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martes, 27 de octubre de 2020

Los libros y su apertura a los espacios de mi vida

  
 La voz amada de los poetas la descubrí en el colegio, la profesora nos hacía leer poemas de un libro gordo, grande y algo destartalado por donde aparecía José María Gabriel y Galán, Rosalía de Castro, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Teresa de Jesús, Ramón de Campoamor y sus doloras

   «Que en este mundo traidor              

nada es verdad ni mentira.          

Todo es según el color                 

del cristal con que se mira».… y apenas mujeres. Desde entonces yo me preguntaba por qué no estaban las mujeres.

Recuerdo aquellos años de un mundo masculino y solitarias horas de una niña embebida en libros y más libros. Recuerdo que de pronto descubrí  no solo a Federico García Lorca y a Miguel Hernández  y, a Pablo Neruda. Me quedé con Neruda como se queda la golondrina en la primavera manchega volando en el espacio azul de la llanura. Después conocí a Carmen Conde. La conocí cuando peinaba canas y me dio su tarjeta y me dijo que había perdido a su hija cuando era una niña; y al decirlo la tristeza le cubrió la mirada. Compre libros de ella y de  Gloria Fuertes. Y una tarde de mayo en la casa de cultura y biblioteca de mi pueblo llegó Sagrario Torres, altanera y bella con su orgullo de casta y sus bellos poemas… Nombres que están en nuestras bibliotecas. Mujeres que las pueblan y hoy son mucho más lectoras que los hombres. Mujeres que mantienen el equilibrio del ayer y del hoy pasando a las bibliotecas en grupos de lectura. Mujeres a las que se les negaron disfrutar de los libros ayer.       

Hay lugares que siempre perduran en la memoria, siguen anclados en el corazón igual que el color escarlata del ocaso. Son esos lugares que llevamos en la memoria de la infancia, todos los que nos dejaron su huella y nos hicieron crecer desde adentro hacia afuera. Son por donde nos vemos si hemos avanzado en dignidad y cultura, en respeto por lo que nos los dieron y por lo que gracias a ellos hoy somos lo que somos. Quién sabe lo que seriamos de no haber tenido un libro entre las manos, todos los que no podían comprarlo y que los abrieron gracias a esa biblioteca donde siempre estaba el director o directora para recomendar y ayudar  elegir la obra que fuera comprensible y amena. ¿Quién lo sabe?  


Durante mucho tiempo el edificio de la biblioteca fue para mí un lugar mágico lleno de silencio. En ese silencio yo escuchaba rugir al mar en las tormentas marinas con sus vórtices y remolinos creando trombas de agua gigantescas y olas que engullían los navíos. Viajé en buques por alta mar  y hasta llegué a encallar en playas lejanas que nadie conocía con Julio Verne. Sentada con mis piernas balanceándose en la larga mesa alta, iluminada por las lámparas de metal, trabé amistad con Pinocho y su autor  un italiano que se llamaba Carlo Collodi.  Sin embargo la biblioteca en mi  entorno era casi desconocida porque  no le interesaba a casi nadie. Sumergida en páginas y páginas de libros descubrí  guerras de tribus y naciones. Viajé a sabanas y tundras. Y fui conociendo a picaros y aventureros junto a santos y heroínas. Cerca de los libros estaban las noticias de los periódicos con sus editoriales y artículos firmados por escritores y periodistas y fui comprobando que entre todo el complejo de la biblioteca era escaso el nombre de mujeres en los diferentes ámbitos y temas.  Lo mismo ocurría con los asociados apenas si había mujeres pasando a ese recinto donde nadie impedía pasar. Y de pronto en el viejo corazón de la biblioteca llena de sentimientos y añoranzas arribaron otros libros y el espacio pareció empequeñecerse porque yo había crecido y conmigo surgieron otros lectores y el inmueble se tornó caduco. El primer edil adecuo otro edificio y los libros se empezaron a empaquetar por secciones y autores. El proyecto se hizo realidad y cuando el último libro se bajó del anaquel donde había vivido muchas décadas, al depositarlo en su caja salió y se cerró la puerta… Allí en el silencio de la estancia escuché sollozar al piso de madera y desde las baldas vacías fueron cayendo pedacitos minúsculos de polvo y de madera semejantes a lágrimas.  Desde las ventanas  el silencio despojado de los libros  pensó que allí no tenía sitio. Alzado en sí mismo intentó divisar los amados  libros y con ellos a los directores de la biblioteca. En su desconsuelo evocó sus voces tenues y los sueños de los que entre sus paredes habían escrito bellos poemas y hermosas narraciones. Arriba brillaba el sol y sin palabras, con grandiosidad  se despidió de las paredes y se fue a buscar los amados libros al nuevo edificio.


