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sábado, 9 de mayo de 2026

Amanecer de mayo

 

Es mayo, y el cielo se ha puesto una túnica de ceniza; parece que el universo, como un pecho cansado, respirara tristeza desde la madrugada.

Es mayo, y no es menester música ni dulzaina, porque los trinos son agujas de luz cosiendo la mañana en las ramas verdes de las acacias, y sus brazos, como madres antiguas, sostienen los pequeños cuerpos de pájaros cantores que llegaron de lejos, acaso con un país entero bajo las alas.

Es mayo, y en este espacio donde a veces sueño entre las lámparas del día y la soledad estremecida de la aurora, esa herida clara en la piel de la noche, no me llega el fatuo sonido de los egos humanos que presumen de ser únicos en el solar de pueblos olvidados: genios de campanario, dioses de barro sobre altares de polvo, pequeños emperadores de una intemperie sin reino.

Es mayo, y en esa remota estela de la vida veo ininterrumpidamente el afán desmesurado de ser genios o dioses de localismos absurdos y efímeros, multiplicados generación tras generación, olvidando que somos huéspedes breves en una casa que no nos pertenece, pájaros que emigraremos a lo eterno, y que solo dejaremos, de nuestro paso, el amor que dimos sin pedir nada a cambio; ese amor que queda como pan caliente sobre la mesa de los otros.

Es mayo, y a través de las nubes veo mi tierra de trigos y viñedos, vieja madre con las manos agrietadas, tan sola y explotada como lo fue antaño, exprimida como una fruta antigua. Y aguantamos, un escaso ramillete de hombres y mujeres, este declive que se extiende, que avanza como humedad por las paredes, esta ruina que no llega con estruendo sino con pasos de tristeza, y que casi nadie quiere ver, como si todos los desastres de este tiempo pudieran esconderse bajo las nubes de este amanecer de mayo.

 Es mayo y el bosque social se desordena: un martillo recorre de norte a sur lo que levantamos, y deja tras de sí palabras de furia, astillas de conversación. Nos lanzamos unos contra otros y, en ese reguero, lo humano se aparta de la humanidad como si fueran cosas distintas.

Estamos en mayo y, como una ronda amarga, las noticias nos dicen que las guerras continúan con heridas que no cesan, con muertes sin hornos crematorios, con muertos de todas las edades, esgrimiendo a los niños fallecidos en las contiendas como moneda de cambio para que unos los defiendan como suyos y para los otros, olvidados como basura de estercolero.

 Estoy en mayo de 2026. Mi tierra, madre de vinos y trigos, no ignora lo que se cuela por la puerta entreabierta de las naciones: huellas de otros continentes que llegan hasta mí, hasta esta llanura sin mares y de ríos escasos, buscando el dorado de Europa. Y en las mejillas europeas noto sofoco, un susurro de hastío que no promete bonanza.

Saludo al viento del amanecer y convivo con rostros envueltos en culturas y dioses distintos; a veces, con voces que quisieran que olvidáramos lo aprendido, que cediéramos la memoria. Me siento nublada, como si el cielo se me instalara en las neuronas sin pedir permiso.

Alzo la vista: un círculo de vencejos rodea las altas chimeneas de alcoholeras extintas, hoy morada de cigüeñas blancas. Pienso en una dama del alba que sostiene los amaneceres para que las aves sigan su curso, invariable, pese al estruendo confuso de la humanidad. Y las golondrinas chillonas, sobre mi cabeza, me devuelven de golpe a la infancia: este mismo lugar manchego, cuando el futuro era solo un sueño y no el de hoy.

 

Natividad Cepeda

jueves, 23 de abril de 2026

El jardín donde suenan los nombres

 



       

      Tomelloso: Castilla-La Mancha ante la tragedia del COVID

 

Fue la tarde de domingo 19 de abril en el jardín que da entrada al Museo López Torres de Tomelloso. La primavera estaba recién estrenada y, en el improvisado escenario, unos alelíes blancos —tan limpios, tan humildes— parecían haber sido colocados para recordar que hay belleza incluso cuando todo duele.

