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martes, 28 de julio de 2026

La ilusión de la meta y el mar infinito

                      

 


 

El mundo, la gente, la historia es una corona que se pone el tiempo mientras nosotros lo ignoramos.

 Yo creía que, cuando lograra uno de mis sueños, la locomotora del tiempo —de mi tiempo— se pararía y viviría eternamente ubicada en mi sueño. Y además, que ese sueño sería la fragancia de mi vida; pero no fue así. Después volví a soñar con otro sueño y poco a poco se convirtió en mi meta, y pensaba que ese sueño era mucho más poderoso que el primero. Y así, en el mar de la vida, mis sueños se fueron alojando en mi piel y fueron muchos, múltiples sueños semejantes a la arena de las playas, porque siempre había un nuevo sueño en el que me embarcaba para ser feliz. Y no echaba el ancla en ese mar mío.

 Así, en las olas de la vida, un día miré mi piel y en ella, en las aristas que el tiempo había ido dejando como pequeñas líneas, como espaciados surcos en mi cuerpo, yo, que soy de tierra adentro, pensé que era hora de anclar y dejar de soñar, y quedarme parada, quieta, mirando y viviendo lo que tenía sin buscar nuevos sueños. Porque en esa búsqueda de encontrar nuevos sueños también había encontrado cruces y dejado lágrimas en su madero; y de pronto, ahora me faltaban aquellas personas de mi primer sueño y ahora que las había perdido, que se habían marchado en el mar de la vida en busca de la eternidad, las que llegaron no suplieron jamás a aquellas otras.

 Aquellos, ellos, cuando los recuerdo me dejan como a la deriva de mi primer sueño y pienso que, después de tantas marejadas y vueltas de timón, los sigo añorando sin renunciar a los que fueron llegando, los que me trajo el viento de la vida y que también han ido desapareciendo en esas travesías que son los viajes de las universidades, del trabajo, de crecer y alejarse, como siempre ha ocurrido. Sí, desde la antigüedad remota yo nací, crecí y volé fuera del mar familiar, y en mis hombros llevo esa pesadumbre de haber dejado marchar a mis padres, y ahora a mis hijos y a mis nietos; y en esa unidad de soplar de los vientos los he dejado ir y a la vez los detengo a mi lado, en silencio, porque sin ellos, entonces, ¿dónde estarían mis sueños?

 Cuando amanece miro el planeta Venus, esa estrella que mi madre me señalaba cuando caminábamos al amanecer camino de la casa de sus padres, buscando sin que ella lo dijera aquel primer hogar que abandonó para fundar el suyo. Recorro ese camino de las calles que recorrí con ella y veo, mirando a la estrella, que aunque no recorro aquellas calles cogida de su mano, la estrella y mi madre están conmigo.

 Y sé, ahora sé, que las ausencias son más numerosas y que yo, en esas ausencias y en ese conocimiento de vivir con todos ellos, es donde habitan mis sueños; no todos, porque para amarlos a todos ellos renuncié a otros. Sí, he echado el ancla y me quedo sin mar y sin barco, esperando que alguno de ellos venga hasta mi playa y me cuente sus viajes, y también escucho los sueños de mis nietos y, en silencio, embargada por esos sueños suyos, vuelvo a revivir los míos y navego sin remos y sin mar, sabiendo que la vida, mi vida, es y ha sido un viaje plagado de sueños.

 

 

Natividad Cepeda

lunes, 5 de septiembre de 2022

Libertad, tesoro peligroso

 

El desafío de no seguir acatando lo que otros quieren imponer a las mayorías es un acto de valentía. Valentía que hoy apenas  existe. La actualidad  se ha vuelto poderosamente restringida - no se debe decir censura porque a quienes lo dicen lo etiquetan – con palabras que definen al atrevido o atrevida que da su opinión en libertad. Al menos eso se nos dice, pero no es del todo verdad.

Escucho noticas absolutamente disparatadas y amparadas por la ley: se protege el derecho al aborto en jóvenes de 16 años aludiendo a su libertad y además siendo menores de edad los padres no tienen derecho alguno a opinar. Curiosamente en España nos faltan nacimientos porque la familia está desprestigiada. Tampoco recibe ayudas para apoyar esas familias; conclusión somos un país de viejos.

