La
noche cae y, con ella, el peso de los años entregados. Me pregunto, mientras el
agua golpea el cristal, por qué el amor —esa palabra que el mundo gasta de
tanto usarla tantas veces— se vuelve en mis manos un hilo de seda que nadie
intenta sostener y que a veces se rompe. He amado en cada etapa de mi vida, me
he dado a quien pedía auxilio y ayuda, familia, amigos sin guardar nada para después,
y sin embargo, el eco del olvido de los que ayudé es lo único que vuelve a mi
puerta.
No
es una queja esta reflexión, es una pregunta que elevo al cielo con la misma
naturalidad que hay en mis recuerdos. Se lo he pregunto a Dios muchas veces, no
para exigirle cuentas, sino para que me ayude a descifrar este mapa de
ausencias y olvidos. Y entonces, cuando la lógica humana me falla, me refugio
en la herencia de mis padres, de mis abuelos, de mis mayores: y elevo mi
oración hasta ellos y rezo.
En
la oración desgrano el Padrenuestro como quien busca un rastro de ellos, sigo
con el Ave María, saludando a aquella joven de Nazaret, mi Virgen María, que
también conoció el peso de los misterios, y descanso en el Gloria, intentando
que la Trinidad divina llene los huecos que dejó el desamor. Busco paz, no
explicaciones racionales. Busco el abrazo que en ocasiones se me ha negado después
de mi generosa entrega.
Este
dolor que no grita me duele, pero es un dolor extraño: profundo, inmenso, tan
vasto que ya ni siquiera es dolor. Es un abandono que me deja callada, una tristeza
que no busca revancha ni conoce el rencor. Es un vacío el que siento que no
deseo indagar, porque para anda me sirve, prefiero que el tiempo siga su marcha
lenta, como esta lluvia que escucho ahora mientras todos duermen.
La
escritura y la calma me inspira y me levanto de la cama porque el sueño no
viene, y recuerdo aquellos a quienes amo. Escribo para saber si estas palabras
sirven de puente, para entender por qué sigo amando a quienes no me aman ni me
amaron. Pero en este silencio de la noche, entre escribir de lo que siento y
jamás digo a nadie y mi oración, percibo, tengo la certeza de que Dios no me
abandona, ni me ha abandonado nunca. Esta serenidad que siento, esta capacidad
de seguir amando a pesar del vacío experimentado no es mía; es suya.
Escribo
para encontrar la respuesta que la vida me oculta: que tal vez amar no es un
contrato de ida y vuelta, ni fácil de entender, sino un estado de gracia que se
sostiene solo, incluso bajo la soledad de lo que no comprendo ahora que escucho
llover y que el agua al romper el silencio de la noche me trae esos recuerdos
que forman parte de mí misma. Siento que en esta liturgia de la lluvia y la
noche silenciosa hay un regalo, una ofrenda de recordar también esas manos
abiertas que en otros momentos cogieron las mías. y eso, esto es más que
suficiente para sentir paz y armonía.
Natividad
Cepeda
Fotografía de Pepe J Galanes