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lunes, 29 de junio de 2026

 




Próstata junio 2026

18 de junio en la biblioteca municipal F. García Pavón de Tomelloso 

los poetas que dieron vida con su voz y presencia al I Recital Prosvida. Gracias al concejal de Sanidad Antonio Calvo, al iniciador de éste movimiento El periodista y editor Julio Criado, al escritor Jesús Lara, a la doctora Lenin Navarro y a la Asociación Cultural Literaria La Media Fanega de Tomelloso. A Juan Romero y su guitarra española acompañando al cantaor Jesús Martínez. A los poetas que se unieron de otras poblaciones Eusebio Loro, Luis Romero, Juan José Guardia, Juan Lorenzo Collado y Julia Flores. Al público y para presentar me acompañó Pilar Valentín presidenta de La Media Fanega esa noche maravillosa. Y mi gratitud al personal de la biblioteca que nos atendió. Gracias a todos por haber hecho posible la magia de la noche del 18 de junio donde dimos visibilidad al cáncer de próstata mi abrazo y gratitud.

Natividad Cepeda




Con estas palabras intervine al final del acto del recital de Prosvida; Palabras universales para defender la vida e investigar  sobre éste cáncer y sobre otras enfermedades para la salud de todos. Todos en cualquier lugar de la tierra habitada; de nuestra casa común.

El Sagrado Oficio de Vivir

El sagrado oficio de vivir es comulgar con los sueños y habitar con luz y esperanza nuestra arcilla. Este barro humano que ama la lluvia, el aire y la tierra que nos fue dada; este cielo diáfano manchego, que nos cubre y nos destella porque para nosotros no existe otro templo más bello en el universo.

Honrar la estrella que nos fue dada al nacer, y entregar al viento el milagro de la ilusión. Saber, con humilde lucidez, que en nuestro caminar somos apenas un soplo, un destello pequeño de luz, pero capaces de encender una hoguera invencible cuando nos toca desafiar a la misma muerte.

Amar, ser amados, y sostener ese pacto humano: no soltar jamás los remos en el mar de la vida, incluso en las noches más oscuras, hasta hallar el amor y la gracia para erguirnos ante cualquier adversidad.

Porque solo en ese fuego, y nuestra férrea voluntad, se revela el misterio de la vida.

Eso es alzar la voz en ese día del once de junio: día del cáncer de próstata; elevar la voz y conseguir unidad para salvar vidas de hombres, no callar, ni silenciar. Esto es amar en el sagrado oficio del vivir de cada día.

Esto es luchar y cantar a la vida, hoy y mañana, para entregar el testigo de nuestra fuerza a los que vienen detrás.

Esto es vivir. Esto es amar.

 

Natividad Cepeda


 

sábado, 9 de mayo de 2026

Amanecer de mayo

 

Es mayo, y el cielo se ha puesto una túnica de ceniza; parece que el universo, como un pecho cansado, respirara tristeza desde la madrugada.

Es mayo, y no es menester música ni dulzaina, porque los trinos son agujas de luz cosiendo la mañana en las ramas verdes de las acacias, y sus brazos, como madres antiguas, sostienen los pequeños cuerpos de pájaros cantores que llegaron de lejos, acaso con un país entero bajo las alas.

Es mayo, y en este espacio donde a veces sueño entre las lámparas del día y la soledad estremecida de la aurora, esa herida clara en la piel de la noche, no me llega el fatuo sonido de los egos humanos que presumen de ser únicos en el solar de pueblos olvidados: genios de campanario, dioses de barro sobre altares de polvo, pequeños emperadores de una intemperie sin reino.

Es mayo, y en esa remota estela de la vida veo ininterrumpidamente el afán desmesurado de ser genios o dioses de localismos absurdos y efímeros, multiplicados generación tras generación, olvidando que somos huéspedes breves en una casa que no nos pertenece, pájaros que emigraremos a lo eterno, y que solo dejaremos, de nuestro paso, el amor que dimos sin pedir nada a cambio; ese amor que queda como pan caliente sobre la mesa de los otros.

Es mayo, y a través de las nubes veo mi tierra de trigos y viñedos, vieja madre con las manos agrietadas, tan sola y explotada como lo fue antaño, exprimida como una fruta antigua. Y aguantamos, un escaso ramillete de hombres y mujeres, este declive que se extiende, que avanza como humedad por las paredes, esta ruina que no llega con estruendo sino con pasos de tristeza, y que casi nadie quiere ver, como si todos los desastres de este tiempo pudieran esconderse bajo las nubes de este amanecer de mayo.

 Es mayo y el bosque social se desordena: un martillo recorre de norte a sur lo que levantamos, y deja tras de sí palabras de furia, astillas de conversación. Nos lanzamos unos contra otros y, en ese reguero, lo humano se aparta de la humanidad como si fueran cosas distintas.

Estamos en mayo y, como una ronda amarga, las noticias nos dicen que las guerras continúan con heridas que no cesan, con muertes sin hornos crematorios, con muertos de todas las edades, esgrimiendo a los niños fallecidos en las contiendas como moneda de cambio para que unos los defiendan como suyos y para los otros, olvidados como basura de estercolero.

 Estoy en mayo de 2026. Mi tierra, madre de vinos y trigos, no ignora lo que se cuela por la puerta entreabierta de las naciones: huellas de otros continentes que llegan hasta mí, hasta esta llanura sin mares y de ríos escasos, buscando el dorado de Europa. Y en las mejillas europeas noto sofoco, un susurro de hastío que no promete bonanza.

Saludo al viento del amanecer y convivo con rostros envueltos en culturas y dioses distintos; a veces, con voces que quisieran que olvidáramos lo aprendido, que cediéramos la memoria. Me siento nublada, como si el cielo se me instalara en las neuronas sin pedir permiso.

Alzo la vista: un círculo de vencejos rodea las altas chimeneas de alcoholeras extintas, hoy morada de cigüeñas blancas. Pienso en una dama del alba que sostiene los amaneceres para que las aves sigan su curso, invariable, pese al estruendo confuso de la humanidad. Y las golondrinas chillonas, sobre mi cabeza, me devuelven de golpe a la infancia: este mismo lugar manchego, cuando el futuro era solo un sueño y no el de hoy.

 

Natividad Cepeda