jueves, 23 de abril de 2026

El jardín donde suenan los nombres

 



       

      Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID

 

Fue la tarde de domingo 19 de abril en el jardín que da entrada al Museo López Torres de Tomelloso. La primavera estaba recién estrenada y, en el improvisado escenario, unos alelíes blancos —tan limpios, tan humildes— parecían haber sido colocados para recordar que hay belleza incluso cuando todo duele.

Lo más relevante no era el protocolo, ni los saludos, ni el orden del acto. Lo más importante era escuchar los nombres. No los de todos —faltan muchos más—, pero sí los de quienes murieron en nuestra comunidad castellanomanchega y en otros puntos de España durante la pandemia del COVID de 2020. Los nombres fueron cayendo, uno a uno, en una tarde quieta, acompañados por un viento suave que, como si también estuviera conmovido, arrancaba pequeños brotes tiernos de árboles y arbustos.

La voz del concejal de Cultura, Antonio Calvo, abrió el homenaje. A su lado estaban el alcalde, Javier Navarro, y los concejales de gobierno Elena Villahermosa, Rocío Valentín y Jesús Lara. También María José Saiz Zamora, presidenta de la Asociación de Afectados por el COVID de CastillaLa Mancha. Y, al final, como un cierre de luz —o quizá de consuelo—, la coral de Tomelloso Lux Aeterna puso música donde ya no alcanzaban las palabras.

En torno a todo aquello, el jardín seguía siendo jardín: revoloteaban abejas e insectos pequeños alrededor de flores y arbustos, ajenos y, a la vez, íntimamente vinculados al silencio humano. La tarde estaba poblada de familiares y amigos; se veía en las miradas esa nostalgia que no es solo recordar, sino volver a atravesar. Había una tristeza tenue, como una pátina en los ojos, esa transparencia gris que dejan los días que nadie querría revivir y, sin embargo, vuelven.

El lugar también hablaba. Rodeado por una verja de hierro que se cierra por la noche, el jardín guardaba una antigua condición de recinto sagrado. Aquí estuvo el primer cementerio de Tomelloso; aquí, durante años, el sacerdote católico entraba con paso lento para acompañar a enterrar a un vecino del pueblo. El tiempo pasó y el camposanto se transformó en jardín; pero hay sitios que conservan, como una respiración antigua, el eco de lo que fueron. En este, siempre se ha respirado paz. Una paz que se siente como si la tierra todavía recordara aquellas bendiciones.

Yo también lo recordaba, pero desde otro lugar: desde mi infancia. Fue aquí donde venía a jugar alrededor de la fuente grande, redonda, con baranda de hierro. En el centro estaba el pescador policromado, Lorencete, mirando desde su pedestal, con la caña en la mano y una cesta de piedra a su lado, como si en ella pudieran guardarse los peces que nadaban y se deslizaban en el agua. Los niños nos asomábamos apoyados en la baranda para verlos ir y venir por el fondo, como si su movimiento fuese un secreto del mundo.

Por entonces las adelfas eran más grandes, más frondosas, y crecían a la sombra de moreras blancas y negras. Los gorriones y los jilgueros confundían sus cantos con las voces infantiles. La paz del jardín tenía algo de patio protegido, de casa sin techo, de refugio. Y, a la vez, tenía algo de respeto, como si la alegría —la risa de los niños, los pasos de los mayores— nunca hubiera terminado de borrar del todo la solemnidad del lugar.

En años pasados, también hubo fiesta aquí. Se celebraban los bailes de la feria, la cena de gala de la Fiesta de las Letras, con su reina y sus damas y los poetas galardonados. La música no llenaba solo el recinto; se derramaba por las calles de alrededor, y los vecinos la escuchaban sentados en las puertas de sus casas, cogiendo el fresco de la noche veraniega de agosto. El jardín parecía entonces una plaza pequeña, un corazón abierto.

Ahora custodia la entrada del museo donde cuelgan las pinturas del viejo maestro Antonio López Torres, y su realismo —sereno, atento a lo verdadero— se funde con el sosiego del lugar. Belleza y quietud en el mismo punto, como si el jardín y los cuadros fueran dos formas de decir lo mismo: que la vida, incluso cuando se rompe, sigue teniendo una claridad secreta.

