sábado, 14 de febrero de 2026

Liturgia del Silencio y la Lluvia

 

                             

La noche cae y, con ella, el peso de los años entregados. Me pregunto, mientras el agua golpea el cristal, por qué el amor —esa palabra que el mundo gasta de tanto usarla tantas veces— se vuelve en mis manos un hilo de seda que nadie intenta sostener y que a veces se rompe. He amado en cada etapa de mi vida, me he dado a quien pedía auxilio y ayuda, familia, amigos sin guardar nada para después, y sin embargo, el eco del olvido de los que ayudé es lo único que vuelve a mi puerta.

No es una queja esta reflexión, es una pregunta que elevo al cielo con la misma naturalidad que hay en mis recuerdos. Se lo he pregunto a Dios muchas veces, no para exigirle cuentas, sino para que me ayude a descifrar este mapa de ausencias y olvidos. Y entonces, cuando la lógica humana me falla, me refugio en la herencia de mis padres, de mis abuelos, de mis mayores: y elevo mi oración hasta ellos y rezo.

En la oración desgrano el Padrenuestro como quien busca un rastro de ellos, sigo con el Ave María, saludando a aquella joven de Nazaret, mi Virgen María, que también conoció el peso de los misterios, y descanso en el Gloria, intentando que la Trinidad divina llene los huecos que dejó el desamor. Busco paz, no explicaciones racionales. Busco el abrazo que en ocasiones se me ha negado después de mi generosa entrega.

Este dolor que no grita me duele, pero es un dolor extraño: profundo, inmenso, tan vasto que ya ni siquiera es dolor. Es un abandono que me deja callada, una tristeza que no busca revancha ni conoce el rencor. Es un vacío el que siento que no deseo indagar, porque para anda me sirve, prefiero que el tiempo siga su marcha lenta, como esta lluvia que escucho ahora mientras todos duermen.

La escritura y la calma me inspira y me levanto de la cama porque el sueño no viene, y recuerdo aquellos a quienes amo. Escribo para saber si estas palabras sirven de puente, para entender por qué sigo amando a quienes no me aman ni me amaron. Pero en este silencio de la noche, entre escribir de lo que siento y jamás digo a nadie y mi oración, percibo, tengo la certeza de que Dios no me abandona, ni me ha abandonado nunca. Esta serenidad que siento, esta capacidad de seguir amando a pesar del vacío experimentado no es mía; es suya.

Escribo para encontrar la respuesta que la vida me oculta: que tal vez amar no es un contrato de ida y vuelta, ni fácil de entender, sino un estado de gracia que se sostiene solo, incluso bajo la soledad de lo que no comprendo ahora que escucho llover y que el agua al romper el silencio de la noche me trae esos recuerdos que forman parte de mí misma. Siento que en esta liturgia de la lluvia y la noche silenciosa hay un regalo, una ofrenda de recordar también esas manos abiertas que en otros momentos cogieron las mías. y eso, esto es más que suficiente para sentir paz y armonía.


Natividad Cepeda

Fotografía de Pepe J Galanes

 

lunes, 9 de febrero de 2026

La Huella Húmeda de la Memoria

 


                     

Febrero llegó este año con las alforjas pesadas, cargadas de un agua que no pedía permiso. Cayó de las nubes con una agresividad extraña, casi contagiada por la aspereza de estos tiempos modernos, transformando los caminos en océanos y los ríos secos en bestias desbordadas. Pero mientras el mundo exterior se anegaba en una furia líquida que calaba los huesos y sembraba la impotencia en los campos, en mi interior, esa misma lluvia comenzó a filtrar algo distinto: el regreso de los míos.

Dicen que mi primer llanto se fundió con el sonido del agua al caer; así me lo contaron siempre. Por eso, desde niña, mi certeza ha sido la lluvia. Salía a recibirla, a sentirla como una parte de mi propia piel. Incluso mi entrada oficial al mundo, bajo la pila bautismal, fue un rito de agua, aceite y luz. Allí, envuelta en los mismos encajes que años atrás vistieron a mi padre —bordados seguramente por las manos expertas de mi abuela costurera—, recibí el nombre que me habita.

