Nos duele esa ausencia concreta:
la ausencia de lo sencillo,
la ausencia de lo humano.

Aun así, seguimos unidos.
Unidos a ellos, a ellas,
en la infinita llanura del corazón
plagado de ausencias.

Ya no gritamos como en aquellos días.
Ya no estamos desgarrados de la misma manera.
Pero seguimos…
cercanos.
Y, a veces, mendigando su amor:
ese amor que nos falta
y que nadie ha podido paliar.

Porque con su marcha
nos quedamos a oscuras.
Se desgastaron los días
al no sentir sus manos en las nuestras,
al no ver su sonrisa
iluminando la vida.

Y sin embargo…
en nuestras miradas
llevamos su luz.

La percibimos al mirar el atardecer.
Porque cuando el día se despide
y la noche regresa de su viaje astral,
os sentimos…

os sentimos
en las primeras estrellas
que encienden nuestro cielo.

En esa longitud sideral
está vuestro legado:
el amor que nos dejasteis.
La luz que nos dais
cuando os nombramos.
La luz que abre senderos
para seguir caminando…
con paz.

Os seguimos amando.
Perdimos vuestra materia,
vuestros cuerpos amados,
pero no vuestro aliento.

Ese aliento que sobrepasa la muerte
y la distancia.
Ese aliento que nos marca
y nos hace sentiros a nuestro lado,
enhebrando los días a través de vosotros
en esta costura eterna
que es la vida
y la muerte.

Y es ahora, hoy,
en esta elegía compartida,
cuando decimos algo que sabemos de verdad:

que estáis a nuestro lado.
Que remontáis la muerte a contracorriente
en nuestra memoria,
en nuestras palabras,
en lo que amamos.

Porque sois parte nuestra.
Y el olvido…
el olvido es mentira.
Una falacia que no puede borrar
la fuerza del amor.

El amor es un río
que nos une
y nos guía.

Y sí:
si, todavía sentimos la tragedia vivida.
La impotencia de respetar las leyes.
La herida de lo inevitable.
Y a veces nos sentimos estafados,
y duele como si el cierzo
se infiltrara por dentro.

Pero nos hacemos racimo con vosotros.
Uvas de lagar
que esperan volver a recobraros
cuando crucemos al otro lado.

Y mientras tanto,
seguimos proclamando:
que os amamos.
Sois los nuestros.
Aquellos que perdimos
en la terrible pandemia.

Aquellos que se fueron
sin el duelo preciso.
Aquellos que elevaron sus alas hacia el cielo
y nos dejaron heridos con su marcha.

Pero sabemos también —lo sabemos—
que estáis en los senderos de cada amanecer.
En cada gota de rocío.
En cada flor que nace en primavera.
En el gorjeo de las aves
bajo el cielo azul y claro de Tomelloso,

en los cielos de toda Castilla- La Mancha,
y en la corteza hermosa
de la tierra desnuda.

 

Esperadnos.
Esperadnos
en la dulce nostalgia de esta primavera.

Para cuando partamos,
vosotros nos mostréis el camino hacia vuestro lado.
Para convertirnos en estrellas
y alumbrar nuestros cielos manchegos.
Y para conocer el amor infinito de Dios,
Alfa y Omega,
por encima de la muerte
y de la vida.

Sabedlo: sabedlo…

Os seguimos amando.
                                         Natividad Cepeda

 

 

Poema leído el domingo 19 de abril de 2026 en la Glorieta de María Cristina de Tomelloso en el Homenaje a Victimas del COVID.

Fotografía del periódico La voz de Tomelloso.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuaresma fe y oración sobre los surcos de la vida

 


Febrero me ha signado con su luz espontánea y, en el horizonte, los días se alargan por pueblos y ciudades entre jirones de sombras y ruidos cotidianos de esta sociedad que casi no conoce el silencio. Febrero ha llegado con su cruz de ceniza en mi frente, recordándome al recibirla que soy polvo y en polvo me convertiré, pero también me ha traído, con la celebración del Miércoles de Ceniza, el inicio de la Cuaresma para nosotros, los católicos, que seguimos creyendo que después de la muerte hay otra luz que nos espera.

Porque ¿acaso creer y tener esperanza no es lo que nos enseñó Jesús de Nazaret, el Hijo de María Santísima, ¿su Madre?

