Es mayo, y el cielo se ha
puesto una túnica de ceniza; parece que el universo, como un pecho cansado,
respirara tristeza desde la madrugada.
Es mayo, y no es menester
música ni dulzaina, porque los trinos son agujas de luz cosiendo la mañana en
las ramas verdes de las acacias, y sus brazos, como madres antiguas, sostienen
los pequeños cuerpos de pájaros cantores que llegaron de lejos, acaso con un
país entero bajo las alas.
Es mayo, y en este espacio
donde a veces sueño entre las lámparas del día y la soledad estremecida de la
aurora, esa herida clara en la piel de la noche, no me llega el fatuo sonido de
los egos humanos que presumen de ser únicos en el solar de pueblos olvidados:
genios de campanario, dioses de barro sobre altares de polvo, pequeños
emperadores de una intemperie sin reino.
Es mayo, y en esa remota
estela de la vida veo ininterrumpidamente el afán desmesurado de ser genios o
dioses de localismos absurdos y efímeros, multiplicados generación tras
generación, olvidando que somos huéspedes breves en una casa que no nos pertenece,
pájaros que emigraremos a lo eterno, y que solo dejaremos, de nuestro paso, el
amor que dimos sin pedir nada a cambio; ese amor que queda como pan caliente
sobre la mesa de los otros.
Es mayo, y a través de las
nubes veo mi tierra de trigos y viñedos, vieja madre con las manos agrietadas,
tan sola y explotada como lo fue antaño, exprimida como una fruta antigua. Y
aguantamos, un escaso ramillete de hombres y mujeres, este declive que se
extiende, que avanza como humedad por las paredes, esta ruina que no llega con
estruendo sino con pasos de tristeza, y que casi nadie quiere ver, como si
todos los desastres de este tiempo pudieran esconderse bajo las nubes de este
amanecer de mayo.
Es mayo y el bosque social se desordena: un
martillo recorre de norte a sur lo que levantamos, y deja tras de sí palabras
de furia, astillas de conversación. Nos lanzamos unos contra otros y, en ese
reguero, lo humano se aparta de la humanidad como si fueran cosas distintas.
Estamos en mayo y, como una
ronda amarga, las noticias nos dicen que las guerras continúan con heridas que
no cesan, con muertes sin hornos crematorios, con muertos de todas las edades,
esgrimiendo a los niños fallecidos en las contiendas como moneda de cambio para
que unos los defiendan como suyos y para los otros, olvidados como basura de
estercolero.
Estoy en mayo de 2026. Mi tierra, madre de
vinos y trigos, no ignora lo que se cuela por la puerta entreabierta de las
naciones: huellas de otros continentes que llegan hasta mí, hasta esta llanura
sin mares y de ríos escasos, buscando el dorado de Europa. Y en las mejillas
europeas noto sofoco, un susurro de hastío que no promete bonanza.
Saludo al viento del amanecer
y convivo con rostros envueltos en culturas y dioses distintos; a veces, con
voces que quisieran que olvidáramos lo aprendido, que cediéramos la memoria. Me
siento nublada, como si el cielo se me instalara en las neuronas sin pedir
permiso.
Alzo la vista: un círculo de
vencejos rodea las altas chimeneas de alcoholeras extintas, hoy morada de
cigüeñas blancas. Pienso en una dama del alba que sostiene los amaneceres para
que las aves sigan su curso, invariable, pese al estruendo confuso de la
humanidad. Y las golondrinas chillonas, sobre mi cabeza, me devuelven de golpe
a la infancia: este mismo lugar manchego, cuando el futuro era solo un sueño y
no el de hoy.
Natividad Cepeda