Febrero
me ha signado con su luz espontánea y, en el horizonte, los días se alargan por
pueblos y ciudades entre jirones de sombras y ruidos cotidianos de esta
sociedad que casi no conoce el silencio. Febrero ha llegado con su cruz de
ceniza en mi frente, recordándome al recibirla que soy polvo y en polvo me
convertiré, pero también me ha traído, con la celebración del Miércoles de
Ceniza, el inicio de la Cuaresma para nosotros, los católicos, que seguimos
creyendo que después de la muerte hay otra luz que nos espera.
Porque
¿acaso creer y tener esperanza no es lo que nos enseñó Jesús de Nazaret, el
Hijo de María Santísima, ¿su Madre?
Siento
que caminar por estos días cuaresmales es similar a los surcos abiertos en la
tierra por el arado, y a ese hombre o mujer que, al cultivar la tierra, tiene
la esperanza de su recompensa. Esa es mi fe: ser surco labrado en la Cuaresma
para despertar después a la Resurrección de Cristo resucitado.
Sin
embargo, este tiempo no es tiempo de oración para muchos; incluso es tiempo de
persecución en muchos países del mundo, desde Asia, África y América. Tampoco
es bien vista la fe cristiana en Europa, esta Europa cristiana, infinita en
milagros de fe, que ha llenado sus tierras de templos, iglesias y
acontecimientos que escapan a la lógica. Podría enumerar santuarios y
apariciones que la razón no puede explicar, pero no es necesario cuando la fe
se siente sin necesidad de otros manuales.
Y
así, bajo el silencio de la Cuaresma, emprendemos el camino silencioso de orar
por mí y por los otros, bajo el estruendo de una sociedad embaucada en
ficciones absurdas e irresponsables. A veces me pregunto: ¿hacia dónde vamos? Y
en la oración callada encuentro mi norte.
Lo
encuentro al caer la tarde, cuando, a solespones, me dirijo al templo para
acudir a misa y sentir que en esa Eucaristía mi Cristo resucitado se hace
presente. Entonces, la oscuridad que me rodea y me asombra se desvanece, y
siento paz a pesar de las incertidumbres de la vida.
La
Cuaresma es ese almendro florecido en febrero que ha desafiado la tempestad, la
lluvia e incluso las heladas, y de pronto florece. Al mirarlo me asombro y
percibo que Dios es mi Creador, porque ese milagro del almendro florecido lo
han visto mis ojos.
Y
así, en este laberinto que es la vida, camino con mis caídas y mi levantarme,
porque a pesar de las tristezas, de la impotencia ante la crueldad que me rodea
y de la degradación humana, pido y ruego no perder mi fe ni la confianza en los
demás. Porque solo así caminaré en paz por los surcos abiertos de la vida.
Natividad
Cepeda
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