miércoles, 4 de febrero de 2026

El cáncer de próstata: una realidad silenciosa que debemos visibilizar

 


Según las estadísticas en España, alrededor de 6.000 hombres fallecen cada año a consecuencia del cáncer de próstata. Se trata de una cifra elevada que, sin embargo, sigue siendo poco conocida y escasamente divulgada, salvo por aquellas familias que conviven directamente con la enfermedad.

Los datos son claros: el cáncer de próstata es el tercer cáncer más mortal en hombres, por detrás del cáncer de pulmón y el de colon, y es además el cáncer más diagnosticado en la población masculina en España. Para el año 2026 se estima que se detectarán 34.833 nuevos casos.

Cuando el cáncer de próstata se detecta a tiempo, la supervivencia a cinco años es muy alta. Sin embargo, sigue siendo una enfermedad de la que apenas se habla, y casi siempre solo cuando el diagnóstico ya ha llegado y comienzan las consultas de urología, la intervención quirúrgica o los tratamientos posteriores como la radioterapia y quimioterapia.

Es en esos espacios —las salas de espera, las consultas, los hospitales— donde se descubre la dimensión real del problema: numerosos hombres afectados, casi siempre acompañados por sus parejas. Mujeres que asumen un papel fundamental de apoyo, ánimo y fortaleza, mientras se silencian otras consecuencias de la enfermedad de las que apenas se habla, como los trastornos urinarios, la disfunción eréctil o el impacto emocional.

En muchos casos, estos efectos secundarios son transitorios y existen ejercicios y tratamientos eficaces para mejorar la calidad de vida. Pero lo prioritario, sin duda, es salvar la vida del compañero. Aun así, esto no debería implicar ignorar el sufrimiento físico, psicológico y emocional que acompaña a la enfermedad.

La mayoría de los diagnósticos se producen en hombre

s mayores de 70 años, y con frecuencia la edad hace que no se le dé a la enfermedad la importancia que merece. Se olvida no solo el dolor y la impotencia que toda enfermedad cancerígena conlleva, sino también el coste económico y social derivado de las continuas visitas médicas, tratamientos y desplazamientos al sistema sanitario.

En hombres jóvenes el cáncer de próstata es menos frecuente, especialmente por debajo de los 40 años, salvo en casos con antecedentes familiares. A partir de los 50 años el riesgo aumenta, y aun así la visita anual al urólogo no forma parte de los hábitos de prevención de la mayoría de los hombres. Esta es una realidad constatada y preocupante.



Si desde la medicina de familia, la sanidad laboral, las administraciones públicas, las empresas, los ayuntamientos y otras instituciones se incluyera el cribado del cáncer de próstata en las revisiones periódicas, como se hace con otras enfermedades, muchos casos se detectarían de forma precoz. Esto reduciría el coste de los tratamientos, las pérdidas de horas de trabajo y, sobre todo, evitaría sufrimiento innecesario y muertes evitables.

Es fundamental desterrar el miedo, los tabúes y los complejos. La vida de una persona, de un ser querido, está por encima de cualquier prejuicio.

Para dar visibilidad a esta enfermedad ha nacido PROSVIDA, gracias al periodista y editor Julio Criado García y a todas las personas que se están sumando a esta iniciativa con el objetivo de combatir el silencio y evitar esos miles de muertes provocadas por el cáncer de próstata.

Hace años viví personalmente el peregrinaje de consultas, quirófano y tratamiento de radioterapia que sufrió mi esposo. En aquellos momentos comprobé que muchos de los hombres que se trataban compartían optimismo, humor y esperanza de vida. Sin embargo, fuera de ese entorno, a casi nadie parecía interesarle lo que había ocurrido antes y después del diagnóstico.

Por eso, cuando me encuentro con hombres a partir de los cuarenta años, les aconsejo —aunque no me lo pidan— que se realicen la prueba del PSA. Aunque existan opiniones médicas diversas sobre su eficacia, la realidad es clara: más vale prevenir que curar.

