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martes, 7 de julio de 2026

Julio en La Mancha: Manifiesto de tristeza infinita.

 

 


Estos días de julio además de fiestas, premios y distinciones hay causas que pasan desapercibidas: hechos en nuestras localidades cercanas que apenas si tiene eco y me siento impotente ante todo lo que sucede. Mi grito es el grito de la España que madruga, que produce y que, al final del día, se encuentra con las manos vacías y la sensación de estar sosteniendo un peso insoportable sobre la espalda.

Es una contradicción trágica lo que sucede y está sucediendo en la agricultura, en la ganadería y al pequeño comercio local a todos se les exige —que aguanten la burocracia, las normativas restrictivas, los costes de producción asfixiantes y los impuestos— mientras se les ofrece desprecio o indiferencia. Se les señala desde despachos con aire acondicionado, olvidando que la comida no nace en los supermercados, sino del sudor, los callos y la incertidumbre del clima y la tierra.

Nos exprimen en cada jornada, en cada surco, detrás de cada mostrador que lucha por no bajar el cierre. Nos acusan desde demasiados frentes, jueces de despacho que jamás han pisado el barro ni saben lo que cuesta levantar una persiana.

Subsistir en esta Mancha pobre es un milagro diario bajo el peso de impuestos que no devuelven nada. Para nosotros no hay pagas, no hay escudos, no hay ayudas; solo el abandono y la soledad de la llanura. Y yo me pregunto en mitad de este julio herido: cuando nos hayan asfixiado del todo, cuando las tierras queden yermas y los pueblos mudos, ¿quién va a pagar las pagas de los que hoy nos juzgan? ¿Quién sostendrá los chiringuitos de la palabrería? ¿Quién va a alimentar a los que predican el progreso si nos dejan con las manos vacías? Se nos olvida que se está produciendo un colapso rural sin futuro.

Mi voz es lo único que tengo, mi palabra para que al menos el silencio no sea el único que impera.

 


 La tierra que se entrega en julio.

 

Si.

Julio es un gigante que viste de oro el horizonte

y tiñe de un verde indomable el vientre de las sandías.

Bajo el rigor de un sol que no perdona,

el melón se endulza en los surcos,

ajeno al dolor de quienes lo custodian.

Si.

Son las manos de mi gente.

Manos que son surco, que son costra,

endurecidas por la herencia de jornadas infinitas.

Hectáreas de sudor vistiendo la llanura,

con el único sueño de cosechar la vida,

de abrir los brazos al que llega,

de sembrar la dignidad que hoy nos arrancan.

Si.

Hay un vuelo de fantasmas.

Amanece.

Cantan las alondras su canto antiguo

mientras las cigüeñas blancas coronan el silencio

de las chimeneas muertas,

de aquellas alcoholeras extintas que un día fueron progreso.

El tiempo vuela, implacable,

y las generaciones se pasan el testigo con las manos gastadas,

repitiendo un eco que nadie parece escuchar.

Si.

Es una promesa rota

Pero es julio, y el aire huele a herida.

Las noticias traen la crónica de la miseria:

robos en el campo que sangra y arruina,

robos en las calles que callan,

robos en las tiendas que bajan el cierre.

Y la promesa de prosperidad se quiebra,

sobornada por la palabrería inútil de los despachos,

por ese progreso de papel y discurso

que solo nos deja la certeza de la intemperie,

el despojo de la paz y el fin del trabajo.

Si.

Aquí la honestidad ya no tiene patria,

la integridad es un estorbo,

y el sudor de los justos es la burla de los necios.

Se nos muere la ilusión en la boca,

porque a nadie le importa ya la realidad de la tierra.

Y solo queda el vacío y el olvido.

No lloramos. No sabemos mendigar comprensión.

El orgullo manchego es una piedra que no se dobla.

Pero los pueblos, mudos, se van vaciando,

desangrados de su juventud, despojados de su nombre.

