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sábado, 18 de abril de 2026

Viaje en tren

 


Viaje en tren

Hacía casi tres años que no había vuelto a la ciudad del río Turia y, para llegar hasta ella, he viajado en tren. También hacía muchos años que no viajaba en tren y, al hacerlo en aquel Alvia, rápido y creyéndolo seguro, he comprobado que, cuando el camarero ha pasado arrastrando su carrito con ruedas por el centro del pasillo —en silencio, pero ofreciendo sus cafés y viandas— nadie, ningún pasajero, le ha pedido nada.

Después, una pareja de edad algo avanzada ha sacado una bolsa con recipientes herméticos de plástico y, tranquilamente, han saboreado su comida, compuesta de empanadillas y algo de fruta, bebiendo de una botella pequeña el agua necesaria.

El tren ha seguido su marcha sin apenas paradas y el paisaje ha cambiado, pues desde las tierras manchegas, que son castellanas, ha ido buscando bajar hasta el mar Mediterráneo. Ese mar que baña la costa levantina con olas suaves y luz diáfana.

El mar y Valencia fueron el primer mar que mis ojos vieron, cogida de la mano de mi padre; jamás lo he olvidado. Fue una experiencia difícil de definir: yo era una preadolescente nacida tierra adentro, que conocía el agua de las piscinas, donde nadar en los calurosos veranos era fácil, porque en esas piscinas no había olas ni sal que se metiera en los ojos. El mar, grande y profundo, me dejó en silencio. Y mi padre me dijo aquella frase de...

Cuando llegué al mar por primera vez tenía tres hijas y rozaba los cuarenta. Hice una promesa: si Dios me lo permitía, traería a mi esposa y a mis hijas para que también lo conocieran. Casi la he cumplido. Aún me faltan tus hermanas y, si Dios quiere, volveremos todos a pasar el verano: por primera vez juntos frente al mar.

Me quedé callada mirando el azul remoto de la línea del horizonte, por donde los barcos cortaban despacio la mañana. Sonaban sirenas a lo lejos y la brisa me movía el pelo con suavidad. Desde entonces, el mar me llama con su ir y venir, y yo lo escucho mientras camino descalza por la playa.

Valencia fue la primera ciudad grande que conocí después de Tomelloso y Ciudad Real. Era tan distinta que, al recorrerla en tranvía, me quedaba en silencio: calles, plazas, fachadas… todo parecía hablar un idioma nuevo. Iba con Leonor, hermana del representante valenciano con quien mi padre trataba aquellos negocios de trigos y harinas. Leonor y su hermano, Vicente, eran de clase media; la guerra del 36 al 39 les arrebató acciones, les dejó propiedades bombardeadas y les obligó a vender lo poco que pudieron salvar.

Vivían en un piso de la calle de San Vicente Ferrer y eran socios del Ateneo Valenciano, donde había salones de conferencias y un restaurante para comidas, cenas y meriendas. Si no eras socio, no podías pasar: era un mundo cerrado, de puertas discretas y miradas medidas.

Yo me quedaba con Leonor mientras mi padre y Vicente trabajaban. Ella me enseñaba la ciudad con un cuidado casi minucioso: edificios, leyendas, lo que la guerra había destruido… y, sobre todo, la riada de 1957. Cuando el Turia se desbordó, dijo, dejó muerte y ruina a su paso. Nos deteníamos frente a ciertas fachadas y Leonor señalaba la altura que alcanzó el agua. Todavía se distinguía: una sombra negruzca, como una marca vieja que los años sesenta no habían logrado borrar.

Luego merendábamos en la cafetería del Ateneo. Leonor saludaba a algunas señoras —educadas, distantes— y yo sentía que me miraban con un desdén leve, quizá imaginado, quizá real.

Con ella conocí una Valencia que ya no existe, o que solo vuelve cuando la recuerdo.

El tren me llevaba hacia Valencia y, al desfilar ante mis ojos los naranjos y las palmeras altas, dispersas sobre la tierra, los recuerdos volvieron como compañeros silenciosos de viaje, sentados a mi lado en el vagón.

