domingo, 6 de septiembre de 2026

Septiembre, el lugar de las cosechas

 


Amanece septiembre envuelto en calima y en un calor inusitado, mientras el aire nos regala el dulce suspiro de las uvas maduras y del mosto que ya respira en los lagares. Es un bochorno que parece desafiar al otoño, negándole su tiempo de hojas marchitas y vientos de lluvia. Sobre el tapiz de este nuevo día, el estruendo de los tractores y sus remolques se entrelaza, curiosamente, con el trino de los pájaros. La luz juega y se quiebra en los espejos de los coches, iluminando a los jóvenes que, sobre sus monopatines eléctricos, cruzan las calles como ágiles gacelas. Ya descansan sobre la acera las primeras hojas caídas de la acacia, mudos testigos del paso de un perro libre, de rabo alzado, que camina sin cadenas ni correas que dicten su rumbo.

En la vigilia de otra calle cercana, el silencio nocturno se rasga con el ladrido insistente de un animal. Su eco profundo delata a un can grande, cuyo clamor resuena como una súplica de auxilio o de simple compañía. Llega el alba y el animal sigue allí, quejándose, llenando con su lamento la quietud de las calles aún desiertas. Solo cuando despierta el trasiego de la mañana —tractores en procesión hacia la vendimia, furgonetas, patines y alguna bicicleta solitaria—, su queja termina por apagarse. Pienso en la crueldad de su encierro y en su soledad; lo presiento por la manera en que gime, por cómo su voz esconde un ruego desesperado de compañía.

Hace calor. Y no es esa tibieza dorada del «sol del membrillo» que solemos aguardar por San Miguel; es el aliento de un verano terco que se resiste a morir. Con este clima pesado siguen llegando los ecos funestos de Ceuta, una ciudad a la que se le ha quebrado el pulso. Esa tierra asomada al mar sufre hoy el embate de mareas de extranjeros y llora su penuria en una deriva que se antoja inútil. Ni la ciudad ni sus gentes tienen en sus manos el poder de aliviar el destino errante de tantos que huyen, desesperados, buscando fortuna lejos de su hogar.

Aquí, en mi rincón manchego, septiembre huele a vendimia, pero también respira el desaliento de los precios bajos. Es el umbral de las cosechas y el anhelo constante de una mejora en los campos. No han salido bien los melonares, y el arado, al clavarse en la tierra, entierra el fracaso de quienes apostaron por este fruto y le dedicaron jornadas y ahorros. Y, aunque los poetas cantamos a la tierra e incluso hay quienes afirman que la literatura está vacía de política, no es cierto: todo está impregnado de ella desde el principio de los tiempos, y nosotros, de una u otra manera, siempre hemos denunciado estas etapas. Porque la poesía brota de la entraña: nace de la emoción más pura, del sentimiento y, tantas veces, de la impotencia. La poesía es la vida misma, y los poetas no somos más que un fragmento de ella.

Mas, en el torrente de este río humano, percibo almas que reclaman lo imposible: el espejismo de una Europa erigida como tierra de promisión para otros hemisferios. En tan ciego anhelo, temo que perezcan las palomas vestidas de libertad, cayendo exhaustas sin alcanzar el refugio de su palomar. Europa esconde también, bajo su manto, andrajos en desuso, custodiando en sus márgenes el eco amargo del dolor y la miseria. Y aunque cerremos los ojos a la verdad, se ha sembrado la semilla de un edén quimérico; fluye ya un reguero de lágrimas, triste herencia de quienes dibujaron un árbol de ramaje universal cuyo tronco, a estas alturas, se resquebraja.

Hemos extraviado nuestra esencia, abrazando raíces ajenas que nos separan con abismos insalvables de pensamiento y de obrar. Al viento se han izado banderas de una convivencia inalcanzable y, de súbito, un río turbio comienza a desbordarse. Con él, aflora una tristeza profunda que brota de humillaciones ajenas; ya se quiebran los puentes, negando el paso al caudal de esa misma riqueza que, ciegos, estamos devastando. Cuánto ansiaría renacer en aquel sueño humano donde el paraíso aún respira... Mas, como dictan las leyes del tiempo, las aguas de estos ríos, en su incierto vagar, están condenadas a morir en la vastedad del mar.