Y allí, en esa tarde de domingo abrileño, los nombres de los que murieron en la pandemia del COVID volvieron a hacerse presentes. Yo escuchaba las edades, los pueblos, los lugares de esta tierra. Y no podía evitar visualizar a quienes ya había conocido, ponerles rostro, recordar gestos. El silencio solo se interrumpía por unas notas musicales y por la brisa, que despeinaba las hojas primeras de la primavera. Cada nombre era una puerta. Cada nombre, una presencia.

Pensé entonces que, a veces, los muertos —nuestros muertos amados— nos traen a recintos que también ellos conocieron. Como si la memoria no fuese solo un acto de la mente, sino una forma de caminar por el mundo. He aprendido que nada sucede por casualidad; o, al menos, que hay casualidades que parecen demasiado exactas para ser solo azar.

Y en esa tarde sentí algo que no sé explicar del todo: que los nombrados, las personas que fallecieron en esa triste pandemia estaban a nuestro lado, siendo parte del jardín y de la tarde. Como si el viento pronunciara con nosotros no solo los nombre, también la brisa nos traía sus presencias. Como si los brotes tiernos que caían al suelo fueran una manera de decir: aquí estuvieron, aquí están, aquí se les nombra para que no se borren de nuestra memoria.

Elegía para un homenaje a nuestros ausentes

 


 

Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID.

 

Lo recuerdo.

Lo recuerdo como días de lágrimas en los ojos:
fluidas, constantes.
Lo recuerdo como la marca de las pupilas rojas
y el desamparo humano
bajo la ley más cruda
que hasta entonces habíamos vivido.

Lo recuerdo.

El COVID fue un enemigo desconocido,
un daño sin rostro,
que nos hirió
y nos dejó vacíos de esperanza,
como atados a la muerte,
como haces de leña,
como gavillas:
sin orgullo,
con miedo,
con una tristeza
que carecía de palabras.

Fue en aquellos meses funestos,
marzo y abril de dos mil veinte,
cuando nos sentimos desposeídos
de la vida…
y hasta de la dignidad
de amar
y demostrarlo.

Se nos fueron los que amábamos.
Se nos fueron desperdigados
como motas de polvo.
Se nos fueron solos,
tras el oscuro rostro de la muerte.
Se nos fueron
sin cera de velas encendidas en el templo,
sin el calor de una mano última,
sin la despedida que sostiene el alma.

Y ahora… que ha pasado el tiempo,
unimos palabras.
Unimos palabras para no apagar aquellos rostros
que sentimos cercanos.
Porque el tiempo no borra:
el tiempo ordena el dolor,
pero no lo cancela.

Ahora… que ha pasado el tiempo,
no podemos esquivar el dolor de haberlos perdido.
Y al recordar lo vivido
nos sentimos desolados
porque nos falta aquella despedida
que no pudimos darles.

Nos duele todavía —sí—
que fueran arrancados de nosotros.
Nos duele no haber podido cerrarles los ojos
y besar su rostro.
Nos duele esa ausencia concreta:
la ausencia de lo sencillo,
la ausencia de lo humano.

Aun así, seguimos unidos.
Unidos a ellos, a ellas,
en la infinita llanura del corazón
plagado de ausencias.

Ya no gritamos como en aquellos días.
Ya no estamos desgarrados de la misma manera.
Pero seguimos…
cercanos.
Y, a veces, mendigando su amor:
ese amor que nos falta
y que nadie ha podido paliar.

Porque con su marcha
nos quedamos a oscuras.
Se desgastaron los días
al no sentir sus manos en las nuestras,
al no ver su sonrisa
iluminando la vida.

Y sin embargo…
en nuestras miradas
llevamos su luz.

La percibimos al mirar el atardecer.
Porque cuando el día se despide
y la noche regresa de su viaje astral,
os sentimos…

os sentimos
en las primeras estrellas
que encienden nuestro cielo.

