miércoles, 5 de agosto de 2026

LA MERCANCÍA DEL PODER Y LA CEGUERA DE LAS MASA


 


Veamos cómo vamos de la sumisión ancestral al conformismo moderno: cómo la manipulación política, el abandono del esfuerzo y el olvido de los valores conducen a las sociedades hacia su propia decadencia.

 

Desde tiempos ancestrales se impone la mal llamada «ley del más fuerte». Un dominio ejercido por la fuerza bruta y el afán desmedido de mandar y avasallar al prójimo. En este devenir histórico, el más astuto siempre ha terminado imponiéndose al confiado, a aquel incapaz de advertir las artimañas orientadas a someterlo. Así nacieron las primeras tribus y aldeas, dando paso al desarrollo de regiones, culturas diversas y, finalmente, a los países y estados que hoy conocemos.

Desde los orígenes de la civilización, hombres y mujeres —pues ninguna sociedad ha sido posible sin la mujer— se han necesitado mutuamente para gestionar este proceso evolutivo. Juntos tejieron vínculos que, hábilmente articulados, condujeron a la concentración del poder y al encumbramiento de jefes, caudillos o reyes encargados de ejercer el mandato.

Sin embargo, es una falacia asumir que dicho liderazgo resulte siempre beneficioso, o que el gobernante busque de forma genuina mejorar la calidad de vida de sus subordinados. En demasiados periodos históricos, el líder ha sido injusto, cruel y ambicioso, arrastrando a su pueblo a épocas de penuria y decadencia que la historia documenta con nitidez.

Pero la trampa de la hegemonía y el control mental es muy lamentable. Lamentablemente, la luz de la justicia no siempre ha iluminado a las civilizaciones. Con frecuencia, los seguidores no perciben hacia dónde son conducidos por un líder astuto y falto de ética: hacia su progresiva pobreza y la pérdida irreversible de sus derechos cívicos. Se repite trágicamente la existencia de grupos humanos que siguen ciegamente a gobernantes nefastos sin ponderar su integridad ni su pésima gestión, llegando a defenderlos e inscribirse en un fanatismo ciego.

Hoy, convertidos en votantes, esos mismos seguidores perpetúan la hegemonía del dirigente que los perjudica y destruye. Civilizaciones enteras han sucumbido por diversos métodos: el hambre, la ruina económica, leyes redactadas en contra del propio pueblo y traiciones perpetradas en beneficio personal del gobernante.

Bajo su control y su látigo —a veces físico, a veces intelectual—, el poder manipula la mente de las masas y achaca todos los fracasos a quienes se le oponen. No hay nada nuevo en ello; es la constatación de que la humanidad apenas ha avanzado en los mecanismos de contención frente al control social.

«Cuando la sociedad cae en una estupidez colectiva, se llega a creer que todos son sabios mientras el líder agota la economía y anula el talento individual.»

Lo enconillo porque vivimos en el abismo de la complacencia y el desprecio al mérito. Desde su torre de vigía, el pueblo, falto de discernimiento, cava su propia destrucción. Se conforma con limosnas y festejos lúdicos, convencido de que su gobierno es benigno y de que, si existe precariedad, la culpa jamás recae en la mala gestión del líder, sino en la oposición que lo critica.

En este terreno abonado de falacias, el esfuerzo por construir una sociedad mejor se extingue. Se adoctrina a la ciudadanía en la idea de que todo es posible sin sacrificio; se rebajan los periodos de aprendizaje, se ignora la valía de los esforzados y se premia la inactividad, el desinterés y lo falso por encima de lo verdadero. La sociedad cae así en una estupidez colectiva, creyéndose sabia y merecedora de todo por el mero hecho de existir.

Mientras tanto, el líder agota las arcas públicas, aplasta las iniciativas individuales y sume a la sociedad en la necedad. Al gobernante egocéntrico no le importa el bienestar del grupo; carente de empatía, pactará con quien sea necesario con tal de perpetuarse en el sillón del poder.

