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jueves, 13 de noviembre de 2025

Noviembre: Entre la rutina y la realidad que no queremos ver



 

Noviembre avanza con sus días grises y nos envuelve en una rutina que parece anestesiarnos. Mientras tanto, los medios nos bombardean con escándalos políticos, con dirigentes que manejan el poder sin ética, y nosotros, acostumbrados, seguimos callando. Solo importamos cuando hay elecciones, cuando nuestros votos son la moneda de cambio.

La subida de los alimentos es colosal, pero preferimos mirar hacia otro lado. Nos hemos olvidado de protestar. Y, como si nada, noviembre se convierte en la antesala de una Navidad que ha perdido su espíritu: una fiesta reducida al consumo, a cenas imposibles, a regalos que desafían economías recortadas.

 

En cada municipio se organizan actos y más actos, como si la sociedad necesitara estar ocupada para no pensar en la cruda realidad. Pero de lo verdaderamente importante apenas se habla: enfermedades venéreas, drogas que se venden en cualquier esquina, jóvenes y mayores atrapados en papelinas. Todo se normaliza, todo se silencia.

 


Mientras tanto, la falta de lluvia amenaza los campos manchegos y la gripe aviar encarece hasta la humilde tortilla de patatas, convertida en un lujo. Y en las ciudades, las palomas invaden tejados y plazas aceras, los perros y sus dueños ensucian calles, y nosotros seguimos practicando un “buenismo” que endulza lo que no debería ser normal. Pero lo más doloroso está en las residencias: lugares donde los mayores esperan la muerte, cuidados en el cuerpo, pero abandonados en el alma. Nadie quiere hablar de ello. No hay tiempo para los viejos; hay que atender al gimnasio, a las carreras, a los clubes. Cuando nos toque, ya sabemos dónde iremos: a morir bien cuidados, pero solos.

 

Esta es la sociedad que hemos construido: llena de palabras bonitas y vacía de humanidad. Noviembre nos lo recuerda, aunque no queramos verlo.

Noviembre: entre la luz y la sombra de nuestros deseos

Los días soleados de noviembre nos hacen esperar el frío, las nubes y, por qué no, la nieve. Soñamos con que caiga, porque sabemos que “año de nieves, año de bienes”, y lo necesitamos para compensar tantos silencios y dificultades acumuladas.

Sin embargo, mientras miramos al cielo, también miramos hacia dentro y descubrimos una inquietud: buscamos la felicidad y parece que nunca la encontramos. Lo conseguido no nos basta. Queremos más y más, como si la vida fuera una película y nosotros actores empeñados en interpretar un papel que no nos pertenece.

Nos resistimos a aceptar el paso del tiempo. Pagamos para no parecer mayores, aunque los años se sumen. Buscamos nuevas sensaciones porque lo que tenemos no nos llena. Hay una anomalía que nos impide ver lo que somos: personas con carencias, con necesidad de ser amadas, más allá de brillar socialmente o lucir un físico perfecto.

Vivimos corriendo tras guiones que no son verdaderos. Y noviembre, con sus flecos de tristeza, nos recuerda que estamos hechos para el amor. Amar es darse y comprender, aunque eso nos obligue a vivir de otra manera.

Los niños y los mayores deberían recuperar su lugar en las familias. Necesitan tiempo, atención y generosidad, porque son etapas donde la humanidad se muestra en su esencia y construye civilizaciones estables. Quizá ahí esté la clave: volver a lo simple, a lo auténtico, a lo que realmente importa.

 

                                                                                Natividad Cepeda

 

viernes, 1 de marzo de 2024

Los otros y nosotros

 


                                        

Paso por la plaza  y en los bancos, sentados están los otros; los que han ido llegando de otras partes del mundo.  Sabemos que no son de aquí porque tienen otro color de piel. Los niños juegan haciendo de la plaza su campo de batalla, felices y confiados porque aquí no caen bombas ni hay hambre.  Todos pasamos por la plaza cada uno con su itinerario particular. No nos detenemos a preguntar nada. De pronto escuchamos dialogar  en otras lenguas que no entendemos y los que hablan son de piel blanca y no negra.