En esa longitud sideral
está vuestro legado:
el amor que nos dejasteis.
La luz que nos dais
cuando os nombramos.
La luz que abre senderos
para seguir caminando…
con paz.

Os seguimos amando.
Perdimos vuestra materia,
vuestros cuerpos amados,
pero no vuestro aliento.

Ese aliento que sobrepasa la muerte
y la distancia.
Ese aliento que nos marca
y nos hace sentiros a nuestro lado,
enhebrando los días a través de vosotros
en esta costura eterna
que es la vida
y la muerte.

Y es ahora, hoy,
en esta elegía compartida,
cuando decimos algo que sabemos de verdad:

que estáis a nuestro lado.
Que remontáis la muerte a contracorriente
en nuestra memoria,
en nuestras palabras,
en lo que amamos.

Porque sois parte nuestra.
Y el olvido…
el olvido es mentira.
Una falacia que no puede borrar
la fuerza del amor.

El amor es un río
que nos une
y nos guía.

Y sí:
si, todavía sentimos la tragedia vivida.
La impotencia de respetar las leyes.
La herida de lo inevitable.
Y a veces nos sentimos estafados,
y duele como si el cierzo
se infiltrara por dentro.

Pero nos hacemos racimo con vosotros.
Uvas de lagar
que esperan volver a recobraros
cuando crucemos al otro lado.

Y mientras tanto,
seguimos proclamando:
que os amamos.
Sois los nuestros.
Aquellos que perdimos
en la terrible pandemia.

Aquellos que se fueron
sin el duelo preciso.
Aquellos que elevaron sus alas hacia el cielo
y nos dejaron heridos con su marcha.

Pero sabemos también —lo sabemos—
que estáis en los senderos de cada amanecer.
En cada gota de rocío.
En cada flor que nace en primavera.
En el gorjeo de las aves
bajo el cielo azul y claro de Tomelloso,

en los cielos de toda Castilla- La Mancha,
y en la corteza hermosa
de la tierra desnuda.

 

Esperadnos.
Esperadnos
en la dulce nostalgia de esta primavera.

Para cuando partamos,
vosotros nos mostréis el camino hacia vuestro lado.
Para convertirnos en estrellas
y alumbrar nuestros cielos manchegos.
Y para conocer el amor infinito de Dios,
Alfa y Omega,
por encima de la muerte
y de la vida.

Sabedlo: sabedlo…

Os seguimos amando.
                                         Natividad Cepeda

 

 

Poema leído el domingo 19 de abril de 2026 en la Glorieta de María Cristina de Tomelloso en el Homenaje a Victimas del COVID.

Fotografía del periódico La voz de Tomelloso.

sábado, 18 de abril de 2026

Viaje en tren

 


Viaje en tren

Hacía casi tres años que no había vuelto a la ciudad del río Turia y, para llegar hasta ella, he viajado en tren. También hacía muchos años que no viajaba en tren y, al hacerlo en aquel Alvia, rápido y creyéndolo seguro, he comprobado que, cuando el camarero ha pasado arrastrando su carrito con ruedas por el centro del pasillo —en silencio, pero ofreciendo sus cafés y viandas— nadie, ningún pasajero, le ha pedido nada.

Después, una pareja de edad algo avanzada ha sacado una bolsa con recipientes herméticos de plástico y, tranquilamente, han saboreado su comida, compuesta de empanadillas y algo de fruta, bebiendo de una botella pequeña el agua necesaria.

El tren ha seguido su marcha sin apenas paradas y el paisaje ha cambiado, pues desde las tierras manchegas, que son castellanas, ha ido buscando bajar hasta el mar Mediterráneo. Ese mar que baña la costa levantina con olas suaves y luz diáfana.

El mar y Valencia fueron el primer mar que mis ojos vieron, cogida de la mano de mi padre; jamás lo he olvidado. Fue una experiencia difícil de definir: yo era una preadolescente nacida tierra adentro, que conocía el agua de las piscinas, donde nadar en los calurosos veranos era fácil, porque en esas piscinas no había olas ni sal que se metiera en los ojos. El mar, grande y profundo, me dejó en silencio. Y mi padre me dijo aquella frase de...