Siento que caminar por estos días cuaresmales es similar a los surcos abiertos en la tierra por el arado, y a ese hombre o mujer que, al cultivar la tierra, tiene la esperanza de su recompensa. Esa es mi fe: ser surco labrado en la Cuaresma para despertar después a la Resurrección de Cristo resucitado.

Sin embargo, este tiempo no es tiempo de oración para muchos; incluso es tiempo de persecución en muchos países del mundo, desde Asia, África y América. Tampoco es bien vista la fe cristiana en Europa, esta Europa cristiana, infinita en milagros de fe, que ha llenado sus tierras de templos, iglesias y acontecimientos que escapan a la lógica. Podría enumerar santuarios y apariciones que la razón no puede explicar, pero no es necesario cuando la fe se siente sin necesidad de otros manuales.

Y así, bajo el silencio de la Cuaresma, emprendemos el camino silencioso de orar por mí y por los otros, bajo el estruendo de una sociedad embaucada en ficciones absurdas e irresponsables. A veces me pregunto: ¿hacia dónde vamos? Y en la oración callada encuentro mi norte.

Lo encuentro al caer la tarde, cuando, a solespones, me dirijo al templo para acudir a misa y sentir que en esa Eucaristía mi Cristo resucitado se hace presente. Entonces, la oscuridad que me rodea y me asombra se desvanece, y siento paz a pesar de las incertidumbres de la vida.

La Cuaresma es ese almendro florecido en febrero que ha desafiado la tempestad, la lluvia e incluso las heladas, y de pronto florece. Al mirarlo me asombro y percibo que Dios es mi Creador, porque ese milagro del almendro florecido lo han visto mis ojos.

Y así, en este laberinto que es la vida, camino con mis caídas y mi levantarme, porque a pesar de las tristezas, de la impotencia ante la crueldad que me rodea y de la degradación humana, pido y ruego no perder mi fe ni la confianza en los demás. Porque solo así caminaré en paz por los surcos abiertos de la vida.

 

Natividad Cepeda

miércoles, 14 de enero de 2026

El Desafío de Mantener Viva la Luz del Venerable Ismael de Tomelloso en Nuestra Sociedad Manchega

 



La luz silenciosa de Ismael: fe, memoria y esperanza en la oscuridad, es la historia de España, marcada por las cicatrices de aquella Guerra Civil de donde emergen figuras que se convierten en faros de fe y esperanza. Una de ellas es Ismael de Tomelloso, un joven cuya vida como prisionero de guerra sigue interpelando nuestras conciencias. ¿Cómo es posible que, en medio del horror y el abandono, germinara una fe tan inquebrantable que aún hoy ilumina corazones? Yo reflexiono sobre el misterio de esa luz, sobre la fuerza de la oración y la memoria que lo rescataron del olvido, y sobre el desafío de mantener viva su Causa de Beatificación y Canonización esperando ese milagro que no dudo vendrá, cuando Dios lo crea conveniente.

Ismael representa la fuerza de la fe en tiempos de odio y violencia. Su vida es un llamado a la reconciliación y a la paz, valores universales que trascienden ideologías. El significado espiritual de Ismael es su testimonio que interpela a las nuevas generaciones: “La verdadera grandeza está en amar incluso en medio del sufrimiento”. Ismael no fue un héroe de guerra ni un personaje famoso. Fue un joven normal que eligió la paz en medio del odio, que prefirió la oración al enfrentamiento, que nunca renunció a su fe. Su vida es un faro para quienes buscan esperanza en tiempos difíciles. Nos recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos, sino que se construye en lo cotidiano, en la fidelidad y en el amor.

Por eso hay que Recordar su Juventud y compromiso apostólico. Durante su adolescencia, Ismael participaba activamente en la vida parroquial. Era conocido por su espíritu de oración, su amor a la Eucaristía y su entrega a los demás. En los años previos a la guerra, Tomelloso no era ajeno a la tensión política y religiosa que se vivía en toda España. Las iglesias sufrían ataques, las imágenes eran destruidas y la práctica religiosa se veía amenazada. Ismael, lejos de esconderse, reafirmó su fe y su compromiso con Cristo. En su mensaje para hoy, Ismael nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia de las sucesivas guerras, sino en la humildad, en la entrega y en la capacidad de amar incluso en los momentos más oscuros, su vida, es un faro para quienes buscan esperanza en medio de la incertidumbre. En una sociedad que a veces olvida sus raíces espirituales, recordar a Ismael es recordar que la fe puede transformar el mundo.