Al mirar hoy el cielo plomizo de febrero, el rostro de Ramona Victoria, mi abuela paterna, emerge entre la bruma de los años. Murió joven, llevándose consigo en su último parto al hijo que no supo que partía con ella. Una tragedia callada, de esas que marcan la sangre. De ella heredé, según dicen, el nacer morena y esos ojos grandes que todos juraban eran los de mi padre. Sin embargo, con el tiempo, mi piel decidió buscar el nácar de mi madre y el azul cielo de mis bisabuelas manchegas, como si mi cuerpo fuera un lienzo donde todos mis antepasados quisieran dejar un trazo.

Aún puedo sentir en mis manos el peso de los pendientes de oro de tres cuerpos. Tenía yo catorce años cuando mi abuelo, aquel hombre de fuerza hercúlea que manejaba los costales de trigo con una agilidad que desafiaba la lógica, me los entregó. —Eran de ella— me dijo, con la sencillez de quien entrega un tesoro sin necesidad de discursos.

Él, que veía en el trabajo un regalo del cielo y jamás se quejaba, me entregaba en ese metal la belleza serena y la mirada profunda de la esposa que perdió demasiado pronto. En aquel momento no entendí el alcance de su gesto, pero hoy, con el alma mojada por este febrero, comprendo que me estaba dando mis raíces.

Los perdí, sí. Se fueron hace mucho. Pero este temporal me ha recordado que nadie se va del todo si el agua sigue fluyendo. Los llevo en la retina, en la forma en que mis labios se parecen a los de Ramona, y en la resistencia que aprendí de mi abuelo.

Este febrero no solo ha inundado los campos; ha inundado mi memoria. Y aunque la lluvia sea a veces inmisericorde, le agradezco que me haya devuelto, por un instante, el abrazo de los que ya no están. Soy parte de ellos, y ellos son el agua que hoy me moja el alma.

Natividad Cepeda

miércoles, 4 de febrero de 2026

El cáncer de próstata: una realidad silenciosa que debemos visibilizar

 


Según las estadísticas en España, alrededor de 6.000 hombres fallecen cada año a consecuencia del cáncer de próstata. Se trata de una cifra elevada que, sin embargo, sigue siendo poco conocida y escasamente divulgada, salvo por aquellas familias que conviven directamente con la enfermedad.

Los datos son claros: el cáncer de próstata es el tercer cáncer más mortal en hombres, por detrás del cáncer de pulmón y el de colon, y es además el cáncer más diagnosticado en la población masculina en España. Para el año 2026 se estima que se detectarán 34.833 nuevos casos.

Cuando el cáncer de próstata se detecta a tiempo, la supervivencia a cinco años es muy alta. Sin embargo, sigue siendo una enfermedad de la que apenas se habla, y casi siempre solo cuando el diagnóstico ya ha llegado y comienzan las consultas de urología, la intervención quirúrgica o los tratamientos posteriores como la radioterapia y quimioterapia.

Es en esos espacios —las salas de espera, las consultas, los hospitales— donde se descubre la dimensión real del problema: numerosos hombres afectados, casi siempre acompañados por sus parejas. Mujeres que asumen un papel fundamental de apoyo, ánimo y fortaleza, mientras se silencian otras consecuencias de la enfermedad de las que apenas se habla, como los trastornos urinarios, la disfunción eréctil o el impacto emocional.

En muchos casos, estos efectos secundarios son transitorios y existen ejercicios y tratamientos eficaces para mejorar la calidad de vida. Pero lo prioritario, sin duda, es salvar la vida del compañero. Aun así, esto no debería implicar ignorar el sufrimiento físico, psicológico y emocional que acompaña a la enfermedad.

La mayoría de los diagnósticos se producen en hombre

s mayores de 70 años, y con frecuencia la edad hace que no se le dé a la enfermedad la importancia que merece. Se olvida no solo el dolor y la impotencia que toda enfermedad cancerígena conlleva, sino también el coste económico y social derivado de las continuas visitas médicas, tratamientos y desplazamientos al sistema sanitario.