Cuando llegué al mar por primera vez tenía tres hijas y rozaba los cuarenta. Hice una promesa: si Dios me lo permitía, traería a mi esposa y a mis hijas para que también lo conocieran. Casi la he cumplido. Aún me faltan tus hermanas y, si Dios quiere, volveremos todos a pasar el verano: por primera vez juntos frente al mar.

Me quedé callada mirando el azul remoto de la línea del horizonte, por donde los barcos cortaban despacio la mañana. Sonaban sirenas a lo lejos y la brisa me movía el pelo con suavidad. Desde entonces, el mar me llama con su ir y venir, y yo lo escucho mientras camino descalza por la playa.

Valencia fue la primera ciudad grande que conocí después de Tomelloso y Ciudad Real. Era tan distinta que, al recorrerla en tranvía, me quedaba en silencio: calles, plazas, fachadas… todo parecía hablar un idioma nuevo. Iba con Leonor, hermana del representante valenciano con quien mi padre trataba aquellos negocios de trigos y harinas. Leonor y su hermano, Vicente, eran de clase media; la guerra del 36 al 39 les arrebató acciones, les dejó propiedades bombardeadas y les obligó a vender lo poco que pudieron salvar.

Vivían en un piso de la calle de San Vicente Ferrer y eran socios del Ateneo Valenciano, donde había salones de conferencias y un restaurante para comidas, cenas y meriendas. Si no eras socio, no podías pasar: era un mundo cerrado, de puertas discretas y miradas medidas.

Yo me quedaba con Leonor mientras mi padre y Vicente trabajaban. Ella me enseñaba la ciudad con un cuidado casi minucioso: edificios, leyendas, lo que la guerra había destruido… y, sobre todo, la riada de 1957. Cuando el Turia se desbordó, dijo, dejó muerte y ruina a su paso. Nos deteníamos frente a ciertas fachadas y Leonor señalaba la altura que alcanzó el agua. Todavía se distinguía: una sombra negruzca, como una marca vieja que los años sesenta no habían logrado borrar.

Luego merendábamos en la cafetería del Ateneo. Leonor saludaba a algunas señoras —educadas, distantes— y yo sentía que me miraban con un desdén leve, quizá imaginado, quizá real.

Con ella conocí una Valencia que ya no existe, o que solo vuelve cuando la recuerdo.

El tren me llevaba hacia Valencia y, al desfilar ante mis ojos los naranjos y las palmeras altas, dispersas sobre la tierra, los recuerdos volvieron como compañeros silenciosos de viaje, sentados a mi lado en el vagón.

Cuántos años han pasado, y cuántos seres amados han quedado atrás.

El ritmo del tren me hundía en aquellos días lejanos mientras el Mediterráneo, siempre querido, comenzaba a llamarme.

 

Natividad Cepeda

Fotografía de la web 

 


miércoles, 8 de abril de 2026

Abril y las noticias de inestabilidad y de pobreza

 

                 

 


Abril sigue trayendo noticias de urgencia que nunca se resuelven. En vano esperamos que las manos de los poderosos firmen leyes justas; en vano comprobamos que la estupidez humana no cesa. Cada paso que dan nos deja más confundidos, entre el derroche de falsedades y falacias que nos cuentan, mientras apenas cuentan las muertes anónimas de quienes perecen de hambre en esta sociedad globalizada, donde una persona casi no vale nada. Un río humano de egoísmo y pena se desplaza delante de nuestros ojos: espejo de un egoísmo desbordado que crece y se fortalece gracias a avances que nos han llegado, pero que no siempre se utilizan bien.

