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lunes, 24 de noviembre de 2025

25 de noviembre: No basta con recordar las mujeres merecen justicia y memoria viva



Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de celebraciones. Cada día parece haber una fecha especial, un motivo para llenar las redes de mensajes y las calles de luces ahora en noviembre anunciando una navidad profana. Pero tanta celebración ha perdido su esencia: se ha vuelto ruido. Entre ese ruido, olvidamos los llantos que no aparecen en los titulares, las tragedias que se diluyen en la avalancha de noticias que nos bombardea sin descanso.

El 25 de noviembre, se recuerda a las mujeres asesinadas por la violencia machista. Mujeres que un día confiaron en quienes les prometieron amor y terminaron siendo víctimas de odio y brutalidad. Sin embargo, ¿qué hacemos realmente por ellas? Las convertimos en cifras, en estadísticas que se exhiben en discursos políticos, en pancartas que reclaman leyes que nunca llegan. Y mientras tanto, los homicidios continúan.

Vivimos en una sociedad que ampara delincuentes, que teme denunciar por miedo a represalias, por miedo a ser señalados. Ese miedo se ha instalado en nuestra médula, nos ha silenciado. Callamos lo que nos duele, lo que nos indigna, porque tememos ser clasificados, etiquetados, perseguidos. Como llevar una marca que nos condena.

No solo callamos ante la violencia contra las mujeres. Callamos ante la persecución religiosa en otros países, ante la injusticia que se extiende más allá de nuestras fronteras. Callamos mientras acogemos a quienes llegan buscando refugio, lo cual es justo y humano, pero seguimos ignorando las raíces de los problemas que nos rodean. Ese silencio, tarde o temprano, se convertirá en un grito, y no será bueno.

El 25 de noviembre no debería ser solo una fecha en el calendario. No debería ser un día para publicar mensajes vacíos ni para sumar números en listas oficiales. Debería ser un día para reflexionar, para exigir cambios reales, para recordar que detrás de cada cifra hay una vida arrebatada, una historia truncada, unos hijos huérfanos. Debería ser un día para recuperar valores, amor y lógica en una sociedad que parece haberlos perdido.

No basta con hablar. Hay que actuar. Porque si seguimos callando, si seguimos tratando la tragedia como un espectáculo pasajero, estaremos condenados a repetirla.

Olvidamos que hay millones de mujeres sometidas en países donde la igualdad no existe, donde la libertad es un sueño imposible. Lo sabemos, lo vemos, y aun así callamos. Callamos porque no es cómodo denunciar, porque no es políticamente correcto señalar que en muchos lugares la mujer no vale nada. Allí se la esclaviza, se la vende, se la mata. Y aquí, en Europa, donde las leyes deberían proteger, también hay mujeres que mueren, que viven con miedo, que son perseguidas por quienes nunca aceptaron la igualdad.

No basta con encender luces ni con pronunciar discursos. No basta con convertir el dolor en estadísticas. Cada mujer asesinada deja hijos huérfanos, familias rotas, sueños truncados. Cada silencio es una traición. Cada indiferencia, una complicidad.

Las democracias nacieron para garantizar justicia y libertad. Pero sin valores, sin leyes firmes, sin valentía para defender la dignidad humana, esas palabras se vacían. Necesitamos más que memoria: necesitamos acción. Necesitamos que la voz de las víctimas no se pierda entre titulares fugaces, que su ausencia no se trate como un espectáculo pasajero.

Hoy no basta con recordar. Hoy toca llorar por ellas, exigir justicia por ellas, y comprometernos a que ninguna mujer vuelva a ser un número en una lista. Porque detrás de cada cifra hay un nombre, un rostro, una vida que merecía vivir.

