Amanece
septiembre envuelto en calima y en un calor inusitado, mientras el aire nos
regala el dulce suspiro de las uvas maduras y del mosto que ya respira en los
lagares. Es un bochorno que parece desafiar al otoño, negándole su tiempo de
hojas marchitas y vientos de lluvia. Sobre el tapiz de este nuevo día, el
estruendo de los tractores y sus remolques se entrelaza, curiosamente, con el
trino de los pájaros. La luz juega y se quiebra en los espejos de los coches,
iluminando a los jóvenes que, sobre sus monopatines eléctricos, cruzan las
calles como ágiles gacelas. Ya descansan sobre la acera las primeras hojas
caídas de la acacia, mudos testigos del paso de un perro libre, de rabo alzado,
que camina sin cadenas ni correas que dicten su rumbo.
En la
vigilia de otra calle cercana, el silencio nocturno se rasga con el ladrido
insistente de un animal. Su eco profundo delata a un can grande, cuyo clamor
resuena como una súplica de auxilio o de simple compañía. Llega el alba y el
animal sigue allí, quejándose, llenando con su lamento la quietud de las calles
aún desiertas. Solo cuando despierta el trasiego de la mañana —tractores en
procesión hacia la vendimia, furgonetas, patines y alguna bicicleta solitaria—,
su queja termina por apagarse. Pienso en la crueldad de su encierro y en su
soledad; lo presiento por la manera en que gime, por cómo su voz esconde un
ruego desesperado de compañía.
Hace
calor. Y no es esa tibieza dorada del «sol del membrillo» que solemos aguardar
por San Miguel; es el aliento de un verano terco que se resiste a morir. Con
este clima pesado siguen llegando los ecos funestos de Ceuta, una ciudad a la
que se le ha quebrado el pulso. Esa tierra asomada al mar sufre hoy el embate
de mareas de extranjeros y llora su penuria en una deriva que se antoja inútil.
Ni la ciudad ni sus gentes tienen en sus manos el poder de aliviar el destino
errante de tantos que huyen, desesperados, buscando fortuna lejos de su hogar.
Aquí,
en mi rincón manchego, septiembre huele a vendimia, pero también respira el
desaliento de los precios bajos. Es el umbral de las cosechas y el anhelo
constante de una mejora en los campos. No han salido bien los melonares, y el
arado, al clavarse en la tierra, entierra el fracaso de quienes apostaron por
este fruto y le dedicaron jornadas y ahorros. Y, aunque los poetas cantamos a
la tierra e incluso hay quienes afirman que la literatura está vacía de
política, no es cierto: todo está impregnado de ella desde el principio de los
tiempos, y nosotros, de una u otra manera, siempre hemos denunciado estas
etapas. Porque la poesía brota de la entraña: nace de la emoción más pura, del
sentimiento y, tantas veces, de la impotencia. La poesía es la vida misma, y
los poetas no somos más que un fragmento de ella.
Mas,
en el torrente de este río humano, percibo almas que reclaman lo imposible: el
espejismo de una Europa erigida como tierra de promisión para otros hemisferios.
En tan ciego anhelo, temo que perezcan las palomas vestidas de libertad,
cayendo exhaustas sin alcanzar el refugio de su palomar. Europa esconde
también, bajo su manto, andrajos en desuso, custodiando en sus márgenes el eco
amargo del dolor y la miseria. Y aunque cerremos los ojos a la verdad, se ha
sembrado la semilla de un edén quimérico; fluye ya un reguero de lágrimas,
triste herencia de quienes dibujaron un árbol de ramaje universal cuyo tronco,
a estas alturas, se resquebraja.
Hemos
extraviado nuestra esencia, abrazando raíces ajenas que nos separan con abismos
insalvables de pensamiento y de obrar. Al viento se han izado banderas de una
convivencia inalcanzable y, de súbito, un río turbio comienza a desbordarse.
Con él, aflora una tristeza profunda que brota de humillaciones ajenas; ya se
quiebran los puentes, negando el paso al caudal de esa misma riqueza que,
ciegos, estamos devastando. Cuánto ansiaría renacer en aquel sueño humano donde
el paraíso aún respira... Mas, como dictan las leyes del tiempo, las aguas de
estos ríos, en su incierto vagar, están condenadas a morir en la vastedad del
mar.
Septiembre
es la puerta del cambio, la transición del verano al otoño. Es esa frontera
donde la tierra se dispone a descansar, preparándose para la otoñada y el frío
invernal; al menos, así se ha venido haciendo por estas tierras mías donde
habito y vivo. Es pausar el ritmo estival para recibir el letargo de la tierra,
pero, humanamente, no percibo esa calma. Siento que hay tormentas emboscadas en
estos primeros días de septiembre que no traen buenos presagios. Mientras
asisto a vendimiar las viñas y contemplo en el horizonte cómo se pone el
hermoso sol de mi tierra manchega, elevo una plegaria a la Providencia pidiendo
que el futuro cercano no sea demasiado funesto.
Natividad Cepeda