Lo más relevante no era el protocolo, ni los saludos, ni el orden del acto. Lo más importante era escuchar los nombres. No los de todos —faltan muchos más—, pero sí los de quienes murieron en nuestra comunidad castellanomanchega y en otros puntos de España durante la pandemia del COVID de 2020. Los nombres fueron cayendo, uno a uno, en una tarde quieta, acompañados por un viento suave que, como si también estuviera conmovido, arrancaba pequeños brotes tiernos de árboles y arbustos.

La voz del concejal de Cultura, Antonio Calvo, abrió el homenaje. A su lado estaban el alcalde, Javier Navarro, y los concejales de gobierno Elena Villahermosa, Rocío Valentín y Jesús Lara. También María José Saiz Zamora, presidenta de la Asociación de Afectados por el COVID de CastillaLa Mancha. Y, al final, como un cierre de luz —o quizá de consuelo—, la coral de Tomelloso Lux Aeterna puso música donde ya no alcanzaban las palabras.

En torno a todo aquello, el jardín seguía siendo jardín: revoloteaban abejas e insectos pequeños alrededor de flores y arbustos, ajenos y, a la vez, íntimamente vinculados al silencio humano. La tarde estaba poblada de familiares y amigos; se veía en las miradas esa nostalgia que no es solo recordar, sino volver a atravesar. Había una tristeza tenue, como una pátina en los ojos, esa transparencia gris que dejan los días que nadie querría revivir y, sin embargo, vuelven.

El lugar también hablaba. Rodeado por una verja de hierro que se cierra por la noche, el jardín guardaba una antigua condición de recinto sagrado. Aquí estuvo el primer cementerio de Tomelloso; aquí, durante años, el sacerdote católico entraba con paso lento para acompañar a enterrar a un vecino del pueblo. El tiempo pasó y el camposanto se transformó en jardín; pero hay sitios que conservan, como una respiración antigua, el eco de lo que fueron. En este, siempre se ha respirado paz. Una paz que se siente como si la tierra todavía recordara aquellas bendiciones.

Yo también lo recordaba, pero desde otro lugar: desde mi infancia. Fue aquí donde venía a jugar alrededor de la fuente grande, redonda, con baranda de hierro. En el centro estaba el pescador policromado, Lorencete, mirando desde su pedestal, con la caña en la mano y una cesta de piedra a su lado, como si en ella pudieran guardarse los peces que nadaban y se deslizaban en el agua. Los niños nos asomábamos apoyados en la baranda para verlos ir y venir por el fondo, como si su movimiento fuese un secreto del mundo.

Por entonces las adelfas eran más grandes, más frondosas, y crecían a la sombra de moreras blancas y negras. Los gorriones y los jilgueros confundían sus cantos con las voces infantiles. La paz del jardín tenía algo de patio protegido, de casa sin techo, de refugio. Y, a la vez, tenía algo de respeto, como si la alegría —la risa de los niños, los pasos de los mayores— nunca hubiera terminado de borrar del todo la solemnidad del lugar.

En años pasados, también hubo fiesta aquí. Se celebraban los bailes de la feria, la cena de gala de la Fiesta de las Letras, con su reina y sus damas y los poetas galardonados. La música no llenaba solo el recinto; se derramaba por las calles de alrededor, y los vecinos la escuchaban sentados en las puertas de sus casas, cogiendo el fresco de la noche veraniega de agosto. El jardín parecía entonces una plaza pequeña, un corazón abierto.

Ahora custodia la entrada del museo donde cuelgan las pinturas del viejo maestro Antonio López Torres, y su realismo —sereno, atento a lo verdadero— se funde con el sosiego del lugar. Belleza y quietud en el mismo punto, como si el jardín y los cuadros fueran dos formas de decir lo mismo: que la vida, incluso cuando se rompe, sigue teniendo una claridad secreta.

Y allí, en esa tarde de domingo abrileño, los nombres de los que murieron en la pandemia del COVID volvieron a hacerse presentes. Yo escuchaba las edades, los pueblos, los lugares de esta tierra. Y no podía evitar visualizar a quienes ya había conocido, ponerles rostro, recordar gestos. El silencio solo se interrumpía por unas notas musicales y por la brisa, que despeinaba las hojas primeras de la primavera. Cada nombre era una puerta. Cada nombre, una presencia.

