Abril
sigue trayendo noticias de urgencia que nunca se resuelven. En vano esperamos
que las manos de los poderosos firmen leyes justas; en vano comprobamos que la
estupidez humana no cesa. Cada paso que dan nos deja más confundidos, entre el
derroche de falsedades y falacias que nos cuentan, mientras apenas cuentan las
muertes anónimas de quienes perecen de hambre en esta sociedad globalizada,
donde una persona casi no vale nada. Un río humano de egoísmo y pena se
desplaza delante de nuestros ojos: espejo de un egoísmo desbordado que crece y
se fortalece gracias a avances que nos han llegado, pero que no siempre se
utilizan bien.
He
vuelto a escuchar una noticia, como tantas otras, repetida con esa frialdad que
termina por parecer normal: en una playa española —el nombre no importa— ha
llegado una nueva patera y dentro de ella había un hombre muerto. La
información se difunde con rapidez, pero parecía incompleta, como si lo
esencial quedara fuera: se hablaba de ocupantes, de cifras, de mujeres con
niños, de jóvenes, de hombres sin documentación… y, sin embargo, ya casi nadie
se pregunta quiénes son. Molestan. Nos asustan. Se ha ido creando un rechazo
creciente porque, aunque no se divulguen ciertos hechos con detalle, lo que
llega a la población son noticias repetidas, desordenadas, muchas veces
alarmantes; y en pueblos de un lugar y de otro surgen protestas contra esta
emigración masiva.
El
mar nos los trae, dicen, y muchos de ellos mueren en el vientre salado de mares
y océanos, sin nombre, sin historia, sin despedida. En las bahías adonde
afluyen algunos corren para esconderse, para no ser preguntados, para no tener
que explicar su procedencia. Después, como pueden, van llegando a unos y otros
lugares para sobrevivir malamente. Pero si no tienen credenciales, papeles,
documentos, no se les puede dar trabajo: se multa a los empresarios con
sanciones excesivas. Y así, el círculo se cierra como una trampa: quien
necesita trabajar no puede, y quien podría ofrecer trabajo no se atreve.
Yo,
me pregunto ¿hasta cuándo cesará esta oleada humana? Y mientras me lo pregunto
veo cómo el poder se ancla en sus sillones, cómo la pobreza crece en España y
se extiende a otros puntos geográficos de Europa, y cómo, aun así, nadie parece
decir nada. Se silencia. Se calla. Y a cambio se ofrecen bobadas sin valores
para que el personal se quede quieto y no proteste: para que se conforme con
escaso pan y mucho circo, mientras la ruina despuebla los pueblos y en las
ciudades crecen y crecen bolsas de pobreza, suburbios nuevos donde se acumulan
la necesidad y el desánimo.
Nos
sentimos sitiados en una extraña calima, sin saber cómo navegar para salir de
esta emboscada globalizada. Otra
patera. Otra playa. Otro titular. Y, a veces, otro muerto dentro. Lo más grave
no es que ocurra —que ya lo es—, sino que estemos aprendiendo a aceptarlo como
rutina. A la vez, vivimos en una sociedad donde el debate se pudre en dos
extremos: o se grita “invasión” o se recita un “todo irá bien” automático. Pero
los datos muestran algo menos cómodo y más real: el fenómeno no desaparece, se
desplaza. Y luego está la gran hipocresía: exigimos “integración” mientras
cerramos las puertas del trabajo legal. Contratar a alguien sin autorización
acarrear multas, lo que disuade a quien podría emplear y empuja a quien
necesita vivir hacia la irregularidad. Así se fabrica marginalidad con sello
oficial.
Podemos
discutir políticas migratorias. Lo que no deberíamos discutir es esto: una
muerte en el mar no puede ser normal. Si la política solo administra fronteras
y la sociedad solo administra miedos, la calima seguirá espesa. Y los cuerpos seguirán
hundiéndose sin nombres. No se trata de negar problemas ni de repartir culpas
en nuestra sociedad. Se trata de recuperar algo que hemos ido perdiendo: la
capacidad de sostener dos verdades a la vez. Que hay tensión social y miedo y
hasta falta de humanidad a pesar de diálogos elaborados y que en cada patera
hay vidas empujadas al límite, a la muerte.
Que
hay que gestionar fronteras, es una realidad. Y que la gestión que normaliza la
muerte no es gestión: y que el pacto europeo: más sistema carece de humanidad y
crea un malestar interno subiendo la precariedad social en el debate de la
migración donde se crea resentimiento y desconfianza sumado a leyes que nuestra
sociedad rechazan en voz baja; es también una realidad. El reto es bajar la
tasa de pobreza, pero esto es un sueño ante guerras actuales y subidas
continuas de alimentación y trasporte. Abril seguirá sumando noticias de
tragedia y esa inestabilidad social que se ha convertido tristemente en
cotidianidad.
Natividad Cepeda
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