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sábado, 18 de abril de 2026

Viaje en tren

 


Viaje en tren

Hacía casi tres años que no había vuelto a la ciudad del río Turia y, para llegar hasta ella, he viajado en tren. También hacía muchos años que no viajaba en tren y, al hacerlo en aquel Alvia, rápido y creyéndolo seguro, he comprobado que, cuando el camarero ha pasado arrastrando su carrito con ruedas por el centro del pasillo —en silencio, pero ofreciendo sus cafés y viandas— nadie, ningún pasajero, le ha pedido nada.

Después, una pareja de edad algo avanzada ha sacado una bolsa con recipientes herméticos de plástico y, tranquilamente, han saboreado su comida, compuesta de empanadillas y algo de fruta, bebiendo de una botella pequeña el agua necesaria.

El tren ha seguido su marcha sin apenas paradas y el paisaje ha cambiado, pues desde las tierras manchegas, que son castellanas, ha ido buscando bajar hasta el mar Mediterráneo. Ese mar que baña la costa levantina con olas suaves y luz diáfana.

El mar y Valencia fueron el primer mar que mis ojos vieron, cogida de la mano de mi padre; jamás lo he olvidado. Fue una experiencia difícil de definir: yo era una preadolescente nacida tierra adentro, que conocía el agua de las piscinas, donde nadar en los calurosos veranos era fácil, porque en esas piscinas no había olas ni sal que se metiera en los ojos. El mar, grande y profundo, me dejó en silencio. Y mi padre me dijo aquella frase de...

Cuando llegué al mar por primera vez tenía tres hijas y rozaba los cuarenta. Hice una promesa: si Dios me lo permitía, traería a mi esposa y a mis hijas para que también lo conocieran. Casi la he cumplido. Aún me faltan tus hermanas y, si Dios quiere, volveremos todos a pasar el verano: por primera vez juntos frente al mar.

Me quedé callada mirando el azul remoto de la línea del horizonte, por donde los barcos cortaban despacio la mañana. Sonaban sirenas a lo lejos y la brisa me movía el pelo con suavidad. Desde entonces, el mar me llama con su ir y venir, y yo lo escucho mientras camino descalza por la playa.

Valencia fue la primera ciudad grande que conocí después de Tomelloso y Ciudad Real. Era tan distinta que, al recorrerla en tranvía, me quedaba en silencio: calles, plazas, fachadas… todo parecía hablar un idioma nuevo. Iba con Leonor, hermana del representante valenciano con quien mi padre trataba aquellos negocios de trigos y harinas. Leonor y su hermano, Vicente, eran de clase media; la guerra del 36 al 39 les arrebató acciones, les dejó propiedades bombardeadas y les obligó a vender lo poco que pudieron salvar.

Vivían en un piso de la calle de San Vicente Ferrer y eran socios del Ateneo Valenciano, donde había salones de conferencias y un restaurante para comidas, cenas y meriendas. Si no eras socio, no podías pasar: era un mundo cerrado, de puertas discretas y miradas medidas.

Yo me quedaba con Leonor mientras mi padre y Vicente trabajaban. Ella me enseñaba la ciudad con un cuidado casi minucioso: edificios, leyendas, lo que la guerra había destruido… y, sobre todo, la riada de 1957. Cuando el Turia se desbordó, dijo, dejó muerte y ruina a su paso. Nos deteníamos frente a ciertas fachadas y Leonor señalaba la altura que alcanzó el agua. Todavía se distinguía: una sombra negruzca, como una marca vieja que los años sesenta no habían logrado borrar.

Luego merendábamos en la cafetería del Ateneo. Leonor saludaba a algunas señoras —educadas, distantes— y yo sentía que me miraban con un desdén leve, quizá imaginado, quizá real.

Con ella conocí una Valencia que ya no existe, o que solo vuelve cuando la recuerdo.

El tren me llevaba hacia Valencia y, al desfilar ante mis ojos los naranjos y las palmeras altas, dispersas sobre la tierra, los recuerdos volvieron como compañeros silenciosos de viaje, sentados a mi lado en el vagón.

Cuántos años han pasado, y cuántos seres amados han quedado atrás.

El ritmo del tren me hundía en aquellos días lejanos mientras el Mediterráneo, siempre querido, comenzaba a llamarme.