Pensé entonces que, a veces, los muertos —nuestros muertos amados— nos traen a recintos que también ellos conocieron. Como si la memoria no fuese solo un acto de la mente, sino una forma de caminar por el mundo. He aprendido que nada sucede por casualidad; o, al menos, que hay casualidades que parecen demasiado exactas para ser solo azar.

Y en esa tarde sentí algo que no sé explicar del todo: que los nombrados, las personas que fallecieron en esa triste pandemia estaban a nuestro lado, siendo parte del jardín y de la tarde. Como si el viento pronunciara con nosotros no solo los nombre, también la brisa nos traía sus presencias. Como si los brotes tiernos que caían al suelo fueran una manera de decir: aquí estuvieron, aquí están, aquí se les nombra para que no se borren de nuestra memoria.

sábado, 9 de noviembre de 2024

El llanto trágico de noviembre en España es nuestro dolor inmenso

 

  


 

Hace once, doce días… que el barro es una elegía de montón de escombros y nosotros, las gentes del pueblo, seguimos escuchando las penurias de los afectados y las zancadillas injustas de las primeras autoridades del país. Algunos opinan que es lo frecuente y que lo prometido no llegará con la celeridad debida. Los cadáveres de los desaparecidos siguen sin aparecer y el llanto por los fallecidos ha pasado a un segundo o tercer lugar Las calles están devastadas y las casas y establecimientos partidas en múltiples pedazos semejan ruinas de una batalla sin cuartel. Entre los coches agolpados hay una pequeña luz de esperanza a pesar de la derrota humana de quienes han perdido enseres y familiares porque está escrito en la Genesis humana que hay que continuar.

Lentamente se van dictando normas para pedir ayuda y sin embargo en el alma de la desolación el horror sigue presente porque es largo el viaje de carecer de todo. Los datos recogidos por los medios de comunicación muestran y explican retazos de vidas y no es cuestión de novedad, lo cruel, es que nos acostumbraremos a pensar que se les solucionarán las vidas desde los planteamientos legales y será mucho más penoso que lo que nos imaginamos.

Y es que la omisión de ayuda es grave falta por lo que se dejó de hacer y eso debería de angustiar a quienes lo hicieron.

El que se ahoga no puede demandar ayuda, tampoco el que se queda en mitad de la tragedia sin comprender porque le ha sucedido. Pedir, demandar auxilio, no es posible cuando faltan las fuerzas y hasta la voz, porque los sollozos ahogan la ahogan. Hay veces que dejar abandonados a su suerte es condenar a la muerte a los inocentes Nos lo seguimos preguntando muchos, muchísimos de nosotros dónde están nuestros derechos constitucionales? Y hasta hoy nadie nos ha contestado esa pregunta. Los voluntarios siguen estando, y ayudando dando ejemplo a quienes no lo quieren ver. Hoy en día los desaparecidos son cifras terribles, personas con nombres y apellidos y con familiares en espera de que se les encuentren. Tenemos la sensación de que no importan, que el pueblo llano no importamos.

 


Valencia nos duele y nos importa a pesar de sentirnos impotentes ante las culpas y disculpas vanas de las autoridades. A fecha de hoy son escasas las fuerzas enviadas parece que hemos ido hacia atrás en décadas. Es como si tanta comunicación actual no sirviere para nada. Es sentir que el pulso de la vida se ha dejado de escuchar. Y sin embargo si se escuchan los latidos de cientos, de miles de personas voluntarias echando un pulso en ayuda de ellos, de los que necesitan ayuda y se les dijo aquello de que, si la necesitan que la pidan.

Lacerante frase que se nos ha clavado en el corazón entre el oleaje embarrado de las calles de los pueblos destruidos. Porque no hay licencia alguna para desatender corazones rotos, como tampoco lo hay para un alto al trabajo de descombrar cuando después de días sentimos la derrota en el solar del cuerpo.  Ni tampoco pasar por alto la tragedia que estamos viviendo, aun persiste, no es pasado, es presente.



