domingo, 16 de marzo de 2014

La muerte de los emigrantes es la trasgresión de las leyes naturales

  Los frutos y las riquezas de la tierra nos han sido dados  para ser compartidas por sus habitantes con equidad. La depredación humana basada y ejercida por la malversación de esa riqueza, propicia que se ejerza la violencia  en todos sus géneros, masculinos y femeninos basada en el abuso de cualquier índole, desde el abuso de poder hasta la explotación  más degradante e injusta de unas personas para con otras.
Si se ejerciera una justicia natural en todos los países y sus contratos fueran moderados, la escasez de lo más necesario no se daría, evitando el pillaje y la devastación.
Porque desde la noche de los tiempos la justicia verdadera  no camina de la mano de la  ley escrita.  Por esa causa y error no se ha reconocido ni se reconoce, que todos los habitantes de pueblos, aldeas y ciudades del mundo, tienen  los mismos derechos de esa riqueza  acumulada por unos pocos en prejuicio de millones de seres humanos.
La emigración es la consecuencia de la pobreza.
Las fronteras fueron creadas para proteger las puertas de los Estados. Si los estados y países miran hacia otro lado ante las emigraciones masivas y culpan a un solo país de lo que está ocurriendo con el hambre en el mundo, esa actitud redundará no sólo en perjuicio de quien tiene que retener la emigración masiva de seres humanos, también en aquellos que amparan la injusticia que hace perecer de hambre y necesidad a los pueblos pobres de la tierra.

Si España es la puerta de Europa por donde los emigrantes quieren llegar,  y la emigración masiva no la puede controlar ni admitir, entonces ¿por qué se le acusa de detener esa emigración, cuando se sabe que  se le ordena ser la que ha de poner cerrojos y candados?
La hipocresía es lo contrario a la verdad y lo contrario de lo que hay que decir y hacer. Acusar y mirar para otro lado agravan la situación y no resuelve nada.

La muerte de los emigrantes es un pecado capital o la trasgresión  de las leyes naturales  de todos los que pudiendo encontrar soluciones no lo hacen.
La esencia de la tierra somos todos, y de esa esencia universal estamos hechos.
Habría que pensar en depurar tanto mal hecho los unos a los otros sin la demagogia de las diferentes clases sociales existentes. Porque aunque no lo veamos siguen existiendo los patricios y los plebeyos. Y la plebe es la que muere de cualquier forma sin importarle a casi nadie.
La cicuta, también ahora se ordena beber a los que vemos más de lo que se debe ver. Aun así los poetas seguimos escribiendo lo que nos estremece las entrañas  porque nuestra  esencia es nuestra palabra.


ESENCIA DE LA TIERRA
Me quedé frente a la mar mirando el oleaje
como se queda un barco encallado en la arena.
Me quedé con  la monotonía de la lluvia
vaciando de recuerdos la memoria.



Tocaba una campana insistente en altamar
y un gato vagabundo se afilaba las uñas
en el muñón de un tronco de palmera.
A lo lejos se vislumbraban luces remotas
de viviendas. Traía el aire aroma de fruta
podrida vaciadas en el vientre del mar.
Sobre las ruinas de una  torre volaban 
murciélagos hasta los viejos mascarones 
de barcas  sepultadas sin redes y sin peces.
Surgían  en el cielo estrellas como alfileres
de novia  sobre el velo del mar.
Todo se quedó en silencio.
En el faro se desvistió de sombras la luna
mientras en los  acantilados las aves se dormían…
Subía la marea: flotaba en ella un periódico
con la noticia triste de una muerte violenta.
Junto a manzanas y limones, en la enagua
del mar, brillaba un anillo de esponsales
que nadie reclamaba.
Ataviada de luto y tristeza  se lo puso la arena.
Se elevaban llamas de hogueras en la noche.
Llegaba por el aire olor a sardinas asadas
y voces de gentes sentadas  a la orilla del mar.
Procedente de los montes se aspiraban  aromas
de resinas. En la playa los vientos furiosos
gemían ante el naufragio de una virgen mestiza.
Virgen buceadora de sueños que se quebró
en las rocas olvidada y sin nombre.
La besaban las olas. La lloraban los ríos.
Resonaban lamentos en las tumbas anónimas
custodiadas de algas. Lloraba el mar.
Lloraba y nadie  lo escuchaba. Lloraba el viento
llevándose en sus brazos las olas y los muertos.


