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miércoles, 5 de agosto de 2026

LA MERCANCÍA DEL PODER Y LA CEGUERA DE LAS MASA


 


Veamos cómo vamos de la sumisión ancestral al conformismo moderno: cómo la manipulación política, el abandono del esfuerzo y el olvido de los valores conducen a las sociedades hacia su propia decadencia.

 

Desde tiempos ancestrales se impone la mal llamada «ley del más fuerte». Un dominio ejercido por la fuerza bruta y el afán desmedido de mandar y avasallar al prójimo. En este devenir histórico, el más astuto siempre ha terminado imponiéndose al confiado, a aquel incapaz de advertir las artimañas orientadas a someterlo. Así nacieron las primeras tribus y aldeas, dando paso al desarrollo de regiones, culturas diversas y, finalmente, a los países y estados que hoy conocemos.

Desde los orígenes de la civilización, hombres y mujeres —pues ninguna sociedad ha sido posible sin la mujer— se han necesitado mutuamente para gestionar este proceso evolutivo. Juntos tejieron vínculos que, hábilmente articulados, condujeron a la concentración del poder y al encumbramiento de jefes, caudillos o reyes encargados de ejercer el mandato.

Sin embargo, es una falacia asumir que dicho liderazgo resulte siempre beneficioso, o que el gobernante busque de forma genuina mejorar la calidad de vida de sus subordinados. En demasiados periodos históricos, el líder ha sido injusto, cruel y ambicioso, arrastrando a su pueblo a épocas de penuria y decadencia que la historia documenta con nitidez.

Pero la trampa de la hegemonía y el control mental es muy lamentable. Lamentablemente, la luz de la justicia no siempre ha iluminado a las civilizaciones. Con frecuencia, los seguidores no perciben hacia dónde son conducidos por un líder astuto y falto de ética: hacia su progresiva pobreza y la pérdida irreversible de sus derechos cívicos. Se repite trágicamente la existencia de grupos humanos que siguen ciegamente a gobernantes nefastos sin ponderar su integridad ni su pésima gestión, llegando a defenderlos e inscribirse en un fanatismo ciego.

Hoy, convertidos en votantes, esos mismos seguidores perpetúan la hegemonía del dirigente que los perjudica y destruye. Civilizaciones enteras han sucumbido por diversos métodos: el hambre, la ruina económica, leyes redactadas en contra del propio pueblo y traiciones perpetradas en beneficio personal del gobernante.

Bajo su control y su látigo —a veces físico, a veces intelectual—, el poder manipula la mente de las masas y achaca todos los fracasos a quienes se le oponen. No hay nada nuevo en ello; es la constatación de que la humanidad apenas ha avanzado en los mecanismos de contención frente al control social.

«Cuando la sociedad cae en una estupidez colectiva, se llega a creer que todos son sabios mientras el líder agota la economía y anula el talento individual.»

Lo enconillo porque vivimos en el abismo de la complacencia y el desprecio al mérito. Desde su torre de vigía, el pueblo, falto de discernimiento, cava su propia destrucción. Se conforma con limosnas y festejos lúdicos, convencido de que su gobierno es benigno y de que, si existe precariedad, la culpa jamás recae en la mala gestión del líder, sino en la oposición que lo critica.

En este terreno abonado de falacias, el esfuerzo por construir una sociedad mejor se extingue. Se adoctrina a la ciudadanía en la idea de que todo es posible sin sacrificio; se rebajan los periodos de aprendizaje, se ignora la valía de los esforzados y se premia la inactividad, el desinterés y lo falso por encima de lo verdadero. La sociedad cae así en una estupidez colectiva, creyéndose sabia y merecedora de todo por el mero hecho de existir.

Mientras tanto, el líder agota las arcas públicas, aplasta las iniciativas individuales y sume a la sociedad en la necedad. Al gobernante egocéntrico no le importa el bienestar del grupo; carente de empatía, pactará con quien sea necesario con tal de perpetuarse en el sillón del poder.

Las voces lógicas y visionarias resultan estériles: son silenciadas, apartadas o aniquiladas para no perturbar la aparente felicidad colectiva. Así, la sociedad queda despojada de sus valores universales, sustituyendo la cultura del trabajo y el conocimiento por una ciega fe en la suerte. Y cuando esto ocurre, muere la esperanza de dejar un futuro digno a las próximas generaciones.

Estamos asistiendo al eclipse de Occidente y la lección de la historia. Se trata de una mercancía del poder repetida en la historia, donde nadie protesta porque la población ha sido embaucada como marioneta. La civilización romana, por ejemplo, sucumbió en el momento exacto en que perdió sus valores e instaló el «pan y circo».

Hoy en Occidente presenciamos un retroceso similar. Al olvidar lo conseguido con siglos de esfuerzo, abrimos las puertas a culturas e ideologías ancladas en un pasado donde la libertad no existe y donde la mitad de la población —mujeres y niños— carece de derechos fundamentales. Abrimos los brazos fraternalmente, y cuando queremos reaccionar ante la pérdida de nuestras libertades, ya es tarde para frenar la involución.

Cuando el gobernante no protege a su pueblo ni a su cultura con leyes justas, cabe preguntarse en cuánto ha sido comprado por la ambición y el vil metal.