Si.

Se vuelven páramos solitarios,

espejos de nuestros propios ancianos:

esos que hoy habitan la penumbra de la soledad,

o que esperan el final, aparcados,

en las esquinas frías de residencias

donde nadie, jamás, soñó con vivir.

Es la tristeza infinita de la llanura:

la tierra sigue dando sus dones,

pero los hombres ya solo cosechan el olvido.

Si.

Soy chimenea apagada.

Epílogo sin nombre.

Escribo como escribe la ruina:

como esa chimenea que ya no sirve de mucho,

un perfil de ladrillo recortado en la distancia

al que la gente mira de lejos, casi sin ver el fondo,

sin saber que un día fue fuego y progreso

y hoy es solo belleza abandonada.

Si

Sé quién soy en este mes de julio.

Tan solo una mujer que ha gastado sus días

poniendo voz al silencio de los que callan,

custodiando la memoria en mitad de la solana.

Me quema el calor y me quema la impotencia

de saberme sola frente al invierno de mi gente,

sin fuerzas para detener este declive,

este desgarro lento de los míos y de mi tierra.

 

Pero sigo escribiendo.

Aunque nadie mire,

aunque el humo ya no vuelva.

 

Natividad Cepeda

 

 

lunes, 9 de agosto de 2021

Fuego en los campos

Fue en un lejano agosto cuando se derogó el día 6 del año 1811 el decretó de la abolición del régimen señorial en España siendo este acontecimiento tema clave de la revolución burguesa antifeudal planteada por primera vez en las Cortes de Cádiz. Recordar los hechos históricos es necesario para evitar ser manipulados, también para exigir leyes que protejan a los ciudadanos de los abusos de malhechores y corruptos que se dan en cualquier lugar y época.

Verano no es sólo tiempo de vacaciones y fiesta cuando hay millones de personas a las que no se les resuelve ganarse el pan de cada día con dignidad. Por aquí y por otros muchos lugares extraños buhoneros venden populismos sin certeza de aliviar pesadumbres enconadas en la raíz del alma. Y me pesa no solo la pandemia que quieren que pasemos por alto jugando a engañarnos con esa tercera dosis cuando hay millones de personas a las que todavía no les ha llegado ni la primera. Mientras tanto se queman los bosques y con ellos animales y plantas destruyéndose el ecosistema que, difícilmente será reemplazado.

Perdemos sin apenas saberlo, zonas de selvas y con esa pérdida hay animales que se extinguen por esa destrucción y por carecer de espacio y de comida. Humo y niebla expandida por nuestra geografía

Por eso…

Vengo desde la frontera de la alucinación donde ya no hay memoria

ni sed, ni vaticinio que me asalte. Sin prisa, amo cada perfil de rama

dibujada por las luces del día en las viejas carrascas, estáticas y nobles,

como son todavía las mujeres nacidas de mi carne a su sombra y cobijo.

Mi distancia de siglos tiene los pies ligeros. Mis cabellos al aire

trazan surcos arados por los hombres de aquí. Y oigo el pulso

de la vida, de la tierra que llama a sembrar la besana. A nacer

del impulso para morir amando. Al menos para amar un instante.

Me duelen esas heridas, como me duele la tierra sedienta de La Mancha.

Y vuelvo con nombres diferentes a ser bella y altiva. A ser mujer

de este lugar de fábula para amar sus rojas amapolas, el rudo tomillar

de sus montes y la cardencha que desafía al sol reinando en los veranos.