Septiembre es la puerta del cambio, la transición del verano al otoño. Es esa frontera donde la tierra se dispone a descansar, preparándose para la otoñada y el frío invernal; al menos, así se ha venido haciendo por estas tierras mías donde habito y vivo. Es pausar el ritmo estival para recibir el letargo de la tierra, pero, humanamente, no percibo esa calma. Siento que hay tormentas emboscadas en estos primeros días de septiembre que no traen buenos presagios. Mientras asisto a vendimiar las viñas y contemplo en el horizonte cómo se pone el hermoso sol de mi tierra manchega, elevo una plegaria a la Providencia pidiendo que el futuro cercano no sea demasiado funesto.

 

                                                                                      Natividad Cepeda

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Hoy Ceuta porque su frontera no nos es ajena

 

            

Un estremecimiento repentino lo cambia todo: de golpe, la tierra bajo nuestros pies deja de sentirse firme. Se desmorona la integridad y se quiebra la fe al descubrir que el juramento de defender la patria y a su gente no era más que una consigna vacía en boca de quienes debían protegerla. La infamia camina entre nosotros disfrazada de inocencia; mientras tanto, a quienes se atreven a levantar la voz por el suelo donde nacieron se les impone el silencio. Se prohíbe decir la verdad de lo que ocurre y se disfraza de democracia lo que en el fondo huele a tiranía.

La grieta se ensancha y la delincuencia devora sin freno los muros que sostenían nuestra libertad. Sobre estas cenizas, la civilización se tambalea. En los mismos rincones donde solía florecer la vida, hoy se ahoga el grito de mujeres y niñas agredidas, aplastado bajo una losa de censura para ocultar la magnitud del abismo que padece nuestra tierra. Nos acorralan con etiquetas e ideologías, nos reducen a dogmas con tal de acallar el clamor por un territorio profanado. Qué paradoja tan amarga: abundan las defensas fervientes para causas lejanas, pero reina la ceguera ante la indefensión de lo que nos pertenece a todos.

A nuestro alrededor solo hay bostezos y evasivas. La legalidad ha dejado de ser justa y se ha convertido en una cáscara vacía. Sentimos en la garganta ese nudo asfixiante de impotencia mientras atestiguamos cómo el enfrentamiento encarnizado envenena las raíces de la convivencia. En medio de este caos, Ceuta clama por auxilio, pero su llamado solo cobrará la fuerza necesaria cuando lo asumamos como una causa propia.

Mañana la herida se abrirá en otra frontera y quebrará otra ciudad; no podemos aguardar a que la amenaza golpee nuestra propia casa para reaccionar. Este viaje lo emprendemos juntos y ninguna frontera nos es ajena. Alzarnos contra la indiferencia, romper el silencio y resguardar la integridad de nuestra tierra es la responsabilidad común que nos convoca. Porque solo unidos, caminando hombro con hombro, lograremos transformar el dolor de Ceuta en la fortaleza inquebrantable de todo un pueblo.

 

Natividad Cepeda

 

sábado, 29 de agosto de 2026

Bajo el brillo de Venus: La fe y las auroras de agosto en La Mancha

 


Agosto declina, y su universo de ferias y fiestas se disipa con la última luna llena. En el cálido rescoldo de los festejos habita una memoria de semblantes, trenzada a la voz anónima de quienes aplauden en los actos y vagan por el ferial entre el vértigo ruidoso de las atracciones. Allá arriba, ante la inmensidad de la luna blanca, cruza una nube errante que busca a sus hermanas para verter su agua sobre la sed antigua de nuestros campos.