 

Natividad Cepeda

domingo, 25 de octubre de 2015

Murieron en octubre


Murieron en octubre cuando tenían los ojos soñadores igual que las ventanas de los ríos cuando salen al mar y se zambullen entre corales y peces de océanos lejanos.
Tenían ese día en los labios llamaradas de risas y pasiones de esperanzas, de fuegos venidos desde adentro  igual que el magma de la tierra.
Tenían en esas horas regatos de agua dulce donde saciar la carne dolorida de fracasos y heridas…
Tenían la vida por sus venas con sus fracasos de cada nuevo día y el bosque donde volar pájaros sin alas, porque los hijos, nuestros hijos, los que todas las mujeres acunamos son los que llevan alas, las nuestras, y las de todos los hombres que salen del vientre de la que entrega vida cuando pare.
Tenían la inacabada idea de vivir a pesar de las sombras de la duda, a pesar de las equivocaciones y los golpes, a pesar del error de haberlos conocidos cuando inesperadamente una tormenta de sangre y de tragedia  las dejó  sin respuesta y sin quejas.
Tenían a los jueces y a los magistrados, a los delegados y a las asociaciones, a los publicitarios y a las cadenas de televisión acuñando eslóganes inútiles en campañas, donde esconder la afrenta de las muertes anteriores toda la cobardía de no cambiar sentencias con palabras edulcoradas envueltas en progreso, libertad y avances diferentes a los de antaño, a los que no sirvieron, ni sirven para nada:
Todos los que  acabaron con otras muchas vidas… y en ese universo resbaladizo y lleno de vaguedad y esnobismo se quedaron rajadas,
muertas en este octubre español las mujeres asesinadas,  como otras mujeres en el mundo, con velas y flores en aceras, con zapatos pintados de rojo y sin respuesta para tanta violencia ejercida en ellas, y sensibilidad  para sus asesinos, cuando salen con las caras tapadas para que no descubramos el rostro  que se oculta detrás de capuchas y gorros, de bufandas y cuellos alzados… Ellos lo tienen todo y ellas, las mujeres que ha muerto y mueren, el olvido.
Mañana, cuando alguna otra muera a manos de verdugos socialmente tratados con leyes de seda y condenas de risa, mañana la vergüenza de ser libres se volverá pequeña, invisible, asquerosamente inservible como ahora cuando mueren mujeres en el mundo y en España, y las leyes no las cambian.
Hoy ya no hay llantos, solo voces de un día y el silencio en las tumbas de las que ya no volverán a ver la vida.


                                                                                                  Natividad Cepeda   
Arte digital: N. Cepeda 

martes, 2 de septiembre de 2014

A mi Señor: Don Quijote de la Mancha.



         Mi Señor Don Quijote:
                                             Habéis de saber que jamás tendré otro caballero que no seáis Vos. Lo reitero en ésta carta que comienza sin fecha ni día, porque todo el amor me irrumpe como un campo de amapolas en mayo.
Todos saben que mi nombre es Dulcinea; dama de mi señor, al que también se le conoce como el Caballero de la Triste Figura, el mayor defensor de los oprimidos, el único idealista que no se cansa de cabalgar por encima del tiempo para imponer justicia allá donde no la hay. Vos, no ignoráis que solo nací para amaros y ser amada por vos. Sin vuestro nombre en mis labios mi existencia no tendría razón de ser. Los dos nos hallamos en el espacio sin tiempo terrenal, inermes ante la profunda sed de nuestro amor. Dicen los muchos viajeros que sois un loco echado a los caminos para desfacer entuertos, que de tan locura estáis llenos que se duda de mi existencia. Pero mi señor; los rumores de nuestro amor se extienden como polen y son muchos, -mujeres y hombres- los que nos envidian.

Tú eres para mi distancia y tiempo de geografía dilatada, y se condensa mi amor por detrás de la tarde y, fugitiva de lo que me rodea me interno en tu voz y en tu figura concreta y masculina.  Así, te imagino cansado, detenido al repecho de un derrumbado hastial, mientras nuevos y jóvenes lectores dejan sus libros de texto y leen tus aventuras.
Yo en estos días de comunicación desorbitada y febril, donde la prensa, destaca las muchas muertes de mujeres a manos de malos hombres, me refugio en tu conmovedor amor y cierro mis ojos para guardar dentro de mi soledad vuestra mirada.
enamoré del azul transparente de las tardes manchegas hace ya mucho tiempo: dicen que la Mancha es un mar de llanura por donde los sueños navegan...
Así, como perdida, me quedo desmigando nuestros muchos naufragios, mirando la ciudad con los muchos rostros que en ella deambulan. Todo cabe entre sus paredes y sus calles, el deseo de recibir una caricia sin testigos, así, frente a la tarde que adolece de luz. Y en el juego de luces crepusculares dejar que vuestra ausencia se desvanezca, y me asistan vuestras manos, su tacto  y su temblor sentirlas por mi piel  como una procesión de estrellas primerizas. Por eso ahora turbada, llena de eternidad y de misterio escribo esta carta empapada de tiempo.

