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viernes, 20 de febrero de 2026

La eterna barca de Caronte y las mujeres que la ocupan


La noticia que pasa inadvertida y el dolor que queda en quien lo sufre es la noticia que escuché hoy. Si, hoy, una vez más, la radio anuncia el asesinato de una mujer a manos de un hombre. La noticia llega desnuda, rutinaria. Dura unos segundos. Después, la programación continúa. Y es precisamente en ese después donde el dolor se vuelve más hondo: en el olvido, en la normalización de lo atroz.

No solo mata el crimen. Mata también la forma en que la sociedad lo asimila. Un nombre menos, un cuerpo más, una cifra que se suma a otras cifras hasta volverse nada, solo un ruido instantáneo.  Apenas hay gemidos ni asombro social por un asesinato más. Solo la repetición de una violencia a la que nos hemos acostumbrado. Y que ni escandaliza ni asombra.

Esta reiteración no es inocente. Es el síntoma de una sociedad degradada por el odio, donde la muerte parece la única fortaleza visible y la vida desciende, frágil, a esa barca de Caronte que transporta cuerpos al olvido del más allá. Cuando la violencia se vuelve cotidiana en una sociedad; en nuestra sociedad, la moral está rota y la indiferencia es esa agresión moral que carece de razonamiento ni dolor por las agresiones sociales.

Las mujeres seguimos viviendo en un reino incierto, advenedizo, donde lo imposible sigue siendo posible. Donde salir, amar o simplemente existir implica aún un riesgo que no debería existir. Ese saber nos atraviesa el cuerpo y nos hace temblar, no por debilidad, sino por tener conciencia de esta realidad.

Tiemblo —como un árbol herido por un huracán de miseria humana— no solo por la mujer asesinada hoy, también por las quince mujeres asesinadas en España en este 2026 sino por lo que revelan sus muertes: una sociedad que ante estos hechos pasa página. Frente a eso, escribir, es no olvidar, es una forma pequeña, mínima, de denunciar lo que sigue ocurriendo y revelarme por esta realidad. 

En Europa la tasa de homicidios ha aumentado, no solo de mujeres, hay países con tasas altas debido al tráfico de drogas y economías débiles debido en muchos casos a las consecuencias de emigraciones inadaptadas a la civilización occidental por lo que la pobreza derivada de ella son conflictos crecientes. 

En lo publicado en los países democráticos del mundo se comprueba que la tabla de criminalidad y acoso a la mujer ha aumentado de igual manera en otros crímenes. Se ignora la tasa de criminalidad y homicidios en mujeres en aquellos países donde no se publican los datos; no voy a enumerarlos, pero en el contexto global conocemos cuales son. 

En resumen, poco hemos avanzado en la protección de la mujer si sumamos los millones de mujeres en el mundo conocido y la forma de vida social que les toca vivir. Es este un tema no visualizado por estados y gobiernos donde la mujer carece de igualdad y donde el silencio y las leyes las oprimen y ocultan como personas invisibles sin derecho alguno. 

No ignoro que mis palabras se perderán en el río inmenso de los que se publica en redes internacionales, pero al menos serán un minúsculo grano de arena en la playa de la geografía mundial. 

Denunciar las injusticias es necesario a pesar de lo poco que vale la palabra alzada contra leyes inhumanas ejercidas desde el poder de los estados y la ausencia de prensa libre y escritores que se impliquen en hacerlo saber y denunciarlo. 

Natividad Cepeda


lunes, 16 de septiembre de 2024

Carta a Don Quijote

 





A mi Señor: Don Quijote de la Mancha.

 

 

         Mi Señor Don Quijote:

                                             Habéis de saber que jamás tendré otro caballero que no seáis Vos. Lo reitero en esta carta que comienza sin fecha ni día, porque todo el amor me irrumpe como un campo de amapolas en mayo.

Todos saben que mi nombre es Dulcinea; dama de mi señor, al que también se le conoce como el Caballero de la Triste Figura, el mayor defensor de los oprimidos, el único idealista que no se cansa de cabalgar por encima del tiempo para imponer justicia allá donde no la hay. Vos, no ignoráis que solo nací para amaros y ser amada por vos. Sin vuestro nombre en mis labios mi existencia no tendría razón de ser. Los dos nos hallamos en el espacio sin tiempo terrenal, inermes ante la profunda sed de nuestro amor. Dicen los muchos viajeros que sois un loco echado a los caminos para desfacer entuertos, que de tan locura estáis lleno que se duda de mi existencia. Pero mi señor; los rumores de nuestro amor se extienden como polen y son muchos, -mujeres y hombres- los que nos envidian.