Las voces lógicas y visionarias resultan estériles: son silenciadas, apartadas o aniquiladas para no perturbar la aparente felicidad colectiva. Así, la sociedad queda despojada de sus valores universales, sustituyendo la cultura del trabajo y el conocimiento por una ciega fe en la suerte. Y cuando esto ocurre, muere la esperanza de dejar un futuro digno a las próximas generaciones.

Estamos asistiendo al eclipse de Occidente y la lección de la historia. Se trata de una mercancía del poder repetida en la historia, donde nadie protesta porque la población ha sido embaucada como marioneta. La civilización romana, por ejemplo, sucumbió en el momento exacto en que perdió sus valores e instaló el «pan y circo».

Hoy en Occidente presenciamos un retroceso similar. Al olvidar lo conseguido con siglos de esfuerzo, abrimos las puertas a culturas e ideologías ancladas en un pasado donde la libertad no existe y donde la mitad de la población —mujeres y niños— carece de derechos fundamentales. Abrimos los brazos fraternalmente, y cuando queremos reaccionar ante la pérdida de nuestras libertades, ya es tarde para frenar la involución.

Cuando el gobernante no protege a su pueblo ni a su cultura con leyes justas, cabe preguntarse en cuánto ha sido comprado por la ambición y el vil metal.

Al final, la única verdad inmutable es que venimos al mundo sin nada y nos vamos de él del mismo modo. Pobres, ricos, esclavos y señores terminaremos cobijados por la misma tierra, cayendo en el olvido de una historia humana mucho más antigua de lo que alcanzamos a recordar.

 

                                                                                     Natividad Cepeda

 

 

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Clamor a don Quijote

 



Un clamor de voces enhebradas en angustia recorre, palmo a palmo, la piel lacerada de Ceuta. Es el latido exhausto de corazones impotentes que, desde las naves de la catedral de La Asunción, elevan su plegaria en la más estricta soledad, abandonados a la intemperie del destino. Ocurre cuando, sin cauce ni concierto, emergen de las aguas salobres del Atlántico y del Mediterráneo riadas humanas que anegan calles y plazas, vistiendo el rostro de la ciudad con el velo de un miedo oscuro; ese frío sutil que coagula la sangre ceutí de tristeza y desampara la cerviz bajo el vacío de leyes tutelares.

Mas sentimos de pronto que el silencio es una complicidad proscrita, y la voz se nos llena de agravios en esta España transfigurada en cajón de sastre donde todo halla abrigo, excepto sus propios hijos. Es en ese instante de desamparo cuando resuena, desde el fondo de los siglos, la lección inmortal que el caballero de la Triste Figura legara a su escudero sobre el valor de la dignidad:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Son los nuestros sarmientos de una misma cepa hispana, y junto a ellos transitamos avenidas enfangadas por una multitud avasalladora a cuyo paso se atrancan, con pavor, las aduanas y los portones. El mar se encrespa y el océano brama bajo la luz incierta del día mientras las pisadas fracturan la calma de la ciudad y hasta las buganvillas deshojan su púrpura ante la embestida de esta marejada en desbandada.

Causa tribulación pensar en tener que relatarle a don Quijote la mengua de honra y la indigencia moral de tantos otros; y evoco con reverencia a aquel Miguel de Cervantes que tuvo la audacia de colocar las verdades más altas en los labios de un loco. En los pliegues tórridos del verano, el salobre aliento de las olas nos lega lágrimas y desasosiego, pero también la templanza de espíritu requerida para alzar la voz contra el ultraje.

La cobarde vileza de las leyes sin alma no permanecerá para siempre entre sombras: por más que malandrines osados y felones contemporáneos pretendan emponzoñar la verdad, hoy nuestro pecho late al compás de Ceuta y Melilla. Y por más que se conjuren quienes mercadean con la patria, aquí permanecemos erguidos, con la voz en alto, custodiando el honor insobornable de este suelo español.