En hombres jóvenes el cáncer de próstata es menos frecuente, especialmente por debajo de los 40 años, salvo en casos con antecedentes familiares. A partir de los 50 años el riesgo aumenta, y aun así la visita anual al urólogo no forma parte de los hábitos de prevención de la mayoría de los hombres. Esta es una realidad constatada y preocupante.



Si desde la medicina de familia, la sanidad laboral, las administraciones públicas, las empresas, los ayuntamientos y otras instituciones se incluyera el cribado del cáncer de próstata en las revisiones periódicas, como se hace con otras enfermedades, muchos casos se detectarían de forma precoz. Esto reduciría el coste de los tratamientos, las pérdidas de horas de trabajo y, sobre todo, evitaría sufrimiento innecesario y muertes evitables.

Es fundamental desterrar el miedo, los tabúes y los complejos. La vida de una persona, de un ser querido, está por encima de cualquier prejuicio.

Para dar visibilidad a esta enfermedad ha nacido PROSVIDA, gracias al periodista y editor Julio Criado García y a todas las personas que se están sumando a esta iniciativa con el objetivo de combatir el silencio y evitar esos miles de muertes provocadas por el cáncer de próstata.

Hace años viví personalmente el peregrinaje de consultas, quirófano y tratamiento de radioterapia que sufrió mi esposo. En aquellos momentos comprobé que muchos de los hombres que se trataban compartían optimismo, humor y esperanza de vida. Sin embargo, fuera de ese entorno, a casi nadie parecía interesarle lo que había ocurrido antes y después del diagnóstico.

Por eso, cuando me encuentro con hombres a partir de los cuarenta años, les aconsejo —aunque no me lo pidan— que se realicen la prueba del PSA. Aunque existan opiniones médicas diversas sobre su eficacia, la realidad es clara: más vale prevenir que curar.

La lucha contra el cáncer es una lucha social. A pesar de las campañas y del trabajo de asociaciones y voluntarios, no se invierte en investigación todo lo que se debería, y seguimos enfrentándonos a una enfermedad que, aunque curable en muchos casos, sigue causando demasiadas muertes.



Dar a conocer el cáncer de próstata es una necesidad urgente. En nuestra provincia de Ciudad Real, ya son muchos los municipios adheridos a esta iniciativa, y cada vez más personas se suman para reclamar cribados sistemáticos, del mismo modo que se realizan mamografías en el cáncer de mama.

Sobre este punto habrá que seguir hablando, porque tampoco es justo que la sanidad pública deje de realizar mamografías a mujeres a partir de los 70 años, cuando la esperanza de vida es cada vez mayor y el coste posterior —humano y económico— es mucho más alto.

Son temas de gran importancia para la salud de la población que no se hablan lo suficiente, y que deben ocupar el lugar que merecen en el debate público.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

El silencio de la intolerancia degrada humanamente la libertad

 

                             


              Poema dedicado a los que carecen de libertad,

          por nacer mujer, por nacer pobre, por ser perseguidos

          por sus creencias religiosas o políticas.

 

 

 

Hay un silencio que fermenta en la garganta,

un estancamiento del aire que no es calma,

sino herrumbre; es la mudez corrupta que sitia los pulsos

y convierte la biografía en una estancia estrecha.

Ese silencio, impuesto por la mano del dogma,

es un fango espeso donde el verbo naufraga

bajo el peso ciego de la intolerancia.

 


Nacer es un estallido de luz, un cenit sagrado.

Emerger hombre, emerger mujer,

es una epifanía que no admite adjetivos ni cadenas.

¡Qué sacrilegio tallar con tinta de leyes ominosas

la piel del libre para llamarlo esclavo!

Qué error tan antiguo pretender que el linaje

 o el oro sean los agrimensores del alma humana.

 

Silenciar al otro es un hacha contra el tiempo:

es fracturar la arquitectura de la mañana,

extirparle latidos al corazón del mundo,

y restarle vida a la mismísima vida.

 

Alzamos murallas de humo, fronteras de aire,

geometrías de exclusión que solo engendran vacío.