Tú eres para mi distancia y tiempo de geografía dilatada, y se condensa mi amor por detrás de la tarde y, fugitiva de lo que me rodea me interno en tu voz y en tu figura concreta y masculina. 

Así, te imagino cansado, detenido al repecho de un derrumbado hastial, mientras nuevos y jóvenes lectores dejan sus libros de texto y leen tus aventuras. Yo en estos días de comunicación desorbitada y febril, donde la prensa, destaca las muchas muertes de mujeres a manos de malos hombres, me refugio en tu conmovedor amor y cierro mis ojos para guardar dentro de mi soledad vuestra mirada. Me enamoré del azul transparente de las tardes manchegas hace ya mucho tiempo: dicen que la Mancha es un mar de llanura por donde los sueños navegan... así como perdida me quedo desmigando nuestros muchos naufragios, mirando la ciudad con los muchos rostros que en ella deambulan.

Todo cabe entre sus paredes y sus calles, el deseo de recibir una caricia sin testigos, así, frente a la tarde que adolece de luz. Y en el juego de luces crepusculares dejar que vuestra ausencia se desvanezca, y me asistan vuestras manos, su tacto y su temblor sentirlas por mi piel como una procesión de estrellas primerizas. Por eso ahora turbada, llena de eternidad y de misterio escribo esta carta empapada de tiempo. Tiempo cosido a tus aventuras, a la inmensidad de tus hazañas, a tu doliente grito enfrentado a tanto malandrín que puebla nuestro mundo, y nos mancha la dignidad, y nos ensucia la alacena cuando desde la televisión nos dicen que la sangre de un cuerpo de mujer a vuelto a oscurecer el sol.

Yo que solo por vuestro amor fui llamada bella, emperatriz y señora, princesa y dama a la que desde entonces cantan los trovadores y poetas, os escribo desde la niebla de los días, entre este jirón de vida que nos asiste, y nos hace coincidir en este nuevo siglo, para así demostrar que los milagros aún son necesarios y precisos, porque sin ellos el camino al futuro sería un triste funeral, una tumba donde ni la yerba crecería porque se me hiela la sangre ante tanta miseria y destrucción.

Mi buen amor, mi señor, don Quijote en estos días os digo que me siento como un ángel sin alas, roto, y cubierto de sangre que me llama y reclama, que os suplique, que, por Dios, vengáis de donde estéis a defender a tantas pobres mujeres maltratadas, ultrajadas, vejadas, violadas, asesinadas como si el fruto de aquella manzana primigenia aún nos pasara cuentas... Sé que solo vos, defenderéis a esas damas sin hacerles preguntas, sin repasar sus vidas, sin pensar que alguna se lo tenía merecido. ¿Oh, Dios! no sé, a las que ahora están amenazadas dónde podrán hallar cobijo. No lo sé, y me siento yo misma por ellas perseguida, y me duele la memoria de pensar en tantos nombres olvidados, y me tiemblan las manos cuando rezo por ellas...

Por eso mi señor don Quijote, os escribo esta carta, que sin fecha ni dirección os mando, para así calmar mi dolor y mi impotencia, y siento que por mis venas galopan el miedo y el dolor que junto a mi corazón llora por tanto amor asesinado. Cuando la recibáis, Señor Hidalgo, no dudéis en volver del más allá, las damas de hoy en día os reclamamos vuestra ayuda, y no es que todos los hombres sean malvados y perversos, no señor, pero algo de valentía y de coraje, sí que les falta para de una vez por todas acabar con tantas muertes y hacer causa común y no mirar para otro lado...

Venir mi amor para que dejen de haber ángeles negros en los labios que hoy hay sólo frío. Venir para dejar en las manos de las mujeres ramos de flores. Flores que sean recibidas por ellas, como tributo de amor, y no sean flores de mortaja y de adiós. Llegar para que esta arisca realidad termine, para que en la besana de la vida el luto no se convierta en algo cotidiano. De verdad mi Señor, que ahora más que nunca necesito vuestros brazos, dejarme abandonada en vuestro pecho, escucharos, hablar, y comprender, que la nobleza de la estirpe masculina aún persiste, porque quiero volver a amar y en el rellano de mi sangre no sentir la violencia de la muerte; sentir que el amor es poderoso y que gracias a él los buitres infernales del crimen se disipan.

                                                                             Al borde de vuestro amor y mi esperanza esta mujer a la que llaman Aldonza y Dulcinea os espera.