No nos extrañamos. Nos hemos acostumbrado a convivir sin mantener contactos con ellos son los extranjeros emigrantes  que muchos piensan que viven a costa de nosotros. Antes llegaron los hispanos con su lenguaje suave y nos parecieron demasiado suaves y solícitos porque nosotros somos cortantes y algo bruscos al hablar, pero nos entendíamos.  Con los otros marroquíes, tanzanos, senegaleses, rumanos, rusos y muchos otros no hemos llegado a intimidar casi nada, salvo que nos hablen en nuestro  idioma y por trabajo nos ayudemos mutuamente.  

Pero los niños  van creciendo en nuestros colegios y hablan nuestro idioma. Son los que se sienten de aquí a pesar de la distancia que todos mantenemos. Hay ocasiones que en los supermercados  nos cedemos la vez, con las mujeres y alguna que otra vez alguna te sonríe y la otra persona, mujer también, le devuelve una tímida sonrisa, apenas imperceptible, y continuamos haciendo la compra como si habitáramos en orbitas diferentes.

Creo que nos tememos porque somos desconocidos y de los desconocidos no hay que fiarse.

A veces ocurre que se forman parejas de diferentes países y nos preguntamos cómo es posible que se hayan apañado dejando de lado, abandonando a la pareja de antes, la que era de igual a igual de familias conocidas y… no con esa o con ese que al saber de quién será.  Pero ocurre y no pasa nada. Pensamos que esto es la globalización mal entendida y hasta algunos dicen que nos hemos vuelto locos con tanto revoltijo de unos y otros.

Cuando cae la noche nos retiramos pronto de las calles porque hay inseguridad autentica y los más viejos, los que no murieron en la pandemia del COBID, añoran aquella tranquilidad de hace años. Todo ha cambiado y para bien o mal nos cruzamos en las calle sin plazas sin conocernos ni hacer nada por cambiarlo. Somos humanos deshumanizados viajando de un punto geográfico a otro sin hallar nuestro lugar.

                                                                           Natividad Cepeda

 

 

lunes, 5 de septiembre de 2022

Libertad, tesoro peligroso

 

El desafío de no seguir acatando lo que otros quieren imponer a las mayorías es un acto de valentía. Valentía que hoy apenas  existe. La actualidad  se ha vuelto poderosamente restringida - no se debe decir censura porque a quienes lo dicen lo etiquetan – con palabras que definen al atrevido o atrevida que da su opinión en libertad. Al menos eso se nos dice, pero no es del todo verdad.

Escucho noticas absolutamente disparatadas y amparadas por la ley: se protege el derecho al aborto en jóvenes de 16 años aludiendo a su libertad y además siendo menores de edad los padres no tienen derecho alguno a opinar. Curiosamente en España nos faltan nacimientos porque la familia está desprestigiada. Tampoco recibe ayudas para apoyar esas familias; conclusión somos un país de viejos.

Cuidadito, cuidadito, no se dice viejos, suena mal. Borremos esa palabra del dialogo cotidiano.

Ahora todos somos bellísimos y jóvenes; prohibido envejecer. La publicidad nos insiste en mostrar cremas y más cremas para frenar el envejecimiento mostrando chicas jovencísimas y mujeres sin edades definidas felices y esplendidas. Te compras la crema, te dicen que tienes que consumirla durante un mes o dos, y tres también. Una cremita para el día y otra para la noche. Pasan los meses y se comprueba que aquello de parecerte a la modelo publicitaria no es verdad. Dinero tirado, piensas, pero te callas porque como vas a confesar que no funciona, para que alguna otra te diga, mirándote misericordiosamente, que algo si se te ha notado. Mentira, el espejo te ha dicho que no es verdad. Y como tampoco hay euros para la cirugía plástica pues te compras ropa mona, que no te quita los años, y te vistes de  espantajo para demostrar a los demás lo feliz que eres.