                                                                               Natividad Cepeda



Publicado en Diario Lanza, marzo 2014-Ciudad Real- España

Arte digital: N. Cepeda








martes, 18 de febrero de 2014

Mi Encuentro Con Francisco Mena Cantero


Escuché hablar de su poesía a muchos otros escritores con respeto y admiración hacia su obra. Entre ellos al desaparecido Francisco Creis, y a su hermano Julian Creis, en la casa de la calle Cárcel Vieja de Valdepeñas.
También a la escritora  Ana Moyano, por citar algunos nombres. Había leído su poesía como suelo leer a los poetas, deleitándome, con ese placer que siento cuando me sumerjo en la lectura de las imágenes poéticas.
He escuchado reiteradamente decir a muchas personas que prefieren leer prosa, antes que poesía y,  escucho sin opinar nada ante esa afirmación. Luego he ido descubriendo que esa misma gente, o muchos de ellos, han escrito poesía, o al menos lo han intentado, pero curiosamente casi ninguna de estas personas conocen la obra de nuestros poetas. A lo sumo, citan a los poetas populares y poco más.
Francisco Mena Cantero es uno de nuestros grandes y buenos poetas manchegos. Ciudadrealeño de bien, y manchego en su porte y en su hablar. Aunque creo que su permanencia en el Sur, concretamente en Sevilla, le ha dejado en la mirada el sello y la hondura que marca el destino de pertenecer a dos tierras.
No sé si en Francisco Mena Cantero, a estas alturas de su sabiduría, la poesía que lo habita y sostiene, le ha aportado la grandeza que se desprende en sus composiciones, o esa grandeza de alma le fue regalada desde antes de su nacer. Pero, sea como sea, sumergirse en la lectura de su poesía es encontrarse con un  filósofo que al escribir muestra las múltiples acciones que los humanos podemos sentir, hacer y pensar.

Dones, que dirían los clásicos, de la mente y el corazón, que son las que abren el universo a los mortales. Porque Mena  Cantero es un poeta para la posteridad ya que su poesía seguirá viviendo después de él.  Imponerse la tarea de escribir es sucumbir a dejar las reflexiones íntimas para que sean conocidas por todos. Es compartir las emociones con otras personas, a las que probablemente, jamás conoceremos. Por eso es tan importante conocer al autor de esa emoción. A este poeta y articulista le había seguido sin ponerle rostro. Porque para un  autor su verdadero rostro es su obra.

Pero la amistad que siempre es milagrosa, fue la que me brindo  conocer su rostro y su figura. Ocurrió un sábado, 17 de noviembre en la cervantina Argamasilla de Alba, con motivo del homenaje que, Los Académicos de la Argamasilla, rindieron a la escritora Ana Moyano, hace algunos años. Impecable en su modo y en su hacer Francisco Mena Cantero leyó unos sonetos en homenaje a Ana Moyano, y después con esa discreción de las grandes personas se me perdió al final del acto entre el barullo de los congregados.



He de confesar que me sentía algo azorada al dirigirme a él, para saludarle. Con el pasar de los años he ido aprendiendo lo importante que es respetar el espacio de los otros. Pero también soy consciente de lo afortunada que soy cuando coincido con escritores a los que sigo y leo. Me agradó su sencillez y su acogida llana y afectuosa, sin  presunción ni engolamiento, y supe que su obra poética y de artículos, no desmerecían en nada con el hombre que tenía delante de mí. Días después me llegó el regalo de su Antología Poética (1967-2002) editada por el Ateneo de Sevilla.
He leído, y vuelvo a su lectura en ocasiones, para reencontrar la humanidad que se destila en los poemas. Y no es este un artículo donde pretendo analizar la obra poética, más bien es  un recordatorio de lo satisfactorio que puede resultar un encuentro.