Al alba, en la acera de Tomelloso, aguardan jóvenes de tez oscura llegados de remotos confines africanos. Esperan la furgoneta que los conduzca al terruño, a cortar los primeros racimos de esta vendimia amanecida en agosto. Son hombres que caminan el horizonte manchego y se difuminan entre los surcos trazados del viñedo; viñas que fueron cantadas por poetas en certámenes y justas literarias, allí donde los pueblos anhelan la corona de un premio en las fronteras de la fiesta.

Al compás de los días, la gente blasona de su rincón y lo cree único e ilustre, ciega a los otros confines donde también se acuna el mismo orgullo. Con la brisa del amanecer, sobre el lienzo azul del cielo, pernocta Venus, ese planeta tantas veces cantado. Al contemplar su nitidez siento que todo ha sido dicho y que todo se ha extraviado en el olvido. Pero Venus, astro de hermosura perfecta, guarda su morada en el firmamento: brota primero al atardecer y es el último en despedirse al alba, cuando las demás estrellas se han ido a dormir. Miro la bóveda celeste y pienso en los luceros errantes de las galaxias; pienso, así, a solas frente a la aurora, en la multitud de seres humanos que aún soñamos con ser estrella en las ferias y certámenes de nuestros pueblos.

Sí, pienso en esas hogueras de fatuo orgullo cuando se evoca a los poetas muertos que nacieron en esta tierra; hombres que caminaron en soledad por sus calles, sin las luces del escenario, sin que nadie los reconociera ni los leyera. De pronto, por un instante fugaz, se abre un altar donde se los nombra, se los alaba y se presume el honor de haberlos conocido. Se rescatan versos de sus libros ignorados y el público culto prodiga su aplauso; más, en ese afán por desenterrar a los muertos ilustres, se olvida a los poetas vivos, a aquellos que escriben sin mendigar el halago del poder, sabiendo que crear es concebir recintos de belleza.

En agosto florecen las fiestas en honor de los patronos divinos, pero cuando la función y la procesión se apagan, el templo queda sumido en el silencio. Allí, en esa penumbra mística, apenas acude alguna alma solitaria a rezar, sin cohetes, sin música ni algarabía: es entonces cuando la fe vernácula demuestra que no necesita del estruendo para creer.

Agosto es un resorte de auroras que se agita tras tradiciones antiquísimas, envuelto en la vanidad de premiar tanto el mérito como la arbitrariedad. Deja a veces en la sombra municipal a quienes amaron entrañablemente el terruño y lo ensalzaron más allá del aplauso estacional, porque sienten la tierra en las venas por encima del jolgorio y por encima de quienes los olvidan para coronar al astuto.

Cuando la mañana avanza, la luz del lucero del alba se disuelve en el azul encendido por el sol. Pareciera haberse ido, pero Venus permanece, fiel a su cita del atardecer. En un balcón solitario, alguien lo aguarda para soñar en los lindes de la noche sin esperar nada a cambio; tan solo para atestiguar que Venus es la estrella radiante al cabo de agosto, y que en su enigma custodia el flujo mágico de cualquier feria en los pueblos de España.

Pero la fiesta es necesaria: es el regreso a la memoria de la infancia cuando, por calendario, se empieza a rondar lo eterno. Es sentir que, entre las espinas del camino, florecieron también rosas sin espinas, y que seguimos habitando ferias fraguadas bajo la esperanza de plata de esa luna de agosto —la misma que aún acaricia los contornos de las noches agosteñas.

Pasan con la sed en los labios los jóvenes camino del ferial, como ayer pasaron otros. Pasan con el embeleso de sus cielos nuevos mientras late en sus venas el ritmo atávico del baile, ese calor antiguo que invita a girar al compás de la música, igual que se hacía en las verbenas de ayer.

Agosto es veleta que cruza vientos viejos y nuevos. En el bronce de las campanas la fiesta se eleva y los pasos del pueblo se vuelven ligeros: hay en la torre un eco propio, un latido que nos pertenece a los de hoy y a los que ya partieron. Hay misterio en su repique, y hay poesía y fe en cada festejo.