Además cumplimos años estando en forma porque si te quejas te engatusan para internarte en una maravillosa residencia de mayores, no de viejos. Y aparcada la familia, hijos, nietos… se liberan y te visitan en días señalados, porque eso, lo de los días señalados está aceptado y no restas libertad a tu familia que los viejos se vuelven pesados, pesados.

Y, dónde quedó la libertad  del mayor? Mayor, no viejo. Pues entre las paredes del coto cerrado de donde sales para tu entierro.

Digo barbaridades. Porque allí están muy bien atendidos. Claro que sí. Y aislados y solos.

Por eso  está prohibido ser viejos, excepto que seas todavía útil y  eches una mano, y las dos también, para ayudar en lo que te demanden. Y si no te parece bien pues te van manipulando para que pidas la muerte digna, y con una inyección te mandan al otro barrio y el estado se ahorra tu jubilación y los herederos, si hay algo que te quedó, se lo reparten tan ricamente que la vida son dos días y eso del luto es una tontería.

Esta sociedad nuestra está tan adelantada que se cepilla a los niños que nos faltan, y a los ancianos con legado de sabiduría.

Y mejor me quedo callada sin aludir a mi libertad de libre pensadora porque  ya me estarán tachando de exagerada e imposible de catalogar. En fin que eso de la libertad es un sueño y no la fea realidad en la que vivo.

 

Natividad Cepeda

 

 

lunes, 23 de agosto de 2021

Mascarillas

Estás sobre mi rostro ocultando mi sonrisa o un mohín dibujado en mi boca y desde que formas parte de mi indumentaria me siento atrapada en tu bozal de tela.

 A veces me ahoga llevarte evitando respirar con este calor abrasador del verano y siento que la garganta se me seca y aspiro queriendo abarcar mucho más aire que el que tú me proporcionas.

Cuando camino por la calle me saludan rostros de ojos que no reconozco y de la misma manera respondo ignorando a quien saludé y quien me saludó. Interiormente me sonrío al comprobar que hay mascarillas de diseño, de colores y estampados a juego con el vestido o la camisetas, y no solo estas mascarillas las llevan las mujeres también hay hombres que lucen mascarillas sofisticadas y de diseño masculino. Desde hace un mes, más o menos, la mascarilla la llevo quitada por la calle y a modo de brazalete la llevo en mi brazo izquierdo para ponérmela cuando llego a un comercio, centro cultural, religioso o civil. Se ha convertido en mi compañera inseparable impidiéndome llevar pendientes porque la goma que la sujeta me resta libertad para lucir cualquier pendiente en mis orejas. Gracias a la mascarilla me he olvidado de ellos y creo que deben estar aburridísimos por no salir de mi joyero. Curiosamente a lo que no he renunciado es a maquillarme los labios, eso sí, con barra permanentes que no manchan porque al quitarme este protector trozo de tela farmacéutica me sentía más yo que sin pintar mi boca.  

Ahora que la vacuna me trastornó durante 48 horas la primera dosis y 10 días la segunda que me ha dejado la reliquia de vasos capilares amoratados y una pierna hinchada con algunos morados que no son agradables. Son la muestra inequívoca de pequeños trombos pululando por mis extremidades. El médico, una doctora, me  tendió en la consulta en una camilla y me las examino concluyendo que no era yo el único caso que veía con esos problemas. Me recomendó una crema antiinflamatoria que no entra en la tarjeta de la Seguridad Sanitaria de mi país, España, para mitigar las molestias y que anduviera y…bueno obedientemente lo hago aunque en casi nada he mejorado.