Un nombre y un hombre. Un poeta y un escritor, que medita sobre sí mismo, y luego, nos lo deja para que los demás hurguemos en sus heridas y en sus descubrimientos.
Francisco Mena Cantero habla de la besana y de la tierra, del caz de la noria del tiempo, y de las alforjas cargadas de dolor, de los cardos y  del barbecho en un libro al que llamó "Motivos de tierra" escrito en 1977 y al que leyéndolo hoy,  "Todavía puede sonar la undécima esperanza", para esta tierra donde él nació y yo vivo. Porque es cierto que nos une aquello de lo que hablamos y amamos, porque carece de edad y de época.

Todo poema y verso escrito en esta antología resuda interés por lo acontecido, y no sería vital ni actual, si no fuera así. La poesía verdadera es aquella que rezuma energía, la que no pasa, la que mantiene su mensaje sin disgregar lo esencial de la vida. Es una fotografía de signos donde el negativo es el alma. Y de esa línea universal donde todo transcurre escribe Mena Cantero, en  "El otro libro de Job" y su poema "Credo".


Libros por donde un hombre escribe desde la soledad del Ser, y sé que al verle, muchos no supondrán  que detrás de sus gafas y su mirada directa y sin tapujos, ese poeta lleva dentro de su envoltura, tanto equipaje de humanidad.
Veinte libros reseñados en esta antología que dejan al descubierto la trayectoria magnifica de su autor. Por eso hay que volver a él. A sus datos, y a su filosofía. A su verificación de lo que es humano, y a la vez busca a Dios en el libro que cierra la antología con el título, "Esta fe que nos lleva" que es Premio Mundial de Poesía    Fernando Rielo del año 2000, y donde en el poema "El Dios de la palabra" resume la creación del lenguaje y su significado del amor, con la difícil sencillez de lo que parece sencillo, y no lo es. Me tomo la licencia de transcribirlo por su belleza.

"Darle nombre a una cosa
 es crearla otra vez, una manera
de otorgarle la vida,
cuando te nombro, amor,
y tú ni me contestas.
Esto que está ocurriendo:
el nombre de las cosas;
llamarte;
verte dentro de mí, no con los ojos;
y otras cosas que se hacen con palabras
es demostrarnos a nosotros mismos
que somos
hijos del Dios de la palabra
y de su misma estirpe,
por más que no reconozcamos
que esto sucede siempre
y es así de sencillo."

Sin lugar a dudas que este manchego - sevillano es un poeta de sumo interés, y esta crónica, pequeña  acerca de su persona y de su obra, es una pincelada escasa, que solo relata un encuentro fortuito en una noche de otoño bajo el cielo manchego.


Es éste un artículo que anteriormente  publiqué en otros medios y escaparates de lectura, cobra vigencia y lo recojo, porque hoy a las siete de la tarde será nombrado Hijo Adoptivo de Ciudad Real Francisco Mena Cantero por la Alcaldesa  Rosa Romero a tendiendo las innumerables peticiones firmadas de los amigos que lo conocemos y admiramos.


                                                                                                                             Natividad Cepeda


Arte digital: N.Cepeda

martes, 11 de febrero de 2014

Recordando la vigencia de Eladio Cabañero

La fascinación por la poesía no siempre alcanza a todo el mundo; y en este apartado se pueden incluir a los mediocres poetas que jamás admiraran a los grandes.
Las causas suelen ser diversas, una de ellas es desconocer la obra del poeta, otra sentir el resquemor de la envidia y encubrir esta dolencia en códigos prefabricados de acoso y derribo del poeta y su obra.