Cuántos años han pasado, y cuántos seres amados han quedado atrás.

El ritmo del tren me hundía en aquellos días lejanos mientras el Mediterráneo, siempre querido, comenzaba a llamarme.

 

Natividad Cepeda

Fotografía de la web 

 


viernes, 23 de enero de 2026

Paisaje de la Ausencia

 

Voy sucumbiendo al declive de la tarde,
mendiga de una luz que en paz se apaga,
ante la casta desnudez del árbol
y esta desnudez humana que me embarga.

Campos de La Mancha, lienzos de bruma,
de nostalgia tejida y vecindad,
donde el silencio navega entre lloviznas
y un cielo de ceniza dicta su voluntad.

Mástiles de sombra, luces que agonizan,
tiñen de incierto el rumbo de la calle,
mientras el pulso frío del teletipo
derrama sus augurios en los móviles.

Clamo con un llanto seco, sin orillas,
por la siega de tanta muerte inútil;
y dejo el corazón abierto de par en par,
bajo el torrente de lluvia redentora.

 

Poema y Fotografía Natividad Cepeda©

viernes, 24 de octubre de 2025

 


Campo de Criptana ha dedicado una de sus calles a Dolores Martínez de Madrid conocida popularmente como Lola Madrid. Mujer emprendedora en tiempos difíciles, pionera y empresaria además de un referente cultural, conocida fuera de la Villa de los molinos. Defensora del Patrimonio de los molinos y ultima molinera de Campo de Criptana. Impulsó y dio a conocer a través de la Asociación Hidalgos Amigos de los Molinos de la que fue su presidenta durante casi 50 años a la Villa de los molinos a España entera a través de la Semana Cervantina. Mujer admirada y respetada por personalidades españolas y extranjeras. Para mí, amiga querida, a la que llevo en los pliegues del alma.

Agradezco a las autoridades de Campo de Criptana, a su alcalde Santiago Lázaro, haberme invitado al acto y descubrimiento de la placa que cuenta su trayectoria humana para que las futuras generaciones la conozcan como símbolo de la mujer manchega y criptanense.

Para ella mi poema “Lola Madrid, Señora de los vientos” con toda mi admiración y cariño.

 


Lola Madrid, Señora de los Vientos

 

Desde aquel cinco de octubre de dos mil veinticuatro

los campos de la Mancha guardan silencio.

Se ha dormido la voz de una Dulcinea,

brava y tenaz,

que supo ser mujer cuando serlo era desafío.

El corazón, anegado de mosto,

llora su ausencia entre racimos vendimiados,

y por la hoja de ruta que trazó con su vida

la conocimos, la admiramos,

como se admira la arcilla que el tiempo

ha moldeado en los postigos de la existencia.

Tú, Lola Madrid, que fuiste crisol de Aldonzas y Dulcineas,

que en tu pecho albergaste la pasión

de siglos y molinos,

en tu Campo de Criptana naciste,

y allí gastaste tu vida

como quien gasta el alma en cada paso.

Señora de templos y de fervores,

de sueños que giran como aspas al viento,

mostraste al mundo entero

la nobleza de tus molinos

en la Semana Cervantina,

y nos enseñaste a mirar la Mancha

con ojos de eternidad.

¿Cómo no recordarte, Lola Madrid?

¿Cómo no rendirse ante tu estampa?

Mirando tus molinos,

sabemos que tú habitas en ellos,

que nos llamas desde su danza perpetua,

y nos congregas en la paz serrana

de tu tierra blanca y azul.

Entre los zócalos criptanenses,

ángeles del cielo juegan contigo al escondite,

y tú, molinera de los vientos siderales,

ríes con ellos, envuelta en luz.

Te escribo a ti, serrana inmortal,

para que otras generaciones te conozcan,

para que tu carácter legendario

sea testimonio y llama

de tantas mujeres de la Mancha,

de Criptana, de la vida.

Que cuando giren las aspas de tus molinos,

nos convoquen no solo al recuerdo,

sino a la acción,

y que tu coraje y perseverancia

sigan girando con ellas,

mostrándose al mundo entero

como legado de una mujer que fue viento,

raíz, y horizonte de esta tierra amada.

