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domingo, 3 de mayo de 2026

Calendario

 

Se señalan días para conmemorar recuerdos;

se anuncian fechas como faros de cartón

que nos guían hacia celebraciones

inventadas, laicas, profanas, y las seguimos sin pudor,

sin complejos, como queriendo creer

que fuimos nosotros quienes dictamos el guion.

 

Por el resbalón de los días nos dejamos asesorar:

celebra el día de la madre, celebra el día del amor,

celebra el día de la paz, celebra el día del niño,

celebra el día de cualquier cosa con tal de mantenernos

sumidos en un mundo ficticio, con tal de no mirar de frente

lo que no termina.

 

Y olvidamos las guerras que no acaban,

el hambre que enzarza vidas sin esperanza,

la herida que se repite hasta volverse paisaje.

 

Acumulamos errores y nos parece

que nadie nos mueve, que no estamos siendo dirigidos

como marionetas sin voluntad,

sin carácter, sin principios ni valores.

 

Llevamos grilletes invisibles instalados en el cerebro,

y aun así sonreímos cuando llega la fecha,

cuando toca aplaudir, cuando toca publicar,

cuando toca repetir.

 

Miramos las pantallas: del móvil,

del televisor, del juego

que nos incita a seguir entretenidos;

miramos y miramos y en ese mirar

se nos va la vida como agua entre los dedos.

 

Y no vemos que nos gobiernan

gobernantes astutos, a quienes no les importamos

como seres humanos, sino como parias:

para sacarnos el sudor, para exprimir la energía,

para convertir el tiempo en una moneda sin rostro.

 

Así vamos: callando, obedeciendo,

tragando ruido, celebrando migajas

mientras el mundo arde al fondo.

 

Así vamos mientras nuestra civilización

se hunde, y no lo vemos.

 

 

Natividad Cepeda

martes, 21 de septiembre de 2021

Apuntes sobre las últimas lluvias en vendimia y el fuego de las islas


Septiembre huele a uvas en las grandes bodegas de las cooperativas. En las madrugadas pasan por mi calle los tractores camino del viñedo o del lagar. Las maquinas vendimiadoras, si es preciso, trabajan por la noche y por los caminos pasan los tractores sonando los remoques vacíos rápidos y veloces asustando a las aves nocturnas y despertando a los planetas cercanos a la tierra. Pero aquella voz del mosto pegajoso y dulce del pasado siglo XX en Tomelloso se ha perdido y con ello el alma del vino artesano.

Reincido en los recuerdos porque mi vida, toda ella, está marcada en mi sangre con el vino. El vino fruto de los viñedos que plantaron desde mis tatarabuelos y aquellos otros, que anterior a ellos, ya no sé cómo llamarlos. Fui engendrada con sangre de tierra de viñedos y ascienden en mi sangre con ese dolor agreste de quien depende del fruto de la tierra para subsistir y vivir asumiendo todos los sinsabores que el cielo nos depara. Por eso cuando llueve en septiembre, yo que amo la lluvia porque nací envuelta en ella, se me abren las carnes al comprobar que  puedan pudrirse los racimos si perdurara el agua, tan deseada en otras fechas, jamás reclamada en la vendimia. Y es que los calores últimos del verano nos dejaron fermento de nubes cargadas de tormentas que arruinaron la economía de muchos agricultores y viticultores.

Tronó y cayó hielo del cielo, una vez más sobre los campos. La piedra helada corto astiles y embarró surcos y esa uva al llegar al lagar gigante de las cooperativas perdió calidad y grado. De esa realidad nadie habla. El vino y los lagares son temas propicios  para la poesía. Lo fueron desde la Grecia antigua y clásica. También ese vino trasportado en ánforas a Roma desde la Hispania…Historia escrita y repetida desde el cáliz bendito de la misa y, el cáliz amargo de las cosechas perdidas y mal pagadas de las familias campesinas. Se nos dice, desde antaño, que siempre el agricultor llora y se queja, y es cierto porque el campo carece de paredes y techo. Cada vez quedan menos familias campesinas porque bregar la tierra es duro y miserable. Más, detrás de la derrota el corazón se yergue y no pide limosna quienes trabajan la tierra. En ese orgullo de casta hay dignidad  callada que solo se borra con la muerte.

Ahora después de tantos artículos y poemas escritor sobre el vino y la tierra se me cuaja el cansancio en el alma clavándoseme un estilete en mi ánimo después de haber apostado por mi tierra y sus gentes. No tengo lágrimas ni hoy, ni en la escala de lustros que he vivido muriendo y resucitando hasta el infinito porque he aprendido a callar. El silencio de tantos miles de seres humanos a través del tiempo apostando por esa búsqueda de la felicidad junto a la tierra. Utopía improbable porque el conflicto existe dando al traste con los sueños de los labradores frente a diferentes dictadores de época y lugar. 


 

Lugar hoy en la Palma de la isla de Canarias, sus pueblos y todas las plantaciones perdidas, viviendas, enseres personales que dudo serán retribuidos como debieran. No veremos el equipaje de llanto de sus gentes, la desazón de sus campesinos con las manos vacías y ese peregrinar hasta la piel de la nueva tierra, si es que la hay. Escribo del viento del dolor de las palmeras arrasadas, de los viñedos tragados por la serpiente de fuego, de los recuerdos tragados por las bocas del volcán; fuego devorador de esperanzas. Mansedumbre con gratitud porque la vida continua y se continuará cuando se apague el fuego, juntos sus gentes estrujando los días en la vuelta al quehacer. Después cuando nos hayamos olvidado de todos ellos resucitaran las plantas brotando gracias a sus manos y a su esfuerzo en la mañana y en la tarde las laderas y valles mostraran sus collares de verdor   meciéndose al viento atlántico  volviendo el campo a dar el pan de cada día…

Septiembre ahora arde allá en las islas. Islas estremecidas en ese parto ardiente de la tierra. Fuego y ceniza, niebla que nos impide respirar y nos ciega esas lágrimas de los isleños sin su vino nuevo para brindar cuando termine la vendimia de hogaño.

 

                                                                               Natividad Cepeda