Un día pasé a la nueva biblioteca y de pronto el silencio me saludó. Me envolvió en su pátina y los dos nos sentimos realmente dichosos. Ajena a nosotros la primavera se paseaba por la nueva biblioteca a la que años después  se le puso el nombre del primer director; Biblioteca Pública de Francisco García Pavón y  de nuevo después de las pasadas décadas la directora es una segunda mujer Rocío Torres Márquez. En el recuerdo queda Ana Victoria Velasco y Doroteo Cabañas los que también dirigieron la biblioteca. El sol entra por los ventanales acariciando con su luz los viejos y nuevos libro. Es el mismo sol que he visto iluminar otras bibliotecas de mi tierra. Y también en sus estancias me ha saludado el silencio en Toledo recitando y recordando al Greco. En Ciudad Real  leyendo pasajes del libro escrito por Miguel de Cervantes de su Hidalgo  Don Quijote de la Mancha, tan suyo y tan nuestro. Siempre entregada a esa fuerza en plenitud donde los libros esperan he leído en bibliotecas de Albacete, de Munera, Cuenca, Valdepeñas, Ocaña, Miguelturra, Calzada de Calatrava, Piedrabuena, Puertollano, Manzanares, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, Pedromuñoz, El Toboso, Torre de Juan Abad, Miguel Esteban, La Solana, Albacete, Toledo, Madrid…sola y con  compañeros escritores y escritoras, creaciones nacidas en soledad gracias al germen de otros libros. Los libros continúan siendo mis inseparables amigos.

 Las bibliotecas y todos los días dedicados a esos templos del conocimiento pienso que aún son escasos. La  lectura y el paisaje de ciudades y pueblos inmerso en la retina y el silencio sumergido de cualquier biblioteca es un logro importantísimo para la cultura. Lo fue para mí, en la de mi pueblo, Tomelloso,  y desde ella todos las otras, donde ahora las mujeres si van y entran. Rompimos ataduras decrepitas y detrás de nosotras todas las generaciones que hoy pasan a todas ellas. Los libros son nuestros tesoros, en ellos coincidimos y nos reencontramos con nuestras raíces auténticas. Reivindicar las bibliotecas no debe quedarse en un día conmemorativo porque son mucho más que esa efeméride que pasa inadvertida.

 

                                                                                               Natividad Cepeda 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                        

 

 

 

 


 

jueves, 22 de octubre de 2020

Los libros de mi infancia y la biblioteca

                           


Quizá fue un acierto que las puertas del despacho de mi padre estuvieran cerradas aquella tarde y no pudiera entrar para aporrear el teclado de la máquina de escribir  Olivetti y hurgachear  entre los libros del armario para leer a salto de mata sin la mirada de guardia de los mayores. Y así agazapada en mi desilusión pensé en ir a descubrir el coro primaveral de los pájaros de la plaza, con la excusa de ir a ver a mis tías abuelas. Rompiendo las ataduras impuestas de aquella tarde de marzo guardé en mi cartera los libros del colegio y salí igual que los vencejos que  ya había visto volar por la glorieta donde iba a jugar a diario, volando en los brazos del viento de la tarde.

Al pasar por delante de la biblioteca municipal sentí deseos de escrudiñar aquél recinto prohibido por mi corta edad y donde casi siempre  había chicos en su puerta mayores que yo, con tebeos y cuentos de aventuras en sus manos. En los recreos no podíamos intercambiar cuentos porque estaba prohibido y además a mí nadie me prohibía que yo leyera cuentos de chicos, pero las chicas, casi todas leían cuentos de niñas. En casa del abuelo yo había descubierto el mueble donde tío Miguel guardaba sus colecciones de tebeos. Eran tres colecciones intactas desde el primer número y cuando la abuela Chon limpiaba me daba permiso para ir leyendo aquellos tesoros. Cuando terminaba de limpiar tenía que guardarlos en su mueble y   volver a tocarlos era imposible. De forma que  yo solo tenía la oportunidad de leerlos en aquella biblioteca donde decían que solo pasaban los chicos.