Natividad Cepeda.Fotografía de la web


martes, 28 de julio de 2026

La ilusión de la meta y el mar infinito

                      

 


 

El mundo, la gente, la historia es una corona que se pone el tiempo mientras nosotros lo ignoramos.

 Yo creía que, cuando lograra uno de mis sueños, la locomotora del tiempo —de mi tiempo— se pararía y viviría eternamente ubicada en mi sueño. Y además, que ese sueño sería la fragancia de mi vida; pero no fue así. Después volví a soñar con otro sueño y poco a poco se convirtió en mi meta, y pensaba que ese sueño era mucho más poderoso que el primero. Y así, en el mar de la vida, mis sueños se fueron alojando en mi piel y fueron muchos, múltiples sueños semejantes a la arena de las playas, porque siempre había un nuevo sueño en el que me embarcaba para ser feliz. Y no echaba el ancla en ese mar mío.

 Así, en las olas de la vida, un día miré mi piel y en ella, en las aristas que el tiempo había ido dejando como pequeñas líneas, como espaciados surcos en mi cuerpo, yo, que soy de tierra adentro, pensé que era hora de anclar y dejar de soñar, y quedarme parada, quieta, mirando y viviendo lo que tenía sin buscar nuevos sueños. Porque en esa búsqueda de encontrar nuevos sueños también había encontrado cruces y dejado lágrimas en su madero; y de pronto, ahora me faltaban aquellas personas de mi primer sueño y ahora que las había perdido, que se habían marchado en el mar de la vida en busca de la eternidad, las que llegaron no suplieron jamás a aquellas otras.

 Aquellos, ellos, cuando los recuerdo me dejan como a la deriva de mi primer sueño y pienso que, después de tantas marejadas y vueltas de timón, los sigo añorando sin renunciar a los que fueron llegando, los que me trajo el viento de la vida y que también han ido desapareciendo en esas travesías que son los viajes de las universidades, del trabajo, de crecer y alejarse, como siempre ha ocurrido. Sí, desde la antigüedad remota yo nací, crecí y volé fuera del mar familiar, y en mis hombros llevo esa pesadumbre de haber dejado marchar a mis padres, y ahora a mis hijos y a mis nietos; y en esa unidad de soplar de los vientos los he dejado ir y a la vez los detengo a mi lado, en silencio, porque sin ellos, entonces, ¿dónde estarían mis sueños?

 Cuando amanece miro el planeta Venus, esa estrella que mi madre me señalaba cuando caminábamos al amanecer camino de la casa de sus padres, buscando sin que ella lo dijera aquel primer hogar que abandonó para fundar el suyo. Recorro ese camino de las calles que recorrí con ella y veo, mirando a la estrella, que aunque no recorro aquellas calles cogida de su mano, la estrella y mi madre están conmigo.

 Y sé, ahora sé, que las ausencias son más numerosas y que yo, en esas ausencias y en ese conocimiento de vivir con todos ellos, es donde habitan mis sueños; no todos, porque para amarlos a todos ellos renuncié a otros. Sí, he echado el ancla y me quedo sin mar y sin barco, esperando que alguno de ellos venga hasta mi playa y me cuente sus viajes, y también escucho los sueños de mis nietos y, en silencio, embargada por esos sueños suyos, vuelvo a revivir los míos y navego sin remos y sin mar, sabiendo que la vida, mi vida, es y ha sido un viaje plagado de sueños.

 

 

Natividad Cepeda

domingo, 26 de julio de 2026

La geografía herida del fuego en España

 

 

 

El fuego es sagrado cuando se enciende como una plegaria, cuando la luz busca lo divino y su llama no se precipita en vorágine sobre los campos ni profana el umbral de los hogares. No se toca el fuego cuando es rito y súplica, cuando su calor traza senderos de fe y de misterio.

Pero cuando la chispa prende el monte por un instante y se propaga furiosa, despojada de toda trascendencia, sus destellos devienen en lenguas de terror. Ahoga las gargantas, consume las lágrimas, detiene el pulso pacífico de los pueblos. Se apaga entonces el trino de los pájaros y no hay llanto humano capaz de sofocar la furia roja que devora la vida a su paso.