Después de todo esto está la trama social de apuntarse a la moda del momento y ser asiduo de los eventos culturales, aunque los poetas y sus obras sean desconocidos. Eladio Cabañero poeta nacido en Tomelloso y residente en Madrid desde la década de los años 50, hasta su muerte en el año 2000, es uno de esos poetas más conocido por su nombre - incluida su ciudad natal- que por haber leído su obra.
Suele ser esto algo normal entre el gran público, y así hay muchos excelentes poetas  reconocidos por sus premios con escasos lectores de su obra.

A Eladio Cabañero durante su vida  ha sido frecuente verlo andar por las calles de su pueblo, metido en sí mismo, casi siempre andando camino de la ferretería de su amigo Emiliano Negrillo, hoy inexistente Allí, en esa ferretería con aire de solera familiar recuerdo que en una ocasión lo saludé, y le pedí hacerle una entrevista. Me la negó, y me dijo que podíamos hablar de lo que quisiéramos, menos de él. Mira, me dijo, podemos hablar de ti, de lo que haces ahora. A lo que yo le respondí. Ahora lo que hago es hablar contigo, que es lo más importante, y otros días cuando tú no estás por aquí, sigo viviendo como las demás gentes de nuestro pueblo. Él me miro profundamente a los ojos, le dio una chupada al cigarro, dejó caer sus manos, dando la sensación de querer llegar al suelo, y desde la silla donde estaba sentado me envolvió en su mirada y musitó con la voz hacia adentro. A mi ya no me quedan ganas de vivir.
En la tienda se hizo el silencio y yo supe que Eladio se moriría físicamente aunque se iría   cuando Dios lo llamara. Espiritualmente él ya se había anticipado a ese día.
Ignoro casi todo acerca del misterio de la vida, pero intuyo que en ocasiones hay un cristal multicolor  que nos hace vivir ocasiones excepcionales, o tratar a seres únicos e irrepetibles. Y hasta conocer a poetas puros; que también los hay, y los ha habido.
Un poeta no es mejor porque escriba muchos poemas, tampoco porque sea asiduo de los cenáculos donde se trasiega con los premios y las prebendas de cada momento.
Un poeta, lo es, por su poesía. Y porque los poemas  lleguen a emocionar a los lectores. A cualquier persona sin necesariamente ser un lector de su generación y al margen de que al autor se le haya conocido personalmente. Los poetas tienen ese don, carecen de tiempo y de edad
A Eladio Cabañero lo descubrí por un poema  leído a solas una noche de invierno, y supe que por ese poema Eladio Cabañero siempre sería un gran poeta. El poema lleva por titulo "Acción de Gracias por un Hombre", y éste poema es un poema universal de ayer, de hoy y para mañana. Lo es también el poema titulado "La comida", dedicado al poeta y amigo fiel, que lo fue hasta la muerte, Carlos Sahagún, y "Compañera", y algunos otros que emocionan y conmueven. Pero yo me pregunto ¿quien lee  estos poemas? ¿Quien asume la valentía de sus palabras y admira la belleza de sus metáforas?  ¿Quienes, cuantos acceden a ellos y van y vienen por sus versos? Pocos. Como casi siempre ocurre, una minoría.

Una vez más la historia se repite, un hombre muere y en la memoria colectiva se recuerda que entre nosotros ya no lo tenemos, y a Dios gracias se recopila su obra y se deja a disposición de quienes quieran acceder a ella. "Poesía Reunida" de Eladio Cabañero editada por Excmo. Ayuntamiento de Tomelloso y con la colaboración de la Excma. Diputación de Ciudad Real, es un libro para tenerlo entre las manos y en los anaqueles de la biblioteca propia, para conocer por él y su contenido a uno de nuestros grandes poetas Castellanos-Manchegos españoles sin prejuicios de vecindad tan dados a desprestigiar lo nuestro.     



                                                                                                                                         Natividad Cepeda.

