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miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuaresma fe y oración sobre los surcos de la vida

 


Febrero me ha signado con su luz espontánea y, en el horizonte, los días se alargan por pueblos y ciudades entre jirones de sombras y ruidos cotidianos de esta sociedad que casi no conoce el silencio. Febrero ha llegado con su cruz de ceniza en mi frente, recordándome al recibirla que soy polvo y en polvo me convertiré, pero también me ha traído, con la celebración del Miércoles de Ceniza, el inicio de la Cuaresma para nosotros, los católicos, que seguimos creyendo que después de la muerte hay otra luz que nos espera.

Porque ¿acaso creer y tener esperanza no es lo que nos enseñó Jesús de Nazaret, el Hijo de María Santísima, ¿su Madre?

Siento que caminar por estos días cuaresmales es similar a los surcos abiertos en la tierra por el arado, y a ese hombre o mujer que, al cultivar la tierra, tiene la esperanza de su recompensa. Esa es mi fe: ser surco labrado en la Cuaresma para despertar después a la Resurrección de Cristo resucitado.

Sin embargo, este tiempo no es tiempo de oración para muchos; incluso es tiempo de persecución en muchos países del mundo, desde Asia, África y América. Tampoco es bien vista la fe cristiana en Europa, esta Europa cristiana, infinita en milagros de fe, que ha llenado sus tierras de templos, iglesias y acontecimientos que escapan a la lógica. Podría enumerar santuarios y apariciones que la razón no puede explicar, pero no es necesario cuando la fe se siente sin necesidad de otros manuales.

Y así, bajo el silencio de la Cuaresma, emprendemos el camino silencioso de orar por mí y por los otros, bajo el estruendo de una sociedad embaucada en ficciones absurdas e irresponsables. A veces me pregunto: ¿hacia dónde vamos? Y en la oración callada encuentro mi norte.

Lo encuentro al caer la tarde, cuando, a solespones, me dirijo al templo para acudir a misa y sentir que en esa Eucaristía mi Cristo resucitado se hace presente. Entonces, la oscuridad que me rodea y me asombra se desvanece, y siento paz a pesar de las incertidumbres de la vida.

La Cuaresma es ese almendro florecido en febrero que ha desafiado la tempestad, la lluvia e incluso las heladas, y de pronto florece. Al mirarlo me asombro y percibo que Dios es mi Creador, porque ese milagro del almendro florecido lo han visto mis ojos.

Y así, en este laberinto que es la vida, camino con mis caídas y mi levantarme, porque a pesar de las tristezas, de la impotencia ante la crueldad que me rodea y de la degradación humana, pido y ruego no perder mi fe ni la confianza en los demás. Porque solo así caminaré en paz por los surcos abiertos de la vida.

 

Natividad Cepeda

sábado, 9 de marzo de 2013

Mujer olvido y realidad


                                    
En los periódicos de tirada diaria no se incluyen poemas porque se consideran no aptos, sí tienen cabida artículos de temas repetidos y recurrentes, considerados de actualidad.
Más, curiosamente, hay poemas que son universales a los que se citan en artículos escritos ayer y hoy. Hoy, muchas de nuestras hijas y jóvenes, han emigrado y emigran a otros países de Europa, América, Australia,  América del Sur y Asía; despedirlos es una herida abierta que no se cierra fácilmente, además de la pérdida irreparable que supone para nuestro país. Este poema es un mar de llanto hecho palabras por mi hija ausente, por los hijos de muchos amigos y por los millones de emigrantes, mujeres de cualquier nacionalidad que buscan su lugar y derechos en ciudades apartadas de donde nacieron.
La historia humana y su cultura, escrita mayoritariamente por hombres, ha olvidado incluir en sus anales la aportación  de la mujer por no considerarla relevante.  Es uno de los muchos errores humanos, ya que al no registrar esa aportación en el campo de la vida, que no es otro que el ámbito social donde se desarrollan las sociedades de cualquier momento y época, se ha cometido, y sigue cometiendo, un olvido inolvidable porque sin mujeres ninguna sociedad podría haber existido ni existir.
Este poema no es un homenaje a la mujer, es un reconocimiento a todas las mujeres que han hecho y hacen posible la vida en todo su contexto.

       MUJER EN LA CIUDAD DE SIGLOS

                                                                                                                                                                                                               
Debió de ser agosto cuando llegabas, tímida,
y cruzaste las puertas de la vieja ciudad,
las puertas donde todo el tumulto de los siglos
yacía indiferente sobre oxidados goznes.
¿Fue luz  lo que tus ojos ingenuos contemplaron
en el rumor creciente del dédalos de calles?
En ti se prolongaba una muchacha ingenua
bajo sol diferente, bajo música nueva.
La caricia madura del verano se alzaba
en el látigo azul de un horizonte fúnebre.
El río, entre los brazos del cauce, profanaba
los sillares de piedra de los arcos del puente
y tú, viajera firme, sin trabas, sin fronteras,
rompías con tus pasos la cáscara del tiempo.

A nadie le debías nada. Con veladoras
manos tu casa hiciste, tu pedazo de cielo.
Sólo era preciso llegar a la ciudad
y ver las avenidas. Atrás quedan las calles
perdidas de tu pueblo, galerías de sombra.
Eras una mujer abriéndote camino,
bebiéndose el exilio, comenzando a luchar,
sin temores, sin pausa, sin el brindis amigo
de un azar de magnolias. La ciudad eras tú,
tus víveres un máster, la expansión de la búsqueda,
un foro empresarial, la ley del hormiguero.


De mujeres antiguas frente a la tierra dura
tú tenías la génesis, de rebelde mujeres
abiertas a la vida que también emigraron
con recuerdos hundidos, sin ser llamadas diosas,
dejándose a los muertos para calmar el hambre.
Mujeres alfareras  de la vida en sus vientres,
hermosas amazonas con pezones volcados
en la boca del mundo. Mujer, razón del hombre
bajo leyes injustas como liturgia amarga,
dulzura en los jardines, reconocible fuerza
entre la multitud, voz nunca doblegada.
¿Cómo decir que el mundo sin ti no existiría?
Te miro andar, mujer sin nombre, luz serena,
resuelta a no pagar tributo por ser libre,
cruzando extrañas calles sin perder tu camino
y levanto por ti el laurel de la gloria.

Eres un documento de historia transmitida
que el tiempo va sembrando por la ciudad antigua
y por la nueva, madre, que hasta el silencio graba
la belleza en tu rostro. Mujer con el deseo
atrapado en la piel, mujer que permanece
en las viejas paredes que hablan de otros siglos
sin gemidos ni llantos, eternamente limpia.
Mujer de tantos nombres y de tanta memoria
que admira rosaledas en parques y jardines,
que jamás tuvo culpa de necedades que otros
han dicho o han escrito, hoy cruza el universo
y marca con su paso lo que merece ser
y nunca lo que ha sido.
                                      Mujer, quizás no sepas
que todas las ciudades tu imagen reproducen.
Nada se concibió sin tu legado;
todo tiene tu altura en el espejo intacto de la vida.


                   
                                                                                            
                                                                                  Natividad Cepeda


Accésits en el Certamen MUJER Y ARTE Lucena  (Córdoba) 2012
Publicado en el Diario Lanza de Ciudad real 8 de marzo de 2013

Arte digital: N. Cepeda