 

Mientras tanto, en despachos distantes, ajenos al polvo y al sembrado, se dictan leyes ciegas. Prohíben, desde la ignorancia del asfalto, el transitar del ganado que limpia la hierba; impiden que la gente de la aldea recoja la hojarasca y la leña caída, desconociendo que en ese gesto ancestral residía el verdadero cortafuegos del verano.

 

El fuego avanza y sus dentelladas no perdonan. Toca huir, abandonar la casa, salvar a la desesperada el ganado y los enseres. Tantas veces, en vano. La muerte, vestida de un calor abrasador, asfixia el pecho y ciega los ojos. El abismo es absoluto cuando, tras la batalla, el humo revela la desolación y nadie asume la culpa. En esos mismos despachos de aire acondicionado y retribución segura, los legisladores se reúnen a tasar el desastre que jamás sabrán comprender.

 

Sobre la geografía herida solo queda la ruina y una impotencia sin nombre. Se mueren los campos, se agotan las esperanzas y se quiebra la fe en las instituciones que han destruido el equilibrio de la tierra, aquel que hombres y mujeres sabios protegían desde el conocimiento profundo del terruño. Han sido ellos, los dueños de los despachos impolutos, quienes han entregado el monte a las llamas.

Y así, cada verano, España pierde miles de hectáreas de tierra fértil y memoria verde. Nada parece importar. Pero importa: somos cada día más pobres, más pocos. Y cuando el invierno instala su frío, nadie en la distancia recuerda el horror de quienes lo perdieron todo —las cosechas, la casa, la vida misma— por intentar apagar lo que otros encendieron al legislar desde el desconocimiento.

 

 

El fuego quema fatigas e ilusiones que se disuelven en el aire cuando el viento aviva las llamas, alzadas como si este infierno fuera un castigo injusto para quien no lo merece. Ya no quedan lágrimas para llorar al águila que ha dejado de cruzar los cielos; nos basta ahora la pantalla de un ordenador y el documental de voz melodiosa y pulcra que nos muestra paisajes primigenios, mientras la belleza real de esta tierra amada se destruye bajo nuestros pies.

 

Si nos dejaran amar lo que habitamos, sin esas reglas anodinas y perversas, las águilas volverían a surcar el espacio, las ardillas correrían entre las copas de los árboles y las plagas inmisericordes de conejos no arruinarían los melonares, los viñedos, los almendros ni los olivares. Pero no: prefieren proteger la destrucción para revestir de sabiduría la más llana simpleza, desdibujando incluso el color natural del arcoíris cuando se asoma tras la lluvia.

 

NADA de esto parece tener sentido. Pero claro, nosotros, los que sostenemos la base de la pirámide social, somos a los que tachan de ignorantes por no estar sentados en las grandes tribunas ni recibir aplausos o reconocimientos. Y ya ni nos creemos el discurso oficial del cambio climático, porque la memoria de la tierra nos enseña que no es la primera vez que los ciclos cambian.

 

Y así, mientras en los despachos impolutos se dictan leyes ciegas desprovistas de terruño, la ruina se adueña de los campos. Y cuando el invierno instala su frío, nadie en la distancia recuerda el horror de quienes lo perdieron todo —las cosechas, el hogar, la vida misma— por intentar apagar el fuego que otros encendieron al legislar desde el absurdo.

Acaso la vida deje de ser necesaria cuando las máquinas programen la continuidad de este planeta y los caballos de Troya de la modernidad nos dobleguen a su golpe. Es cierto que el ímpetu se nos escapa a veces con el peso de los años, y en otras por un exceso de caprichos incalculados. En ese delirio de olvidar de dónde venimos, terminaremos por perder el norte; y cuando ya no queden guías que nos enseñen a recuperar la memoria, este colectivismo amaestrado perderá incluso la capacidad de asombro ante lo que un día dejó ir.

 

Es tiempo de vacaciones. Y aunque el aire huela a humo y haya quien necesite volver a ponerse mascarillas, la tragedia del fuego se olvida tan pronto como se desliza por las pantallas de nuestros teléfonos. La catástrofe reducida a espectáculo, a una noticia más en la palma de la mano... y esa indiferencia anestesiada resulta tan terrible como el mismo fuego que asola España en este mes de julio.

 

                                                                                               Natividad Cepeda

Fotografía de la web 

jueves, 16 de julio de 2026

La herencia de la tierra

 



Todavía, a pesar del calor, la tierra nos da frutos. En el tramo de viñas, el corazón se agita y late más fuertemente al ver colgando los racimos; y es un milagro arrebatado contemplar, en el dorado de la tarde, la nobleza que me da la tierra al verla coronada de vides que resisten el calor del sol de julio.

Siento la plenitud del regalo recibido de la tierra que nos alimenta desde el esfuerzo callado del labrador que —solo, muy solo y olvidado— resiste a los pagos al fisco y reza de labios hacia adentro para que todo eso que cabe en su alma sea el puente para saciar el cuerpo sin perder el alma.

Acaso Dios le haya repartido la herencia de la tierra, tan dura y perpetua, y él la cuida y la ama aun sabiendo que, cuando Dios lo llame, nada se llevará consigo. Ese feudo quedará para que otros que le reemplacen la cultiven; y, aun así, la toma entre sus manos ásperas y cansadas, y la sigue cuidando como se cuida a los hijos, y la ara y cultiva como ama y penetra el arado en la tierra.

 

Poema y fotografía Natividad Cepeda©

 

martes, 7 de julio de 2026

Julio en La Mancha: Manifiesto de tristeza infinita.

 

 


Estos días de julio además de fiestas, premios y distinciones hay causas que pasan desapercibidas: hechos en nuestras localidades cercanas que apenas si tiene eco y me siento impotente ante todo lo que sucede. Mi grito es el grito de la España que madruga, que produce y que, al final del día, se encuentra con las manos vacías y la sensación de estar sosteniendo un peso insoportable sobre la espalda.

Es una contradicción trágica lo que sucede y está sucediendo en la agricultura, en la ganadería y al pequeño comercio local a todos se les exige —que aguanten la burocracia, las normativas restrictivas, los costes de producción asfixiantes y los impuestos— mientras se les ofrece desprecio o indiferencia. Se les señala desde despachos con aire acondicionado, olvidando que la comida no nace en los supermercados, sino del sudor, los callos y la incertidumbre del clima y la tierra.

Nos exprimen en cada jornada, en cada surco, detrás de cada mostrador que lucha por no bajar el cierre. Nos acusan desde demasiados frentes, jueces de despacho que jamás han pisado el barro ni saben lo que cuesta levantar una persiana.

Subsistir en esta Mancha pobre es un milagro diario bajo el peso de impuestos que no devuelven nada. Para nosotros no hay pagas, no hay escudos, no hay ayudas; solo el abandono y la soledad de la llanura. Y yo me pregunto en mitad de este julio herido: cuando nos hayan asfixiado del todo, cuando las tierras queden yermas y los pueblos mudos, ¿quién va a pagar las pagas de los que hoy nos juzgan? ¿Quién sostendrá los chiringuitos de la palabrería? ¿Quién va a alimentar a los que predican el progreso si nos dejan con las manos vacías? Se nos olvida que se está produciendo un colapso rural sin futuro.

Mi voz es lo único que tengo, mi palabra para que al menos el silencio no sea el único que impera.

 


 La tierra que se entrega en julio.

 

Si.

Julio es un gigante que viste de oro el horizonte

y tiñe de un verde indomable el vientre de las sandías.

Bajo el rigor de un sol que no perdona,

el melón se endulza en los surcos,

ajeno al dolor de quienes lo custodian.

Si.

Son las manos de mi gente.

Manos que son surco, que son costra,

endurecidas por la herencia de jornadas infinitas.

Hectáreas de sudor vistiendo la llanura,

con el único sueño de cosechar la vida,

de abrir los brazos al que llega,

de sembrar la dignidad que hoy nos arrancan.

Si.

Hay un vuelo de fantasmas.

Amanece.

Cantan las alondras su canto antiguo

mientras las cigüeñas blancas coronan el silencio

de las chimeneas muertas,

de aquellas alcoholeras extintas que un día fueron progreso.

El tiempo vuela, implacable,

y las generaciones se pasan el testigo con las manos gastadas,

repitiendo un eco que nadie parece escuchar.

Si.

Es una promesa rota

Pero es julio, y el aire huele a herida.

Las noticias traen la crónica de la miseria:

robos en el campo que sangra y arruina,

robos en las calles que callan,

robos en las tiendas que bajan el cierre.

Y la promesa de prosperidad se quiebra,

sobornada por la palabrería inútil de los despachos,

por ese progreso de papel y discurso

que solo nos deja la certeza de la intemperie,

el despojo de la paz y el fin del trabajo.

Si.

Aquí la honestidad ya no tiene patria,

la integridad es un estorbo,

y el sudor de los justos es la burla de los necios.

Se nos muere la ilusión en la boca,

porque a nadie le importa ya la realidad de la tierra.

Y solo queda el vacío y el olvido.

No lloramos. No sabemos mendigar comprensión.

El orgullo manchego es una piedra que no se dobla.

Pero los pueblos, mudos, se van vaciando,

desangrados de su juventud, despojados de su nombre.

Si.

Se vuelven páramos solitarios,

espejos de nuestros propios ancianos:

esos que hoy habitan la penumbra de la soledad,

o que esperan el final, aparcados,

en las esquinas frías de residencias

donde nadie, jamás, soñó con vivir.

Es la tristeza infinita de la llanura:

la tierra sigue dando sus dones,

pero los hombres ya solo cosechan el olvido.

Si.

Soy chimenea apagada.

Epílogo sin nombre.

Escribo como escribe la ruina:

como esa chimenea que ya no sirve de mucho,

un perfil de ladrillo recortado en la distancia

al que la gente mira de lejos, casi sin ver el fondo,

sin saber que un día fue fuego y progreso

y hoy es solo belleza abandonada.

Si

Sé quién soy en este mes de julio.

Tan solo una mujer que ha gastado sus días

poniendo voz al silencio de los que callan,

custodiando la memoria en mitad de la solana.

Me quema el calor y me quema la impotencia

de saberme sola frente al invierno de mi gente,

sin fuerzas para detener este declive,

este desgarro lento de los míos y de mi tierra.

 

Pero sigo escribiendo.

Aunque nadie mire,

aunque el humo ya no vuelva.

 

Natividad Cepeda

 

 

lunes, 6 de julio de 2026

Crónica del pasado 29 de junio cuando fue la Clausura del Primer Festival de Poesía Prosvida en Aldea del Rey

 


El pasado  29 de junio fue la Clausura del Primer Festival de Poesía Prosvida en Aldea del Rey

La poesía se unió contra el cáncer de próstata en el Palacio de la Clavería

El I Festival de Poesía Prosvida clausuró su primera edición tras movilizar a más de 500 participantes con un objetivo claro: reclamar mejoras en el cribado urológico.

El acto de clausura, celebrado en Aldea del Rey, se desarrolló en un ambiente nocturno, emotivo y valiente. Durante el encuentro, se renovó el compromiso de seguir exigiendo la inclusión del cribado de próstata en la Seguridad Social como medida clave para prevenir la enfermedad y evitar muertes.

La investigación es fundamental para alcanzar la curación de cualquier tipo de cáncer, pero la prevención y la información son los pilares primordiales para combatir la enfermedad a tiempo.

En este escenario, la figura del editor y periodista Julio Criado García emerge como el gran motor y


la voz alzada de esta iniciativa. Afectado en primera persona por la enfermedad, Criado ha convertido su propia batalla en una causa colectiva, concienciando a la sociedad para evitar que el diagnóstico llegue demasiado tarde.

Quizás aún no seamos del todo conscientes del enorme favor que este profesional de la comunicación ha hecho al colectivo masculino; un esfuerzo que despierta una profunda gratitud y admiración por una iniciativa que, sin su denuncia e implicación personal, habría permanecido invisible.

A su llamamiento se han unido políticos, médicos, periodistas, músicos, cantantes y poetas, todos alineados con una meta urgente: frenar las cifras que en 2025 se cobraron la vida de 6.000 hombres en España.

Durante la velada se escucharon testimonios desgarradores, pero también mensajes de profunda esperanza para continuar luchando contra la enfermedad.

Numerosas personalidades de toda España han secundado esta causa. De hecho, en el transcurso de la noche se anunció la continuidad de estos recitales de cara al próximo año, con el firme propósito de visibilizar la prueba del PSA y conseguir que se incluya de forma generalizada en las analíticas anuales.

No siempre se agradece lo suficiente a quienes, con valentía, emprenden batallas en favor de sus semejantes; sin embargo, cuando esa llamada es escuchada y se actúa con el corazón, la unión colectiva es capaz de lograr hitos extraordinarios.



La placa de cerámica que recibimos los coordinadores de los festivales fue regalo del Alfar Leal Arias: gratitud a ellos.  Con mi abrazo a Graci Arias, que nos faltó con su hermosa sonrisa en esa noche de amistad y poesía deseando su pronta recuperación. 

Mi gratitud y admiración a Julio Criado y con él a cada una de las personas que hicieron posible los recitales de Prosvida

En mi intervención leí este texto porque los molinos de agua en mi tierra manchega fueron esenciales para la prosperidad manchega; después hubo una gran sequía y entonces se importó los molinos de viento procedentes de Alemania y los molinos de agua, muchos de ellos, se abandonaron. Aun hoy siguen funcionando algunos de ellos y verlos funcionar moliendo, gracias a la fuerza del agua, emociona porque el agua es vida y sin agua la vida no es posible. De ahí mis palabras “Somos agua de ríos moviendo molinos”

Somos agua de río moviendo molinos

El río de la unión: Juntos contra el cáncer de próstata.

Las personas nos necesitamos para alcanzar grandes logros. La unión de todos nosotros es, en definitiva, la energía que mueve la sociedad. Somos agua de río moviendo molinos. Somos eslabones de una misma cadena inquebrantable para luchar contra la enfermedad, para impulsar la investigación que cura y para desenterrar realidades olvidadas, sembrando esperanza donde antes solo había silencio.

Somos agua de río moviendo molinos

El movimiento Prosvida, fundado por el periodista y editor Julio Criado García, ha logrado alzar su voz con valentía. Junto a cientos de voces en toda España, ha encendido una luz sobre el cáncer de próstata, explicándolo al detalle y derribando el oscurantismo y los miedos que lo rodeaban.

Somos agua de río moviendo molinos

A esta causa nos hemos sumado todos:

Músicos, cantantes, poetas y escritores que ponen alma a la lucha.

Periodistas que amplifican el mensaje.

Ayuntamientos y asociaciones contra el cáncer de decenas de pueblos y ciudades. Nos hemos unido con un objetivo urgente y vital: exigir y concienciar sobre un cribado masivo que evitará la muerte de miles de hombres en España. La detección temprana no es una opción, es la diferencia entre la vida y la muerte.


Somos agua de río moviendo molinos

Somos uno y somos todos en este escenario social. Nuestra unión es la fuerza de ese río que, salvando cualquier obstáculo, avanza imparable hacia el mar. Porque juntos, somos invencibles.

 

Natividad Cepeda

Fotografía del curso del río Záncara del que, de su parte norte surge el canal o caz que llevará el agua hasta el molino “El blanco” sigue moliendo actualmente. Está en el Municipio: Carrascosa de Haro.  Comarca: Tierra de Alarcón. Provincia: Cuenca. Comunidad Autónoma: Castilla-La Mancha: España.