 

Natividad Cepeda

Fotografía de la web 

 


martes, 10 de octubre de 2017

yo sigo siendo España

Allá, a lo lejos el mar mediterráneo. El mar con su música antigua de sollozos perdidos. El mar con cipreses hundidos  entre muchos idiomas. El mar con olas infinitas rotas y desgajadas por tantas soledades después de las batallas.  Se queja el mar y llama con su voz repetida a no jugar de nuevo con las vidas humanas.  Ay, mar Mediterráneo, madre de tantas vidas. Sepultura de razas que navegan  a ciegas. Ay, mar de Barcelona  soberbio en tus orillas, el que clama cordura y no es escuchado. Todo pasa y tú quedas lamiendo con tu lengua las playas que pisamos. Me pregunto ¿quién tiene la certeza de ser los elegidos para armar esas guerras de palabras obscenas? No quiero plañideras  que agiten sus querellas en favor de los clavan el odio en los demás. No quiero los que engañan prometiendo quimeras y acusan solo a unos y tapan las maldades de sistemas arto conocidos y extintos porque no dan ni fortuna ni paz. No, no quiero volver a señalar que la lengua es la causa de mantener poder por encima de la realidad colindante.  Yo solo soy distancia como un grano de arena que sucumbe en la playa pero que va y viene mecido por las olas. Eso somos nosotros, los vanidosos hombres  y mujeres que se erigen en ser libertadores; arena de la vida que pasa y se olvida.
Nací bajo la paz de mi casa y familia. Me dieron el legado de amar a los humanos y a nadie se les cerró la puerta por tener ideas diferentes. También me dieron el amor a esta tierra que nombramos con el nombre de España, y en ella me dijeron y mostraron, que cabíamos todos.  Y cuando solo era un proyecto de mujer cogida de la mano de mi padre vi el mar Mediterráneo y lo amé. Escuché hablar en valenciano y catalán y conviví con ellos jornadas compartidas de amistad y nadie me negó por nacer en Castilla. No hallé en sus moradas ni en sus físicos nada que no me fuera conocido, amaba como ellos, comía y reía respirando el aire que calentaba el sol: el mismo sol que cubre los cielos de la tierra, los pueblos de esta España que siempre se  desangra en pos de naderías y luego los poderosos y ambiciosos cuando se tuerce el carro se marchan y quedamos los que amamos cada rincón hermoso donde vivir en paz.
He visto otras banderas y pendones de antaño, cuando los reinos eran hervideros de horrores y también en Castilla podríamos armar esa marimorena de exigir lo que en tantas ocasiones no han robado y quitado, lo que nos siguen quitando en aras de otras tierras y callamos y pagamos impuestos y dejamos el alma en el terruño sin odiar a los otros porque todos somos hijos de esta España reseca y sedienta donde se acoge a otros mientras ignoramos  en muchas ocasiones a los nuestros.
Me duele la mentira. Me duele la tragedia de perder la energía de los separatistas, egocéntricos nulos en busca de la gresca. Me duele tanta estupidez en nombre de colgar una bandera con los mismos colores que la bandera nuestra. Franjas rojas como la sangre con las otras amarillas de sol. Un símbolo debe unir y no señalar el infierno cuando ya hemos conocido que solo la justicia es la que vale cuando todo se pudre en aras de los pueblos.  Hoy miramos Cataluña como esa loca desvariada que tira por la calle de en medio sin mirar  lo que pierde y nos sentimos engañados por que a esa Cataluña la mimaron dándole lo que a otras regiones le negaron. Regiones, provincias, pueblos al fin y al cabo de esta tierra bendita donde  hemos nacido. Y todavía dicen que el mar no sabe a llanto.  ¿Acaso no son las lágrimas saladas cuando todos lloramos?  Dice un refrán qué, ni pidas a quien sirvió ni pidas  a quien pidió. Cataluña ha pedido y siempre logro su dadiva. Y, lo que no se suda jamás es valorado.  
Dios nos valga para ese futuro que no tenemos claro. Yo sigo siendo España sin complejos ni culpas porque nadie me ha dado nada.  



Natividad Cepeda 

viernes, 6 de febrero de 2015

Leonor de Inglaterra Reina de Castilla de Miguel Romero

                     
Miguel Romero Saiz, es el autor del libro” Leonor de Inglaterra Reina de Castilla” libro interesante desde principio a fin por introducir al lector  en esa Castilla nuestra tan amada, y a la vez tan desconocida en sus gestas y logros. Nadie como el autor para introducirnos a leer su obra. Así fue como la noche el 22 de noviembre de 2014, en la que acompañé  y presenté a Miguel Romero, junto a Alberto Retana, Director de  La Voz del Tajo, escuché en una sala repleta de público del Parador Nacional de Cuenca, introducirnos a los que allí estábamos, a descubrir el valor del rey Alfonso VIII por reconquistar ciudades y tierras a los musulmanes, repoblarlas y dotarlas bajo la sombra de la cruz cristiana y del legado cultural de Occidente, junto al amor de su esposa, Leonor de Plantagenet; reina y madre, e introductora en Castilla de la lírica y los trovadores.
Mujer tan desconocida para la mayoría de nosotros, a la que tanto debemos todos los que amamos la poesía y la cultura. Impulsora e introductora de normas civilizadoras y cultivadas ayudando a la Orden del Cister y a la construcción de monasterios y catedrales, entre las que se encuentra la catedral de Cuenca.
  

