miércoles, 8 de abril de 2026

Abril y las noticias de inestabilidad y de pobreza

 

                 

 


Abril sigue trayendo noticias de urgencia que nunca se resuelven. En vano esperamos que las manos de los poderosos firmen leyes justas; en vano comprobamos que la estupidez humana no cesa. Cada paso que dan nos deja más confundidos, entre el derroche de falsedades y falacias que nos cuentan, mientras apenas cuentan las muertes anónimas de quienes perecen de hambre en esta sociedad globalizada, donde una persona casi no vale nada. Un río humano de egoísmo y pena se desplaza delante de nuestros ojos: espejo de un egoísmo desbordado que crece y se fortalece gracias a avances que nos han llegado, pero que no siempre se utilizan bien.

He vuelto a escuchar una noticia, como tantas otras, repetida con esa frialdad que termina por parecer normal: en una playa española —el nombre no importa— ha llegado una nueva patera y dentro de ella había un hombre muerto. La información se difunde con rapidez, pero parecía incompleta, como si lo esencial quedara fuera: se hablaba de ocupantes, de cifras, de mujeres con niños, de jóvenes, de hombres sin documentación… y, sin embargo, ya casi nadie se pregunta quiénes son. Molestan. Nos asustan. Se ha ido creando un rechazo creciente porque, aunque no se divulguen ciertos hechos con detalle, lo que llega a la población son noticias repetidas, desordenadas, muchas veces alarmantes; y en pueblos de un lugar y de otro surgen protestas contra esta emigración masiva.

El mar nos los trae, dicen, y muchos de ellos mueren en el vientre salado de mares y océanos, sin nombre, sin historia, sin despedida. En las bahías adonde afluyen algunos corren para esconderse, para no ser preguntados, para no tener que explicar su procedencia. Después, como pueden, van llegando a unos y otros lugares para sobrevivir malamente. Pero si no tienen credenciales, papeles, documentos, no se les puede dar trabajo: se multa a los empresarios con sanciones excesivas. Y así, el círculo se cierra como una trampa: quien necesita trabajar no puede, y quien podría ofrecer trabajo no se atreve.

Yo, me pregunto ¿hasta cuándo cesará esta oleada humana? Y mientras me lo pregunto veo cómo el poder se ancla en sus sillones, cómo la pobreza crece en España y se extiende a otros puntos geográficos de Europa, y cómo, aun así, nadie parece decir nada. Se silencia. Se calla. Y a cambio se ofrecen bobadas sin valores para que el personal se quede quieto y no proteste: para que se conforme con escaso pan y mucho circo, mientras la ruina despuebla los pueblos y en las ciudades crecen y crecen bolsas de pobreza, suburbios nuevos donde se acumulan la necesidad y el desánimo.

Nos sentimos sitiados en una extraña calima, sin saber cómo navegar para salir de esta emboscada globalizada. Otra patera. Otra playa. Otro titular. Y, a veces, otro muerto dentro. Lo más grave no es que ocurra —que ya lo es—, sino que estemos aprendiendo a aceptarlo como rutina. A la vez, vivimos en una sociedad donde el debate se pudre en dos extremos: o se grita “invasión” o se recita un “todo irá bien” automático. Pero los datos muestran algo menos cómodo y más real: el fenómeno no desaparece, se desplaza. Y luego está la gran hipocresía: exigimos “integración” mientras cerramos las puertas del trabajo legal. Contratar a alguien sin autorización acarrear multas, lo que disuade a quien podría emplear y empuja a quien necesita vivir hacia la irregularidad. Así se fabrica marginalidad con sello oficial.

Podemos discutir políticas migratorias. Lo que no deberíamos discutir es esto: una muerte en el mar no puede ser normal. Si la política solo administra fronteras y la sociedad solo administra miedos, la calima seguirá espesa. Y los cuerpos seguirán hundiéndose sin nombres. No se trata de negar problemas ni de repartir culpas en nuestra sociedad. Se trata de recuperar algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de sostener dos verdades a la vez. Que hay tensión social y miedo y hasta falta de humanidad a pesar de diálogos elaborados y que en cada patera hay vidas empujadas al límite, a la muerte.

Que hay que gestionar fronteras, es una realidad. Y que la gestión que normaliza la muerte no es gestión: y que el pacto europeo: más sistema carece de humanidad y crea un malestar interno subiendo la precariedad social en el debate de la migración donde se crea resentimiento y desconfianza sumado a leyes que nuestra sociedad rechazan en voz baja; es también una realidad. El reto es bajar la tasa de pobreza, pero esto es un sueño ante guerras actuales y subidas continuas de alimentación y trasporte. Abril seguirá sumando noticias de tragedia y esa inestabilidad social que se ha convertido tristemente en cotidianidad.  

                                                                                       Natividad Cepeda

 

 

 

 

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