Deambulamos buscando explicaciones en los medios informativos, en los mensajes individuales, en los telediarios manipulados de falsedades y falacias mientras siguen a la deriva cuerpos sepultados de desaparecidos. Las márgenes del dolor no son solo de barro es de ese silencio de los muertos que nos interpela a los que estamos vivos. La indignidad no puede esconderse entre paredes de despachos oficiales porque a pesar de nuestra ignorancia todavía nos estremecemos ante tanto daño humano. El horizonte para miles de personas es un horizonte oscuro, hasta de exclusión por los vienes perdidos. Paso a paso tienen que volver a empezar con necesidad de hacer lo que se ha deshecho y solo ellos sabrán lo que les costará recuperarlo. Sin olvidar que la vida es única e irrepetible.  Por supuesto no es un frío número en mesas de despachos. Y no vale resignarse porque la vida es persistente y un privilegio recibido generación tras generación. Y porque es un llanto nuestro; es

 

El llanto trágico de noviembre en España

 

Noviembre tiene ojos de tristeza

y un préstamo de horror en las miradas

trenes sin vías ni equipajes

porque la muerte a embarrado la vida.

Se cruzan en el espejo de los días

lagrimas infinitas de pesares

ante un lugar de escombros apoyados

en esqueletos de coches desahuciados.

Caminan por las calles

sombras fantasmales en busca de cobijo

son corazones rotos, masacrados,

entre barro, desaliento y sollozos;

en desorden, detrás del miedo

hay miles de pupilas perseguidas por jinetes

apocalípticos entre hileras de muertos.

Descansar los muertos, los que fuisteis 

 perseguidos por turbulencias de aguas

desatadas sin piedad para los pueblos

que yacen abrumados de dolor inmenso.

Es tiempo de llorar y volver a empezar

por la lluvia caída a destiempo y extender

las manos para construir   esperanza.

Sobre tanto dolor redivivo el deseo

tenaz de sentirnos unidos para volver a nacer 

 sin borrar la tragedia ni las vidas perdidas.

 

Natividad Cepeda

 

 

viernes, 20 de marzo de 2020

No puedo abarcar tanta tristeza en este tiempo de congoja

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Cuadernos Manchegos. No puedo abarcar tanta tristeza en este tiempo de congoja. Natividad Cepeda | Tomelloso | Sociedad | 19-03-2020 ...