Porque existir es una polifonía, una danza de iguales,

y la única muerte verdadera es aquella que ocurre en vida,

cuando el hombre perece tras los muros del olvido

y obliga a la mujer a ser esclava en vez de compañera.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

viernes, 23 de enero de 2026

Paisaje de la Ausencia

 

Voy sucumbiendo al declive de la tarde,
mendiga de una luz que en paz se apaga,
ante la casta desnudez del árbol
y esta desnudez humana que me embarga.

Campos de La Mancha, lienzos de bruma,
de nostalgia tejida y vecindad,
donde el silencio navega entre lloviznas
y un cielo de ceniza dicta su voluntad.

Mástiles de sombra, luces que agonizan,
tiñen de incierto el rumbo de la calle,
mientras el pulso frío del teletipo
derrama sus augurios en los móviles.

Clamo con un llanto seco, sin orillas,
por la siega de tanta muerte inútil;
y dejo el corazón abierto de par en par,
bajo el torrente de lluvia redentora.

 

Poema y Fotografía Natividad Cepeda©

lunes, 19 de enero de 2026

Réquiem en Adamuz (España) 18 de enero de 2026

 


 Noche en Adamuz. La noche cayó en el campo dormido y el silencio saltó por los aires. Crujieron los hierros y se heló la luna, y un grito desolado rasgó el olivar.

 

Dieciocho de enero. Dos trenes de frente. La vía escupió muerte en la línea prohibida. Hay heridos entre luces rotas y luto en el alma.

 

El pueblo despierta, llegan voluntarios. Aguarda en tensa vigilia cercano hospital. Se escribe la tragedia en los teletipos, las ondas viajan con el nombre de Adamuz. Todo es negro, pero en mitad de la sombra, la mano del hombre hoy se vuelve ayuda.

 

Crujieron los hierros, dolió la estructura, y el aire expandió un grito; segundos de espanto, de sombra y locura, bajo el cielo tan frío del invierno.

 

Dieciocho de enero, la fecha se ha grabado a fuego; la muerte en las vías se vuelve infinita. Se equivocó el tren en su ruta de acero, cruzó la frontera, la línea prohibida; y las vías escupieron, en este enero, el rastro amargo de cuerpos de sombras en el seco impacto de un último abrazo.

 

Pero entre las ruinas, las manos acogen, Adamuz se entrega. la fuerza humana inunda y escribe otra vez una triste página.

 

Reza el alma en vigilia. El rezo en silencio por esas familias donde han caído un río de lágrimas. Requisen en Adamuz. La noche se ha tornado negra. 


 


Poema Natividad Cepeda ©. Fotografía de la web


Tragedia: 39 fallecidos. Se dice por los medios públicos al informar a fecha de hoy que hay otros 32 desaparecidos. Número indeterminado en hospitales y UCI. 

En declaraciones oficiales la colisión de los dos trenes no ha sido debido a fallos humanos ni a velocidad excesiva. 

Las opiniones generalizadas piden y exigen que se determinen las responsabilidades a la autoridades competentes.


viernes, 16 de enero de 2026

Ventanas de carne y hueso: El secuestro de la libertad humana en demasiadas partes del mundo conocido.



Viene a mi mente la palabra libertad y, de inmediato, surge una imagen desoladora: ventanas humanas tapadas, cerradas a cal y canto. Personas atrapadas en Irán exigiendo libertad, como no recordarlas. En Nigeria por ser cristianos, en Afganistán a misioneros católicos… En demasiados partes de nuestro mundo globalizado y callado a pesar de conocer esas horribles noticias a causa de la falta de libertad. Es como si la libertad, ese derecho que debería ser tan natural como el oxígeno, se hubiera convertido en una ficción, una quimera imposible o un camino por el que ya nadie puede transitar.

La historia nos dice que la libertad es un sendero recorrido, pero demasiadas veces anulado. Ha sido quemada en la hoguera de la intolerancia, del mismo modo en que se quemaron, en otros tiempos, los libros que resultaban incómodos al poder. Hoy, me limito a repetir el eco de millones de voces que, a lo largo de los siglos, han clamado por lo mismo: "Dejadme vivir en libertad; no me la hurtéis, no me la prohibáis". La libertad no es un regalo del Estado ni una concesión de la fe; es el legado por nacer, el derecho absoluto por el simple hecho de vivir.

