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viernes, 24 de octubre de 2025

 


Campo de Criptana ha dedicado una de sus calles a Dolores Martínez de Madrid conocida popularmente como Lola Madrid. Mujer emprendedora en tiempos difíciles, pionera y empresaria además de un referente cultural, conocida fuera de la Villa de los molinos. Defensora del Patrimonio de los molinos y ultima molinera de Campo de Criptana. Impulsó y dio a conocer a través de la Asociación Hidalgos Amigos de los Molinos de la que fue su presidenta durante casi 50 años a la Villa de los molinos a España entera a través de la Semana Cervantina. Mujer admirada y respetada por personalidades españolas y extranjeras. Para mí, amiga querida, a la que llevo en los pliegues del alma.

Agradezco a las autoridades de Campo de Criptana, a su alcalde Santiago Lázaro, haberme invitado al acto y descubrimiento de la placa que cuenta su trayectoria humana para que las futuras generaciones la conozcan como símbolo de la mujer manchega y criptanense.

Para ella mi poema “Lola Madrid, Señora de los vientos” con toda mi admiración y cariño.

 


Lola Madrid, Señora de los Vientos

 

Desde aquel cinco de octubre de dos mil veinticuatro

los campos de la Mancha guardan silencio.

Se ha dormido la voz de una Dulcinea,

brava y tenaz,

que supo ser mujer cuando serlo era desafío.

El corazón, anegado de mosto,

llora su ausencia entre racimos vendimiados,

y por la hoja de ruta que trazó con su vida

la conocimos, la admiramos,

como se admira la arcilla que el tiempo

ha moldeado en los postigos de la existencia.

Tú, Lola Madrid, que fuiste crisol de Aldonzas y Dulcineas,

que en tu pecho albergaste la pasión

de siglos y molinos,

en tu Campo de Criptana naciste,

y allí gastaste tu vida

como quien gasta el alma en cada paso.

Señora de templos y de fervores,

de sueños que giran como aspas al viento,

mostraste al mundo entero

la nobleza de tus molinos

en la Semana Cervantina,

y nos enseñaste a mirar la Mancha

con ojos de eternidad.

¿Cómo no recordarte, Lola Madrid?

¿Cómo no rendirse ante tu estampa?

Mirando tus molinos,

sabemos que tú habitas en ellos,

que nos llamas desde su danza perpetua,

y nos congregas en la paz serrana

de tu tierra blanca y azul.

Entre los zócalos criptanenses,

ángeles del cielo juegan contigo al escondite,

y tú, molinera de los vientos siderales,

ríes con ellos, envuelta en luz.

Te escribo a ti, serrana inmortal,

para que otras generaciones te conozcan,

para que tu carácter legendario

sea testimonio y llama

de tantas mujeres de la Mancha,

de Criptana, de la vida.

Que cuando giren las aspas de tus molinos,

nos convoquen no solo al recuerdo,

sino a la acción,

y que tu coraje y perseverancia

sigan girando con ellas,

mostrándose al mundo entero

como legado de una mujer que fue viento,

raíz, y horizonte de esta tierra amada.

Se nos durmió en silencio,

llevándose en sus ojos

la mirada cálida de octubre, y el sabor de uvas en gozo,

vendimiadas con sus manos, con su temple

y su memoria, queda en la tierra su paso

y en el viento, el paso de su historia.

 

Natividad Cepeda

 


Campo de Criptana 18 de octubre de 2025: fecha en la que Campo de Criptana le dedica una calle con su nombra a Lola Madrid. Dios la tenga en su gloria.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El último tren