                                                                                       Natividad Cepeda

 

Febrero, mes de la fiesta del amor, del año de gracia de 2004: carta premiada en el Certamen de La Casa de la Torre de El Toboso(Toledo)

viernes, 31 de marzo de 2017

A las hijas de la tierra silenciadas con luto en primavera

 Se ha vestido de luto la primavera  adhiriéndose al grito desgarrador de la muerte  y no bastan los minutos de silencio en las plazas ni los crespones colgados en balcones. Se derraman lágrimas en los ritos fúnebres anta la desnaturalizada acción de no poder asir las vidas que se han ido. Sufre el dolor ante la pregunta sin respuesta ¿por qué?
Y la oscuridad de lo ocurrido abarca  la inmensidad del macabro misterio. Un campo de criptas agrandado se esparce por nuestra piel hispana plagado de mujeres asesinadas. Pedromuñoz  y Campo de Criptana lloran en estos últimos días de marzo  por la muerte de una mujer-madre, sus dos hijos,  y por el supuesto culpable de las muertes, el marido y padre. Y en los pueblos y  campos hay sombras de tristeza  y la constante pregunta del por qué; que nadie puede contestar.
Me pregunto ¿hacia dónde camina esta humanidad ahogada en su propio  fracaso? ¿Qué males nos aquejan para el infanticidio de dos niños?
Calles de Campo de Criptana por las que he pasado admirando el primor y el arte de sus gentes. Calles y plazas  a la sombra de la belleza alzada de sus molinos en la sierra, adonde en tantas ocasiones he subido acompañada de la lealtad de mis amigos… Calles donde los niños que se han ido, han pasado y vivido, y ante esa presencia infantil inexistente  arrastro mi dolor sin artificio.
Calles y plazas de Pedromuñoz,  donde ensalcé  sus mayos y pregoné su feria; por donde la madre muerta  imagino vistió su reja y lució sus galas de manchega mayera. Las voces de los niños ahora son inaudibles al sonido del día  pero no extinguidas en el corazón de los que los amaron y recuerdan.
Lloramos con vosotros porque como dice la Biblia  en el  libro sagrado de  Eclesiastes,  hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para curar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; y un tiempo para llorar…  Ahora lloramos aun cuando el dolor y el llanto carecen de nombre ante tanto dolor en el umbral de estas muertes. Muertes que engloban la cadena de muertes de mujeres asesinadas y de sus hijos en España.
Rechazo el exceso de muertes. Cualquier asesinato  porque no existe razón para quitar la vida concedida por Dios a sus criaturas.
Y rechazo la confusión de las palabras que tratan de dulcificar lo que es amargo e inhumano: ¿violencia de género?  ¿O genocidio de mujeres en nuestro mundo civilizado?  Y niños indefensos  sucumbidos y suicidios casi a diario, cuando parece que nada falta.
Llamar a cada acto por su nombre probablemente nos evitaría caer en la arbitrariedad del capricho banal donde estamos sumergidos. Nuestra sociedad ciegamente sucumbe en un mundo insatisfecho a pesar de tener tantos logros conseguidos. Nos mesamos los cabellos como en las culturas más arcanas y lloramos vestidos de galas inservibles ante esta tragedia repetida de la muerte de mujeres y niños inocentes en nuestra sociedad  buenista y disculpadora de aberraciones y maldades.
Morir, matar, suicidios, ¿hacia dónde nos lleva esta ruta sangrienta?
 Dos pueblos lloran la muerte de sus hijos: dos familias  conocen la tragedia. ¿Hasta cuándo  los legisladores no se decidirán a cambiar las leyes contra el asesinato de mujeres y niños?  ¿Acaso no importa demasiado en nuestra sociedad masificada todas las mujeres asesinadas? Precisamente ahora que estamos comunicados e informados globalmente parece que es imposible  terminar con esta lacra tiránica. Asesinatos cometidos en todos los sectores sociales dese las elites hasta las clases populares, cometidos desde  sectores distantes de poblaciones desconocidas entre sí, pero que sí comparten cifras escalofriantes de mujeres muertas.
Estamos asistiendo a un genocidio sin advertirlo. Los que piensan que la mujer ha alcanzado altas metas actualmente se equivocan; sólo hay que constatar los puestos que ocupan en los puestos de responsabilidad desde los gobiernos mundiales a cualquier sector. Todavía el número de mujeres  es exiguo comparado con los nombres de hombres en la escala social.  Y hay muchos ejemplos que tenemos delante de nosotros sin querer verlos. Como se suele decir mucho ruido y pocos logros.
Nos queda la palabra, como escribió Blas de Otero, para seguir preguntando el porqué de tanto dolor inútil. Nos queda a los poetas la metáfora y el grito alzado para seguir recordando que la crueldad también existe en las esferas del poder cuando no se uscan los medios para salir de situaciones adversas.


           A las Hijas de la Tierra silenciadas



Ha bajado la lluvia  con tristeza a los viñedos
y  a tus ojos, que guardan  sombrías  mañanas
sin sol en tu retina cuando  tras los cristales
miras  las calles solitarias  como si de la ciudad
todos se hubieran ido.
                                          Llueve y tú caminas
en medio de ese llanto del cielo sin notarlo.
Llueve sobre pámpanas rojizas de  parrales
de uvas negras; sobre  cepas vacías de racimos
que  amamantaron con su savia las uvas 
convertidas en sangre de jaraíz  por los rincones
de la tolva. 
                         Te he visto  exhausta, arrancada
tu esperanza entre tus  labios  ajados  y marchitos,
como si la tormenta de la  vida  te hubiera
vendimiado el corazón y el  alma  para siempre.            
Hija de la tierra eres, mujer,  nacida sin macula
del vientre de tu madre, tú, la que abriste
tu mirada al color del arco iris  en la heredad
de tu tierra y de tu gente.
                                                Te dejaste en el alero
de tus labios, nombres amados,  junto al hombre
que te dejó herida,  llevándose  los manantiales
de tu sangre en la arboleda de tus  sueños
rotos.  Vencida  y  sin aliento,  dejas rodar
por las esquinas de tus huesos  cangilones
de mostos funerales.  Emigraron de tu mirada
los cuentos de princesas felices. Con el relente
se quebró  tu cintura vesperal de diosa  profana
en el  jardín de las mariposas muertas.

                                                   No debiste cruzar  
jamás el predio del goce pasajero. No debiste,
Hija de la tierra,  para no sucumbir ante el amor.
Lo hiciste, y a oscuras dejas caer la lluvia de tus ojos
por todos los dinteles  donde mueren a solas
otras  hermanas  tuyas.  Nadie besará tus heridas,
ni limpiará tus lágrimas.
                                           Nadie, salvo tú misma
remontará   el vuelo para encontrar otra tierra
de lluvia  mojada  de ternura  que te salve del odio.
Llámame cuando tus uvas sean lagar de vino nuevo.
Llámame para alzar mi copa y brindar por tu libertad
y  ver florecer en tus labios una sonrisa nueva.
                                                                         
                                                             
                                                                              Natividad Cepeda



 Arte digital: N Cepeda

viernes, 25 de noviembre de 2016

Muerte de mujeres en el mundo


Intentan que avance el tiempo grabando su derrota en las sombras entre los campos sin nombres enredados entre los labios callados. Se esparce el llanto  por el ombligo  de la noche, por entre la floración de semillas no deseadas. No hay sobre los cuerpos  rascacielos de besos ni  estrellas al fondo de los ojos. Mordió la muerte el agrio sabor del arrebato, de la terrible ruta del exterminio igual que hace mil años, dos mil años, tres mil años, cuatro mil años, cinco mil años por entre desiertos, por entre montañas, por ente playas y poblados, por entre celosías y castillos, por entre cabañas y áticos, por entre campos sembrados de trigo, por entre palmerales y zocos. Sí, no hay nada nuevo a las mujeres los hombres las han matado desde la noche oscura y tenebrosa de los tempos.
La espalda lacerada, la boca rota, la sangre manchando las baldosas, la cama, el baño, los prados, el bosque, las sábanas, el jergón, la salita, la mazmorra, el enlosado, la seda y la sarga hasta  el abismo está machado de sangre de mujeres. Todos los suspiros se enterraron. Todos los sollozos se olvidan. Todos los asesinos son perdonados. Por qué la piel se rasga, se acuchilla, se golpea, se tira por ventanas y acantilados, de trocea, se entierra, se quema, se esconde en basureros y terraplenes…Por qué.
No quiero lazos morados en mi ropa, en mi pueblo, en mi ciudad, en mi ordenador, en mi periódico en mi vida. No, no los quiero porque de nada sirven.  Para qué tanta parafernalia cuando se siguen desgarrando vidas, cuando mueren niñas y viejas mujeres violadas, maltratadas, olvidadas, vejadas, sentenciadas por esta sociedad mediocre y pusilánime, tan metida en su total buenismo de escaparate de móviles y pantallas de necedad absoluta. No, no quiero más símbolos inútiles inventados para acallar a las mesas y hacer que se sientan importantes portando lazos que de nada sirven ni valen.

Siento el bramido de la muerte en mi génesis de mujer. Lo siento desde la noche oscura de los tiempos.  Viene desde el sonido lúgubre de tambores machados de sangre entre danzas macabras. Sobre mí llevo esa música, ese dolor inacabado, ese morir sin pausa a través de miles y miles de años. Muere una mujer y el mundo calla. Hay un silencio de lazos morados que taponan el grito civilizado de la débil sociedad que se los pone y les eleva hasta un altar de estupideces.
Me estremezco cuando leo y escucho que una mujer ha sido asesinada. Y presiento que hay muchas mujeres que son asesinadas y nadie las reclama ni nombra. Tan, tan, tan, tan, tan, tan anuncian los tambores otras muertes: doblan las campanas y anuncian funerales. No me quedan esperanzas en esta sociedad amortajada de liviana sonrisa porque si yo no grito ni sollozo por tanta ignominia entonces, de poco valen los símbolos colgados ni el recordatorio de los maestros del engaño que nos manipulan para que nos callemos ante esas muertes de mujeres. 25 de noviembre es un día donde también se han asesinado a más mujeres en el mundo.   


                                                                                                                     Natividad Cepeda
Arte digital: N Cepeda

miércoles, 25 de febrero de 2015

El circo de los hombres “civilizados”

           
Seguimos en febrero. Un febrero que ya tiene almendros con flor temprana y desaforadas voces de hombres en su canción vergonzosa a favor del maltrato de un jugador de fútbol, Rubén Castro  que maltrató a su ex novia, y le corearon victoriosos como si hacer daño a una persona sea motivo de admiración y orgullo varonil. Circo de hombres civilizados en este nuevo siglo donde la violencia sigue existiendo en todos los lugares de la tierra.
En España más de medio centenar de mujeres han sido asesinadas en el año 2014. En este 2015 ¿cuántas serán las que mueran violentamente? Dicen que ya han sido asesinadas siete. Horror de horrores las miles de mujeres y niñas matadas en países bárbaros. Cifras que llegan engrosando estadísticas y muchas otras mujeres asesinadas que no suman sus muertes y quedan en el olvido.
Brota la sangre de la piel cosida a cuchilladas de mujeres que han caído abatidas por la mano del hombre. Y ante tan descarnadas muertes yo siento una tristeza irremediable. ¿Qué hemos conseguido? me pregunto después de tanta dentellada recibida desde los siglos  de antaño. Creía- y como yo otras muchas mujeres, que con las nuevas leyes todo sería más fácil. Llegué a pensar que el amor ya no sería ese pecado oscuro que nos hería la vida. Que el hombre ya no sería un extraño enemigo con el que hay que convivir cada nueva mañana, y por creerlo me sentí renovada, di por bueno tanta derrota de miles de mujeres que ni siquiera tienen historia que contar, porque el miedo les selló los labios. Son  muertes desparramadas de una miseria atroz, canalla, espeluznante, de hombres asesinos. Y ya no sé como cerrar la página de estos hechos macabros y siempre repetidos.
Apenas si siento un escalofrío por mis pechos desnudos al recordar sus muertes. El corazón de ellas lo siento en mi garganta, y ya no quedan lágrimas...
La libertad, esa atalaya a la que hemos ascendido dejando en el camino tantas huellas de mujeres anónimas, ¡qué cara está costando!  Estamos en febrero y sigue la matanza. Les ocurren- dicen los entendidos- por cohabitar con malos hombres. También, porque vuelven, con sus absurdas pretensiones, a los pobres hombres locos, y claro, ya no saben lo que hacen...
Mujeres audacia y sinrazón de la existencia.

Mujeres para acunar la vida en sus vientres, cambiadas como trueque, vendidas, vejadas, masacradas de todas las posibles maneras inventadas.
Mujeres, sexo rentable para el macho explotador, básico placer  que nunca cesa, princesa y ángel en la primera juventud, después mercancía barata y despreciada.
Habrá que replantearse que es lo que está pasando seriamente. Analizar por qué se está matando a la mujer de cualquier edad, de cualquier condición social, sin que hasta ahora sirva de mucho la sangre de estas víctimas.
Féretros de mujeres que se pierden en las tardes azules y se olvidan.
Odio, sangre y despojos de la mordedura letal del desamor.  ¿Cuantos ejecutores andan sueltos?  A veces la impotencia nos cerca y nos engulle aunque continuemos poniendo en nuestros labios un poco de carmín. A veces sentimos las entrañas apretarse y un alud de tristeza nos va inundando el alma. A veces yo siento que todavía a las mujeres no se nos mira como a iguales.

                                                                                              Natividad Cepeda



Arte digital: N.Cepeda