La lucha contra el cáncer es una lucha social. A pesar de las campañas y del trabajo de asociaciones y voluntarios, no se invierte en investigación todo lo que se debería, y seguimos enfrentándonos a una enfermedad que, aunque curable en muchos casos, sigue causando demasiadas muertes.



Dar a conocer el cáncer de próstata es una necesidad urgente. En nuestra provincia de Ciudad Real, ya son muchos los municipios adheridos a esta iniciativa, y cada vez más personas se suman para reclamar cribados sistemáticos, del mismo modo que se realizan mamografías en el cáncer de mama.

Sobre este punto habrá que seguir hablando, porque tampoco es justo que la sanidad pública deje de realizar mamografías a mujeres a partir de los 70 años, cuando la esperanza de vida es cada vez mayor y el coste posterior —humano y económico— es mucho más alto.

Son temas de gran importancia para la salud de la población que no se hablan lo suficiente, y que deben ocupar el lugar que merecen en el debate público.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

El silencio de la intolerancia degrada humanamente la libertad

 

                             


              Poema dedicado a los que carecen de libertad,

          por nacer mujer, por nacer pobre, por ser perseguidos

          por sus creencias religiosas o políticas.

 

 

 

Hay un silencio que fermenta en la garganta,

un estancamiento del aire que no es calma,

sino herrumbre; es la mudez corrupta que sitia los pulsos

y convierte la biografía en una estancia estrecha.

Ese silencio, impuesto por la mano del dogma,

es un fango espeso donde el verbo naufraga

bajo el peso ciego de la intolerancia.

 


Nacer es un estallido de luz, un cenit sagrado.

Emerger hombre, emerger mujer,

es una epifanía que no admite adjetivos ni cadenas.

¡Qué sacrilegio tallar con tinta de leyes ominosas

la piel del libre para llamarlo esclavo!

Qué error tan antiguo pretender que el linaje

 o el oro sean los agrimensores del alma humana.

 

Silenciar al otro es un hacha contra el tiempo:

es fracturar la arquitectura de la mañana,

extirparle latidos al corazón del mundo,

y restarle vida a la mismísima vida.

 

Alzamos murallas de humo, fronteras de aire,

geometrías de exclusión que solo engendran vacío.

Porque existir es una polifonía, una danza de iguales,

y la única muerte verdadera es aquella que ocurre en vida,

cuando el hombre perece tras los muros del olvido

y obliga a la mujer a ser esclava en vez de compañera.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

viernes, 23 de enero de 2026

Paisaje de la Ausencia

 

Voy sucumbiendo al declive de la tarde,
mendiga de una luz que en paz se apaga,
ante la casta desnudez del árbol
y esta desnudez humana que me embarga.

Campos de La Mancha, lienzos de bruma,
de nostalgia tejida y vecindad,
donde el silencio navega entre lloviznas
y un cielo de ceniza dicta su voluntad.

Mástiles de sombra, luces que agonizan,
tiñen de incierto el rumbo de la calle,
mientras el pulso frío del teletipo
derrama sus augurios en los móviles.

Clamo con un llanto seco, sin orillas,
por la siega de tanta muerte inútil;
y dejo el corazón abierto de par en par,
bajo el torrente de lluvia redentora.

 

Poema y Fotografía Natividad Cepeda©

lunes, 19 de enero de 2026

Réquiem en Adamuz (España) 18 de enero de 2026

 


 Noche en Adamuz. La noche cayó en el campo dormido y el silencio saltó por los aires. Crujieron los hierros y se heló la luna, y un grito desolado rasgó el olivar.

 

Dieciocho de enero. Dos trenes de frente. La vía escupió muerte en la línea prohibida. Hay heridos entre luces rotas y luto en el alma.

 

El pueblo despierta, llegan voluntarios. Aguarda en tensa vigilia cercano hospital. Se escribe la tragedia en los teletipos, las ondas viajan con el nombre de Adamuz. Todo es negro, pero en mitad de la sombra, la mano del hombre hoy se vuelve ayuda.