Esta es la realidad seguir con la boca tapada y sólo destapada cuando voy por calles amplias y con escasos viandantes. Los jóvenes pasan en grupos sin mascarillas, la gran mayoría, no temen la pandemia y para que se vacunen en diferentes países europeos organizan sorteos, festivales y una larga lista de cosas que son disparatadas.  No se ha cambiado a mejor después de tantos fallecidos. Las familias que han perdido seres amados lloran en silencio y soledad su pérdida. Los demás parecen no recordarlo. Como si esas muertes fueran algo que no ha sucedido o aún peor, se siente que como eran viejos ya no hay que llorarlos porque los viejos para nada sirven. Para nada hacen falta son cargas inútiles a los que hay que dedicar tiempo y esfuerzo, incluso, cuando están viviendo en las residencias  hay que ir a visitarlos para quedar bien ante esta sociedad exenta de amor, misericordia y caridad con aquellos que aportaron su esfuerzo a crear estabilidad y economía.

Hace un mes fui al cementerio pasé al nuevo cementerio donde se multiplican nombres y más nombres de los que desaparecieron en el año 2020, solos en hospitales y residencias. Solos se fueron y solos los lloran los que los amaron y aman. El sol caía vertical por la explanada iluminando cada ángulo de aquél recinto cuadrado donde los “callaos” se encuentran. Unas pocas y escasas personas limpiaban el polvo de nichos y tumbas con la mirada perdida en un punto lejano, tan lejano que solo cada una de ellas podía saber lo que veían. En aquél apartado del cementerio nuevo se captaba  la enorme tristeza acumulada en sus piedras de mármol, granito y piedra artificial. Sentí que el dolor de los que lo habían padecido permanecía intacto entre sus piedras. Algunos nichos y tumbas tienen fotografía de los fallecidos los miro y tengo la extraña sensación de que ellos también lo hacen…

Hoy también hemos tenido calor. Ahora mismo hace calor. Esta noche  se ha levantado un aire huracanado  que silva por tejados y muros y al sentirlo silbar tengo la sensación de regresar a mi infancia; a  la casa de mi abuelos maternos donde en las tardes invernales arriba, en la galería acristalada el viento se estrellaba en los cristales pidiendo pasar adentro. Debería llover, llover agua mansa que fuera calando la tierra reseca del verano. En el campo las uvas de las  viñas se han deshidratado.

En casa tememos al virus malo. Lo tememos porque lamentamos no volver a ver a muchas personas queridas. Es tarde y el sueño cierra mis párpados. Otro día seguiré escribiendo del quehacer de cada día y de las mascarillas y su mundo de colores. otro día y en otro momento volveré, si Dios me lo permite, a recordar nombres y más nombres de los que ahora son el rumor del viento.

 

Natividad Cepeda

 

 

 

jueves, 2 de abril de 2015

Los cristos olvidados

                                      
Se ha ido quedando en la penumbra con los ojos cerrados sin que lo que hay junto a él le interese. Día tras día su voz se ha ido apagando como si le faltara aceite en el candil de su cuerpo gastado. Apenas si mira la luz del día cuando amanece y él está levantado, recorriendo el pasillo con  pasos vacilantes. Tantea la puerta, la pared y quiere andar sin el bastón…hay veces que consigue llegar  a su sillón, a la cocina o al baño; otras veces se derrumba y cae como un cristo vencido y dolorido por el peso de la edad: Por los años que le han dejado los ojos cubiertos de noche impenetrable, vive esa noche oscura de la que nos habla Juan de la Cruz. Le preguntamos, todos le preguntamos por el pasado y todavía su memoria resucita pasajes vividos, momentos de ese viaje grandioso que es la vida. Mamá lo mira pesarosa y se le escapa una lágrima que oculta con su mirada entretenida en leer un libro o en ver programas televisivos de los que hacen preguntas. O mueve la cabeza impotente porque ya nada puede hacer por el compañero que ama por encima del tiempo, de las arrugas y la devastación inmisericorde de la vejez. Todos lo queremos. Hasta los pequeños biznietos se despiden del Yayo con un beso  y él, con sus manos los acoge como si fueran preciosas  y frágiles figuras de cristal de Murano. Nos duele a todos verlo tan débil. Y sabemos que no hay cuenta  adelante y nos sigue doliendo como si tuviéramos una espina clavada en el centro del pecho.
Para todos nosotros  esta es la Pasión; la que vivimos  y no, nos consuela ser un poco cirineos, porque no le podemos quitar su cruz. A veces asumir la indigencia de ser tan poca cosa es difícil para el orgullo humano. Mis padres rezan cada tarde el rosario, y mamá recita misterios y letanía sin dejarse ni una sola jaculatoria olvidada. Viejos cristianos, sin presumir de ello, jamás lo han hecho. Rezan con la fe  de quienes esperan resucitar en la Pascua Florida, sin asomo de duda y sin otro misterio de teologías, no lo han necesitado. Quisiera ser así, no dudar ni pensar que la fe en Cristo Jesús, el Señor del amor, es sencilla como esa creencia que no ha dejado de crecer con los años.

