Es
octubre y asistimos a un río revuelto de políticos que agitan a las masas con
manipulaciones diversas. El poder compra y el dinero corrompe voluntades; así
se orquestan grupos numerosos en contra de leyes e instituciones, convirtiendo
la legislación en papel mojado. Esta dinámica proyecta la equivocada visión de
que en la sociedad se impone siempre el más fuerte, aplastando a quienes no
alzan la voz ni toman las plazas y calles de las ciudades más importantes en
provocadas actitudes.
De
este modo, quienes mandan utilizan a estos grupos de presión para confundir y,
al mismo tiempo, someter a quienes los siguen como un rebaño. Estos seguidores
quedan a su merced, incapaces de cuestionarse por qué existen otros grupos que
no están de acuerdo. Por ello, cuando los ciudadanos no alienados denuncian la
inmoralidad y los fraudes del mandatario, sus seguidores se revuelven furiosos
contra los demás, ahogando los valores morales que deberían ser el cimiento de
una sociedad justa y equilibrada.
Como
seres sociales, nos necesitamos mutuamente para continuar en nuestro caminar.
Sin embargo, es vital saber diferenciar quiénes son los usurpadores del poder y
quiénes son aquellos que verdaderamente abogan por una sociedad justa, basada
en el respeto a las leyes establecidas en las constituciones aprobadas por los
parlamentos de cada país.
La
profunda decepción de la sociedad en estos tiempos revueltos, acompañada de una
escasa esperanza de mejora, sirve de incentivo para que los ambiciosos de poder
traicionen sus promesas. Se venden para acumular riquezas, aprovechándose de la
posición que ocupan. Es entonces cuando ese mandatario sin escrúpulos introduce
"caballos de Troya" en el sistema para perpetuarse en el poder y
manipular a la sociedad en beneficio propio.
No
es nada nuevo; la Historia está plagada de nefastos gobernantes que han llevado
a la ruina y al enfrentamiento a sus pueblos con tal de conseguir sus fines.
Basta recordar cómo, en las postrimerías de la República Romana, políticos
ambiciosos azuzaron a las turbas para intimidar a sus rivales, quebrando la
convivencia y abriendo paso a las guerras civiles y la tiranía. Más cerca en el
tiempo, etapas oscuras como el Régimen del Terror en la Revolución Francesa o
la polarización extrema de los años treinta en Europa y en España nos dejan una
lección ineludible: cuando el fanatismo en las calles sustituye al debate y a
la ley, el tejido social se desgarra y tarda décadas en sanar.
El
siglo XXI está lleno de nuevos caudillos con desmesuradas ansias de riqueza y
de poder, y nuestras sociedades se enfrentan en un tablero social cada día más
injusto y peor dirigido. Al ver cómo se suceden los mismos casos que en la
antigüedad, queda la amarga sensación de que no hemos aprendido nada a pesar de
los avances tecnológicos. La ética y el valor de nuestras acciones es la que
nos diferencia los unos de los otros, y sobre todo esto, está el honor y el
respeto a las leyes para gobernar con valor y ayudar a la prosperidad de la
sociedad actual. Si la verdad desaparece de nuestras vidas la piedra donde se
asienta la convivencia se romperá.
Natividad
Cepeda