 

Crujieron los hierros, dolió la estructura, y el aire expandió un grito; segundos de espanto, de sombra y locura, bajo el cielo tan frío del invierno.

 

Dieciocho de enero, la fecha se ha grabado a fuego; la muerte en las vías se vuelve infinita. Se equivocó el tren en su ruta de acero, cruzó la frontera, la línea prohibida; y las vías escupieron, en este enero, el rastro amargo de cuerpos de sombras en el seco impacto de un último abrazo.

 

Pero entre las ruinas, las manos acogen, Adamuz se entrega. la fuerza humana inunda y escribe otra vez una triste página.

 

Reza el alma en vigilia. El rezo en silencio por esas familias donde han caído un río de lágrimas. Requisen en Adamuz. La noche se ha tornado negra. 


 


Poema Natividad Cepeda ©. Fotografía de la web


Tragedia: 39 fallecidos. Se dice por los medios públicos al informar a fecha de hoy que hay otros 32 desaparecidos. Número indeterminado en hospitales y UCI. 

En declaraciones oficiales la colisión de los dos trenes no ha sido debido a fallos humanos ni a velocidad excesiva. 

Las opiniones generalizadas piden y exigen que se determinen las responsabilidades a la autoridades competentes.


viernes, 16 de enero de 2026

Ventanas de carne y hueso: El secuestro de la libertad humana en demasiadas partes del mundo conocido.



Viene a mi mente la palabra libertad y, de inmediato, surge una imagen desoladora: ventanas humanas tapadas, cerradas a cal y canto. Personas atrapadas en Irán exigiendo libertad, como no recordarlas. En Nigeria por ser cristianos, en Afganistán a misioneros católicos… En demasiados partes de nuestro mundo globalizado y callado a pesar de conocer esas horribles noticias a causa de la falta de libertad. Es como si la libertad, ese derecho que debería ser tan natural como el oxígeno, se hubiera convertido en una ficción, una quimera imposible o un camino por el que ya nadie puede transitar.

La historia nos dice que la libertad es un sendero recorrido, pero demasiadas veces anulado. Ha sido quemada en la hoguera de la intolerancia, del mismo modo en que se quemaron, en otros tiempos, los libros que resultaban incómodos al poder. Hoy, me limito a repetir el eco de millones de voces que, a lo largo de los siglos, han clamado por lo mismo: "Dejadme vivir en libertad; no me la hurtéis, no me la prohibáis". La libertad no es un regalo del Estado ni una concesión de la fe; es el legado por nacer, el derecho absoluto por el simple hecho de vivir.

La usurpación del derecho ¿Por qué, entonces, siglo tras siglo y milenio tras milenio, la libertad ha sido perseguida? La respuesta es tan antigua como la injusticia: por el ansia de dominio. Un dominio que ha golpeado con especial saña a la mujer. Me han cortado el camino, han usurpado mi derecho solo por el hecho de ser mujer. Resulta una paradoja cruel: somos nosotras quienes damos la vida a esos mismos hombres que, después, nos la esconden. No existe mandato sagrado, ni religión, ni filosofía que pueda sostener con verdad que nacer mujer es ser inferior. Si tales ideas existieron —y existen—, es exclusivamente para que el hombre pueda alzarse artificialmente por encima de su propia especie.

Pero olvidas que: "Tengo un corazón que late igual al tuyo, una mirada para admirar la tierra y un cerebro que piensa sin que nadie me lo impida: somos iguales. Soy palabra poética y mujer que denuncia esa falta de libertad de la que carecen otras mujeres. La escribo y la denuncio hoy y ayer, y me duele porque a pesar de tanta civilización y tecnología aún millones de mujeres carecen de libertad”

Acaso un siglo XXI de rostros cubiertos no es incomprensible y que todavía tengamos que pelear para que el rostro de una mujer pueda recibir el aire y el sol. ¿Por qué se escriben leyes en nuestra contra? ¿Por qué se inventan dioses para avasallar la voluntad femenina? La tortura de la opresión carece de lógica biológica y humana. Sin la mujer, la existencia misma se apagaría. Somos dos en uno, mitades de un mismo engranaje necesario para que la vida continúe. El hombre y la mujer comparten el mismo latido y la misma capacidad de asombro ante el mundo.