Es la sementera de agosto que espera paciente el próximo año para engarzarse, como joya de oro, en el alma colectiva. Una cita que deja que la melancolía se cuele hasta los huesos para recordarnos, como por mandato divino, que la feria se vive... porque la feria es lo nuestro.

 

                                                                                      Natividad Cepeda

 

domingo, 23 de agosto de 2026

Llanto sobre el asfalto

 

Llanto por la ciudad de Ceuta, por su asalto y violenta entrada de miles de hombres, por el miedo de sus mujeres y las violaciones ocurridas, por las enfermedades que hay en esa ciudad por el hacinamiento y los brotes denunciados por las autoridades sanitarias de tuberculosis, de sarna y otras enfermedades que viajaran a España y a Europa. Si, las sufriremos por la debilidad de los gobernantes y el buenismo establecido desde hace décadas en este continente europeo.

Ha pasado demasiado tiempo sin resolver la invasión de Ceuta, ciudad española mucho antes de que existiera Marruecos.

Las fronteras son sagradas y cuando se rompe esa ley universal algo no funciona porque África no cabe en Europa y el problema de ese continente no se resolverá con el hundimiento europeo.

Hay otras rutas para resolver ese problema y desde luego que destruyendo los valores occidentales no se resolverá jamás.

Hay una ruta que el tiempo vuelve costumbre, un itinerario tenue que acaba por volverse liturgia: la casa que te pertenece, la calle cotidiana, el barrio familiar que sabes deletrear de memoria. Allí no habita solo tu techo, sino el latido de tu pecho en un pedazo diminuto de tierra. El porvenir parece a salvo porque cada palmo de suelo es tuyo, ganado a pulso en la penumbra de tantas alboradas, cuando caminabas al trabajo antes de que el sol encendiera las primeras luces del día.

Ese sendero de vuelta es el refugio que aguarda al cuerpo exhausto. Al vislumbrar la esquina, el asfalto parece darte la bienvenida; las farolas y los comercios del barrio velan tu descanso con la complicidad callada de quienes comparten tu misma suerte. Jamás sospechas que un día la codicia hollará tu umbral sin que ninguna mano se alce para defenderte.

Desposeída frente a la puerta cerrada, destrenzas los hilos de los días, los meses y los años empeñados en erigir tu hogar. Descubres entonces la inclemencia de las leyes que amparan al invasor y desamparan al justo; observas cómo la usurpación cotidiana de los okupas ha erigido un imperio de rejas y alarmas, haciendo de la seguridad privada un tributo obligatorio e indigno para poder dormir en paz. Ante el cerrojo ajeno, desfilan en sombra tus recuerdos, tus fotografías, el calor intacto de tu memoria.

Miras alrededor y la ciudad entera gime a la orilla del agua, convertida en el escenario de una travesía de miedo desencajado. En este rincón fronterizo, Ceuta se tambalea golpeada e impotente, naufragando en un oleaje de miles de personas llegadas de otros mares, mientras quienes debieron velar por su orilla miran hacia otro lado. El mundo se desmorona en un abismo de angustia y la soledad es absoluta. Estamos desamparados por  un redil funesto y ambicioso que despoja al ciudadano íntegro, entregando a los suyos por el vil estipendio de unos dineros.



En ese abandono no solo se pierde la casa y la calle; la ciudad hospitalaria se degrada hasta el estercolero. Se ahoga el rumor del océano, las olas se tiñen de sombra y la brisa marina olvida la sal y el pez para oler a desamparo, a violencia y a un miedo denso esparcido por las orillas. Y ni las caracolas reproducen la muerte de los que no llegaron a la playa. Carecen de identidad, son los sin nombre, que perdieron la vida en ese viaje desesperado de alcanzar la orilla.

