Mostrando entradas con la etiqueta prensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prensa. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de octubre de 2016

Bullying: igual a tiranizar, acosar, intimidar y pegar a una niña indefensa

Retumban  en mis oídos las noticias escalofriantes y terroríficas de tantos niños maltratados por otros niños. Y no dejo de pensar que  esos maltratadores son la consecuencia de la sociedad donde crecen y evolucionan. En silencio, un profundo lamento estéril  se aposenta en las fibras de todo mi ser al comprobar que esa paliza dada en un colegio a una niña de ocho años por quienes le doblaban la edad haya sucedido y no es ni el primer caso ni un caso aislado. Y me pregunto el por qué cuando se escribe en la prensa esta fatídica noticia se trata de encubrí el hecho  como intentando quitar importancia empleando palabras de otro idioma. No ignoro que denunciar esta palabra empleada es una voz que calma en el desierto de las ciudades cibernéticas y que me puede llover una tormenta de bilingües que se vayan por donde no quiero en defensa de ser políglota.
Llevamos tanto tiempo empeñados en ñoñerías que hemos olvidado lo importante que es llamar a  cada cosa por su nombre sin complejos, además de salvaguardar los valores éticos y humanos tan pisoteados por una sociedad  caduca y podrida de vicios múltiples. Aquí los espabilados, hipócritas  y malvados son defendidos por un sistema empeñado en machacar a los que no delincan y ya puede retumbar las atrocidades más escabrosas y brutales que seguimos quitando importancia a todos los acosadores, violadores, asesinos y ladrones que pululan por calles y plazas de pueblos y ciudades de esta España harta de futbol y de políticos que cobran, no todos, pero sí una gran mayoría, sin cumplir con lo prometido y  jurado cuando se hacen cargo de la confianza que en ellos se ha depositado.
No hay día que no se cueza en la olla a presión de este  desmedido desmadre  un atropello; y lo escuchamos como si fuera algo natural, y ocurre porque la mayoría lo consentimos y nos apabullamos y callamos. Es vergonzoso leer esa paliza dada a una niña en un centro escolar, donde se supone que nuestros niños están protegidos por los educadores. Aunque si hace años no se les hubiera maltratado a muchos de esos maestros y educadores,  quitándole toda autoridad, probablemente esas pandillas de delincuentes adolescentes  no se atreverían a  golpear a una indefensa niña pateándola. Y yo me pregunto, ¿a dónde están los defensores de los animales, las asociaciones feministas y tanto colectivo vocinglero que no salen a protestar airadamente cuando estos hechos ocurren?     
Ha pasado mucho tiempo, dura demasiado la violencia contra las personas y nuestras leyes no se cambian, por qué, me sigo preguntando, ¿acaso ser progresista es ser solo denunciadores y denunciadoras, de unos políticos contra otros, en los patios de los partidos políticos, ignorando lo que ocurre en la vida de los ciudadanos?   Porque si es así no los  necesitamos.
Existe demasiado silencio ante hechos muy graves. Un niño, una niña; nuestros niños, son nuestra continuidad y son, lo que ven, en el testimonio de los adultos.  Una niña apaleada, pateada y herida en su dignidad hasta ser abandonada es ignominiosa en este país que se rasga las vestiduras ante sucesos mucho menos alarmantes que este hecho concreto. 
Pero no pasa nada porque la  estupidez ha llegado a cotas tan altas que  hasta ser educados se ha borrado de la vida social e informativa de muchos presentadores y comunicadores femeninos y masculinos.   La sensatez ha fallecido entre nosotros, y el grito silencioso de esa niña, víctima de esa atroz paliza, se escribe en otro idioma porque así demostramos lo poco que nos importa la convivencia en cualquier área social de este país llamado España y nuestra cobardía.