Arte digital: N. Cepeda

sábado, 1 de febrero de 2014

YO CONOZCO UN AMOR DE NOSTALGIA

Lo vi por vez primera una noche de luna de febrero.
Aún hacía frío, y por las nubes lejanas, viajaba
la flor de los almendros, pariendo con sus pétalos
rosados, montes en los perfiles de la aurora.
Nos miramos igual que las estrellas se miran  en el mar,
lo mismo que los álamos se miran en el río,
igual que la lluvia se mira en el ventanal de las vidrieras,
o como los niños se miran en los charcos que dejó la tormenta.
Nos vimos, y después de mirarnos, proseguimos,
sin volver ninguno de los dos la cabeza. Cada cual a lo suyo.








La luz caía inmaculada sobre la carretera y los campos,
el aire, pasajero del mundo, besaba la frente de la tierra.
Y lo volví a encontrar, cayéndole el aroma de las flores
del almendro por sus manos  morenas. Y se perdió en la tarde.
Ardía la leña en el fuego, las brasas me hicieron recordarlo.
Eran sus ojos, apresurados y ardientes, lo que el fuego tenía.
Y salí a la calle a sentir la infinita tristeza de la nieve,
a ver los nacimientos de barro tiritando, a perderme en las calles
por si volvía a estremecerme con su encuentro.
Encontrarlo me seducía igual que una canción de medianoche.
La gente bajaba corriendo  porque el viento del norte llegaba
por plazas y rincones. Al azar entré en la Cafetería de las Flores.

Detrás de sus cristales  destilaban rocío los capullos de almendro.
Me quedé mirando la vidriera empañada y recordé febrero...
Se quebraba el frío en los muros helados cuando sentí dos brasas
quemándome la cara. Y se sentó a mi lado como un ave
que descansa de una gran travesía. 
Fue absoluta la huella de su beso.
                                        Se marchó con la noche, dejándome su ausencia, 
                                        una nostalgia eterna.


                                                                                                      Natividad Cepeda.



II Premio de Poemas de Amor de Conil  (Cádiz) Febrero de 2002

jueves, 30 de enero de 2014

Con un rumor de nieve se ha ido Félix Grande


Reabro el umbral de lo oscuro por donde las estaciones  no saben de lamentos y cerrando la indulgencia de la infancia de ayer, pongo sobre el blanco del día la negritud del luto que nos deja la muerte.
Ha muerto un poeta. Se nos ha ido en enero  dentro de la dehesa del frío y el granizo, con un manto de nieve sobre amplias besanas, y nos queda sobre el frío asfalto la máscara del miedo. La de ignorar si luego se irá apagando su grito, y su voz, y su verso, y su tiempo de hombre por esta geografía que cruzó de un ángulo a otro ángulo, de ciudades y barrios con sustancia de pueblo: humano para su desventura y también para la nuestra. Esto es vivir, encender los recuerdos y cerrando los puños enterrar a los muertos.

Me lo ha dicho mi hija a través del teléfono, con voz incrédula y triste. Ha vuelto a llamarme y consternada ha vuelto a repetirlo; mamá, mamá ha muerto Félix Grande. El silencio ha caído  solemne sobre él. Como cae la palabra cuando nadie la escucha. Hace años, muchos años, yo le hice una entrevista y al preguntarle sobre su fama adquirida él, mirándome a los ojos me dijo imperturbable: Quien sabe, quién mañana será recordado.  ¿Acaso los poetas que escribieron sus versos hace cien, doscientos, trescientos años, los que en su tiempo disfrutaron de fama ahora se les recuerda? Yo me quede mirándole y dije algunos nombres de los poetas clásicos… y él me dijo sonriendo. ¿Y los otros, los que sí escribieron y  tú no los pronuncias?  Aprendí la lección. Fue una lección llena de sabiduría. Félix Grande no se irá de la vida siempre que sus libros se lean. Ese es su patrimonio y también lo es nuestro. Y el poeta, el flamencólogo, y el conferenciante, el escritor curtido en el surco del libro, sabía que la aurora es hermosa cuando envueltos en su luz ojeamos los libros. Los libros han sido su andadura, y también las palabras formarán su epitafio.