Natividad Cepeda

Fragmento del poema “MUJER DE AUSENCIA Y SUEÑOS” 1º Premio de Poesía del Concurso Literario del Molino de "La Bella Quitería" 2001 Munera (Albacete)

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Bombos de Tomelloso surgieron de las manos de hombres y mujeres

            Surgieron de la piedra del terreno y de las manos de hombres y mujeres en su afán de lograr un futuro. Llegaron y no había cuevas donde guarecerse. Tampoco alquería ni cortijo. Tomaron un trozo de tierra, escasas fanegas de tierra sin río y desmontaron, primero las marañas del monte bajo ya esquilmado, después clavaron el arado y surgieron las piedras. Esa costra caliza que fueron amontonando para que el grano sembrado al voleo no tuviera tantos impedimentos.

Desperdigados quedaban en el magín  aquellas leyendas perdidas en la noche de los siglos. Les contaron que para defenderse en la llanura de tribus enemigas construyeron con hiladas de piedra, circunferencias unidas alrededor del pozo que habían excavado. El pozo era la vida para las familias y para los ganados. Al pozo había que defenderlo, también al grano cosechado y, como no, a las vasijas de aceite y de vino. Más ¿cómo ver venir con antelación al enemigo ladrón en mitad de la tierra a cielo abierto?

Piedra a piedra surgieron las motillas y fueron baluarte de despensa y, de guerra, si era necesario. Conquistaron los ejércitos romanos la llanura, y antes que ellos, otros muchos guerreros. Con piedra caliza sin argamasa ni mortero hicieron las motillas, y con piedra labrada los castillos, los circos romanos, las iglesias románicas y godas; los circos y teatros y las ciudades que surgían en tiempos de bonanza.

Pasaron de cien en cien los siglos. Pasaron las epidemias y la muerte de miles de víctimas. Se derrumbaron aldeas cuando se quedaron sin gentes porque casi todos estaban enterrados y los que quedaron se fueron buscando sobrevivir en otros lugares.

Pasaron las estaciones y el pozo se mantuvo intacto. El viento Abrego y el Cierzo azotaban caminos y veredas polvorientas… Las tierras habían recobrado tomillares, allozos,  higueras romeros en flor en primavera. Florecía el cardo en su cardencha y el esparto se movía suavemente en sus ramos por  aquí y por allá. Los villares, aquellos núcleos que fueron habitados, yacían casi sepultados. Pasaban cruzando los ganados de la poderosa Mesta y abrevaban en el pozo rodeado de tomillares.

Los sueldos eran pocos y escasos, con los pocos dineros que tenían cansados de ser explotados, unas familias famélicas, vieron la tierra sin labrar y la hicieron su tierra prometida. Recordaron aquellas confortables viviendas de piedra y en vez de desechar las piedras construyeron en hiladas y su cúpula falsa, el bombo genuino de piedra. Vivian en el campo con sus granos y rebaños, con su plantación de viñedo y en el paisaje agreste surgieron los bombos tomelloseros.  Piedra sobre piedra  se fueron multiplicando por los campos, y eran y son, seña de identidad de un pueblo.

El látigo del tiempo ha destruido algunos, otros permanecen como vigías del pasado. Los amo y los admiro. Los contemplo como se contempla la imagen de todo lo que es sagrado. Bombos y chozos manchegos descendientes de la piedra milenaria y de todos  aquellos que con ella construyeron sus primeras viviendas. Os admiro, y con vosotros y a vuestro lado, toco esa piedra que acoge en su interior con su termal cobijo, la vida de tantas vidas desde ayer.

 Nadie los protege. Las administraciones públicas les restan importancia y en alguna ocasión si es imprescindible, alaban las manos que los alzaron en el paisaje rural de hoy, Aunque los pobres bombos también pagan impuestos. Avaricia del fisco que no tiene emoción ni amor por esa cúpula redonda que desde la carreta y los caminos admiramos, desde esa distancia del viajero que cruza y se para a pernoctar en nuestros pueblos. Sí, porque por aquí vivir del turismo sigue siendo un sueño… Y todavía hay quien asegura que defendemos lo nuestro. Escasa memoria se tiene. Y poca cordura cuando están ahí y seguimos sin verlos.

 

Natividad Cepeda