Cuidadito, cuidadito, no se dice viejos, suena mal. Borremos esa palabra del dialogo cotidiano.

Ahora todos somos bellísimos y jóvenes; prohibido envejecer. La publicidad nos insiste en mostrar cremas y más cremas para frenar el envejecimiento mostrando chicas jovencísimas y mujeres sin edades definidas felices y esplendidas. Te compras la crema, te dicen que tienes que consumirla durante un mes o dos, y tres también. Una cremita para el día y otra para la noche. Pasan los meses y se comprueba que aquello de parecerte a la modelo publicitaria no es verdad. Dinero tirado, piensas, pero te callas porque como vas a confesar que no funciona, para que alguna otra te diga, mirándote misericordiosamente, que algo si se te ha notado. Mentira, el espejo te ha dicho que no es verdad. Y como tampoco hay euros para la cirugía plástica pues te compras ropa mona, que no te quita los años, y te vistes de  espantajo para demostrar a los demás lo feliz que eres.

Además cumplimos años estando en forma porque si te quejas te engatusan para internarte en una maravillosa residencia de mayores, no de viejos. Y aparcada la familia, hijos, nietos… se liberan y te visitan en días señalados, porque eso, lo de los días señalados está aceptado y no restas libertad a tu familia que los viejos se vuelven pesados, pesados.

Y, dónde quedó la libertad  del mayor? Mayor, no viejo. Pues entre las paredes del coto cerrado de donde sales para tu entierro.

Digo barbaridades. Porque allí están muy bien atendidos. Claro que sí. Y aislados y solos.

Por eso  está prohibido ser viejos, excepto que seas todavía útil y  eches una mano, y las dos también, para ayudar en lo que te demanden. Y si no te parece bien pues te van manipulando para que pidas la muerte digna, y con una inyección te mandan al otro barrio y el estado se ahorra tu jubilación y los herederos, si hay algo que te quedó, se lo reparten tan ricamente que la vida son dos días y eso del luto es una tontería.

Esta sociedad nuestra está tan adelantada que se cepilla a los niños que nos faltan, y a los ancianos con legado de sabiduría.

Y mejor me quedo callada sin aludir a mi libertad de libre pensadora porque  ya me estarán tachando de exagerada e imposible de catalogar. En fin que eso de la libertad es un sueño y no la fea realidad en la que vivo.

 

Natividad Cepeda

 

 

jueves, 11 de noviembre de 2021

Las casas Familiares




Recuerdo las casas familiares

otorgándome amor  todos ellos

con ese bien logrado del cariño

que se les da a los niños.

 

Hay veces y ocasiones

que regresan al venir por el aire

los olores  y aromas de guisados

degustados en casa de tíos

y abuelos al calor  de  fogones

y manteles y, aquel decirme,

muy pacientes, como se debe comer

con  buenas maneras urbanamente. 

 

Los patios, y las viejas  columnas

de madera tan pintadas de almagre,

y arriba el viento que soplaba

haciendo tiritar a los grandes

ventanales por donde  me asomaba

para ver como soplaban duendes

que jugaban conmigo al escondite.

 

Aquesto se esfumó  y sin pretenderlo

suspiro  cuando los recuerdo

y me pregunto ¿adónde fueron…?

No me enojo,  melancólicamente

revivo vuestras señas,  aquellas

que relumbran en mi alma vuestra ausencia.

 

 Sin fallos me convierto en vasallo

de aquellos  que libraron la batalla

de vivir y morir prestos a donarme

 su dicha como escudo y blasón de mi linaje.

 

En noviembre  encendíamos velas

por los muertos  y sin triste

plegaria  ni absurda cantinela

además del rosario por las ánimas

se asaban  en el fuego las castañas.

 

Facerlo con vosotros ya no puedo,

más, sí recodaros,  y dejar en el aire

mi susurro sin otro razonar que  recordaros 

y  enseñar  vuestras fotos a mis nietos.

 

 

Natividad Cepeda