Un día cuando yo creía que los sueños se hacían realidad pedí una entrevista a un alcalde.  En mi país todavía no había eso que llamamos libertad y democracia y el redactor del pequeño periódico donde yo publicaba mis entrevistas me dijo que nos meterían a todos en la cárcel si publicaban aquella entrevista. Yo, segura de mí misma le contesté que solo yo era la responsable de lo que se publicara y el bueno del redactor me miró por encima de sus gafas y con media sonrisa de asentimiento me dijo que de acuerdo, que se publicaría.
Días antes  recibí una llamada de teléfono concediéndome la entrevista con el alcalde. Cuando me abrieron la puerta de su despacho, inmensa y alta yo sentí que me diluía entre sus maderas nobles y al pisar el primer trozo del pavimento creí que me tragaría la tierra.  Sentado al otro lado de la mesa el corregidor, grande en volumen físico, me miraba entre bonachón y con una pizca de humor, casi imperceptible, en el fondo de sus ojos. Con un ademán de su mano me invito a sentarme enfrente de él y me saludó dándome los buenos días llamándome por mi nombre. El tema era preguntarle el por qué, se llevaban el tren de mi pueblo. Y sin inmutarse me dijo que a nadie le importaba si el tren desaparecía. Yo, insistí, alegando que el ferrocarril era la mejor vía de comunicación y que creía que prescindir del tren era un error que pagaríamos en el futuro.  El alcalde, sonrió e impasible me dijo que el tren, solo me importaba a mí. ¿Sabes, me dijo, que ninguno de nuestros vecinos ha venido a preguntarme por qué se quita el tren? Extrañada sostuve su mirada y solté aquello que yo había escuchado aquellos días en tiendas y corrillos de la plaza: la gente dice que como usted obtiene beneficios con el coche de línea que va a Madrid no le interesa mantener el tren. La sonrisa se hizo mucho más amplia y sin embargo su mirada dejó de ser alegre. ¿Yo, beneficios con trasporte público, quien dice esa patraña?  Todos, le contesté. ¿Y tú no ignoras cual es mi profesión, verdad? No, le contesté, usted es pediatra. Vaya, pensé que lo habías olvidado, me dijo algo molesto. No, no lo he olvidado, pero un alcalde tiene el deber de defender a su pueblo y parece que a usted no le interesa ejercer esa defensa. El alcalde se echó hacia atrás hasta dar en el sillón con su espalda y  se quedó callado mirándome como si yo no existiera. Luego serio me preguntó ¿Todo eso que dices lo vas a escribir en tu entrevista? Sí, le contesté sin titubeos. Y él, serio me dijo: ¿Que te importa a ti si hay o no hay tren en el pueblo, cuando tu viajas en el coche con tu padre? Algo allá adentro de mi estómago empezó a removerse y sentía la necesidad de salir de aquella habitación y escapar de aquella mirada que me escudriñaba con suma atención. Por un momento el silencio pesaba entre las cortinas de terciopelo verde y la mesa del despacho que se agrandaba hasta el infinito queriendo escapar por el balcón que tenía a su espalada el alcalde, desde donde llegaban los ruidos y voces de la plaza grande y redonda de mi pueblo. Sonó el reloj de la iglesia, porque el del ayuntamiento llevaba un tiempo mudo, decían que estaba algo escacharrado y sin saber cómo le pregunte sin respirar… ¿y el reloj tampoco lo piensa mandar a arreglar? Me pareció que en su mirada algo había cambiado, pero firme me dijo aquello de ¿Cuándo fue la última vez que subiste al tren? No lo recuerdo, creo que desde la vendimia pasada que fui con mis abuelos a Ciudad Real a que la viera don Javier Paulino a mi abuela, por aquello de su corazón enfermo. Pero  aunque no suba mucho en el tren, no quiero que se vaya del pueblo, es donde mejor voy y es el medio de transporte público que más me gusta. Ya sé que el tren nuestro es viejo, y hecha mucho humo, pero un pueblo sin tren es algo así como si ese pueblo se estuviera muriendo. Y de nuevo el silencio se aposentó en los sillones y solo se escuchaban a los gorriones ir y venir en los árboles de la iglesia.
La entrevista se publicó en un periódico que hacíamos fotocopiado los jóvenes bajo el nombre de “Iglesia en Tomelloso” con mucho miedo por parte del pobre cura que lo realizaba y que me dijo; anda que en buenas nos has metido si se enfada el alcalde con todo lo que has escrito. Pero el alcalde no se enfadó y nadie prestó atención a aquella entrevista escrita por una joven de dieciséis años que no quería que el tren dejara de llegar hasta su pueblo.
Años después comprendí que aquel alcalde fue el único que me comprendió y que si no detuvo la marcha del tren  fue porque cuando yo suplique por él, ya no interesaba a nadie. Años después las vías se arrancaron y yo sentí que algo dentro de mi alma también me arrancaban de cuajo. Sí, decir arrancar de cuajo en mi pueblo es tanto como afirmar que lo que perdemos no volvernos a recuperarlo jamás. Y así  ha  sido hasta hoy donde seguimos sin tener tren.