Mañana, vendrá a presidir el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Tomelloso, así me lo ha dicho el alcalde. Y de nuevo en el salón silencioso flotarán las figuras de Francisco García Pavón y la de Eladio Cabañero; compañeros de letras, polvo ya del pasado al que siguen llegando al hojear sus libros. No se han ido del todo, por aquí se les nombra y se les quiere como algo muy nuestro. Eran un triángulo de ases  al amparo del verbo enlazando metáforas, sarcasmos y sentencias, versos de amor y fuego. Versos clamando algo, justicia, libertad, rabia, desigualdad… y amor bramando vida.

Se nos ha ido el poeta llamado Félix Grande, pronto, y sin que apenas nos hayamos enterado de que estaba malito. Sí, malito, como dicen los niños  de por aquí cuando les duele algo. Y a nosotros nos duele  su marcha y su abandono de esta tierra inhóspita en tantas ocasiones, pero que nos regala a personas geniales, y por eso no nos gusta que nos dejen, ni que envejezcan, ni que se marchen sin saber que han estado malitos. Félix no quería el olvido. No lo queremos nadie porque cuando sucede, entonces, es cuando de verdad morimos y nos vamos.

Si todo es como me han dicho mañana, reposará junto a sus muertos. Y no serán dos días decretados de luto en su honor. Cuando las ceremonias oficiales terminen, en ese camposanto enjoyado de frío sentiremos el luto, porque se nos ha marchado con un rumor de nieve, quizá porque la nieve es blanca y estamos en enero cuando el cielo nos parece más alto y es más bello. Nos deja su obra, y se queda encerrado en el  corazón del pueblo vinatero, en el que aprendió a vivir, a sentir y a latir como hombre y poeta, aunque después se fuera. Ahora vine para quedarse a pesar de que sus libros seguirán viajando por extensas laderas de ciudades lejanas.
Descansa en paz Félix Grande Lara: Y gracias por habernos dejado tu belleza interior, en palabras. Gracias por venir a tu pueblo.

                                                                                                       Natividad Cepeda
Publicado en Mancha Información 
Diario Lanza Ciudad Real                                                                                                         

            
El poeta Félix Grande Lara nace en Mérida 1937. A los dos años sus padres regresan a su pueblo natal, Tomelloso  y en el crece y se hace hombre Félix Grande Lara rodeado de toda su familia manchega. Conoce a Francisco García Pavón y a Eladio Cabañero y empieza a escribir. La investigación sobre la guitarra y el flamenco es junto con la poesía dos temas por el que se le reconoce su valía de escritor además de la narrativa y el ensayo. Casado con la escritora Francisca Aguirre tienen una Hija Guadalupe Grande Aguirre, también escritora.  Se traslada a Madrid y allí conoce a su esposa. Dirigió la revista  literaria Cuadernos hispanoamericanos, entre  sus premios consiguió el Adonáis, iniciando con este reconocimiento su carrera literaria. En 1978 recibió el Premio Nacional de Literatura por Las rubáiyátas de Horacio Martín. Su obra ha sido traducida y es una figura emblemática de la literatura española. Ha muerto hoy 30 de enero de 2014, será enterrado en Tomelloso.




lunes, 13 de enero de 2014

A Maruja Márquez de Julian Creis Córdoba: homenaje en enero

        
 Se ha marchado cuando todavía teníamos en los labios el sabor del brindis por el año nuevo recién estrenado, sin ruido, sin llanto como se marchan las flores en otoño y nacen las hojas rojas de la flor de pascua en el invierno.
La recordaré  siempre con su sonrisa de llanura sin límite y con su abrazo suave como si te envolviera en un antiguo chal de las abuelas: chales de grandes flecos en los que se arrebujaba todo el frío y los desvelos, junto a las alegrías y las penas ocultas entre los pliegues de sus grandes y hermosos chales negros.