Es la eterna traición reeditada por las mismas monedas de plata del Judas bíblico. Y mientras te preguntas cómo la historia insiste en sus tragedias, lloras en silencio, sin un solo rincón en el mundo donde puedan caer tus lágrimas.

 

Natividad Cepeda© Fotografías de la web

miércoles, 12 de agosto de 2026

La euforia del eclipse y el silencio de Ceuta



 


Hay expectación hoy en el mundo, o al menos eso nos aseguran machaconamente los medios de comunicación desde todas las ventanas posibles: radio, televisión e internet. Una euforia desatada por el eclipse solar ha disparado las reservas en casas rurales, hoteles y miradores montañosos, elevando los precios hasta el despropósito: habitaciones de sesenta euros que hoy se pagan a cuatrocientos. Ante la avalancha de ciudadanos ansiosos por ver hacerse de noche durante apenas un minuto y unos pocos segundos, se cierran accesos a bosques y caminos con tal de evitar incendios o colapsos en las carreteras. La sociedad rebosa de titulares para hacer realidad el capricho de contemplar un fenómeno que no se repetía desde hace un siglo.

Aparentemente, este gramo de oscuridad astral es infinitamente más importante que la angustia real que se vive a pocos kilómetros, en la ciudad de Ceuta. Allí, la población sufre el impacto de una presión fronteriza inasumible tras los recientes asaltos multitudinarios. Muros de desesperación, lágrimas y gritos sofocados de vecinos que temen salir a la calle, comercios cerrados, denuncias de agresiones, inseguridad y el brote de enfermedades que parecían olvidadas. Ceuta clama abandonada a su suerte; llora y protesta sin que casi nadie salga a las calles del resto de España a apoyarla en su soledad. Da la impresión de que no es un tema que nos ataña. Lo importante, al parecer, es el eclipse. Para eso sí se moviliza la población, paga precios abusivos y corre hacia lugares remotos. Lo demás no importa.



Rebosamos de expectación y, en cierto modo, de una profunda frivolidad. Aunque el fenómeno astronómico sea fascinante, resulta doloroso constatar que la violación de una frontera y la zozobra de una ciudad entera despierten tan poca empatía. La vida contemporánea se ha convertido en este arrebato de euforia ante lo extraordinario, mientras se asume como un pecado sin penitencia el atropello a la libertad y seguridad de nuestros propios convecinos. Un drama al que las autoridades solo parecen prestar atención cuando la música del miedo suena en el resto de Europa y se teme que el problema alcance sus propias puertas. Es entonces cuando, de pronto, se empieza a hablar de devoluciones y de control fronterizo.

Cuesta entender el panorama actual. Cuesta comprender cómo la búsqueda de una vida mejor por parte de quienes llegan del Magreb se traduce en muchos casos en una falta de integración o en la exigencia de implantar pautas culturales incompatibles con nuestras libertades, mientras en otros rincones del mundo la persecución a comunidades cristianas se asimila con pasividad. Cuesta asimilar una Europa sumida en conflictos diarios e inseguridad, donde los avances en materia de acogida parecen haber dejado desprotegida a la ciudadanía de a pie frente a quienes no respetan las normas de convivencia.



Sin embargo, lo que no se dice en los platós se comenta en voz baja. En círculos reducidos crece el rechazo a una gestión migratoria caótica, bajo la premisa de que África no cabe en Europa. Se habla con cautela, por temor a la cancelación o al juicio de voces anónimas que niegan la realidad desde la comodidad del sofisma. Pero extirpar esta sensación resulta imposible: el murmullo ciudadano es cada vez más notorio y la voz de la calle empieza a hacerse sentir.

Ojalá que la descarga mágica de este eclipse traiga consigo un reguero de paz y de cordura. La necesitamos urgentemente en este siglo XXI tan convulso, donde el sentido común y la protección de los nuestros no deberían quedar jamás en la sombra.