                                                                                        Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda

sábado, 24 de agosto de 2013

La reina de la feria de Tomelloso


                              
Amanece dejando en el cielo el último resplandor del lucero del alba. Por la calle se escuchan pasos y trajín de ir y venir de gente y de coches. En verano, sobre todo en los fines de semana, al amanecer, rezagados y con aire de cansados los grupos de jóvenes regresan de vivir la noche. Las chicas, muchas de ellas andan descalzas llevando en sus manos los altos zapatos de tacón. Con zapatos y sin ellos son bellas mujeres a pesar de las ojeras y el aleteo del sueño meciéndose en sus parpados. Pero esta madrugada los pasos de los callejeros suenan diferentes. Son pasos alegres, ligeros y diáfanos como queriendo llegar cuanto antes a su destino. En la calle algunas golondrinas que aún no han emigrado pasan veloces por la franja del cielo azul de la calle. Es 15 de agosto y Tomelloso se remueve al son de las fiestas anuales de la feria. Las vacaciones de los tomelloseros, mayoritariamente se cogen para la feria. Es un descanso deseado. Los más atareados son los agricultores con la premisa del melón y la preparación de la vendimia, pero también la festejan a pesar de madrugones por la faena y en muchos casos, demasiados, por los robos en pozos y motores, melonares y aperos de labranza que para los dueños de lo ajeno de todo lo robado se saca euros. 

A lo lejos se empieza a escuchar rumor de voces: voces en gorjeo humano, sin estridencias y al son de las voces tintineo suave de campanas mecidas al donaire del un suave balanceo. Luego, de pronto, rompiendo la fresca mañana suenan  trompetas  y tambores anunciando la entrada de alguien importante por las calles del pueblo. La comitiva se adentra rápida por la calle Socuéllamos, y a la mitad de la calle un hombre se adelanta con paso rápido a los demás… Se apresura, con gesto embriagado y satisfecho prosigue hasta llegar a la iglesia de la plaza. El templo de la Asunción de Nuestra Señora  ya está repleto de fieles, repican las campanas de la torre mientras vuelan los gorriones por árboles y el redondel exagerado de la fuente, acercándose poco a poco el murmullo de voces de la comitiva. A lo lejos se divisa la Señora portada por sus hijos. 
Las andas plateadas relucen con la luz de la mañana. En el templo iluminado espera el sacerdote la entrada de la Señora, ha caminado con ella desde el Santuario de Pinilla y por si acaso le fuera a faltar tiempo se ha ido adelantado para esperarla dentro del templo; don Matías Rubio Noblejas la conoce desde siempre, argamasillero de nacimiento con raíces tomelloseras, por aquello de tener abuelos comunes y por la cercanía de ambos pueblos. Apenas en sus labios se esboza  una leve sonrisa, aunque sí son sus ojos los que le delatan el amor a la Madre de Dios en cualquiera de sus advocaciones. 

Repican las campanas. A gloria dirían los de antaño, los que nos la trajeron al pueblo y nos la legaron llenos de esperanza en su milagro de fe. Los años transcurridos no han impedido que nadie le arrebate ser la Reina de la Feria. En su honor se hacen los festejos programados, y puntual, la primera autoridad del pueblo renueva su voto en nombre de todos los tomelloseros. Año tras año don Carlos Manuel Cotillas López, alcalde Presidente de Tomelloso lee su voto en medio de un calor sofocante a causa de estar el templo abarrotado de fieles. El alcalde la conoce desde niño, no ha necesitado ser político para pasar al templo, lo traían sus padres como algo natural, igual que lo llevaban al ferial y a la romería, y él, como todos los tomelloseros sabe, sin dudarlo, que la reina de la feria es la Virgen de las Viñas. Siempre lo ha sido en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis.
La feria se sustenta en Ella, al margen de la corona y el manto, lo importante es verla con el niño chiquito y chatejo, sosteniendo, cada uno de ellos, en sus manos los racimos de uvas blancas y  negras. Dios es así, cercano y sencillo  y por eso nos acogemos a su misericordia cuando nos quedamos sin puerto ni barcos donde anclar nuestros anhelos. Lo demás se ha ido cambiando, el ferial de lugar, los alcaldes de signo político se suceden, las modas en elegir reina y damas posaron a llamarse madrinas y se quitan cenas de gala o se vuelven a programar con pretextos diferentes porque no es fundamental para que se celebre la feria.
La miro pasar delante de mi casa y pienso, que al margen de la historia escrita hay otra historia que subyace en el alma por encima del tiempo.
La fe es intangible, es una emoción inenarrable, es la confianza que nos signa cuando imploramos ayuda y protección, incluso cuando la fe nos falta.
Miramos al cielo y nos sentimos pequeños. Virgen de las Viñas: Virgen de  Agosto, patrona de mi pueblo y de otros muchos pueblos, puestos bajo el cobijo de tu manto y de tu hijo; Reina de la Feria con corona y cetro que no necesitas, que te coronemos para verte hermosa, bella y soberana, madre y compañera de todas las madres del mundo; Señora del cielo, protege los campos y que la cosecha de la vid, llegue a los lagares por eso celebramos feria, lo demás son modismos, traca de un momento. Polvo del recuerdo.
             

                                                                                                                 Natividad  Cepeda

Publicado Diario Lanza 23/08/2013