A veces no se comprende el silencio de Ismael; es un Silencio que Habla de Paz. En tiempos donde la violencia parecía imponerse sobre la esperanza, surgió la figura de este joven sencillo, alegre y profundamente espiritual: Ismael. Su vida, marcada por la fe se convirtió en un testimonio luminoso en medio de la oscuridad de la Guerra Civil española de 1936. Ismael no fue un héroe de armas, sino de espíritu. Movilizado en el frente de Teruel, eligió la paz por encima de la guerra: y rezó en silencio, implorando que cesara la barbarie. Aquella actitud desconcertó a quienes lo rodeaban, pero revelaba la fuerza de su convicción: la fe no se negocia, ni siquiera ante la muerte. Capturado y llevado a un campo de concentración, Ismael vivió el desprecio y la soledad. Sus compañeros lo ignoraban porque no protestaba, porque respondía al odio con silencio y oración. Con un rosario improvisado de cuerda de esparto, rezaba cada día, aferrado a la esperanza. El frío y la miseria lo enfermaron; la tuberculosis se apoderó de su cuerpo. Nunca pidió nada, salvo que fuera el capellán del campo de concentración para confesar y comulgar

Pero ¿podemos pensar en lo que vivió Ismael en aquella batalla? Ismael tenía veinte años.  Solo veinte años. Nunca imaginó verse atrapado en una guerra, la más cruel: aquella que enfrentaba hermano contra hermano, vecino contra vecino, amigo contra amigo. Jamás pensó que su fe cristiana pudiera ser motivo de odio. Él no se metía con nadie; rezaba cada mañana ante el sagrario antes de ir al trabajo, pedía por todos y sentía en su alma la luz de Cristo resucitado. Conocía la pobreza. A veces, camino al trabajo, algún hombre o mujer le pedía limosna. No tenía dinero, solo el pan destinado a su desayuno, y sonriendo lo dejaba en aquellas manos suplicantes.

Esperaba el domingo con ilusión: era el día de alegrar a los ancianos del asilo. Allí, entre paredes frías, vivían olvidados, esperando la muerte. Cuando Ismael llegaba, las miradas tristes se volvían alegres. Con su guitarra les cantaba, les ayudaba a comer intentando aliviar tanta soledad en su vejez. Las monjas cuidaban a quienes otros habían desechado. Nunca hubiera imaginado que sería perseguido por creer en Cristo crucificado, por amar a Jesús en el Sagrario. ¿Por qué?, se preguntaría atónito. Y ahora, en medio de la batalla, no fue capaz de disparar. ¿Cómo hacerlo, si todos eran hermanos? Tiró el fusil y elevó su oración al cielo, suplicando el fin de aquella lucha feroz, sangrienta. Los soldados lo miraban asombrados: ningún proyectil lo alcanzaba. Pasaron los días. El frío mordía los cuerpos: veinte grados bajo cero. Batalla de Teruel, terrible. Unos avanzaban, luego retrocedían. Al final, el silencio. La derrota del ejército republicano. En la larga fila de prisioneros, Ismael escuchó que quienes acreditaban pertenecer a asociaciones católicas no eran enviados al campo de concentración. Él era un joven de Acción Católica… Cuando llegó su turno, le preguntaron nombre y filiación. Solo dio su nombre y dos apellidos.

—¿Algo más? —preguntó el soldado.

—Nada más —respondió Ismael. Se quedó junto a quienes hasta ese día le habían vigilado, blasfemando a su lado para provocarle, para ejercer poder sobre los que sospechaban cristianos. Ismael callaba y rezaba. Oraba en silencio, cumpliendo el mandato del Maestro: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Amor a Dios y, por Dios, amor a todos, incluso a sus enemigos. Ese es nuestro Venerable Ismael de Tomelloso. Para mi confiar en la fuerza de la fe de Ismael en su enorme soledad, me abruma. ¿Cómo se mantiene viva la esperanza cuando todo invita a la desesperación? La respuesta está en la autenticidad de la fe de Ismael, su amor a Dios, su confianza en la vida eterna y su capacidad para seguir creyendo en la paz y en las personas son testimonio de una santidad que no necesita escenarios ni aplausos.  Es la santidad que se fragua en el silencio y en el amor, y que solo los auténticos creyentes elegidos por Dios pueden encarnar.