Tiempo cosido a tus aventuras, a la inmensidad de tus hazañas, a tu doliente grito enfrentado a tanto malandrín que puebla nuestro mundo, y nos mancha la dignidad, y nos ensucia  la alacena cuando desde la televisión nos dicen que la sangre de un cuerpo de mujer a vuelto a oscurecer el sol.
Yo que solo por vuestro amor fui llamada bella, emperatriz y señora, princesa y dama a la que desde entonces cantan los trovadores y poetas, os escribo desde la niebla de los días, entre este jirón de vida que nos asiste, y nos hace coincidir en este nuevo siglo, para así demostrar que los milagros aún son necesarios y precisos, porque sin ellos el camino al futuro sería un triste funeral, una tumba donde ni la yerba crecería porque se me hiela la sangre ante  tanta miseria y destrucción.

Mi buen amor, mi señor, don Quijote en estos días os digo que me siento como un ángel sin alas, roto, y cubierto de sangre que me llama y reclama, que os suplique, que por Dios, vengáis de donde estéis a defender a tantas pobres mujeres maltratadas, ultrajadas, vejadas, violadas, asesinadas como si el fruto de aquella manzana primigenia aún nos pasara cuentas...
Sé que solo vos, defenderéis a esas damas sin hacerles preguntas, sin repasar sus vidas, sin pensar que alguna se lo tenía merecido. ¡Oh, Dios! no sé,  las que ahora están amenazadas dónde podrán hallar cobijo. No lo sé, y me siento yo misma por ellas perseguida, y me duele la memoria de pensar en tantos nombres olvidados, y me tiemblan las manos cuando rezo por ellas...
Por eso mi señor don Quijote, os escribo esta carta, que sin fecha ni dirección os mando, para así calmar mi dolor y mi impotencia, y siento que por mis venas galopan el miedo y el dolor que junto a mi corazón llora por tanto amor asesinado. Cuando la recibáis, Señor Hidalgo, no dudéis en volver del más allá, las damas de hoy en día os reclamamos vuestra ayuda, y no es que todos los hombres sean malvados y perversos, no señor, pero algo de valentía y de coraje, sí que les falta para de una vez por todas acabar con  tantas muertes y hacer causa común y no mirar para otro lado...


Venir mi amor para que dejen de haber ángeles negros en los labios que hoy, llevan y hay sólo frío. Venir para dejar en las manos de las mujeres ramos de flores. Flores que sean recibidas por ellas, como tributo de amor, y no que sean flores de mortaja y de adiós.
Llegar para que esta arisca realidad termine, para que en la besana de la vida el luto no se convierta en algo cotidiano. De verdad mi Señor, que ahora más que nunca necesito vuestros brazos, dejarme abandonada en vuestro pecho, escucharos, hablar, y comprender, que la nobleza de la estirpe masculina aún persiste, porque quiero volver a amar y en el rellano de mi sangre no sentir la violencia de la muerte; sentir que el amor es poderoso y que gracias a él  los buitres infernales del crimen  se disipan.
                                                                             Al borde de vuestro amor y mi esperanza esta mujer a la que llaman Aldonza y Dulcinea os espera.
                                                                                                          
           
Febrero, mes de la fiesta del amor, del año de gracia de 2004

                                                                                                                 Natividad Cepeda



Hoy a primeros de septiembre del año 2014  las muertes de mujeres asesinadas  en demasiados pueblos y ciudades del mundo conocido continúan. Son asesinadas mujeres en Europa,  América del Norte y del Sur, Asia, África… y  maltratadas, castigadas y ultrajadas en todos los países donde no hay Derechos Humanos amparados sus jueces y gobernantes en leyes inhumanas y fanáticas. Por cada una de esas mujeres asesinadas mi plegaria y mi recuerdo con el dolor de que cuando escribí esa carta que fue premiada en un certamen literario pensé, equivocadamente, que diez años después la muerte de las mujeres asesinadas habría terminado. Por todas y cada una de esas víctimas debería volver mi Caballero para salvarlas del exterminio. Amen.