Al empezar a escribir  escucho desde mi pequeño escritorio el viento dando en los cristales y en las ramas sin hojas de dos árboles que tengo en mi acera. Aunque ha hecho calor primaveral todavía no tienen hojas  sus ramas y al mirarlos pienso que son como nosotros, frágiles y expuestos a las inclemencias no deseadas que nos trae la vida. Los miro y siento cariño por ellos porque en sus ramas se posan los primeros vencejos llegados de África o de otro lugar lejano. Son los primeros que llegan a mi pueblo y desde mi infancia espero su llegada porque ellos son los que anuncian la primavera. Después van llegando las golondrinas con sus chillidos y formaciones  al amanecer, jubilosas,  volando en el espacio de la calle, junto con los vencejos.
Para mí es un regalo maravilloso escucharlos y verlos ir de un lado a otro del espacio hasta perderse en las alturas. Siento que vuelo con ellos, para lograrlo cierro mis ojos cuando mi vista no alcanza mirarlos, y me elevo sin materia  en sus alas y en sus chillidos, igual que cuando era niña y en el patio grande de mi casa llegaban puntuales al final de marzo.
Regreso al pasado, que nunca ha dejado de ser presente, y viene la voz de mi abuelo diciendo que todos somos  hijos de Dios, igual que los pájaros.
Necesito ver amanecer, aunque no siempre lo consigo, porque si me quedo escribiendo, o leyendo se me olvida el horario y claro, cuando me despierto el sol ya ilumina los tejados. Pero hay días que duermo cuatro horas porque siento la llamada de la aurora y  me pongo mi bata más vieja, que es con la que me siento mejor, abro el balcón buscando  el lucero del alba porque en él, habita mi madre. 
A mamá, jamás la llamé madre, siempre mamá, hasta que se me durmió y me espera, allá, donde nacen las estrellas. A mi madre también le gustaba madrugar y dormía poco, es algo genético, por lo que había ocasiones que veía amanecer junto a ella y me señalaba  el lucero del alba, diciéndome que era la estrella más bella del cielo. Después yo aprendí que se llamaba Venus y que es un planeta del sistema solar que gira al revés que la tierra, de oeste a este.
Más tarde descubrí que Venus es el nombre que los romanos le dieron a Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza; la sin par, surgida de la espuma del mar.
Es una bellísima narración que dejaremos para otro momento.
Porque cuando yo veo en el cielo clarear, el único lucero en el cielo es Venus, y recuerdo a mi madre junto a mí, viendo como el horizonte se tiñe de escarlata y terciopelo azul. Entonces regreso a ver la chimenea alta de la fábrica de alcohol  de la calle  Domecq de Tomelloso, camino de la casa de mis abuelos maternos, que yo miraba. Al hacerlo parecía que la chimenea se me caía encima, mientras andaba me invadía un mareo enorme hasta tener que bajar los ojos al suelo. Mamá se reía y yo miraba a mis hermanas feliz de estar las cuatro juntas en la calle sin nadie camino de la casa de los abuelos.
Efectivamente  yo soy de Tomelloso, un pueblo de la llanura manchega y  BeamSuntory lleva instalada en la ciudad desde 1890 y es el principal proveedor de aguardientes de las bodegas de Jerez que elaboran las marcas de brandy tradicionales como Terry Centenario y Fundador Pedro Domecq. Toda una historia. Esta primavera no es buena para nadie. Pero yo creo que la superaremos igual que las viñas cuando otras primaveras se les han helado sus pulgares y la cosecha se nos ha perdido, y luego han brotado algunos tallos y a los años siguientes la cosecha ha sido mejor.
Mi abuelo me decía que las personas  somos como las cepas de la vid, sufrimos, lloramos igual que los sarmientos en invierno, y después resucitamos. Ese fue su legado caer y levantarse sin perder la esperanza ni el ánimo; tampoco el amor a su familia y la fe en Dios.
Volar con las alas del espíritu  es conocer que todo es posible incluso cuando la muerte no es una película de terror, y si una cruel y fatídica realidad. Desde que el bicho del corona virus se ha convertido en una penosa costumbre vamos comprobando que ignoramos las causas de los aconteceres. Se nos ha resquebrajado ser tan afortunados a pesar se tanto odio escupido por grupos y asociaciones que injurian y separan la convivencia entre nosotros.
De pronto la vida es nuestra única patria y Dios nuestro asidero. Y sin demora  buscamos el amor ante la enfermedad y la muerte de los ancianos y de esos jóvenes vulnerables que han caído ante nuestra impotencia. Huye nuestro confort  y acudimos al coraje  de sobrevivir y es ahora cuando valoramos lo importante de lo cotidiano y pequeño de cada día. Nunca antes habíamos soportado tanto daño entre nosotros. Nunca el corazón se había sentido herido y sin seguridad a pesar de todo lo logrado.
Vuelvo al amanecer y a los recuerdos mirando el vuelo de las aves peregrinas de vida que regresan a buscar en los nidos de antaño, la llegada de las que han de nacer para perpetuar la especie y ante ellas me pregunto ¿por qué  nosotros hemos destruido los nidos familiares en nuestra sociedad? Se mueren los ancianos no solo por el virus19, también porque los hemos venido aparcando lejos de nosotros y ahora  nos lavamos las manos  buscando a quien culpar.
Se multiplican las muerte en Tomelloso y en España, avanza por Europa y este mudable tiempo escaso de fortuna es propicio para mirarnos hacia adentro y pensar, que todos somos frágiles y nos necesitamos para seguir viviendo, porque solos no podemos abarcar tanta tristeza en este tiempo de congoja.
Natividad Cepeda