                          Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de Tomelloso

 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El Venerable Ismael de Tomelloso es el Silencio que Habla con Dios

 

 

¿Cómo entender el silencio de Ismael? ¿Cómo comprender la voz que no se pronuncia, la palabra que se guarda? Muchos se preguntan por qué, cuando pudo salvarse con una simple declaración, eligió callar. ¿Por qué no dijo que era católico, miembro de Acción Católica? ¿Por qué no buscó la salida fácil? Porque su respuesta no estaba dirigida a los hombres, sino a Dios.

El silencio de Ismael no fue vacío, fue oración. Fue su monte Calvario sin cruz de madera, con una cruz invisible, hecha de fidelidad y entrega. En medio del odio, eligió la paz; en medio del ruido, eligió la voz interior que susurra: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2,10).

La sociedad busca gestos visibles, necesita pruebas, quiere héroes que hablen y se defiendan. Pero Ismael eligió otro camino: el de los pacificadores, el de los que oran en secreto, el de los que confían en que Dios ve en lo oculto y recompensa en lo eterno. Su silencio fue resistencia, fue fe radical, fue amor que no se doblega ante la violencia.

Hoy, su ejemplo nos interpela: ¿somos capaces de callar para escuchar a Dios? ¿Podemos aceptar ser incomprendidos por los hombres para ser comprendidos por el Señor? El silencio de Ismael nos enseña que la verdadera victoria no está en escapar del sufrimiento, sino en permanecer fiel a la verdad, aunque cueste la vida.

Que su testimonio nos inspire a vivir con la misma fe, a abrazar la oración como fuerza, y a recordar que, en el silencio, Dios habla más fuerte que cualquier voz humana.


 

Oración en el Silencio

                                              «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios»

                                                          (Salmo 46,10)

Señor,

enséñame a comprender el misterio del silencio,

ese silencio que no es vacío, sino encuentro contigo.

Como Ismael, quiero aprender a callar ante el odio,

a no responder con palabras humanas,

sino con la voz interior que susurra tu paz.

Hazme fiel en la prueba,

firme en la esperanza,

valiente para abrazar la cruz invisible

que se oculta en la obediencia y la oración.

Que mi silencio sea resistencia al mal,

que mi oración sea fuerza en la debilidad,

que mi vida sea testimonio de tu amor,

aunque nadie lo comprenda.

En lo oculto, Tú me ves.

En lo callado, Tú me escuchas.

En lo pequeño, Tú me engrandeces.

Dame, Señor, la gracia de vivir como Ismael:

con fe radical, con paz profunda,

con la certeza de que tu corona de vida

es más grande que cualquier victoria humana.

Amén.

 

Natividad Cepeda

Tomelloso. diciembre de 2025

 

 


Causa de Beatificación y Canonización de Ismael de Tomelloso: Estado Actual del Proceso

¿Cuándo se inicia la Causa?

En 2006: Un grupo de laicos de Tomelloso inicia formalmente la causa, creando una asociación para promoverla.

El proceso se inició a nivel diocesano en 2008 en la Archidiócesis de Zaragoza (donde falleció). La fase diocesana concluyó en 2009 y la documentación fue enviada a Roma.

2009/2012: La Santa Sede autoriza la apertura del Proceso Diocesano, que investiga su vida y fama de santidad y es declarado

Siervo de Dios:

La causa de beatificación y canonización de Ismael de Tomelloso (Ismael Molinero Novillo) está actualmente en curso, habiendo alcanzado la fase de ser declarado Venerable: El 23 de mayo de 2024, el Dicasterio para las Causas de los Santos reconoció sus virtudes heroicas, lo que llevó al Papa Francisco a firmar el decreto que le otorga el título de Venerable.

Próximos Pasos (Beatificación y Canonización)

Para la beatificación, se requiere la aprobación de un milagro atribuido a su intercesión, ocurrido después de su muerte y verificado por la Iglesia. Una vez beatificado, se necesitaría un segundo milagro para la canonización y ser declarado santo.

