Sube
la brisa temprana, cargada con la fragancia espléndida que la noche dejó a su
paso. Despiertan los colores en el vientre de los verdes viñedos, en los
almendros que exhalan el aliento de la tierra primordial, sembrados por las
ásperas manos manchegas. Al contemplar el paisaje, se revela una epopeya de
constancia: ni los vientos secos, ni la tiranía perenne del frío y del estío
han logrado marchitar el amor por esta llanura. Es un amanecer rumoroso, tejido
de ensueños y de rostros ajados; el despertar de un pueblo que labra sin
clarines ni medallas, con la espada del infortunio sobre la frente, soportando
el peso de un esfuerzo enorme y el tributo gravoso para tan magra recompensa.
Y
cuando el cielo sangra entre los hilos de las viñas, en la vastedad de la
tierra cultivada, late un corazón profundo y secretamente enamorado de su
pueblo. Son cimientos forjados en madrugadas sin estrellas y sin aplausos;
cimientos de luz azul que derraman la sangre campesina sobre el lienzo de cada
nuevo día. Es la oración callada frente a la cosecha perdida, el trago amargo
del esfuerzo mal pagado. Esta voz mía es la de todos los que brotamos de este
pueblo altivo, que mastica el fracaso en silencio y vuelve a la batalla, porque
los nacidos en Tomelloso somos de la misma argamasa que la costra dura de
nuestro suelo.
En
este amanecer escucho el rumor de los ríos de sangre de mi linaje, y sé bien
que mi canto no reposará en los libros de historia, ni recibirá el bronce o el
laurel que a otros coronan. Pero no importa: mi voz es el eco antiguo de las
mujeres que parieron en los sembrados, a solas con parteras que compartían el
yugo de la hoz y del arado; mujeres de quienes nadie reclamó su legado.
¡Mujeres de mi pueblo! Viñeras sin pergaminos ni leyes que las amparasen;
mujeres con sabor a vendimia, a dulzor de melón y sandía, a tierra abierta que
surcaron a la par que los hombres. Guardianas de los escasos dineros, madres
protectoras de cuantos nacieron y murieron bajo este cielo. Mujeres que fueron
brújula infalible hacia el norte de la vida; analfabetas de letras, pero sabias
catedráticas en arrancar el pan a la tierra y educar en grandeza a los hijos
que trajeron al mundo.
Gentes
de este pueblo que, ante el espejo de amaneceres serenos, allí donde florecen
rosas de una belleza derramada por estrellas fugaces, tejieron la permanencia
más inquebrantable de Tomelloso. Con la luz de los viñedos anidada en el regazo
y el ansia viva de ascender, peldaño a peldaño, para ensanchar el horizonte
cada día. Mujeres de mi tierra, hermanas aguerridas de raíces insondables:
henos aquí. Fueron ellas las que germinaron a la sombra de sus hombres para que
este pueblo floreciera.
Heroicas
y calladas, mujeres sin las cuales Tomelloso nunca habría tocado su horizonte.
A vosotras, que hoy seguís cincelando la grandeza de esta tierra con vuestra
faena diaria, herederas de aquellas pioneras que sostuvieron el mundo sin
exigir facturas. Sin ellas, sin nosotras, Tomelloso no sería Tomelloso. Sí; sin
nosotras, este pueblo inmenso, que hoy luce coronas de ciudad vinatera, jamás
habría despertado a su propia grandeza.
Texto y
fotografía Natividad Cepeda©