lunes, 14 de septiembre de 2026

Mujeres heroicas y calladas: La otra historia de Tomelloso no contada

 

Sube la brisa temprana, cargada con la fragancia espléndida que la noche dejó a su paso. Despiertan los colores en el vientre de los verdes viñedos, en los almendros que exhalan el aliento de la tierra primordial, sembrados por las ásperas manos manchegas. Al contemplar el paisaje, se revela una epopeya de constancia: ni los vientos secos, ni la tiranía perenne del frío y del estío han logrado marchitar el amor por esta llanura. Es un amanecer rumoroso, tejido de ensueños y de rostros ajados; el despertar de un pueblo que labra sin clarines ni medallas, con la espada del infortunio sobre la frente, soportando el peso de un esfuerzo enorme y el tributo gravoso para tan magra recompensa.

Y cuando el cielo sangra entre los hilos de las viñas, en la vastedad de la tierra cultivada, late un corazón profundo y secretamente enamorado de su pueblo. Son cimientos forjados en madrugadas sin estrellas y sin aplausos; cimientos de luz azul que derraman la sangre campesina sobre el lienzo de cada nuevo día. Es la oración callada frente a la cosecha perdida, el trago amargo del esfuerzo mal pagado. Esta voz mía es la de todos los que brotamos de este pueblo altivo, que mastica el fracaso en silencio y vuelve a la batalla, porque los nacidos en Tomelloso somos de la misma argamasa que la costra dura de nuestro suelo.

En este amanecer escucho el rumor de los ríos de sangre de mi linaje, y sé bien que mi canto no reposará en los libros de historia, ni recibirá el bronce o el laurel que a otros coronan. Pero no importa: mi voz es el eco antiguo de las mujeres que parieron en los sembrados, a solas con parteras que compartían el yugo de la hoz y del arado; mujeres de quienes nadie reclamó su legado. ¡Mujeres de mi pueblo! Viñeras sin pergaminos ni leyes que las amparasen; mujeres con sabor a vendimia, a dulzor de melón y sandía, a tierra abierta que surcaron a la par que los hombres. Guardianas de los escasos dineros, madres protectoras de cuantos nacieron y murieron bajo este cielo. Mujeres que fueron brújula infalible hacia el norte de la vida; analfabetas de letras, pero sabias catedráticas en arrancar el pan a la tierra y educar en grandeza a los hijos que trajeron al mundo.

Gentes de este pueblo que, ante el espejo de amaneceres serenos, allí donde florecen rosas de una belleza derramada por estrellas fugaces, tejieron la permanencia más inquebrantable de Tomelloso. Con la luz de los viñedos anidada en el regazo y el ansia viva de ascender, peldaño a peldaño, para ensanchar el horizonte cada día. Mujeres de mi tierra, hermanas aguerridas de raíces insondables: henos aquí. Fueron ellas las que germinaron a la sombra de sus hombres para que este pueblo floreciera.

Heroicas y calladas, mujeres sin las cuales Tomelloso nunca habría tocado su horizonte. A vosotras, que hoy seguís cincelando la grandeza de esta tierra con vuestra faena diaria, herederas de aquellas pioneras que sostuvieron el mundo sin exigir facturas. Sin ellas, sin nosotras, Tomelloso no sería Tomelloso. Sí; sin nosotras, este pueblo inmenso, que hoy luce coronas de ciudad vinatera, jamás habría despertado a su propia grandeza.

 

 Texto y fotografía Natividad Cepeda©

No hay comentarios:

Publicar un comentario