Al final, la única verdad inmutable es que venimos al mundo sin nada y nos vamos de él del mismo modo. Pobres, ricos, esclavos y señores terminaremos cobijados por la misma tierra, cayendo en el olvido de una historia humana mucho más antigua de lo que alcanzamos a recordar.

 

                                                                                     Natividad Cepeda

 

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Abril y las noticias de inestabilidad y de pobreza

 

                 

 


Abril sigue trayendo noticias de urgencia que nunca se resuelven. En vano esperamos que las manos de los poderosos firmen leyes justas; en vano comprobamos que la estupidez humana no cesa. Cada paso que dan nos deja más confundidos, entre el derroche de falsedades y falacias que nos cuentan, mientras apenas cuentan las muertes anónimas de quienes perecen de hambre en esta sociedad globalizada, donde una persona casi no vale nada. Un río humano de egoísmo y pena se desplaza delante de nuestros ojos: espejo de un egoísmo desbordado que crece y se fortalece gracias a avances que nos han llegado, pero que no siempre se utilizan bien.

He vuelto a escuchar una noticia, como tantas otras, repetida con esa frialdad que termina por parecer normal: en una playa española —el nombre no importa— ha llegado una nueva patera y dentro de ella había un hombre muerto. La información se difunde con rapidez, pero parecía incompleta, como si lo esencial quedara fuera: se hablaba de ocupantes, de cifras, de mujeres con niños, de jóvenes, de hombres sin documentación… y, sin embargo, ya casi nadie se pregunta quiénes son. Molestan. Nos asustan. Se ha ido creando un rechazo creciente porque, aunque no se divulguen ciertos hechos con detalle, lo que llega a la población son noticias repetidas, desordenadas, muchas veces alarmantes; y en pueblos de un lugar y de otro surgen protestas contra esta emigración masiva.

El mar nos los trae, dicen, y muchos de ellos mueren en el vientre salado de mares y océanos, sin nombre, sin historia, sin despedida. En las bahías adonde afluyen algunos corren para esconderse, para no ser preguntados, para no tener que explicar su procedencia. Después, como pueden, van llegando a unos y otros lugares para sobrevivir malamente. Pero si no tienen credenciales, papeles, documentos, no se les puede dar trabajo: se multa a los empresarios con sanciones excesivas. Y así, el círculo se cierra como una trampa: quien necesita trabajar no puede, y quien podría ofrecer trabajo no se atreve.

Yo, me pregunto ¿hasta cuándo cesará esta oleada humana? Y mientras me lo pregunto veo cómo el poder se ancla en sus sillones, cómo la pobreza crece en España y se extiende a otros puntos geográficos de Europa, y cómo, aun así, nadie parece decir nada. Se silencia. Se calla. Y a cambio se ofrecen bobadas sin valores para que el personal se quede quieto y no proteste: para que se conforme con escaso pan y mucho circo, mientras la ruina despuebla los pueblos y en las ciudades crecen y crecen bolsas de pobreza, suburbios nuevos donde se acumulan la necesidad y el desánimo.

Nos sentimos sitiados en una extraña calima, sin saber cómo navegar para salir de esta emboscada globalizada. Otra patera. Otra playa. Otro titular. Y, a veces, otro muerto dentro. Lo más grave no es que ocurra —que ya lo es—, sino que estemos aprendiendo a aceptarlo como rutina. A la vez, vivimos en una sociedad donde el debate se pudre en dos extremos: o se grita “invasión” o se recita un “todo irá bien” automático. Pero los datos muestran algo menos cómodo y más real: el fenómeno no desaparece, se desplaza. Y luego está la gran hipocresía: exigimos “integración” mientras cerramos las puertas del trabajo legal. Contratar a alguien sin autorización acarrear multas, lo que disuade a quien podría emplear y empuja a quien necesita vivir hacia la irregularidad. Así se fabrica marginalidad con sello oficial.

Podemos discutir políticas migratorias. Lo que no deberíamos discutir es esto: una muerte en el mar no puede ser normal. Si la política solo administra fronteras y la sociedad solo administra miedos, la calima seguirá espesa. Y los cuerpos seguirán hundiéndose sin nombres. No se trata de negar problemas ni de repartir culpas en nuestra sociedad. Se trata de recuperar algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de sostener dos verdades a la vez. Que hay tensión social y miedo y hasta falta de humanidad a pesar de diálogos elaborados y que en cada patera hay vidas empujadas al límite, a la muerte.

Que hay que gestionar fronteras, es una realidad. Y que la gestión que normaliza la muerte no es gestión: y que el pacto europeo: más sistema carece de humanidad y crea un malestar interno subiendo la precariedad social en el debate de la migración donde se crea resentimiento y desconfianza sumado a leyes que nuestra sociedad rechazan en voz baja; es también una realidad. El reto es bajar la tasa de pobreza, pero esto es un sueño ante guerras actuales y subidas continuas de alimentación y trasporte. Abril seguirá sumando noticias de tragedia y esa inestabilidad social que se ha convertido tristemente en cotidianidad.  

                                                                                       Natividad Cepeda