Se nos durmió en silencio,

llevándose en sus ojos

la mirada cálida de octubre, y el sabor de uvas en gozo,

vendimiadas con sus manos, con su temple

y su memoria, queda en la tierra su paso

y en el viento, el paso de su historia.

 

Natividad Cepeda

 


Campo de Criptana 18 de octubre de 2025: fecha en la que Campo de Criptana le dedica una calle con su nombra a Lola Madrid. Dios la tenga en su gloria.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Carta a Don Quijote

 





A mi Señor: Don Quijote de la Mancha.

 

 

         Mi Señor Don Quijote:

                                             Habéis de saber que jamás tendré otro caballero que no seáis Vos. Lo reitero en esta carta que comienza sin fecha ni día, porque todo el amor me irrumpe como un campo de amapolas en mayo.

Todos saben que mi nombre es Dulcinea; dama de mi señor, al que también se le conoce como el Caballero de la Triste Figura, el mayor defensor de los oprimidos, el único idealista que no se cansa de cabalgar por encima del tiempo para imponer justicia allá donde no la hay. Vos, no ignoráis que solo nací para amaros y ser amada por vos. Sin vuestro nombre en mis labios mi existencia no tendría razón de ser. Los dos nos hallamos en el espacio sin tiempo terrenal, inermes ante la profunda sed de nuestro amor. Dicen los muchos viajeros que sois un loco echado a los caminos para desfacer entuertos, que de tan locura estáis lleno que se duda de mi existencia. Pero mi señor; los rumores de nuestro amor se extienden como polen y son muchos, -mujeres y hombres- los que nos envidian.

Tú eres para mi distancia y tiempo de geografía dilatada, y se condensa mi amor por detrás de la tarde y, fugitiva de lo que me rodea me interno en tu voz y en tu figura concreta y masculina. 

Así, te imagino cansado, detenido al repecho de un derrumbado hastial, mientras nuevos y jóvenes lectores dejan sus libros de texto y leen tus aventuras. Yo en estos días de comunicación desorbitada y febril, donde la prensa, destaca las muchas muertes de mujeres a manos de malos hombres, me refugio en tu conmovedor amor y cierro mis ojos para guardar dentro de mi soledad vuestra mirada. Me enamoré del azul transparente de las tardes manchegas hace ya mucho tiempo: dicen que la Mancha es un mar de llanura por donde los sueños navegan... así como perdida me quedo desmigando nuestros muchos naufragios, mirando la ciudad con los muchos rostros que en ella deambulan.

Todo cabe entre sus paredes y sus calles, el deseo de recibir una caricia sin testigos, así, frente a la tarde que adolece de luz. Y en el juego de luces crepusculares dejar que vuestra ausencia se desvanezca, y me asistan vuestras manos, su tacto y su temblor sentirlas por mi piel como una procesión de estrellas primerizas. Por eso ahora turbada, llena de eternidad y de misterio escribo esta carta empapada de tiempo. Tiempo cosido a tus aventuras, a la inmensidad de tus hazañas, a tu doliente grito enfrentado a tanto malandrín que puebla nuestro mundo, y nos mancha la dignidad, y nos ensucia la alacena cuando desde la televisión nos dicen que la sangre de un cuerpo de mujer a vuelto a oscurecer el sol.

Yo que solo por vuestro amor fui llamada bella, emperatriz y señora, princesa y dama a la que desde entonces cantan los trovadores y poetas, os escribo desde la niebla de los días, entre este jirón de vida que nos asiste, y nos hace coincidir en este nuevo siglo, para así demostrar que los milagros aún son necesarios y precisos, porque sin ellos el camino al futuro sería un triste funeral, una tumba donde ni la yerba crecería porque se me hiela la sangre ante tanta miseria y destrucción.