                                                                                                Natividad Cepeda

 Arte digital: N Cepeda



lunes, 27 de octubre de 2014

Escucho las palabras de los otros


Escucho las palabras de los otros con su carga de absurda indiferencia ante todos los abusos que se han dado y se dan.  Llegan hasta mí, con su sello de gleba,  de vasallaje inaudito en esta nueva centuria que ha empezado, con la angustia de miles y miles de personas que luchan por vivir y quedarse entre las tapias diseñadas por arquitectos funcionales, casi todos agarrados al poder, por encima de la belleza de las formas  que dan a las ciudades su rostro urbano.
Escucho las suaves censuras de los que, desde abajo, asisten con las manos atadas y las bocas selladas, a la imperante corrupción de todos los modos y vivencias posibles, y el personal se calla y yo no entiendo nada. 
Y mientras los pueblos se quedan desterrados y vacíos de gentes y justicia,  continúan las tretas de los facinerosos.
¡Oh dolor y miseria de los pueblos dolientes de la tierra!  ¿Hacia dónde te llevarán los poderosos con sus túnicas  revestidas de oro? que siguen mostrando en los palacios y congresos donde se reúnen con su falsedad  descarada  y su atroz hambre de poseer la gloria en todos los pesebres y salones sin que importen los demás. 
Nada ha cambiado; todo es un regreso a las viejas moradas de las sociedades esclavizadas y manipuladas sin derechos. ¡Ay,  mis hijos!  Aquellos que les falta lo esencial para no arrastrarse por debajo de las mesas de todos los tiranos con cara de ángeles y actores de reparto en las pantallas a las que está sujeta y anestesiada la plebe, esa porción humana que todos ellos desprecian y manejan.

¡Oh tristeza! De que los pobres de la tierra no posean nada, ni siquiera el orgullo de saber que tienen que ponerse de pie y no andar de rodillas, arrastrándose para poder engullir las migajas de los manteles del poder. De cualquier poder: De todos. También de los que acusan a los que se sientan en las altas esferas de las naciones y países para erigirse en él, y sus seguidores, en los que empuñan el cetro y el látigo a la vez.
Se nos cayó el cielo del viejo comunismo con su grandeza en mensajes exentos de libertad y bienestar. Los que cumplimos décadas de vida, hemos asistido, y asistimos, al desahucio de bienestar donde las dictaduras de izquierdas no dan felicidad ni bienestar a los pueblos que los han gobernado y gobiernan. Allí, donde la libertad no deja ni entreabrir los labios para exhalar una queja. Allí, donde también hay diferencias de pobreza y riquezas. Allí donde las cárceles  no se dejan ver, ni la prensa escrita y hablada  puede decir lo que está mal o bien.
Se nos han caído los pilares de nuestra sociedad democrática envuelta en fraudes y corrupción. Gemimos, ante la inestabilidad económica, ante la violencia esgrimida desde demasiados sectores, asesinatos de mujeres, maltratos múltiples, aberración de inocentes, y las cuevas de los Alibabas de los tesoros bancarios.   

Dicen: ¡Ábrete, sésamo! y al descubrir las bandas de ladrones nos quedamos sin palabras, además de encueros. Escucho las palabras de los otros en los puestos de mercadillos y tiendas de pueblos y grandes urbes. Las escucho vocear con esa lastimada ironía de los que no tiene nada más que eso, su rabia y su asco ante los desalmados que sin un ápice de conciencia y ética se hicieron piña, todos unos e iguales, convertidos en consejeros y en sabios asesores, que aprendieron que poner la mano y guardarse el dinero era lo primordial. Y llegaron de la izquierda y de la derecha, de los sindicatos y de las cajas de ahorro,  esquilmaron y arrasaron con lo que no era suyo…

Nos han dejado sin honra y sin orgullo, porque nos engañaron con el circo del futbol  y la televisión, con los mercadillos medievales y la recuperación de las viejas tradiciones que no queremos volver a recuperar: Lavar en lavaderos y ríos, en pilones y artesillas, lavarnos el pelo con agua de ceniza y calentar el agua en la caldera para bañarse una vez por semana en una tina… por ejemplo. Arar con mulas y segar con las hoces en las manos. No, no queremos que vuelva ese pasado. Ni soñamos con perder lo que habíamos ganado.
Escucho las palabras de los otros y todavía me asombro de cómo soportamos la ignominia de que nos den cita para un médico para dentro de un año, de que se nos incrementen los impuestos, de que los robos y ocupas nos asalten en nuestra propia casa, de lo poco que importamos y no, nos enteramos, ni lo vemos. Escucho a los otros y sigo andando porque apenas si me queda un hálito de esperanza para creer que tendremos buenas leyes que nos salven de tantos desalmados.                                  



                                                                                                    Natividad Cepeda