Todos
los días en los cipreses del cementerio
hay
gorjeo de gorriones al caer la tarde;
en el
silencio del atardecer
semejan
una oración elevada al cielo.
Lentamente,
en el lenguaje de noviembre,
hay
colores amarillos y marrones
en las
hojas de los árboles,
y la
luz del mes se torna suave y culta,
sumiéndose
poco a poco los días
en esa
penumbra que anuncia el invierno.
En el
cementerio los cipreses
no
caducan su verde manto vegetal,
y al
mirarlos no sé descifrar
su
mudo mensaje de pertenencia
ante
la voz callada de los que allí reposan.
Desde
los retratos de los muertos
hay un
puente desde el ayer al presente,
y
aunque en mi pueblo manchego no hay ríos,
mentalmente
evoco el río
donde
naufraga la vida
en ese
escaso tiempo
que
separa de la infancia a la vejez.
No
reclamo nada,
solo
sé que ha llegado noviembre
y
encenderé velas por los que se me fueron y aun amo,
para
que cuando parta,
alguien
quizá encienda una luz
para
alumbrarme el camino que he de recorrer.
Natividad
Cepeda

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