Mi buen amor, mi señor, don Quijote en estos días os digo que me siento como un ángel sin alas, roto, y cubierto de sangre que me llama y reclama, que os suplique, que, por Dios, vengáis de donde estéis a defender a tantas pobres mujeres maltratadas, ultrajadas, vejadas, violadas, asesinadas como si el fruto de aquella manzana primigenia aún nos pasara cuentas... Sé que solo vos, defenderéis a esas damas sin hacerles preguntas, sin repasar sus vidas, sin pensar que alguna se lo tenía merecido. ¿Oh, Dios! no sé, a las que ahora están amenazadas dónde podrán hallar cobijo. No lo sé, y me siento yo misma por ellas perseguida, y me duele la memoria de pensar en tantos nombres olvidados, y me tiemblan las manos cuando rezo por ellas...

Por eso mi señor don Quijote, os escribo esta carta, que sin fecha ni dirección os mando, para así calmar mi dolor y mi impotencia, y siento que por mis venas galopan el miedo y el dolor que junto a mi corazón llora por tanto amor asesinado. Cuando la recibáis, Señor Hidalgo, no dudéis en volver del más allá, las damas de hoy en día os reclamamos vuestra ayuda, y no es que todos los hombres sean malvados y perversos, no señor, pero algo de valentía y de coraje, sí que les falta para de una vez por todas acabar con tantas muertes y hacer causa común y no mirar para otro lado...

Venir mi amor para que dejen de haber ángeles negros en los labios que hoy hay sólo frío. Venir para dejar en las manos de las mujeres ramos de flores. Flores que sean recibidas por ellas, como tributo de amor, y no sean flores de mortaja y de adiós. Llegar para que esta arisca realidad termine, para que en la besana de la vida el luto no se convierta en algo cotidiano. De verdad mi Señor, que ahora más que nunca necesito vuestros brazos, dejarme abandonada en vuestro pecho, escucharos, hablar, y comprender, que la nobleza de la estirpe masculina aún persiste, porque quiero volver a amar y en el rellano de mi sangre no sentir la violencia de la muerte; sentir que el amor es poderoso y que gracias a él los buitres infernales del crimen se disipan.

                                                                             Al borde de vuestro amor y mi esperanza esta mujer a la que llaman Aldonza y Dulcinea os espera.

                                                                                       Natividad Cepeda

 

Febrero, mes de la fiesta del amor, del año de gracia de 2004: carta premiada en el Certamen de La Casa de la Torre de El Toboso(Toledo)

viernes, 18 de junio de 2021

Llovió en Tomelloso un diluvio en menos de dos horas y todo se encharcó

 


Estamos en junio y el calor cae sobre campos y pueblos con su manto de sopor y calima sobre personas y plantas. En ésta encrucijada de submeseta sur, la orografía es poco accidentada y la altitud ronda los 700 metros sobre el nivel del mar. La mayor unidad geográfica de la Meseta Sur es la llanura de La Mancha, una gran comarca natural que se extiende por buena parte de las provincias de Ciudad Real, Albacete, Toledo y Cuenca.

Tomelloso, es donde resido y de donde procede mi familia desde hace siglos la mayoría de ellos, aunque también tengo por línea materna un abuelo nacido en Argamasilla de Alba y su madre nacida en Daimiel, todos ellos con apellidos lejanos en el tiempo desde la Reconquista castellana a los árabes. Tomelloso está situado en el mismo centro de la comarca manchega con  660 metros sobre el nivel del mar. Tenemos  clima mediterráneo continental por lo que  es frío en invierno y muy caluroso en verano. La lluvia es escasa sobre todo en las últimas décadas dándose el caso que en ocasiones las tormentas caídas nos anegan y destruyen cultivos,  nos inunda el pueblo, mucho más desde que las construcciones actuales y alcantarillado se olvida de estos fenómenos atmosféricos. Estamos enclavados en el extremo nororiental de la provincia de Ciudad Real, en la comarca natural de La Mancha a una altura de 660 metros sobre el nivel del mar.