Negar la libertad a la mujer no es solo un acto de injusticia hacia ella; es un suicidio colectivo de la humanidad, que decide caminar a ciegas habiendo nacido con los ojos abiertos. Es hora de desprecintar esas "ventanas humanas" y dejar, de una vez por todas, que la luz entre para todos por igual. A uno o a otro por ser hombre o mujer, por ser pobre o rico, por ser, según leyes ruines y terribles esclavo o libre, ha sido y es un grave error humano. Silenciar por alguna de estas causas es fracturar la vida y la convivencia, es y ha sido restar vida a la vida. Es alzar murallas inexistentes, porque vivir es vivir en armonía y no perecer por exclusión

El silencio como prisión se vuelve "corrupto" cuando se utiliza para asfixiar la identidad. No es el silencio del descanso, sino el del miedo. Cuando una sociedad o un sistema impone el silencio, está negando la capacidad de raciocinio y de conexión emocional de las personas. La dignidad intrínseca del nacimiento es “sublime" es un recordatorio de que los derechos humanos no deberían ser concesiones legales, sino reconocimientos de nuestra propia existencia. Categorizar a los seres humanos bajo "leyes execrables" (ya sea por género, clase o estatus) es, en efecto, un error que fractura la base de la convivencia. La exclusión crea fronteras donde no debería haberlas. Alzar muros basados en prejuicios solo sirve para restar vida a la vida y limitar las posibilidades de crecimiento de los demás. La armonía nace de la diversidad, no de la uniformidad forzada y al hacerlo se empobrece culturalmente

"Vivir es vivir en armonía y no perecer por exclusión." La palabra, toda palabra es puente para alcanzar un ideal justo. Es una llamada a la libertad sin condiciones previas impuestas por la intolerancia. El silencio, a menudo confundido con la paz o la prudencia, esconde en ocasiones una naturaleza mucho más oscura. Existe un silencio que no es refugio, sino condena: un silencio corrupto es aquel que se impone para obstruir y aprisionar la vida, convirtiéndose en el fango donde se hunde la libertad frente a la intolerancia.

No podemos permitir que las palabras se ahoguen. El silencio debe volver a ser un espacio de reflexión elegida, nunca una mordaza impuesta por la injusticia. Romper estas prisiones de silencio es la única vía para que la convivencia deje de ser una lucha de exclusiones y se convierta en un acto de libertad compartida en cualquier lugar de la tierra que habitamos.

 

                                                                               Natividad Cepeda

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miércoles, 14 de enero de 2026

El Desafío de Mantener Viva la Luz del Venerable Ismael de Tomelloso en Nuestra Sociedad Manchega

 



La luz silenciosa de Ismael: fe, memoria y esperanza en la oscuridad, es la historia de España, marcada por las cicatrices de aquella Guerra Civil de donde emergen figuras que se convierten en faros de fe y esperanza. Una de ellas es Ismael de Tomelloso, un joven cuya vida como prisionero de guerra sigue interpelando nuestras conciencias. ¿Cómo es posible que, en medio del horror y el abandono, germinara una fe tan inquebrantable que aún hoy ilumina corazones? Yo reflexiono sobre el misterio de esa luz, sobre la fuerza de la oración y la memoria que lo rescataron del olvido, y sobre el desafío de mantener viva su Causa de Beatificación y Canonización esperando ese milagro que no dudo vendrá, cuando Dios lo crea conveniente.

