Veamos cómo vamos de la
sumisión ancestral al conformismo moderno: cómo la manipulación política, el
abandono del esfuerzo y el olvido de los valores conducen a las sociedades
hacia su propia decadencia.
Desde tiempos
ancestrales se impone la mal llamada «ley del más fuerte». Un dominio ejercido
por la fuerza bruta y el afán desmedido de mandar y avasallar al prójimo. En
este devenir histórico, el más astuto siempre ha terminado imponiéndose al
confiado, a aquel incapaz de advertir las artimañas orientadas a someterlo. Así
nacieron las primeras tribus y aldeas, dando paso al desarrollo de regiones,
culturas diversas y, finalmente, a los países y estados que hoy conocemos.
Desde los orígenes de
la civilización, hombres y mujeres —pues ninguna sociedad ha sido posible sin
la mujer— se han necesitado mutuamente para gestionar este proceso evolutivo.
Juntos tejieron vínculos que, hábilmente articulados, condujeron a la concentración
del poder y al encumbramiento de jefes, caudillos o reyes encargados de ejercer
el mandato.
Sin embargo, es una
falacia asumir que dicho liderazgo resulte siempre beneficioso, o que el
gobernante busque de forma genuina mejorar la calidad de vida de sus
subordinados. En demasiados periodos históricos, el líder ha sido injusto,
cruel y ambicioso, arrastrando a su pueblo a épocas de penuria y decadencia que
la historia documenta con nitidez.
Pero la trampa de la
hegemonía y el control mental es muy lamentable. Lamentablemente, la luz de la
justicia no siempre ha iluminado a las civilizaciones. Con frecuencia, los
seguidores no perciben hacia dónde son conducidos por un líder astuto y falto
de ética: hacia su progresiva pobreza y la pérdida irreversible de sus derechos
cívicos. Se repite trágicamente la existencia de grupos humanos que siguen
ciegamente a gobernantes nefastos sin ponderar su integridad ni su pésima
gestión, llegando a defenderlos e inscribirse en un fanatismo ciego.
Hoy, convertidos en
votantes, esos mismos seguidores perpetúan la hegemonía del dirigente que los
perjudica y destruye. Civilizaciones enteras han sucumbido por diversos
métodos: el hambre, la ruina económica, leyes redactadas en contra del propio
pueblo y traiciones perpetradas en beneficio personal del gobernante.
Bajo su control y su
látigo —a veces físico, a veces intelectual—, el poder manipula la mente de las
masas y achaca todos los fracasos a quienes se le oponen. No hay nada nuevo en
ello; es la constatación de que la humanidad apenas ha avanzado en los mecanismos
de contención frente al control social.
«Cuando la sociedad cae
en una estupidez colectiva, se llega a creer que todos son sabios mientras el
líder agota la economía y anula el talento individual.»
Lo enconillo porque vivimos
en el abismo de la complacencia y el desprecio al mérito. Desde su torre de
vigía, el pueblo, falto de discernimiento, cava su propia destrucción. Se
conforma con limosnas y festejos lúdicos, convencido de que su gobierno es
benigno y de que, si existe precariedad, la culpa jamás recae en la mala
gestión del líder, sino en la oposición que lo critica.
En este terreno abonado
de falacias, el esfuerzo por construir una sociedad mejor se extingue. Se
adoctrina a la ciudadanía en la idea de que todo es posible sin sacrificio; se
rebajan los periodos de aprendizaje, se ignora la valía de los esforzados y se
premia la inactividad, el desinterés y lo falso por encima de lo verdadero. La
sociedad cae así en una estupidez colectiva, creyéndose sabia y merecedora de
todo por el mero hecho de existir.
Mientras tanto, el
líder agota las arcas públicas, aplasta las iniciativas individuales y sume a
la sociedad en la necedad. Al gobernante egocéntrico no le importa el bienestar
del grupo; carente de empatía, pactará con quien sea necesario con tal de perpetuarse
en el sillón del poder.
Las voces lógicas y
visionarias resultan estériles: son silenciadas, apartadas o aniquiladas para
no perturbar la aparente felicidad colectiva. Así, la sociedad queda despojada
de sus valores universales, sustituyendo la cultura del trabajo y el conocimiento
por una ciega fe en la suerte. Y cuando esto ocurre, muere la esperanza de
dejar un futuro digno a las próximas generaciones.
Estamos asistiendo al eclipse
de Occidente y la lección de la historia. Se trata de una mercancía del poder
repetida en la historia, donde nadie protesta porque la población ha sido
embaucada como marioneta. La civilización romana, por ejemplo, sucumbió en el
momento exacto en que perdió sus valores e instaló el «pan y circo».
Hoy en Occidente
presenciamos un retroceso similar. Al olvidar lo conseguido con siglos de
esfuerzo, abrimos las puertas a culturas e ideologías ancladas en un pasado
donde la libertad no existe y donde la mitad de la población —mujeres y niños—
carece de derechos fundamentales. Abrimos los brazos fraternalmente, y cuando
queremos reaccionar ante la pérdida de nuestras libertades, ya es tarde para
frenar la involución.
Cuando el gobernante no
protege a su pueblo ni a su cultura con leyes justas, cabe preguntarse en
cuánto ha sido comprado por la ambición y el vil metal.
Al final, la única
verdad inmutable es que venimos al mundo sin nada y nos vamos de él del mismo
modo. Pobres, ricos, esclavos y señores terminaremos cobijados por la misma
tierra, cayendo en el olvido de una historia humana mucho más antigua de lo que
alcanzamos a recordar.
Natividad Cepeda