El clima nos he hecho duros y soportamos el calor y el frío con el estoicismo de quienes habitan su tierra prometida y por ella luchan y perduran sin desanimo alguno. En mi infancia cuando las tormentas descargaban agua  las calles buscaban su corriente natural hacia la salida del pueblo; en una de ella, que por entonces se llamaba calle de Las Huertas, al principio y al final había en el centro tres hitos de piedra por donde cruzábamos por encima del agua de la calle que era similar al cauce de un río turbio. En otra calle principal las aceras estaban tan altas que en una de sus esquinas había tres escalones evitando así que el torrente inundara casas y cuevas. En la plaza  del pueblo, grande y redonda, se ponían bancos de madera para cruzar por ellos sin miedo a naufragar en las aguas vertidas de las nubes.


Para mí y todos los niños aquella era una aventura maravillosa y hasta hacíamos barquitos de papel  viendo cómo se alejaban navegando en aquellos ríos urbanos que eran nuestras calles. El alcantarillado nos privó de aquellas peripecias y al dejar las calles a la misma altura que el acerado surgieron los problemas de inundaciones en sótanos y garajes, cuevas y hasta en edificios emblemáticos como es la Posada de los Portales ha llegado la última inundación de hace unos días. Nos preguntamos el porqué de todo estos desastres ahora que tenemos especialistas en urbanismo ocurre estos desastres y, anteriormente cuando éramos más pueblerinos y teníamos menos concejales y funcionarios especializados no pasaba nada cuando llovía.

Algo falla en nuestra sociedad avanzada tan orgullosa de sus logros. Antes, los ancianos del lugar, hombres y mujeres, nos narraban donde  se hallaban los humedales manchegos y por donde fluían las corrientes naturales  subterráneas. Antes, se envejecía rodeado del cariño familiar  y había tiempo para niños y viejos. Antes, no íbamos al psicólogo ni al siquiatra con tantísima frecuencia como ahora; nos faltaba el Internet y el móvil, los viajes a Punta Cana y a las pirámides de Egipto, la Sesta Avenida de Nueva York solo la veíamos en las pantallas del cine. Algo está fallando en nuestros entornos se habla y se escribe del cambio climático pero casi nadie sabe situarse para conocer los cuatro puntos cardinales de su ciudad.

Ocurrió el pasado 5 de junio de 2021 el cielo encapotado descargo agua  más de 70, 80 y hasta 90 litros por metro cuadrado, dicen que un 30 o un 40 por ciento de lo que llueve ahora al año. Los bomberos y Protección Civil, policía y vecinos no eran suficientes ante las incidencias provocadas por la tromba de agua: después llegó la calma y los afectados limpian y reparan los daños causados con la inseguridad de que se vuelva a repetir en cualquier otro momento de cualquier día del verano.


Los niños van al colegio, los adolescentes a los institutos y muchos  jóvenes a las universidades pero ignoran donde están ubicados, de donde proceden sus antepasados y cómo actuar ante las inclemencias del tiempo. Algo está fallando en nuestra sociedad avanzada cuando a las nuevas generaciones no se les prepara adecuadamente para vivir y sobrevivir ante conflictos naturales. Tomelloso no es una excepción hechos similares vienen ocurriendo en otros puntos de España y desgraciadamente se repiten y nos aguantamos como si lo ocurrido fuera normal cuando no lo es. En la memoria de los pueblos  quedan las fotografías y películas de videos de estos sucesos, luego se olvidan y seguimos instalados en esta cobertura  antinatural que nos engulle sin reparar en ello y, sin exigir a los responsables que no vuelva a repetirse.