Ismael representa la fuerza de la fe en tiempos de odio y violencia. Su vida es un llamado a la reconciliación y a la paz, valores universales que trascienden ideologías. El significado espiritual de Ismael es su testimonio que interpela a las nuevas generaciones: “La verdadera grandeza está en amar incluso en medio del sufrimiento”. Ismael no fue un héroe de guerra ni un personaje famoso. Fue un joven normal que eligió la paz en medio del odio, que prefirió la oración al enfrentamiento, que nunca renunció a su fe. Su vida es un faro para quienes buscan esperanza en tiempos difíciles. Nos recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos, sino que se construye en lo cotidiano, en la fidelidad y en el amor.

Por eso hay que Recordar su Juventud y compromiso apostólico. Durante su adolescencia, Ismael participaba activamente en la vida parroquial. Era conocido por su espíritu de oración, su amor a la Eucaristía y su entrega a los demás. En los años previos a la guerra, Tomelloso no era ajeno a la tensión política y religiosa que se vivía en toda España. Las iglesias sufrían ataques, las imágenes eran destruidas y la práctica religiosa se veía amenazada. Ismael, lejos de esconderse, reafirmó su fe y su compromiso con Cristo. En su mensaje para hoy, Ismael nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia de las sucesivas guerras, sino en la humildad, en la entrega y en la capacidad de amar incluso en los momentos más oscuros, su vida, es un faro para quienes buscan esperanza en medio de la incertidumbre. En una sociedad que a veces olvida sus raíces espirituales, recordar a Ismael es recordar que la fe puede transformar el mundo.

A veces no se comprende el silencio de Ismael; es un Silencio que Habla de Paz. En tiempos donde la violencia parecía imponerse sobre la esperanza, surgió la figura de este joven sencillo, alegre y profundamente espiritual: Ismael. Su vida, marcada por la fe se convirtió en un testimonio luminoso en medio de la oscuridad de la Guerra Civil española de 1936. Ismael no fue un héroe de armas, sino de espíritu. Movilizado en el frente de Teruel, eligió la paz por encima de la guerra: y rezó en silencio, implorando que cesara la barbarie. Aquella actitud desconcertó a quienes lo rodeaban, pero revelaba la fuerza de su convicción: la fe no se negocia, ni siquiera ante la muerte. Capturado y llevado a un campo de concentración, Ismael vivió el desprecio y la soledad. Sus compañeros lo ignoraban porque no protestaba, porque respondía al odio con silencio y oración. Con un rosario improvisado de cuerda de esparto, rezaba cada día, aferrado a la esperanza. El frío y la miseria lo enfermaron; la tuberculosis se apoderó de su cuerpo. Nunca pidió nada, salvo que fuera el capellán del campo de concentración para confesar y comulgar

Pero ¿podemos pensar en lo que vivió Ismael en aquella batalla? Ismael tenía veinte años.  Solo veinte años. Nunca imaginó verse atrapado en una guerra, la más cruel: aquella que enfrentaba hermano contra hermano, vecino contra vecino, amigo contra amigo. Jamás pensó que su fe cristiana pudiera ser motivo de odio. Él no se metía con nadie; rezaba cada mañana ante el sagrario antes de ir al trabajo, pedía por todos y sentía en su alma la luz de Cristo resucitado. Conocía la pobreza. A veces, camino al trabajo, algún hombre o mujer le pedía limosna. No tenía dinero, solo el pan destinado a su desayuno, y sonriendo lo dejaba en aquellas manos suplicantes.

Esperaba el domingo con ilusión: era el día de alegrar a los ancianos del asilo. Allí, entre paredes frías, vivían olvidados, esperando la muerte. Cuando Ismael llegaba, las miradas tristes se volvían alegres. Con su guitarra les cantaba, les ayudaba a comer intentando aliviar tanta soledad en su vejez. Las monjas cuidaban a quienes otros habían desechado. Nunca hubiera imaginado que sería perseguido por creer en Cristo crucificado, por amar a Jesús en el Sagrario. ¿Por qué?, se preguntaría atónito. Y ahora, en medio de la batalla, no fue capaz de disparar. ¿Cómo hacerlo, si todos eran hermanos? Tiró el fusil y elevó su oración al cielo, suplicando el fin de aquella lucha feroz, sangrienta. Los soldados lo miraban asombrados: ningún proyectil lo alcanzaba. Pasaron los días. El frío mordía los cuerpos: veinte grados bajo cero. Batalla de Teruel, terrible. Unos avanzaban, luego retrocedían. Al final, el silencio. La derrota del ejército republicano. En la larga fila de prisioneros, Ismael escuchó que quienes acreditaban pertenecer a asociaciones católicas no eran enviados al campo de concentración. Él era un joven de Acción Católica… Cuando llegó su turno, le preguntaron nombre y filiación. Solo dio su nombre y dos apellidos.

