Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la
tragedia del COVID
Fue la tarde de domingo 19 de
abril en el jardín que da entrada al Museo López Torres de Tomelloso. La
primavera estaba recién estrenada y, en el improvisado escenario, unos alelíes
blancos —tan limpios, tan humildes— parecían haber sido colocados para recordar
que hay belleza incluso cuando todo duele.
Lo más relevante no era el
protocolo, ni los saludos, ni el orden del acto. Lo más importante era escuchar
los nombres. No los de todos —faltan muchos más—, pero sí los de quienes
murieron en nuestra comunidad castellano‑manchega
y en otros puntos de España durante la pandemia del COVID de 2020. Los nombres
fueron cayendo, uno a uno, en una tarde quieta, acompañados por un viento suave
que, como si también estuviera conmovido, arrancaba pequeños brotes tiernos de
árboles y arbustos.
La voz del concejal de
Cultura, Antonio Calvo, abrió el homenaje. A su lado estaban el alcalde, Javier
Navarro, y los concejales de gobierno Elena Villahermosa, Rocío Valentín y
Jesús Lara. También María José Saiz Zamora, presidenta de la Asociación de Afectados
por el COVID de Castilla‑La
Mancha. Y, al final, como un cierre de luz —o quizá de consuelo—, la coral de
Tomelloso Lux Aeterna puso música donde ya no alcanzaban las palabras.
En torno a todo aquello, el
jardín seguía siendo jardín: revoloteaban abejas e insectos pequeños alrededor
de flores y arbustos, ajenos y, a la vez, íntimamente vinculados al silencio
humano. La tarde estaba poblada de familiares y amigos; se veía en las miradas
esa nostalgia que no es solo recordar, sino volver a atravesar. Había una
tristeza tenue, como una pátina en los ojos, esa transparencia gris que dejan
los días que nadie querría revivir y, sin embargo, vuelven.
El lugar también hablaba.
Rodeado por una verja de hierro que se cierra por la noche, el jardín guardaba
una antigua condición de recinto sagrado. Aquí estuvo el primer cementerio de
Tomelloso; aquí, durante años, el sacerdote católico entraba con paso lento
para acompañar a enterrar a un vecino del pueblo. El tiempo pasó y el camposanto
se transformó en jardín; pero hay sitios que conservan, como una respiración
antigua, el eco de lo que fueron. En este, siempre se ha respirado paz. Una paz
que se siente como si la tierra todavía recordara aquellas bendiciones.
Yo también lo recordaba, pero
desde otro lugar: desde mi infancia. Fue aquí donde venía a jugar alrededor de
la fuente grande, redonda, con baranda de hierro. En el centro estaba el
pescador policromado, Lorencete, mirando desde su pedestal, con la caña en la
mano y una cesta de piedra a su lado, como si en ella pudieran guardarse los
peces que nadaban y se deslizaban en el agua. Los niños nos asomábamos apoyados
en la baranda para verlos ir y venir por el fondo, como si su movimiento fuese
un secreto del mundo.
Por entonces las adelfas eran
más grandes, más frondosas, y crecían a la sombra de moreras blancas y negras.
Los gorriones y los jilgueros confundían sus cantos con las voces infantiles.
La paz del jardín tenía algo de patio protegido, de casa sin techo, de refugio.
Y, a la vez, tenía algo de respeto, como si la alegría —la risa de los niños,
los pasos de los mayores— nunca hubiera terminado de borrar del todo la
solemnidad del lugar.
En años pasados, también hubo
fiesta aquí. Se celebraban los bailes de la feria, la cena de gala de la Fiesta
de las Letras, con su reina y sus damas y los poetas galardonados. La música no
llenaba solo el recinto; se derramaba por las calles de alrededor, y los
vecinos la escuchaban sentados en las puertas de sus casas, cogiendo el fresco
de la noche veraniega de agosto. El jardín parecía entonces una plaza pequeña,
un corazón abierto.
Ahora custodia la entrada del
museo donde cuelgan las pinturas del viejo maestro Antonio López Torres, y su
realismo —sereno, atento a lo verdadero— se funde con el sosiego del lugar.
Belleza y quietud en el mismo punto, como si el jardín y los cuadros fueran dos
formas de decir lo mismo: que la vida, incluso cuando se rompe, sigue teniendo
una claridad secreta.
Y allí, en esa tarde de
domingo abrileño, los nombres de los que murieron en la pandemia del COVID
volvieron a hacerse presentes. Yo escuchaba las edades, los pueblos, los
lugares de esta tierra. Y no podía evitar visualizar a quienes ya había
conocido, ponerles rostro, recordar gestos. El silencio solo se interrumpía por
unas notas musicales y por la brisa, que despeinaba las hojas primeras de la
primavera. Cada nombre era una puerta. Cada nombre, una presencia.
Pensé entonces que, a veces,
los muertos —nuestros muertos amados— nos traen a recintos que también ellos
conocieron. Como si la memoria no fuese solo un acto de la mente, sino una
forma de caminar por el mundo. He aprendido que nada sucede por casualidad; o,
al menos, que hay casualidades que parecen demasiado exactas para ser solo
azar.
Y en esa tarde sentí algo que
no sé explicar del todo: que los nombrados, las personas que fallecieron en esa
triste pandemia estaban a nuestro lado, siendo parte del jardín y de la tarde.
Como si el viento pronunciara con nosotros no solo los nombre, también la brisa
nos traía sus presencias. Como si los brotes tiernos que caían al suelo fueran
una manera de decir: aquí estuvieron, aquí están, aquí se les nombra para que
no se borren de nuestra memoria.