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lunes, 27 de octubre de 2014

Escucho las palabras de los otros


Escucho las palabras de los otros con su carga de absurda indiferencia ante todos los abusos que se han dado y se dan.  Llegan hasta mí, con su sello de gleba,  de vasallaje inaudito en esta nueva centuria que ha empezado, con la angustia de miles y miles de personas que luchan por vivir y quedarse entre las tapias diseñadas por arquitectos funcionales, casi todos agarrados al poder, por encima de la belleza de las formas  que dan a las ciudades su rostro urbano.
Escucho las suaves censuras de los que, desde abajo, asisten con las manos atadas y las bocas selladas, a la imperante corrupción de todos los modos y vivencias posibles, y el personal se calla y yo no entiendo nada. 
Y mientras los pueblos se quedan desterrados y vacíos de gentes y justicia,  continúan las tretas de los facinerosos.
¡Oh dolor y miseria de los pueblos dolientes de la tierra!  ¿Hacia dónde te llevarán los poderosos con sus túnicas  revestidas de oro? que siguen mostrando en los palacios y congresos donde se reúnen con su falsedad  descarada  y su atroz hambre de poseer la gloria en todos los pesebres y salones sin que importen los demás. 
Nada ha cambiado; todo es un regreso a las viejas moradas de las sociedades esclavizadas y manipuladas sin derechos. ¡Ay,  mis hijos!  Aquellos que les falta lo esencial para no arrastrarse por debajo de las mesas de todos los tiranos con cara de ángeles y actores de reparto en las pantallas a las que está sujeta y anestesiada la plebe, esa porción humana que todos ellos desprecian y manejan.

¡Oh tristeza! De que los pobres de la tierra no posean nada, ni siquiera el orgullo de saber que tienen que ponerse de pie y no andar de rodillas, arrastrándose para poder engullir las migajas de los manteles del poder. De cualquier poder: De todos. También de los que acusan a los que se sientan en las altas esferas de las naciones y países para erigirse en él, y sus seguidores, en los que empuñan el cetro y el látigo a la vez.
Se nos cayó el cielo del viejo comunismo con su grandeza en mensajes exentos de libertad y bienestar. Los que cumplimos décadas de vida, hemos asistido, y asistimos, al desahucio de bienestar donde las dictaduras de izquierdas no dan felicidad ni bienestar a los pueblos que los han gobernado y gobiernan. Allí, donde la libertad no deja ni entreabrir los labios para exhalar una queja. Allí, donde también hay diferencias de pobreza y riquezas. Allí donde las cárceles  no se dejan ver, ni la prensa escrita y hablada  puede decir lo que está mal o bien.
Se nos han caído los pilares de nuestra sociedad democrática envuelta en fraudes y corrupción. Gemimos, ante la inestabilidad económica, ante la violencia esgrimida desde demasiados sectores, asesinatos de mujeres, maltratos múltiples, aberración de inocentes, y las cuevas de los Alibabas de los tesoros bancarios.   

Dicen: ¡Ábrete, sésamo! y al descubrir las bandas de ladrones nos quedamos sin palabras, además de encueros. Escucho las palabras de los otros en los puestos de mercadillos y tiendas de pueblos y grandes urbes. Las escucho vocear con esa lastimada ironía de los que no tiene nada más que eso, su rabia y su asco ante los desalmados que sin un ápice de conciencia y ética se hicieron piña, todos unos e iguales, convertidos en consejeros y en sabios asesores, que aprendieron que poner la mano y guardarse el dinero era lo primordial. Y llegaron de la izquierda y de la derecha, de los sindicatos y de las cajas de ahorro,  esquilmaron y arrasaron con lo que no era suyo…

Nos han dejado sin honra y sin orgullo, porque nos engañaron con el circo del futbol  y la televisión, con los mercadillos medievales y la recuperación de las viejas tradiciones que no queremos volver a recuperar: Lavar en lavaderos y ríos, en pilones y artesillas, lavarnos el pelo con agua de ceniza y calentar el agua en la caldera para bañarse una vez por semana en una tina… por ejemplo. Arar con mulas y segar con las hoces en las manos. No, no queremos que vuelva ese pasado. Ni soñamos con perder lo que habíamos ganado.
Escucho las palabras de los otros y todavía me asombro de cómo soportamos la ignominia de que nos den cita para un médico para dentro de un año, de que se nos incrementen los impuestos, de que los robos y ocupas nos asalten en nuestra propia casa, de lo poco que importamos y no, nos enteramos, ni lo vemos. Escucho a los otros y sigo andando porque apenas si me queda un hálito de esperanza para creer que tendremos buenas leyes que nos salven de tantos desalmados.                                  



                                                                                                    Natividad Cepeda

sábado, 24 de noviembre de 2012

Mujeres: ejecución constante


                                 
Escuchamos la palabra ha muerto bajo violencia de género como un soniquete natural entre nosotros. De tan acostumbrados a escucharla se ha perdido su significado brutal y terrible.
En el oscuro túnel de la muerte pasa fugaz esas muertes de mujeres a expensas de los hombres que las matan, olvidando que cuando una vida se extingue injustamente la sin razón nos salpica  a todos cuantos la consentimos.

Vivimos anestesiados por mensajes de tan desconcertado uso, que nos roban conocer el norte de lo que está bien o está mal. En el periplo de la vida esta trayectoria es nefasta, no sólo para el presente que nos atañe, también para el futuro próximo. Si rompemos con tanta facilidad el búcaro de la vida ¿quién nos salvará de las próximas muertes que los depredadores humanos imaginen y ejecuten?
Nada es nuevo en el círculo astral del universo humano. Si hojeamos los libros de nuestra propia historia hallaremos con facilidad datos escalofriantes acerca de ejecuciones siniestras. Ejecuciones orquestadas desde la religión y el poder reinante contra mujeres, niños y también hombres; pero sobre todo mujeres, unas veces como ofrenda a los dioses, otras como adulteras o brujas… Y en ese apartado macabro caben los niños para horrendos sacrificios del pasado al que hoy miramos como una prueba de civilizaciones bárbaras. Cuando pase este tiempo los que nos continúen nos juzgaran de igual manera, sin comprender, cómo se consintió que los mamíferos nacidos de la misma especie eliminaran, por motivos fútiles, a las hembras de la manada.                                                                                                                                 
No de otra forma seremos vistos que como nosotros vemos ahora a los animales depredadores que en su disculpan, matan para comer, y no para satisfacer un ansia de rabia y  venganza.
Y sonreirán tristemente al asociar un día señalado para conmemorar las muertes de mujeres, con el único pretexto de lavarse las manos, igual que lo hizo el pretor romano, cuando por cobardía consintió la muerte de un hombre justo.
                                                                                                                                                
Puedo seguir buceando en el pasado, y también en el presente, al recordar la terrible muerte por lapidación que se infería, y se infiere, a mujeres halladas en adulterio. Leyes todas ellas escritas en sociedades civilizadas, o al menos así han sido contempladas y todavía en algunos países del mundo, lo son.
No nos vale la ley de talión, que consiste en hacer sufrir al asesino el mismo daño que causó a su víctima, porque es incivil y en desuso, salvo para las mujeres fallecidas por muertes violentas que son exterminadas, amparados sus verdugos, en estas otras leyes que les permiten vivir a costa del contribuyente en confortables cárceles.
La vida es un eterno retorno sobre sí misma plagada de corrupciones obscenas con licencia para matar en la vida real sin el glamur de las escenas del cine. Y a veces el exceso de clemencia es un billete de salida para los asesinos disfrazados de locura temporal, mientras en las cunetas de la sociedad, acostumbradas al consumo de banalidades, la libertad de unos, se reduce al capricho de otros.

Es de extrema tristeza conmemorar el 25 de noviembre por lo inútil de esta conmemoración, cuando las muertes de 43 mujeres jalonan este año de 2012 en el mes de noviembre, curiosamente, dedicados a los difuntos en nuestra tradición. ¿Cómo olvidar en los meses siguientes, la telaraña que nos oculta este cruel exterminio sin buscar la clave que corresponde a este código de muerte?
A solas me pregunto si esto es una pesadilla, o si no lo es, quienes justifican la proliferación de estos crímenes cuando la cadena de muertes crece amparada en artificios de doble intención  a costa de las víctimas.

La vida arrebatada a esas mujeres es sombra cernida de amargura;  letargo de sopor y modorra de yeso cristalizado en sus tumbas, torvo gesto de los colmeneros del infierno en la matriz de nuestra sociedad, suma añadida a la crisis financiera esta otra crisis de valores perdidos a favor del desprecio y desdén por la libertad de la vida ajena.
Detrás de esas muertes camina nuestra propia muerte arrinconando el canto vísperal de cualquier fiesta. Por esa razón yo no celebro el día 25 de noviembre hasta que se encuentre solución a las ejecuciones de mujeres.


                                                                                                      Natividad Cepeda

                                               


Dibujos: María Jesús Martínez
Arte digital N. Cepeda