La usurpación del derecho ¿Por qué, entonces, siglo tras siglo y milenio tras milenio, la libertad ha sido perseguida? La respuesta es tan antigua como la injusticia: por el ansia de dominio. Un dominio que ha golpeado con especial saña a la mujer. Me han cortado el camino, han usurpado mi derecho solo por el hecho de ser mujer. Resulta una paradoja cruel: somos nosotras quienes damos la vida a esos mismos hombres que, después, nos la esconden. No existe mandato sagrado, ni religión, ni filosofía que pueda sostener con verdad que nacer mujer es ser inferior. Si tales ideas existieron —y existen—, es exclusivamente para que el hombre pueda alzarse artificialmente por encima de su propia especie.

Pero olvidas que: "Tengo un corazón que late igual al tuyo, una mirada para admirar la tierra y un cerebro que piensa sin que nadie me lo impida: somos iguales. Soy palabra poética y mujer que denuncia esa falta de libertad de la que carecen otras mujeres. La escribo y la denuncio hoy y ayer, y me duele porque a pesar de tanta civilización y tecnología aún millones de mujeres carecen de libertad”

Acaso un siglo XXI de rostros cubiertos no es incomprensible y que todavía tengamos que pelear para que el rostro de una mujer pueda recibir el aire y el sol. ¿Por qué se escriben leyes en nuestra contra? ¿Por qué se inventan dioses para avasallar la voluntad femenina? La tortura de la opresión carece de lógica biológica y humana. Sin la mujer, la existencia misma se apagaría. Somos dos en uno, mitades de un mismo engranaje necesario para que la vida continúe. El hombre y la mujer comparten el mismo latido y la misma capacidad de asombro ante el mundo.

Negar la libertad a la mujer no es solo un acto de injusticia hacia ella; es un suicidio colectivo de la humanidad, que decide caminar a ciegas habiendo nacido con los ojos abiertos. Es hora de desprecintar esas "ventanas humanas" y dejar, de una vez por todas, que la luz entre para todos por igual. A uno o a otro por ser hombre o mujer, por ser pobre o rico, por ser, según leyes ruines y terribles esclavo o libre, ha sido y es un grave error humano. Silenciar por alguna de estas causas es fracturar la vida y la convivencia, es y ha sido restar vida a la vida. Es alzar murallas inexistentes, porque vivir es vivir en armonía y no perecer por exclusión

El silencio como prisión se vuelve "corrupto" cuando se utiliza para asfixiar la identidad. No es el silencio del descanso, sino el del miedo. Cuando una sociedad o un sistema impone el silencio, está negando la capacidad de raciocinio y de conexión emocional de las personas. La dignidad intrínseca del nacimiento es “sublime" es un recordatorio de que los derechos humanos no deberían ser concesiones legales, sino reconocimientos de nuestra propia existencia. Categorizar a los seres humanos bajo "leyes execrables" (ya sea por género, clase o estatus) es, en efecto, un error que fractura la base de la convivencia. La exclusión crea fronteras donde no debería haberlas. Alzar muros basados en prejuicios solo sirve para restar vida a la vida y limitar las posibilidades de crecimiento de los demás. La armonía nace de la diversidad, no de la uniformidad forzada y al hacerlo se empobrece culturalmente

"Vivir es vivir en armonía y no perecer por exclusión." La palabra, toda palabra es puente para alcanzar un ideal justo. Es una llamada a la libertad sin condiciones previas impuestas por la intolerancia. El silencio, a menudo confundido con la paz o la prudencia, esconde en ocasiones una naturaleza mucho más oscura. Existe un silencio que no es refugio, sino condena: un silencio corrupto es aquel que se impone para obstruir y aprisionar la vida, convirtiéndose en el fango donde se hunde la libertad frente a la intolerancia.

No podemos permitir que las palabras se ahoguen. El silencio debe volver a ser un espacio de reflexión elegida, nunca una mordaza impuesta por la injusticia. Romper estas prisiones de silencio es la única vía para que la convivencia deje de ser una lucha de exclusiones y se convierta en un acto de libertad compartida en cualquier lugar de la tierra que habitamos.

 

                                                                               Natividad Cepeda

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