He vuelto a escuchar una noticia, como tantas otras, repetida con esa frialdad que termina por parecer normal: en una playa española —el nombre no importa— ha llegado una nueva patera y dentro de ella había un hombre muerto. La información se difunde con rapidez, pero parecía incompleta, como si lo esencial quedara fuera: se hablaba de ocupantes, de cifras, de mujeres con niños, de jóvenes, de hombres sin documentación… y, sin embargo, ya casi nadie se pregunta quiénes son. Molestan. Nos asustan. Se ha ido creando un rechazo creciente porque, aunque no se divulguen ciertos hechos con detalle, lo que llega a la población son noticias repetidas, desordenadas, muchas veces alarmantes; y en pueblos de un lugar y de otro surgen protestas contra esta emigración masiva.

El mar nos los trae, dicen, y muchos de ellos mueren en el vientre salado de mares y océanos, sin nombre, sin historia, sin despedida. En las bahías adonde afluyen algunos corren para esconderse, para no ser preguntados, para no tener que explicar su procedencia. Después, como pueden, van llegando a unos y otros lugares para sobrevivir malamente. Pero si no tienen credenciales, papeles, documentos, no se les puede dar trabajo: se multa a los empresarios con sanciones excesivas. Y así, el círculo se cierra como una trampa: quien necesita trabajar no puede, y quien podría ofrecer trabajo no se atreve.

Yo, me pregunto ¿hasta cuándo cesará esta oleada humana? Y mientras me lo pregunto veo cómo el poder se ancla en sus sillones, cómo la pobreza crece en España y se extiende a otros puntos geográficos de Europa, y cómo, aun así, nadie parece decir nada. Se silencia. Se calla. Y a cambio se ofrecen bobadas sin valores para que el personal se quede quieto y no proteste: para que se conforme con escaso pan y mucho circo, mientras la ruina despuebla los pueblos y en las ciudades crecen y crecen bolsas de pobreza, suburbios nuevos donde se acumulan la necesidad y el desánimo.

Nos sentimos sitiados en una extraña calima, sin saber cómo navegar para salir de esta emboscada globalizada. Otra patera. Otra playa. Otro titular. Y, a veces, otro muerto dentro. Lo más grave no es que ocurra —que ya lo es—, sino que estemos aprendiendo a aceptarlo como rutina. A la vez, vivimos en una sociedad donde el debate se pudre en dos extremos: o se grita “invasión” o se recita un “todo irá bien” automático. Pero los datos muestran algo menos cómodo y más real: el fenómeno no desaparece, se desplaza. Y luego está la gran hipocresía: exigimos “integración” mientras cerramos las puertas del trabajo legal. Contratar a alguien sin autorización acarrear multas, lo que disuade a quien podría emplear y empuja a quien necesita vivir hacia la irregularidad. Así se fabrica marginalidad con sello oficial.

Podemos discutir políticas migratorias. Lo que no deberíamos discutir es esto: una muerte en el mar no puede ser normal. Si la política solo administra fronteras y la sociedad solo administra miedos, la calima seguirá espesa. Y los cuerpos seguirán hundiéndose sin nombres. No se trata de negar problemas ni de repartir culpas en nuestra sociedad. Se trata de recuperar algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de sostener dos verdades a la vez. Que hay tensión social y miedo y hasta falta de humanidad a pesar de diálogos elaborados y que en cada patera hay vidas empujadas al límite, a la muerte.

Que hay que gestionar fronteras, es una realidad. Y que la gestión que normaliza la muerte no es gestión: y que el pacto europeo: más sistema carece de humanidad y crea un malestar interno subiendo la precariedad social en el debate de la migración donde se crea resentimiento y desconfianza sumado a leyes que nuestra sociedad rechazan en voz baja; es también una realidad. El reto es bajar la tasa de pobreza, pero esto es un sueño ante guerras actuales y subidas continuas de alimentación y trasporte. Abril seguirá sumando noticias de tragedia y esa inestabilidad social que se ha convertido tristemente en cotidianidad.  

                                                                                       Natividad Cepeda

 

 

 

 

domingo, 5 de abril de 2026

Pregón Pascual

 

 


                               

Ha llegado el amanecer y la luz del día, al posarse sobre los viñedos, ha despertado mi oración. Mis labios se han elevado al cielo porque la tumba donde te depositaron, Jesús de Nazaret, estaba sola. Vacía. Ya no guardaba tu cuerpo herido ni tu sangre derramada. El sepulcro había sido vencido por la vida.