Arte digital:  N. Cepeda

sábado, 24 de noviembre de 2012

Mujeres: ejecución constante


                                 
Escuchamos la palabra ha muerto bajo violencia de género como un soniquete natural entre nosotros. De tan acostumbrados a escucharla se ha perdido su significado brutal y terrible.
En el oscuro túnel de la muerte pasa fugaz esas muertes de mujeres a expensas de los hombres que las matan, olvidando que cuando una vida se extingue injustamente la sin razón nos salpica  a todos cuantos la consentimos.

Vivimos anestesiados por mensajes de tan desconcertado uso, que nos roban conocer el norte de lo que está bien o está mal. En el periplo de la vida esta trayectoria es nefasta, no sólo para el presente que nos atañe, también para el futuro próximo. Si rompemos con tanta facilidad el búcaro de la vida ¿quién nos salvará de las próximas muertes que los depredadores humanos imaginen y ejecuten?
Nada es nuevo en el círculo astral del universo humano. Si hojeamos los libros de nuestra propia historia hallaremos con facilidad datos escalofriantes acerca de ejecuciones siniestras. Ejecuciones orquestadas desde la religión y el poder reinante contra mujeres, niños y también hombres; pero sobre todo mujeres, unas veces como ofrenda a los dioses, otras como adulteras o brujas… Y en ese apartado macabro caben los niños para horrendos sacrificios del pasado al que hoy miramos como una prueba de civilizaciones bárbaras. Cuando pase este tiempo los que nos continúen nos juzgaran de igual manera, sin comprender, cómo se consintió que los mamíferos nacidos de la misma especie eliminaran, por motivos fútiles, a las hembras de la manada.                                                                                                                                 
No de otra forma seremos vistos que como nosotros vemos ahora a los animales depredadores que en su disculpan, matan para comer, y no para satisfacer un ansia de rabia y  venganza.
Y sonreirán tristemente al asociar un día señalado para conmemorar las muertes de mujeres, con el único pretexto de lavarse las manos, igual que lo hizo el pretor romano, cuando por cobardía consintió la muerte de un hombre justo.
                                                                                                                                                
Puedo seguir buceando en el pasado, y también en el presente, al recordar la terrible muerte por lapidación que se infería, y se infiere, a mujeres halladas en adulterio. Leyes todas ellas escritas en sociedades civilizadas, o al menos así han sido contempladas y todavía en algunos países del mundo, lo son.
No nos vale la ley de talión, que consiste en hacer sufrir al asesino el mismo daño que causó a su víctima, porque es incivil y en desuso, salvo para las mujeres fallecidas por muertes violentas que son exterminadas, amparados sus verdugos, en estas otras leyes que les permiten vivir a costa del contribuyente en confortables cárceles.
La vida es un eterno retorno sobre sí misma plagada de corrupciones obscenas con licencia para matar en la vida real sin el glamur de las escenas del cine. Y a veces el exceso de clemencia es un billete de salida para los asesinos disfrazados de locura temporal, mientras en las cunetas de la sociedad, acostumbradas al consumo de banalidades, la libertad de unos, se reduce al capricho de otros.

Es de extrema tristeza conmemorar el 25 de noviembre por lo inútil de esta conmemoración, cuando las muertes de 43 mujeres jalonan este año de 2012 en el mes de noviembre, curiosamente, dedicados a los difuntos en nuestra tradición. ¿Cómo olvidar en los meses siguientes, la telaraña que nos oculta este cruel exterminio sin buscar la clave que corresponde a este código de muerte?
A solas me pregunto si esto es una pesadilla, o si no lo es, quienes justifican la proliferación de estos crímenes cuando la cadena de muertes crece amparada en artificios de doble intención  a costa de las víctimas.

La vida arrebatada a esas mujeres es sombra cernida de amargura;  letargo de sopor y modorra de yeso cristalizado en sus tumbas, torvo gesto de los colmeneros del infierno en la matriz de nuestra sociedad, suma añadida a la crisis financiera esta otra crisis de valores perdidos a favor del desprecio y desdén por la libertad de la vida ajena.
Detrás de esas muertes camina nuestra propia muerte arrinconando el canto vísperal de cualquier fiesta. Por esa razón yo no celebro el día 25 de noviembre hasta que se encuentre solución a las ejecuciones de mujeres.


                                                                                                      Natividad Cepeda

                                               


Dibujos: María Jesús Martínez
Arte digital N. Cepeda