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

lunes, 22 de agosto de 2016

El adiós de los pájaros

 Contemplo la amplitud  extendida ante mis ojos trazados por alguien invisible que me inunda y me transporta al infinito  de ese Dios que busco  y que en tantas ocasiones ni entiendo ni comprendo.
Abro mi ignorancia a ese día abierto  al resurgir a la vida después de la oscuridad de la noche; después de tanto llanto  servido con lágrimas derramadas en las antesalas de los templos, en las faldas de montes conocidos y en valles cultivados desde siglos.
En esa travesía del día y su amanecer virginal y perpetua presiento la metralla de las campos en guerra, de los techos derrumbados en pisos bombardeados por donde asoman tragedias repetidas entre la ausencia de misericordia y de esperanza.
Al fondo del horizonte  se queda detenida mi alma, sin otra voz que  la de un sonido terrestre, sin ríos y sin mares, sin selvas, ni humedales, sin el vuelo cantarín de golondrinas y vencejos porque se han marchado sin yo percibirlo desde hace escasas horas. Y mis ojos buscan su presencia en el cielo infinito que se pierde a lo lejos.
Dialogo con mi silencio y esta soledad que pasa y siento  al no escuchar  el canto de la melodía de las golondrinas. Estoy en este pueblo que es el mío tan singular en recomponerse y buscar permanecer de pie o de rodillas, cuando por circunstancias cruciales lo necesita.  Estoy aquí acompañada de ese dolor  de rienda inútil  que me deja el ver pasar hombres de piel negra y brillante hablando con los móviles en una lengua que desconozco, de esos que nos dicen que huyen de las guerras, de las masacres del terror  sin otras alas que volar a esta Europa que se pierde en sus idas y venidas de consejos de gobernantes y entresijos sin remediar lo que nos atañe a sus habitantes.
Me turba la luz de este día como si el amanecer tuviera en sus luces difusas alas invisibles de seres que nos cruzan y nos miran sin que yo los vea y sí lo siento. Desde mi lejana infancia cuando había ese silencio que nos deja pequeños escuchaba decir a mis ancianos que entonces era cuando pasaba un ángel,  o se iba un alma al otro mundo. Cosas de viejos, dirán los enganchados en las tablees  y el móvil…
Busco en este amanecer manchego el vuelo del vencejo  por los aires, su  poca admirada habilidad por los humanos, para elevarse hasta la cúspide del cielo sin cansarse. Escudriño los cielos azules con esa capa de calima tempranera, los grupos de golondrinas y aviones, sus sonidos que anuncian que están vivos, su resistencia a  volver un año y otro al nido que dejaron vacío, aunque en muchas ocasiones esos nidos han sido destruidos por  obras urbanas, porque somos tan ignorantes que no cuidamos esas colonias que nos libran de tanto insecto molesto y peligroso.
No veo en este amanecer su estela oscura por el cielo, ni pasar por la calle con su ruido de voces chillonas y armoniosas que me dicen que  para ellos la vida es volar a pesar de todos los inconvenientes,  al pensarlo, en este cementerio de vanidad mediocre donde los picaros abundan desde los políticos que en esta España no se ponen de acuerdo para  ser gobernados, los unos por los otros, y terminar de marearnos con ir a depositar papeletas en urnas que nos saben a chifla y una broma pesada que no termina nunca… 
Se me encoge la voz  en esta madrugada por donde los cohetes aguardan ser disparados al paso de reinas y reyecitos, de princesas y madrinas de ferias patronales donde, sin apurarse, siempre hay alguien que escribe en contra de esta farsa de fe, como si a estas alturas de la Historia no supiéramos que a casi nadie le importa el patrón o la patrona en cuyo nombre se dice celebrar esa feria.
Y mientras tanto  al salir a la calle siento que estoy dentro de esta torre de babel indecisa donde los gobernantes nos dicen con la boca muy chica, que hay que ser solidarios, jamás xenófobos, y generosos con los que nos han llegado de mares extraños y países  que nada aportaron para salir del bache en el que nos han metido nuestros amados políticos.  
Sí, los que estamos aquí generación tras generación aportamos nuestro esfuerzo diario sin ayuda ninguna, pagamos impuestos altísimos, carecemos de vacaciones y, cuidado con no asumir lo que las leyes dictan,  porque nos pueden dejar sin justicia por aquello de que  no merecemos nada, salvo trabajar y ahorrar para pagar a unos y a otros  sus  muchas necesidades.
No puedo volar como los pájaros y siento que los dioses  que presumen de no tener ni Dios ni moral, me han cargado de cadenas. Progresar, es al parecer, hacer esta travesía de perder dignidad  entre el falso perfume de palabras vacías y proclamas de evangelios cívicos por donde nuestra ruina crece y crece cada día.  Hoy me pasa el silencio de no escuchar el canto de los pájaros y comprobar que se han ido, quizá porque me faltan alas para salir de este atolladero.