Lo hermoso de esta tristeza es tenerlos en medio de la familia, como  tienen los árboles los nidos sujetos a sus ramas sin hojas, sin caerse, esperando que al llegar la primavera  regresen las aves a sus nidos  cuando reverberen sus hojas. Y los árboles, al saludar a los que llegan de su largo viaje, preguntan por los que se quedaron en esa travesía. Pero duele verlo tan débil, tan caído en mitad del camino. Calvario y Gólgota de los seres humanos, tan soberbios a veces, tan crueles y huecos como si nos tragáramos el mundo de un bocado,  y el mundo sigue ahí  cuando unos y otros nos vamos, y dejamos de ser números  hábiles.  
No entiendo muchas cosas, y ni juzgo el por qué suceden esos abandonos porque hay que vivir dejando en la cuneta el amor y la entrega. No lo entiendo. Y cuando en primavera desfilan las imágenes de los cristos sangrantes de madera o escayola, al mirar sus bellas esculturas me sigo preguntando qué hacemos con esos otros cristos que yacen olvidados. Aparcados en pulcras residencias, tan solo porque no se murieron y llegaron a viejos. No entiendo como el tiempo, tan escaso y veloz, se les niega a los que no tienen tiempo. Viejos que hasta es posible que algunos no amaran suficiente cuando eran muy jóvenes, aun así, no entiendo que si se tenga tiempo para ir y venir de un lado para otro buscando el agasajo, el goce, la prebenda de ser muy importantes y restar ese tiempo a los padres tan viejos. Lo he visto, lo veo y me sobran palabras cuando escucho, que antes son los compromisos, de cualquier índole, profesión y oficio. Si el dolor es verdad que santifica la vida, yo creo que todos los pecados cometidos se perdonan cuando se llega a viejo y falla la energía.

Me duele, a todos nos lacera el verlo tan caído. Papá se nos marchita como una flor de invierno. Es como el quejido de la saeta que llora y se lamenta de la muerte, y grita ante esa derrota que no puede impedir. Dolor de penitencia es verte reducido a depender de otros. Dolor de ser pequeños muñequitos de barro.  Pasión de cada uno cuando la vida falta y las fuerzas son una tela manida que ya ni podemos zurcir.
Cuando se cae mi padre y queda de rodillas sin poder levantarse, yo pienso en Jesucristo, hombre y Dios al tiempo, y si en Él no creyera, también le preguntaría  por qué nos amó tanto. ¿Por qué, Señor, la vida es tan dura y nos pasa factura? Y creo que me responde, porque os amé más allá de la muerte. Ese es el misterio, amar y amar sin cansarnos de hacerlo. De darnos.

                                                                                                                                        



Publicado 27 marzo 2015           
                                                                                                                                                                                              Natividad Cepeda










Arte digital: N. Cepeda