Fueron las mujeres quienes me lo dijeron. Las mismas que caminaron hacia ti cuando la aurora comenzaba a pintar de colores los márgenes del horizonte. Ellas llegaron primero. Ellas miraron dentro. Ellas escucharon la noticia imposible: Tú habías resucitado. Y sus palabras se llenaron de la luz de la mañana, como si el día entero hubiera aprendido a hablar por sus labios.

Desde la tumba vacía, la fragancia de tu resurrección comenzó a extenderse. Iluminó los caminos, se deslizó por los mapas de la tierra y devolvió a la vida su voz unánime. La muerte, que parecía definitiva, empezó a retroceder.

Y, sin embargo, no fueron creídas. Porque eran mujeres. Porque la verdad llegó por boca de quienes no contaban. Pero el ángel había hablado con claridad: aquel a quien buscaban ya no estaba entre los muertos. Así se cumplieron tus palabras, Tú, vencedor de la muerte, Hijo de Dios hecho hombre.

La noticia empezó a recorrer aldeas y senderos. Se dijo en Jerusalén y más allá de sus muros. La llevaron los caminantes sobre las calzadas de piedra del Imperio romano. Se susurró en voz baja, por miedo a los que te ejecutaron, por temor a que la vida resucitada molestara a quienes habían pactado con la muerte. Pero nadie pudo detenerla.

Jesús, el Hijo de María, el Crucificado, no está en su tumba. Ha resucitado.

Y la alegría borró la antigua costra de la muerte. Los últimos llantos se apagaron. Lo imposible comenzó a propagarse como una certeza nueva. El milagro atravesó los porches del amanecer, se reflejó en los colores de todos los amaneceres, se derramó en la fragancia de los bosques y de los jardines, como el aire que recorre mares y llanuras, ríos y vaguadas.

Los pájaros lo cantaron. El agua de las fuentes lo dijo en su murmullo. Las montañas lo repitieron en eco. Y todo dejó de ser tiniebla. Todo se volvió luz.

Era la mañana de Pascua florida. El día en que el Señor pasó por nuestra vida y nos dejó, como herencia, la esperanza de no morir. Una esperanza envuelta en el mensaje silencioso de una tumba vacía.

Por eso mis labios cantan aleluyas. Por eso me postro de rodillas ante el amanecer. Porque me has quitado cadenas y temores. Porque desde entonces vuelo a celebrar tu resurrección, que es también la mía.

Regalo inmenso, Jesús de Nazaret: resucitar y quedarte conmigo en cada nuevo amanecer. Pascua viva que marca tu paso por la historia, por todos los hombres y mujeres que creemos en Ti desde aquel día en que las mujeres de Jerusalén nos entregaron la noticia triunfal.

Ellas fueron primero. Ellas escucharon primero. Ellas creyeron primero. Y sus palabras llegaron a nosotros. Esta es la mañana de Pascua florida. Este es el día que hizo el Señor. Este es el paso de Dios por nuestra vida. Porque Cristo ha pasado y nos ha dejado la esperanza de no morir, sellada para siempre en la piedra removida de la tumba vacía. Por eso mis labios cantan:

¡Aleluya!

¡Aleluya!

¡Aleluya

Esta es la Pascua del Señor. Esta es la fe de la Iglesia. La que nació aquel día

cuando las mujeres nos dieron la noticia triunfal. ¡Cristo ha resucitado!

¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

 

                                                                                   Natividad Cepeda

viernes, 3 de abril de 2026

Oración a María Santísima Dolorosa del mundo

 


Si hoy vengo hasta Ti,
Paraíso de amor, Aurora que precede al día,
es para renacer a la sombra de tu mirada
y, al contemplarte, dejar atrás
los propósitos viejos
que mi fragilidad no alcanza a cumplir.

Si hoy vengo hasta Ti,
Madre del Dios vivo y Sagrario del Verbo eterno,
es para acoger tu dolor en lo más hondo del alma
y elevar hacia el cielo
un rosario tejido de súplicas y estrellas.
Tú, la más bella entre todas las criaturas,
armonía del cosmos y reflejo de la gloria divina.

