Cubre el silencio la casa cada noche cuando la luna
sale
a mirar en el patio los aperos, allí arrinconados,
que palpan el vacío y la melancolía de un ayer y su
historia.
Por las
viejas paredes las sombras alzan su denso desvarío
entre tantos recuerdos que regresan heridos de
añoranzas.
Vuelven las minúsculas partículas de algún sueño
imposible
a posarse en las trébedes de añeja remembranza. En
la trilla,
que se quedó sin
sus zagales, sin sus niños morenos
que olían a verano y a polvo, a ese polvo de paz de
los caminos.
Por la noble
cocina, en la noche, parece que el aroma
del queso
y los apaños de la matanza hecha por San Andrés,
envuelve
la amplia estancia, desde las vigas, a las orzas, de
panzas
estragadas; y
en el fuego, los leños que no arden, con
su mutis
de siglos, cree alojar en el humero de la ancha
chimenea
los chorizos que secan, y la negra morcilla que
gotea su grasa.
Todo queda
callado y, sin embargo, en la artesa si se escucha
ese susurro que la gente confunde con silencio.
Se perciben las manos que amasan el pan,
como la masa es volteada al aire
aunque nadie se ve por las estancias ni por los
rincones.
Luna de abril en El Toboso al borde de unos ojos de
viento.
El viento que si conoce la vieja leyenda de un amor
amable
y tan dulce como la miel de las colmenas de alto
monte.
Alto como el olivar azul que mece entre sus ramas a
la luna.
La casa tiene
un corazón doblado en sí mismo que se expande
por la geografía del término del pueblo, y que
late,
aguardando por detrás de los campos labrados
que vuelvan golondrinas a los nidos vacíos de los
viejos tejados,
que presagian en vilo la ternura que envuelve los
muros,
y el matiz de hermosura que el tiempo ha retenido
latiendo entre los días y las noches.
Natividad Cepeda
Poema del libro “Memorial de amor y leyenda” Editorial Hipálage
Arte digital: N Cepeda
No hay comentarios:
Publicar un comentario