Ha llegado el amanecer y la
luz del día, al posarse sobre los viñedos, ha despertado mi oración. Mis labios
se han elevado al cielo porque la tumba donde te depositaron, Jesús de Nazaret,
estaba sola. Vacía. Ya no guardaba tu cuerpo herido ni tu sangre derramada. El
sepulcro había sido vencido por la vida.
Fueron las mujeres quienes me
lo dijeron. Las mismas que caminaron hacia ti cuando la aurora comenzaba a
pintar de colores los márgenes del horizonte. Ellas llegaron primero. Ellas
miraron dentro. Ellas escucharon la noticia imposible: Tú habías resucitado. Y
sus palabras se llenaron de la luz de la mañana, como si el día entero hubiera
aprendido a hablar por sus labios.
Desde la tumba vacía, la
fragancia de tu resurrección comenzó a extenderse. Iluminó los caminos, se
deslizó por los mapas de la tierra y devolvió a la vida su voz unánime. La
muerte, que parecía definitiva, empezó a retroceder.
Y, sin embargo, no fueron
creídas. Porque eran mujeres. Porque la verdad llegó por boca de quienes no
contaban. Pero el ángel había hablado con claridad: aquel a quien buscaban ya
no estaba entre los muertos. Así se cumplieron tus palabras, Tú, vencedor de la
muerte, Hijo de Dios hecho hombre.
La noticia empezó a recorrer
aldeas y senderos. Se dijo en Jerusalén y más allá de sus muros. La llevaron
los caminantes sobre las calzadas de piedra del Imperio romano. Se susurró en
voz baja, por miedo a los que te ejecutaron, por temor a que la vida resucitada
molestara a quienes habían pactado con la muerte. Pero nadie pudo detenerla.
Jesús, el Hijo de María, el
Crucificado, no está en su tumba. Ha resucitado.
Y la alegría borró la antigua
costra de la muerte. Los últimos llantos se apagaron. Lo imposible comenzó a
propagarse como una certeza nueva. El milagro atravesó los porches del
amanecer, se reflejó en los colores de todos los amaneceres, se derramó en la
fragancia de los bosques y de los jardines, como el aire que recorre mares y
llanuras, ríos y vaguadas.
Los pájaros lo cantaron. El
agua de las fuentes lo dijo en su murmullo. Las montañas lo repitieron en eco.
Y todo dejó de ser tiniebla. Todo se volvió luz.
Era la mañana de Pascua
florida. El día en que el Señor pasó por nuestra vida y nos dejó, como
herencia, la esperanza de no morir. Una esperanza envuelta en el mensaje
silencioso de una tumba vacía.
Por eso mis labios cantan
aleluyas. Por eso me postro de rodillas ante el amanecer. Porque me has quitado
cadenas y temores. Porque desde entonces vuelo a celebrar tu resurrección, que
es también la mía.
Regalo inmenso, Jesús de
Nazaret: resucitar y quedarte conmigo en cada nuevo amanecer. Pascua viva que
marca tu paso por la historia, por todos los hombres y mujeres que creemos en
Ti desde aquel día en que las mujeres de Jerusalén nos entregaron la noticia
triunfal.
Ellas fueron primero. Ellas
escucharon primero. Ellas creyeron primero. Y sus palabras llegaron a nosotros.
Esta es la mañana de Pascua florida. Este es el día que hizo el Señor. Este es
el paso de Dios por nuestra vida. Porque Cristo ha pasado y nos ha dejado la
esperanza de no morir, sellada para siempre en la piedra removida de la tumba
vacía. Por eso mis labios cantan:
¡Aleluya!
¡Aleluya!
¡Aleluya
Esta
es la Pascua del Señor. Esta es la fe de la Iglesia. La que nació aquel día
cuando
las mujeres nos dieron la noticia triunfal. ¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente
ha resucitado! ¡Aleluya!
Natividad Cepeda
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