 

Natividad Cepeda

Fotografías de la red 

miércoles, 5 de agosto de 2026

LA MERCANCÍA DEL PODER Y LA CEGUERA DE LAS MASA


 


Veamos cómo vamos de la sumisión ancestral al conformismo moderno: cómo la manipulación política, el abandono del esfuerzo y el olvido de los valores conducen a las sociedades hacia su propia decadencia.

 

Desde tiempos ancestrales se impone la mal llamada «ley del más fuerte». Un dominio ejercido por la fuerza bruta y el afán desmedido de mandar y avasallar al prójimo. En este devenir histórico, el más astuto siempre ha terminado imponiéndose al confiado, a aquel incapaz de advertir las artimañas orientadas a someterlo. Así nacieron las primeras tribus y aldeas, dando paso al desarrollo de regiones, culturas diversas y, finalmente, a los países y estados que hoy conocemos.

Desde los orígenes de la civilización, hombres y mujeres —pues ninguna sociedad ha sido posible sin la mujer— se han necesitado mutuamente para gestionar este proceso evolutivo. Juntos tejieron vínculos que, hábilmente articulados, condujeron a la concentración del poder y al encumbramiento de jefes, caudillos o reyes encargados de ejercer el mandato.

Sin embargo, es una falacia asumir que dicho liderazgo resulte siempre beneficioso, o que el gobernante busque de forma genuina mejorar la calidad de vida de sus subordinados. En demasiados periodos históricos, el líder ha sido injusto, cruel y ambicioso, arrastrando a su pueblo a épocas de penuria y decadencia que la historia documenta con nitidez.

Pero la trampa de la hegemonía y el control mental es muy lamentable. Lamentablemente, la luz de la justicia no siempre ha iluminado a las civilizaciones. Con frecuencia, los seguidores no perciben hacia dónde son conducidos por un líder astuto y falto de ética: hacia su progresiva pobreza y la pérdida irreversible de sus derechos cívicos. Se repite trágicamente la existencia de grupos humanos que siguen ciegamente a gobernantes nefastos sin ponderar su integridad ni su pésima gestión, llegando a defenderlos e inscribirse en un fanatismo ciego.

Hoy, convertidos en votantes, esos mismos seguidores perpetúan la hegemonía del dirigente que los perjudica y destruye. Civilizaciones enteras han sucumbido por diversos métodos: el hambre, la ruina económica, leyes redactadas en contra del propio pueblo y traiciones perpetradas en beneficio personal del gobernante.

Bajo su control y su látigo —a veces físico, a veces intelectual—, el poder manipula la mente de las masas y achaca todos los fracasos a quienes se le oponen. No hay nada nuevo en ello; es la constatación de que la humanidad apenas ha avanzado en los mecanismos de contención frente al control social.

«Cuando la sociedad cae en una estupidez colectiva, se llega a creer que todos son sabios mientras el líder agota la economía y anula el talento individual.»

Lo enconillo porque vivimos en el abismo de la complacencia y el desprecio al mérito. Desde su torre de vigía, el pueblo, falto de discernimiento, cava su propia destrucción. Se conforma con limosnas y festejos lúdicos, convencido de que su gobierno es benigno y de que, si existe precariedad, la culpa jamás recae en la mala gestión del líder, sino en la oposición que lo critica.

En este terreno abonado de falacias, el esfuerzo por construir una sociedad mejor se extingue. Se adoctrina a la ciudadanía en la idea de que todo es posible sin sacrificio; se rebajan los periodos de aprendizaje, se ignora la valía de los esforzados y se premia la inactividad, el desinterés y lo falso por encima de lo verdadero. La sociedad cae así en una estupidez colectiva, creyéndose sabia y merecedora de todo por el mero hecho de existir.

Mientras tanto, el líder agota las arcas públicas, aplasta las iniciativas individuales y sume a la sociedad en la necedad. Al gobernante egocéntrico no le importa el bienestar del grupo; carente de empatía, pactará con quien sea necesario con tal de perpetuarse en el sillón del poder.