Sus restos mortales fueron trasladados a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora en Tomelloso el 20 de febrero de 2025, a la espera de su posible reconocimiento como beato y santo.

lunes, 3 de octubre de 2022

Al otro lado del infierno

 

                                  


           Cerca de la ventana está la cama, la separa de la pared algo más de un metro, desde ella se ve un trozo de cielo azul: un trozo de cosmos por donde no vuelan  pájaros ni pasan aviones. Al otro lado de la cama una cortina sostenida desde el techo por  un riel separa otra cama que a duras penas alcanza a ver el trozo de cielo. En el pasillo se escuchan los agiles pasos de los sanitarios y también los pasos desapercibidos de los acompañantes que esperan afuera porque ha pasado el médico o porque tienen que atender al enfermo. 

La expresión del rostro no deja dudas al dolor que inunda al ocupante de la cama. El ambiente es una espiral que penetra por todos los rincones de la estancia. Y lo peor es que los días se suceden sin garantía de éxito inmediato. Si faltara el amor de los acompañantes la vida de los postrados carecería de sostén para seguir viviendo. Solo cabe luchar sin perder la esperanza para salir de ese infierno. Cerca de la ventana el contorno del día navega en su quehacer con olor a carne avasallada y sin muchos recursos para salir de allí. Lo bueno  es que a pesar de las largas listas de espera todavía tenemos la esperanza de ser atendidos. Durante los dos años de la pasada pandemia del Covid-19 en España se dejaron de atender enfermedades de cáncer y las metástasis extendidas no pudieron ser combatidas.   

No se habla de esos pacientes fallecidos porque no están en las estadísticas se nos han ido poco a poco envueltos en ese silencio de dolor y lágrimas de los que los han perdido. Los lloramos y sabemos que viven en nosotros a pesar de la ausencia.

Pienso en lo injusto e inhumano que es no dejar  acompañar a un enfermo cuando ingresa en el hospital. Lo he vivido y siento mi impotencia ante el muro infranqueable de las normas impuestas. El infierno es ese, la soledad del enfermo y la angustia del familiar que afuera espera y espera pensando si volverá a ver a la persona amada al día siguiente.

 He conocido demasiados hospitales y ahora los temo por su dictadura férrea. Los temo y los necesito y pienso en los miles y miles de personas que carecen de ellos.

Mi mundo es pequeño y aun así  me siento perdida en su inmensidad.

 

Natividad Cepeda

 



martes, 26 de enero de 2021

Estelas de hambre

 


Es difícil e imposible comprender que a diario despidamos a vecinos, amigos y desconocidos escuchando doblar las campanas con su triste tañer al despedirlos  cuando el féretro se anuncia que está a punto de llegar al templo para su funeral. Camino de la iglesia siento que me tiemblan las piernas  y regreso al recuerdo por quién doblan ñas campanas en este año fatídico de 2020 y en el que ha empezado con la misma continuidad.

 En las tiendas de alimentación, en los intercambios de saludos al preguntarnos por la salud, se baja la voz y se dice que no importamos a nadie… nos estamos muriendo en un atroz abandono, casi un genocidio “civilizado” dicen los más atrevidos. La gente comparte la opinión y con una mirada de tristeza y miedo se despiden no vaya a ser que por cambiar unas cuantas palabras nos contagiemos.

En los canales de televisión cuando aparecen gobernantes y afines la gente, casi todos me dicen, que cambian de canal, porque no pueden soportar la sarta de mentiras que exponen. Hay en el ambiente malestar y desconfianza tanta que apenas si se cambia el saludo y se alejan para ocultar que han perdido el trabajo y ocultan sus lágrimas con esa dignidad de quienes nunca, antes de ahora han dependido de la caridad. Pero la gente, las familias ya muchas de ellas no pueden pagar el recibo de la luz, sobre todo con las subidas de las tarifas y el gélido frío de días pasados.

Las tiendas todas ellas aparecen vacías; no hay clientes que compren y se esperan para cerrar los establecimientos hasta las nueve de la noche por si  alguien pasa y se vende alguna cosa. Las calles aparecen desiertas de coches y de gente. Resuenan en las aceras los pasos solitarios de algunos viandantes y el aire pareciera que pesara más que en otros días y así un día y otro y, pidiendo a dios nos ayude y se nos vaya esta maldita pandemia.