—¿Algo más? —preguntó el soldado.

—Nada más —respondió Ismael. Se quedó junto a quienes hasta ese día le habían vigilado, blasfemando a su lado para provocarle, para ejercer poder sobre los que sospechaban cristianos. Ismael callaba y rezaba. Oraba en silencio, cumpliendo el mandato del Maestro: Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Amor a Dios y, por Dios, amor a todos, incluso a sus enemigos. Ese es nuestro Venerable Ismael de Tomelloso. Para mi confiar en la fuerza de la fe de Ismael en su enorme soledad, me abruma. ¿Cómo se mantiene viva la esperanza cuando todo invita a la desesperación? La respuesta está en la autenticidad de la fe de Ismael, su amor a Dios, su confianza en la vida eterna y su capacidad para seguir creyendo en la paz y en las personas son testimonio de una santidad que no necesita escenarios ni aplausos.  Es la santidad que se fragua en el silencio y en el amor, y que solo los auténticos creyentes elegidos por Dios pueden encarnar.

                          Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de Tomelloso

 

jueves, 1 de enero de 2026

La siembra y el nuevo amanecer del año nuevo

 

Ha caído la noche,
sobre esta última frontera del año,
y la vida parece un río detenido,
aunque yo esperaba que fuera un torrente nuevo.

Esta mañana,
la niebla era un manto gris y húmedo,
como un pensamiento que no se despeja,
cubriendo las calles del pueblo,
cubriendo la siembra que verdea en los surcos
como venas abiertas en la piel de la tierra.

El teléfono dejó mensajes,
voces que son pájaros golpeando los cristales,
ecos de afectos que no llenan el vacío,
porque yo sentía la raíz antigua,
la voz de mi padre,
cuando el último día del año
íbamos todos a misa,
como quien vuelve al manantial
para beber memoria.

Por aquella madre que murió
un treinta y uno de diciembre,
cuando él era apenas un niño,
y la ausencia se hizo árbol
que aún da sombra en nuestras vidas.

Esta noche he ido al templo,
he rezado por ella,
por mi padre, por mi madre,
y he sentido que conmigo estaban
todos los que me faltan,
como estrellas encendidas
en el cielo secreto del alma.

Regresé a casa,
el frío filtrándose en mis huesos
como un huésped sin nombre,
y preparé la cena,
una cena sencilla,
porque ese es el espíritu:
despedir la noche vieja,
dar la bienvenida al año nuevo
rodeada de familia,
rezando por los ausentes
que laten en cada silencio.

Bienvenido sea el año nuevo,
bienvenido sea,
pidiendo que el camino
no sea demasiado incierto,
que la esperanza no se quiebre
como cristal en la tormenta.

Ahora todo está en silencio,
y yo pienso
en la gran incógnita
que es este año
que comienza,
como un libro cerrado
que guarda sus páginas en sombra.

Pero allá afuera,
bajo la niebla,
la siembra sigue verdeando en los surcos,
como versos escritos por la tierra,
como promesas que germinan
en la piel del mundo.

Que así sea este año:
un brote nuevo,
una raíz que se aferra al corazón del suelo,
un horizonte abierto
donde el sol disipe la niebla
y la esperanza florezca
como trigo dorado
cantando en primavera.

 

Natividad cepeda

Tomelloso 1 de enero de 2025