Te suplico que las horas de tu angustia
sean rosas ofrecidas en sacrificio,
con espinas que no hieran ya tu corazón
traspasado por siete espadas, sino el mío,

estas manos pobres que imploran misericordia
por los pecados de un mundo endurecido,
un mundo que olvida la Pasión de tu Hijo.

 

Oh, Madre, la más hermosa,
Esperanza de los pueblos,
María Dolorosa,

Madre de los Dolores,
luz que no se apaga,
y resplandor de todos los soles.

Cuando avanzas entre nosotros
con los ojos anegados de lágrimas,
las calles te contemplan y lloramos contigo,
en este Viernes Santo, mi viernes de dolor.
Ante Ti, en silencio postrado.

 

Madre de la Azucena del jardín de la vida,
sigues los pasos de tu Hijo, Jesús el Nazareno,
con la cruz invisible en tu alma,
mientras el madero hiere y no hay cireneos

suficientes para aliviar el peso de los pecados
que la Justo carga hasta el Calvario.

María Dolorosa,
la que cada Viernes Santo
recorre ciudades y corazones
envuelta en luto esperando,
que el mundo se convierta
y reconozca el Amor del Crucificado.

Lloran tus ojos, Señora,
y del velo de tus lágrimas
brota el arco iris de la promesa de amarnos.
Yo no sé consolarte; solo sé orar,
pequeña y temblorosa ante tu inmensidad.

Virgen de los Dolores,
Madre de todos los dolores del mundo:
los esparcidos por los continentes heridos,
los ocultos en los pueblos llagados,
los de los cristos pequeños y olvidados
que Tú conoces por su nombre y amas.

Señora de los barrios pobres y humillados,
de los que nadie mira ni defiende,
sé que estás con ellos, que lloras con ellos,
y que tus lágrimas
son rocío del cielo sobre nuestras penas.

Cuando llegue la aurora

y todo quede en silencio,
Madre del Crucificado,

me quedaré contigo en vela,
compartiendo ese dolor que nos deja exhaustas,
esperando en oración
a que despunte el alba
y, en la Resurrección,
encuentre tu abrazo y el perdón de mis culpas.

 

María Dolorosa, bendícenos,
Madre del mundo herido,
reparte por doquier el sendero posible

de hacernos peregrinos y llegar a tu Hijo,

mi Cristo Redentor; estamos esperándote 

por las calles de este pueblo manchego,

por las calles del mundo,

Santa María, para que nos conduzcas

a la estela de Dios.

                                                                    Natividad Cepeda

 

 Viernes Santo: Semana Santa que celebramos los cristianos. En España con nuestras tradiciones de oración comunitaria en nuestras iglesias y procesiones que son catequesis para el pueblo que lo vive apasionadamente. Fe y tradición. Y semana santa en las calles del mundo con todo el dolor de las tragedias que existen. 


domingo, 29 de marzo de 2026

Semana Santa vivir la fe para cambiar el mundo

                    


La luz saluda la mañana del Domingo de Ramos y me cercioro de que, en este manual de empezar el día, hoy es un día especial, distinto. Un día en el que la ternura de ver a la Santa Borriquilla deja un espacio de prodigio interior en muchos de nosotros.

Suenan las campanas anunciando que el mismo Jesucristo pasa subido en el humilde borriquillo, y la esperanza renace en el corazón de las personas dolientes. Pienso, pensamos, que hoy, en este Domingo de Ramos, todavía es posible enderezar caminos torcidos y hasta alguno equivocado.

Huelen las calles a incienso y se expande el sonido de tambores y música acompañando la procesión. Y es un privilegio poder ver el desfile sin niebla en la mirada, porque esta tradición la hemos vivido antes.

Pienso en esa historia de un pueblo recibiendo con ramas y flores a un profeta, a Jesús de Nazaret, que sigue diciéndonos que el amor es lo único que puede mover al mundo en armonía y justicia. Y que el Todopoderoso sigue marcando la brújula del alma en estas celebraciones de Semana Santa.