Las voces lógicas y visionarias resultan estériles: son silenciadas, apartadas o aniquiladas para no perturbar la aparente felicidad colectiva. Así, la sociedad queda despojada de sus valores universales, sustituyendo la cultura del trabajo y el conocimiento por una ciega fe en la suerte. Y cuando esto ocurre, muere la esperanza de dejar un futuro digno a las próximas generaciones.

Estamos asistiendo al eclipse de Occidente y la lección de la historia. Se trata de una mercancía del poder repetida en la historia, donde nadie protesta porque la población ha sido embaucada como marioneta. La civilización romana, por ejemplo, sucumbió en el momento exacto en que perdió sus valores e instaló el «pan y circo».

Hoy en Occidente presenciamos un retroceso similar. Al olvidar lo conseguido con siglos de esfuerzo, abrimos las puertas a culturas e ideologías ancladas en un pasado donde la libertad no existe y donde la mitad de la población —mujeres y niños— carece de derechos fundamentales. Abrimos los brazos fraternalmente, y cuando queremos reaccionar ante la pérdida de nuestras libertades, ya es tarde para frenar la involución.

Cuando el gobernante no protege a su pueblo ni a su cultura con leyes justas, cabe preguntarse en cuánto ha sido comprado por la ambición y el vil metal.

Al final, la única verdad inmutable es que venimos al mundo sin nada y nos vamos de él del mismo modo. Pobres, ricos, esclavos y señores terminaremos cobijados por la misma tierra, cayendo en el olvido de una historia humana mucho más antigua de lo que alcanzamos a recordar.

 

                                                                                     Natividad Cepeda

 

 

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Clamor a don Quijote

 



Un clamor de voces enhebradas en angustia recorre, palmo a palmo, la piel lacerada de Ceuta. Es el latido exhausto de corazones impotentes que, desde las naves de la catedral de La Asunción, elevan su plegaria en la más estricta soledad, abandonados a la intemperie del destino. Ocurre cuando, sin cauce ni concierto, emergen de las aguas salobres del Atlántico y del Mediterráneo riadas humanas que anegan calles y plazas, vistiendo el rostro de la ciudad con el velo de un miedo oscuro; ese frío sutil que coagula la sangre ceutí de tristeza y desampara la cerviz bajo el vacío de leyes tutelares.

Mas sentimos de pronto que el silencio es una complicidad proscrita, y la voz se nos llena de agravios en esta España transfigurada en cajón de sastre donde todo halla abrigo, excepto sus propios hijos. Es en ese instante de desamparo cuando resuena, desde el fondo de los siglos, la lección inmortal que el caballero de la Triste Figura legara a su escudero sobre el valor de la dignidad:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Son los nuestros sarmientos de una misma cepa hispana, y junto a ellos transitamos avenidas enfangadas por una multitud avasalladora a cuyo paso se atrancan, con pavor, las aduanas y los portones. El mar se encrespa y el océano brama bajo la luz incierta del día mientras las pisadas fracturan la calma de la ciudad y hasta las buganvillas deshojan su púrpura ante la embestida de esta marejada en desbandada.

Causa tribulación pensar en tener que relatarle a don Quijote la mengua de honra y la indigencia moral de tantos otros; y evoco con reverencia a aquel Miguel de Cervantes que tuvo la audacia de colocar las verdades más altas en los labios de un loco. En los pliegues tórridos del verano, el salobre aliento de las olas nos lega lágrimas y desasosiego, pero también la templanza de espíritu requerida para alzar la voz contra el ultraje.

La cobarde vileza de las leyes sin alma no permanecerá para siempre entre sombras: por más que malandrines osados y felones contemporáneos pretendan emponzoñar la verdad, hoy nuestro pecho late al compás de Ceuta y Melilla. Y por más que se conjuren quienes mercadean con la patria, aquí permanecemos erguidos, con la voz en alto, custodiando el honor insobornable de este suelo español.

Natividad Cepeda.Fotografía de la web