                                                                                                               Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda

  

lunes, 27 de julio de 2015

La voz de los almendros

 Dulcinea, mito y leyenda convocada
para encontrar la dicha. Torre de amor
incendiada  de luz. La que cantan los niños.
La que derrama infinita  paz sobre su aldea.
Hermoso jardín de un hombre en su otoño.
Por tu amor se hizo vagabundo.
Ausente de su origen, con su triste sonrisa,
confesó sin rubor amarte,
y se hizo peregrino del Toboso siglo a siglo.
Dulcinea,  te llamó;princesa de agua y miel.
Surtidor de esperanza,
cielo y santuario del ideal soñado que silba
rauda por esta geografía cual primitiva música.
Te busca el caballero,
temblándole los huesos al soñarte.
Te convoca con su frágil figura
de misterio para besarte, cuando el horizonte
se corona de rojo y prorrumpe como un destello
de amapolas fugaces  por tu casa y tu pueblo:
Cabalga bordeando paredes y veredas
con el ansia prendida  en Rocinante
a buscar de tus labios,el amor arraigado que no cesa.
Llovizna por la Mancha,  moja al Hidalgo
que a galope construye un sueño en el paisaje.
Piedra filosofal
y mar de amor es don Quijote,
silencio virgen que aroma a los amantes, cósmico 
y azul cabalgando entre pozos, viñas y sembrados
en busca del Toboso eternamente.
Y Dulcinea en éxtasis lo espera. Rumorosa lo llama:
Ven  amor, ven hasta mi aldea, besa mis manos
y mis ojos,  mi boca de lumbre y toda mi envoltura…
Ven, repiten los almendros en un rito de amor no concluido.


                                                                                                     Natividad Cepeda



Poema del libro "Dulcinea, flor de ocho pétalos" presentado  en  El Toboso 27/04/2015

Arte digital: N. Cepeda

martes, 31 de marzo de 2015

POR LAS VIEJAS PAREDES


                     











Cubre  el silencio la casa cada noche cuando la luna sale
a mirar en el patio los aperos, allí  arrinconados,
que palpan el vacío y la melancolía de un ayer y su historia.

Por las viejas paredes las sombras alzan su denso desvarío
entre tantos recuerdos que regresan heridos de añoranzas.
Vuelven las minúsculas partículas de algún sueño imposible
a posarse en las trébedes de añeja remembranza. En la trilla,
que se quedó sin  sus zagales, sin sus niños morenos
que olían a verano y a polvo, a ese polvo de paz de los caminos.

Por la noble cocina, en la noche, parece  que el aroma del queso
y los apaños de la matanza hecha por San Andrés, envuelve
la amplia estancia, desde las vigas, a las orzas, de panzas
estragadas;  y en el fuego, los leños que no arden,  con su mutis
de siglos, cree alojar en el humero de la ancha chimenea
los chorizos que secan, y la negra morcilla que gotea su grasa.

Todo queda callado y, sin embargo, en la artesa si se escucha
ese susurro que la gente confunde con silencio.
Se perciben las manos que amasan el pan,
como la masa es volteada al aire
aunque nadie se ve por las estancias ni por los rincones.
                                                                       
Luna de abril en El Toboso al borde de unos ojos de viento.
El viento que si conoce la vieja leyenda de un amor amable
y tan dulce como la miel de las colmenas de alto monte.
Alto como el olivar azul que mece entre sus ramas a la luna.

La casa tiene un corazón doblado en sí mismo que se expande
por la geografía del término del pueblo, y que late, 
aguardando por detrás de los campos labrados 
que vuelvan golondrinas a los nidos vacíos de los viejos tejados,
que presagian en vilo la ternura que envuelve los muros,
y el matiz de hermosura que el tiempo ha retenido
latiendo entre los días y las noches.

                                                                                                Natividad Cepeda   



Poema del libro  “Memorial de amor y leyenda” Editorial Hipálage

                                                            
Arte digital: N Cepeda