Este hecho no es un claustro cerrado; es un claustro abierto que pasa por plazas y calles y nos sacude la génesis si pensamos en ello sin prejuicios. Tradiciones heredadas, gloria de fe y patrimonio de los antepasados, que nos invitan a dejar que la luz nos invada para vivir el sentido de los días de Semana Santa como una ascensión al misterio de que Dios todavía se acerca a nosotros, si dejamos nuestra puerta abierta para recibirlo.

Celebramos la Semana Santa para salir de las nieblas interiores, para quitarnos las hendiduras que nos ahogan y que ocultamos, las que no contamos a nadie. Sentimos esa emoción salvadora que nos hace palpitar el corazón y, aun entre la muchedumbre que contempla, hay un deseo de evangelizar cuando pasa la imagen en su trono, elevado por los anderos y costaleros con respeto y devoción, obedeciendo el toque de la campana que el capataz hace sonar para parar y para iniciar la marcha.

Es misterio y es fe ver pararse a los costaleros, jadeantes y sudorosos, pero enteros, sin queja alguna, porque sobre sus espaldas descansa Cristo y ellos son sus porteadores, al menos una vez al año.

Primavera en España es oración sin palabras, es catequesis callejera, es fe ancestral que nos llama y nos invita a preservar el rito, porque es volver a ver el rostro del Señor arrastrando la cruz y llorar con María Santísima en su dolor y angustia, para dejar correr con ella nuestro propio llanto, ese que a veces llevamos encerrado y que dejamos salir cada Semana Santa sin que nadie nos lo pida y sin que nadie nos lo impida, a pesar de tanta impiedad en nuestras vidas.

La tarde anochece y pasa por nuestras calles María Dolorosa. La seguimos porque ¿Quién de nosotros no recuerda a la madre que hemos perdido o que tenemos lejos, porque la vida nos ha puesto distancias y necesitamos recordar que alguna vez fuimos niños?

Jueves y Viernes Santo me santiguo al paso del Señor en su patíbulo y le rezo a la Madre que lo sigue, para que nos salven de tanta soledad en la que, a veces, nos morimos.

Semana Santa con las muertes de cada día, con madres dolorosas en campos de metralla, con hijos muertos en sus brazos; dolorosas anónimas que poco importan al poder establecido, de países con distintos nombres, pero con el mismo mensaje de poder y exterminio.

Semana Santa donde los cuerpos acribillados quedan tirados y olvidados, donde hay demasiados patíbulos en nombre de palabras huecas y profanadas.

Se utiliza a Dios para medrar, para lapidar, para legislar atrocidades e injusticias múltiples.

Lloramos y callamos ante el miedo al poder, y hay muchos Pilatos lavándose las manos mientras dejan morir a inocentes.

Semana Santa para pensar en ese Jesús crucificado y, en Él y con Él, a todos los ajusticiados impunemente, a todos los perseguidos, a todos los violados en sus derechos y en el cuerpo de mujeres víctimas, usadas y despreciadas, sin cirineos.

Semana Santa de madre dolorosa cruzando por la vida y cruzando por las calles de España en estos días piadosos, donde el pueblo muestra su fe como quiere, a su manera, con sus imágenes, sus oraciones y promesas, para al menos intentar cambiar y ser mejores, aunque nos cueste por esa ceguera que nos nubla el entendimiento y la voluntad.

Te rezo, María Dolorosa, por todos los hijos crucificados, por todas las cruces clavadas, por todo lo que no vemos y consentimos.

Perdónanos, Señora, porque a veces necesitamos salir a ser anderos de nuestras propias penas para encontrarte y, contigo, llorar ante tanto dolor a nuestro alrededor.

Florece la mañana y la luz se derrama por nuestras manos. En las barcas del día navegamos estos días heridos, con el viento cruzando cicatrices de pasión y de muerte. Y esperamos. Yo espero resucitar mañana para no olvidar que la Semana Santa no es recuerdo, sino fe vivida para cambiar el mundo.

     Natividad Cepeda

Fotografía de la web