 

La economía está caída y el panorama que se presenta para la pronta primavera es devastador porque no vemos el futuro bien,  lo vemos tan mal que la esperanza es un saco roto al que hay que recuperar para vencer la bajada de defensas y hacer frente común al virus de la pandemia. Contamos los muertos y nos tragamos las lágrimas en silencio. Es lo que tenemos sin paños calientes ni ayudas para comenzar. Los ahorros, quienes los tuvieran se van menguando y los abuelos, aquellos abuelos que salieron al frente del descalabro económico del año 2008 muchas familias los han perdido y los únicos que han ganado con su muerte son las arcas del  estado que se ahorra pagar mensualmente a los jubilados.

Lo bueno es que la nieve caída ha logrado con el deshilo  hacer correr  por los ríos resecos manchegos  el agua hasta llenar los pantanos. Se han helado muchos olivares con la aceituna en  sus ramas y la cosecha es por ese motivo pequeña y canija.  Los impuestos los han subido y el campo y los pueblos se mueres quedándose vacíos… En fin que la juerga es toda esa contemplar la belleza del agua que ha recobrado los cauces secos de los ríos y los pantanos se van llenando hasta rebosar. No hay mucho más salvo que la vacuna es un toro de miura al que se trata de evitar  por la gran desconfianza que esta en la población.

Es lo que hay estelas de hambre y vergüenza de tener que ir a comer porque de no hacerlo  las tripas sonaran a huecas y eso es lo último que hay que hacer.  ir a ver pantanos t ríos, fuentes y naturaleza es adonde podemos ir porque lo demás es triste y lo pero de lo peor es perder la ilusión de seguir apostando por la vida incluso cuando hay que pedir la limosna de un palto de comida.

 

Natividad Cepeda

 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Lazos rosas para todos y todas: símbolo de esperanza



En la mirada de miles de mujeres y  de hombres  hay húmedas plegarias abrazando al cielo  con   arrojo,  de quien sabe luchar  con  la estirpe y la hoguera encendida; de  quienes no cierran  en sus hazas el fuego   de combatir crónicas de dolor para  salir  de ese laberinto  sin perder la esperanza ni los sueños. Cuando todos ellos  conocen,  que  es muy  largo el camino y tienen  muchas noches de  insomnios  cruzando los pasillos  con olor a hospital,  sin otra alternativa   que destrozar  el miedo  y esa oscuridad que en el alma se siente, y hay  un grito en medio de esa oscura luna, silencioso y profundo.  

Un alarido de donde ellos y ellas, se saben que vencerán  abriendo horizontes. Horizontes que  derriban  murallas de incertidumbre donde la palabra vida se crece y expande por  caminos,  sendas, trochas y  viajes  con  alas y susurros más fuertes y más altos que el vuelo  de los ángeles, de las águilas y de todos los aviones, cohetes y capsulas dirigidas al espacio donde las estrellas se multiplican, aparecen y desaparecen como los susurros en el aire. 

Cuando se llega al final de esa lucha y de ese laberinto una mujer y un hombre, se crece por encima de todo porque ha superado a la materia con la fe de su espíritu. Percibe que ella, que él, forman parte de todo lo creado y saben que son hijos de todas las galaxias y en continuo prodigio ven atalayas dibujadas en las nubes  con los ojos del alma.

Hoy han dicho que  hoy, hay que celebrar la curación del cáncer de mama; en edificios públicos se cuelgan lazos rosas, porque, a no sé quién, se le ocurrió bautizar como  símbolo femenino. Vale adoptemos lazos rosas para todos y para todas como símbolo de esperanza para saber que la vida es una lucha, pero lo realmente importante e imprescindible, es invertir en investigación, en educaren  hábitos saludables y en no olvidar,  que el cáncer de mama también lo padecen algunos hombres, además del cáncer de próstata masculino, equiparado al cáncer de mama en la mujer.  

Los pactos para las celebraciones a veces son pedazos demagógicos y arrogancia de algunos en alocuciones públicas, lo admirable es seguir combatiendo día a día la enfermedad, cualquiera derivada de esa lacra humana llamada cáncer y no olvidarse de sonreís por encima del dolor físico y psíquico.  Y encontrar esa luz en todas las miradas que conocen lo que es superar y ganar esa batalla.  Porque haber borrado el rictus del dolor es una prueba de amor, de coraje y de esperanza de todos los enfermos del mundo.
           



                                                                                                       Natividad Cepeda