Miguel Romero impregnó con sus palabras el regreso al pasado, que en definitiva es el contenido minucioso y exhaustivo en datos históricos de este libro, que cautiva al lector ávido de conocer la historia autentica desde donde venimos los castellanos.
Un libro que merece ser leído y tener en la biblioteca privada de cada uno, para acceder a leerlo pausadamente  con placer y emoción, de no ser así no estaría escrito por  este conquense de  Boniches y Cañete, Carboneras de Guadazaón, Motilla del Palancar, Cuenca… y  viajero por el ancho mapa del mundo llevando por equipaje su alma de ilustrado artista, ataviado de su amplia sonrisa y su mirada escrutadora. Porque  le urge mirar todo para ver  la vida que hay a su alrededor, y muchas otras vidas que incansablemente investiga y nos muestra en sus obras literarias, como todos los personajes de este libro que viven de nuevo para el lector.
Para  Miguel Romero los límites no existen. Algunos de sus comentaristas le han catalogado como un hombre del Renacimiento por abarcar actividades diversas; para mí es un escritor  que estudia con detenimiento los procesos históricos y las paradojas cotidianas, que él, trasforma en relatos,  novelas, ensayos, artículos y conferencias congregando en todo ello su saber y conocimientos.

Miguel Romero Saiz, es uno de nuestros escritores Castellanos-Manchegos sin otro artificio que el qué, da la tierra, con esa propiedad de quien conoce su naturaleza primera, que es el sello de donde se nace, y después de donde la persona; el Hombre, se hace y propaga en cuantos círculos sociales alcanza a conocer.
Cuenca, esa ciudad de cumbres y sierras encantadas, donde no soñar es imposible, este español, peregrino de vivencias por la tierra, ha escrito este  libro; uno más de su amplia bibliografía, que versa sobre la Historia de una mujer, “Leonor de Inglaterra reina de Castilla” esgrime  sus conocimientos de Historiador, narrador, ensayista y profesor en esta extraordinaria obra histórica. Su labor docente le ha hecho acreedor a los más altos reconocimientos, tanto por parte del Ministerio de Educación y Ciencia, como por las Instituciones académicas; así como por su labor investigadora, siendo Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia desde el año 2012. El año 2014 le ha deparado grandes emociones al recibir  títulos y distinciones que le llenan el corazón de encontrados sentimientos de gratitud difíciles de expresar, por el alto contenido de todas las distinciones, unas de lugares amados desde su infancia. Y otras, por lo que supone ser reconocido en países lejanos, y a la vez unidos por la cultura y las letras profesionalmente, en marcos todos ellos, que nos llenan de orgullo por ser recibidos por un insigne castellano-manchego  por su trayectoria profesional y humana en  Asociaciones de Castilla La Mancha de, Valencia, Madrid, Toledo, Barcelona, Chile,  conocen algunas de sus más de 34 obras publicadas.
Y su nombre  jalona bibliotecas y teatros de pueblos y ciudades.  Miguel Romero conoce la emoción frenética del investigador que emana de todo él, signándole con la catarsis de la fuerza creadora. Dicen, algunos, esos que no conocen la tierra castellana manchega, que esta tierra es pobre: ¿pobre?  Pues entonces, ¿de dónde nace tanta riqueza intelectual en sus hijos, en sus gentes? Si  para muestra hay que mostrar a alguien, háblenle de  Miguel Romero y su extenso badajee literario. Háblenle del hombre que viaja sin perder la sonrisa, y regalen libros de los que se encuentran en librerías y bibliotecas, porque no hay mejor embajador que la cultura para unirnos, y desde luego que Miguel Romero Saiz, es un noble embajador de todos nosotros allá   donde él, y sus obras se encuentren. Un libro siempre acerca a los lectores a indagar sobre su mentor ya que él, es el que nos guía por sus páginas.

 ” Leonor de Inglaterra Reina de Castilla” está dedicado “A Cuenca, mi ciudad encantada… /…y a las mujeres conquenses. / A mi esposa, Joaquina.
Antes del prólogo hay tres citas una de Chronica Hispana Saeculi XIII: otra de Rodrigo Jiménez de Rada, y la última de, Crónica de los Veinte Reyes. 

Almudena de Arteaga es la prologuista en el que explícitamente valora la figura femenina de la reina al afirmar: Fue una reina discreta en sus maneras que  apenas dejó rastro escrito, induciendo a la precaución a los historiadores rigurosos a la hora de evocarla de una manera más tangible, algo que Miguel ahora afronta. Quizá el haber sido hija de la gran Leonor o Ellinor de Aquitania y enrique II de Inglaterra y hermana nada menos que de los mundialmente conocidos Ricardo Corazón de León  o Juan sin Tierra la perjudicase. ¿Cómo semejante reina pudo pasar tan desapercibida? Esta obra es, en definitiva, la crónica más moderna. En ella Miguel Romero ha desmenuzado con ágil y docta pluma su vida después de mucho tiempo de investigación.

Leer este libro es evocar el medievo gracias a su autor y a nuestra imaginación.

El libro es de Colección: Historia Incógnita. Ediciones Nowtilus S.L. Madrid.


                                                                                                 Natividad Cepeda
                                                                                                                 

 Are digital: N.Cepeda
Publicado en Diario digital manchainformacion.com 5 febrero 2015