Nos ha dejado viajando hacia el cielo frío de enero cuajado de estrellas para ser la estrella más brillante, la del fulgor sereno que aguarda con su luz encendida para quitar tinieblas. Y en ese mar de ausencia saludará a los muchos amigos que con ella se han ido: más hoy te escribo en exclusiva para agradecerte tu amistad, tu donación de amiga junto a los escritores y poetas que tantas veces recibiste en Valdepeñas, en la casa de la Cárcel Vieja de Paco Creis y en la bodega junto a Agustín Moreno y su esposa Cristina…No, no debo enumerar tantos nombres queridos mi querida Maruja, porque ya fue suficiente que siempre permanecieras en la sombra brillante de las letras, acogiendo y sirviendo de perfecta anfitriona, incluso en tu casa de Madrid, junto a Emilio Ruíz Parra y Franca López Figueroa, amigos de por vida y otros muchos. Me llamó Franca y me lo dijo a la vuelta de dejarte en tu pueblo, apretujada de nuestra tierra madre; con su voz medio rota, cargada de cariño, y al oírla sentí que envejecía como una encina sola en medio de los montes.

Sí, quisiera ser mañana la tierra de la encina, como tú, como tantos amigos que me habéis enseñado el amor fraternal abriéndome las puertas del corazón y el alma. Sí, me duele despediros aunque siempre os recuerdo desde este rincón de mi pueblo y leo, intentando aprender de los buenos maestros su buen decir y mejor escribir en tantos libros que me han regalado.  A veces las mujeres como tú pasan inadvertidas entre aplausos y premios, literatos y artistas, hasta en ocasiones- no siempre- inflados como pavos reales, sin reconocer el esfuerzo que se hace para que los eventos resulten exitosos.  Lo dije y lo repito también en este día, en el cielo particular de Julian Creis Córdoba  hubo una buena estrella brillando en su reputación de hombre bueno: María: Maruja Márquez, donde la vecindad de la tolerancia  guardó la compostura para acoger a todos. Y no siempre se encuentra esa cualidad en las personas.
La poesía ha sido el eslabón de amor de Maruja Márquez, observaba y callaba aquella “manijera” –así la llamaba cariñosamente Paco Creis- que desde su silencio conocía a todos cuantos ella recibía, desde la discreción de quien sabía lo que no decía a casi nadie, porque de sabios es callar…
El ayer no regresa, se queda en la retina de los días y en el pasar del tiempo de la misma manera que se queda la luna mirando las estrellas. Luego cuando se rebusca en las páginas amarillas de los viejos legajos de los libros antiguos, los que estudian y escriben sobre épocas y costumbres de ciclos culturales, rebuscan anécdotas y nombres unidos a la fama del momento fugaz, y como en el Evangelio de Marta y María, siempre hay una Marta que se ocupa de la casa y de los invitados y con la que Jesús de Nazaret, conversa. Sí, contigo, Maruja, han conversado muchos y sólo tú sabrás lo que te han contado.


Vengo y voy por los días con mi pobre equipaje de pequeños recuerdos. Ignoro si en la curva del tiempo tú escuchas ahora a los que te queremos. Yo apuesto porque en el cielo del alma tú estarás sonriendo y por eso escribo mi pequeño homenaje, a ti, que acudiste a tantos homenajes  de celebres poetas… Sabes, mi querida Maruja, que es en enero cuando se encienden las hogueras invocando a un anacoreta llamado San Antón; esa noche en Tomelloso las llamas al elevarse al cielo nos devuelven la magia de los viejos ancestros. Al ver arder la leña yo recuerdo a mis muertos, sin miedo, sin tristeza porque siento que junto al fuego ellos también regresan. Y dicen que mientras se recuerde a los que se marcharon nadie muere del todo. Yo creo en todo eso y por eso te nombro.



                                                                                            Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda