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jueves, 26 de marzo de 2026

Te miro y me pregunto

 


Amanece y escucho a las campanas llamando a laudes con el primer resplandor de la aurora. Estamos en marzo, en la semana que precede a la Semana Santa; nuestra conmemoración de pasión y muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Trae el aire aroma de los campos y el gorjeo de los primeros pájaros. Aún no han llegado vencejos y golondrinas, parece que esperan llegar cuando las imágenes salgan a la calle en procesión con los cofrades y su oración callejera en rito de bendecir con ellas las calles de los pueblos.

Tocan las campanas invitando a la oración a pesar del ruido de las prisas de la calle. Tocan y me conmueve su sonido ancestral y antiguo y con ellas me uno a mi fe y a los que me la legaron.

Rezo en silencio; bendita la luz del día y el Señor que nos la envía... y me dejo envolver en el amanecer mientras miro la copia del cuadro de Cristo Crucificado que pintor Diego Rodríguez de Silva y Velázquez hacia 1632 que preside mi dormitorio y elevo mi pregunta hacia Él diciéndole...

Te miro y me pregunto

¿Por qué tanto amor

por mí, Señor

si Tú sabías

que olvidaría

tu sufrimiento y muerte

en esa cruz de tu amor

y de mi olvido?

Te miro, Señor,

y te busco

para amarte, Señor,

y no olvidarte y ser

tu cirineo de amor

eternamente.

Natividad Cepeda©

viernes, 25 de noviembre de 2016

Muerte de mujeres en el mundo


Intentan que avance el tiempo grabando su derrota en las sombras entre los campos sin nombres enredados entre los labios callados. Se esparce el llanto  por el ombligo  de la noche, por entre la floración de semillas no deseadas. No hay sobre los cuerpos  rascacielos de besos ni  estrellas al fondo de los ojos. Mordió la muerte el agrio sabor del arrebato, de la terrible ruta del exterminio igual que hace mil años, dos mil años, tres mil años, cuatro mil años, cinco mil años por entre desiertos, por entre montañas, por ente playas y poblados, por entre celosías y castillos, por entre cabañas y áticos, por entre campos sembrados de trigo, por entre palmerales y zocos. Sí, no hay nada nuevo a las mujeres los hombres las han matado desde la noche oscura y tenebrosa de los tempos.
La espalda lacerada, la boca rota, la sangre manchando las baldosas, la cama, el baño, los prados, el bosque, las sábanas, el jergón, la salita, la mazmorra, el enlosado, la seda y la sarga hasta  el abismo está machado de sangre de mujeres. Todos los suspiros se enterraron. Todos los sollozos se olvidan. Todos los asesinos son perdonados. Por qué la piel se rasga, se acuchilla, se golpea, se tira por ventanas y acantilados, de trocea, se entierra, se quema, se esconde en basureros y terraplenes…Por qué.
No quiero lazos morados en mi ropa, en mi pueblo, en mi ciudad, en mi ordenador, en mi periódico en mi vida. No, no los quiero porque de nada sirven.  Para qué tanta parafernalia cuando se siguen desgarrando vidas, cuando mueren niñas y viejas mujeres violadas, maltratadas, olvidadas, vejadas, sentenciadas por esta sociedad mediocre y pusilánime, tan metida en su total buenismo de escaparate de móviles y pantallas de necedad absoluta. No, no quiero más símbolos inútiles inventados para acallar a las mesas y hacer que se sientan importantes portando lazos que de nada sirven ni valen.

Siento el bramido de la muerte en mi génesis de mujer. Lo siento desde la noche oscura de los tiempos.  Viene desde el sonido lúgubre de tambores machados de sangre entre danzas macabras. Sobre mí llevo esa música, ese dolor inacabado, ese morir sin pausa a través de miles y miles de años. Muere una mujer y el mundo calla. Hay un silencio de lazos morados que taponan el grito civilizado de la débil sociedad que se los pone y les eleva hasta un altar de estupideces.
Me estremezco cuando leo y escucho que una mujer ha sido asesinada. Y presiento que hay muchas mujeres que son asesinadas y nadie las reclama ni nombra. Tan, tan, tan, tan, tan, tan anuncian los tambores otras muertes: doblan las campanas y anuncian funerales. No me quedan esperanzas en esta sociedad amortajada de liviana sonrisa porque si yo no grito ni sollozo por tanta ignominia entonces, de poco valen los símbolos colgados ni el recordatorio de los maestros del engaño que nos manipulan para que nos callemos ante esas muertes de mujeres. 25 de noviembre es un día donde también se han asesinado a más mujeres en el mundo.   


                                                                                                                     Natividad Cepeda
Arte digital: N Cepeda

jueves, 1 de agosto de 2013

Lloran las campanas en Santiago de Compostela

    
        Lloran las campanas, tañen con su voz al aire sin otro mensaje  que su herido  lamento.
Todavía lloran al paso de los días.
Lloran y claman al cielo por los que se han ido… ¿Adónde, Señor, contigo? Se me quiebra la voz en la garganta, me rompo henchida de tristeza mientras manan de mis ojos mares de lágrimas. Siento que el frío de la muerte hila la sangre en mis venas al ver el sueño de los muertos. 
Duermen y lloramos por ellos por los recodos de los valles y las llanuras lejanas de la ciudad santa de Santiago de Compostela. Navega la esperanza en el Dios que yo creo a pesar del ocaso de estos días. Fluye el rumor del mar, ola a ola navegan las almas de los muertos en el poniente de la vida. Se nos rompe el timón cuando perdemos a los que amamos y los perdemos en la corriente de la muerte que no cesa en su constante flujo universal.

Bogo hacia Ti, Dios de la vida, a pesar de los timones rotos. Y siento la amargura de la impotencia y de la pena por tantos muertos en el mundo. Aquellos que se han ido nos esperan en las remotas islas de los cielos y los que conocen el valle de Josafat señalan desde Santiago la senda que nos toca seguir.

Ahora cuando han pasado apenas unos  días de la tragedia del tren Alvia y sobre los raíles vuelven a circular los trenes, seguimos escuchando llorar a las campanas.  Volverán a tañer las campanas en Santiago de Compostela, muchas otras veces, con su llanto fúnebre que nos llama a congregarnos alrededor del Apóstol.  Misterio de misterios, en un campo de estrellas quedose la vida y se labró la tumba. ¿Quién me puede explicar esa incógnita?

Yo estuve en esa ciudad hace unos años, por la noche paseaba por las calles solitarias que son el cinturón de su catedral. La plaza del Obradoiro,  solitaria,  era el eco de los pasos. Pasos que parecían perderse en el infinito recodo del silencio. Apenas si éramos unos cuantos los que andábamos por ella, solos y envueltos en la noche, roto el silencio por el reloj y los sonidos imperceptibles de murmullos que no supe nunca de donde provenían. He vuelto a ese lugar desde la noche del 24 de julio cuando desde la pantalla del televisor vi al tren descarrilar en mitad de la noche. He vuelto a revivir ese extraño misterio que percibí en el mismo corazón de Santiago de Compostela, tan diferente a las horas diurnas.
Y sigo preguntándome  el por qué de ese angosto camino del tren roto a las puertas de una ciudad en fiestas. Y sigo escuchando ese lamento humano en memoria de los que nos dejaron.
Homenajes a los que se han ido y homenajes a los que por caridad ayudaron a muertos y a vivos estas pobres palabras. Homenajes de los pobres humanos que miran a las estrellas sin descifrar su callado mensaje.

Aguantamos el dolor con valor y con tristeza. Nos arrodillamos ante la magnitud de la tragedia y encendemos velas para alumbrar el camino desconocido;  dejamos nuestro presente de flores y lágrimas  junto a la barca del Apóstol, porque también Él, llego hasta nosotros en brazos de la muerte para dormir aquí el sueño de los justos.

Han venido ataviadas de llanto las perseidas de agosto: hay un llanto en las estrellas por los que desde abajo lloramos por los que nos faltan.

Dios consuele a los que los lloran por la ausencia de los que amaron, y cuide a los que luchan por la vida.  Porque los hijos nacidos de mujer y de hombre, siguen siendo pequeños ante las innumerables tragedias de la vida.
La ciudad de Santiago de Compostela todavía sigue sobrecogida por el dolor y con ella lloran las campanas de todas las ciudades de España, porque  la belleza de las estrellas las tapan nuestras lágrimas.

                                                                                                                               Natividad Cepeda  



Arte digital: N. Cepeda