Parada junto a la puerta no me atrevía a pasar y la lucha interior me ponía nerviosa al ver salir a unos y a otros sin que nadie me mirara. Llegue a pensar que me había vuelto invisible. El tiempo pasaba y si no llegaba pronto a casa de mis tías, se enfadarían porque creería la familia que me había ido a otra parte.

Empujé la puerta y el silencio me hizo pararme sin saber qué hacer. Olía a libros y a madera. En el centro una larga mesa estaba ocupada por lectores sentados con la cabeza baja y libros abiertos, iluminados por unas grandes tulipas  metalizadas que daban luz a los libros. Al fondo divisé una mesa de despacho, parecida a la de mi padre, detrás de ella una señora con gafas muy sería me miraba, preguntándome, sin hablar, que, qué es lo que quería.  Sentí encogerme y entonces ella me indicó con la mano que me acercara. En voz baja me preguntó a quien buscaba y yo le dije que a los libros. Alargó su cuello y casi rozo mi cara con sus gafas abriendo un poco su boca como si le faltara el aire. El piso de madera crujió bajo sus zapatos y dando la vuelta salió de  detrás de la mesa y me llevó a un rincón de la gran sala. Fue entonces cuando me explicó que volviera con mi padre o con mi madre para que me hiciera el carnet de socia. Yo le pedí que si podía sentarme un ratito en una de aquellas sillas  donde se leía y ella asintió con la cabeza y me ayudó a subir a la silla y me puso delante un libro de las aventuras de Pinocho. Cuando salí de la biblioteca sentía dentro del corazón algo que no había sentido antes.

Día tras día la biblioteca fue un ámbito indescriptible por ella flotaban los tebeos de todas las edades: estaban las colecciones del tío Miguel que él coleccionara en su infancia y a las que quería como oro en paño; así lo decía la familia. Los chicos devoraban las aventuras de El Guerrero del Antifaz, creado por Miguel Gago. Y El pequeño luchador, en su oeste americano, también de Miguel Gago García y su editorial valenciana, junto al aventurero español Roberto Alcázar y su ayudante Pedrín, creado por Juan Bautista Puerto… Vinieron otros muchos tebeos y libros. Libros donde el pícaro Lazarillo de Tormes me adentró en aquella España de mediados de mil quinientos, con su vida y personajes y con él, asalté las páginas de La Celestina, escrito por Fernando de Rojas, toledano de la Puebla de Montalbán, un poco prohibitivo para los pensares de los años sesenta en ambientes rurales…

Libros Autores y poetas fueron surgiendo desde la lejanía de sus épocas. La nada  no existía dentro de esas paredes que me fueron proyectando hacia un futuro de oraciones y silabas, siempre expectante ante la magnitud  universal de la biblioteca. 

Las niñas, la mayoría de las niñas apenas si leían. Yo devoraba libros en casa y en esa morada vetada a las mujeres. Escuchaba decir que leer era perder el tiempo. y también que solo los vagos y bribones tenían tiempo para los libros. El mundo tan ancho y lejano existía en los libros. A través de ellos y los tebeos conocí a la polaca Marie Curie y su estudio sobre la radioactividad, su familia, su lucha científica y su coraje me impulsaban a sentir que las mujeres podíamos ser algo más que lo que la sociedad nos indicaba ser. Y estaban los poetas y el burrito Platero de Juan Ramón Jiménez, y el libro que me regaló mi padre, de José María Sánchez Silva, de Marcelino pan, y vino y la burrita Non. Todos estaban también en la biblioteca con su música callada de palabras y sus secretos  expandidos en sus hojas de papel.

Cuando me sentaba con un libro entre las manos pensaba que quien sabría mañana de los que pasábamos por la biblioteca; apenas si nadie decía nada. Llegaban cambiaban los libros y se marchaban o se quedaban en silencio, porque el silencio se balanceaba entre los lectores y nos aislaba y sumergía en otras latitudes  con otras gentes. El recinto era un templo sagrado por donde yo pensaba que se reía de nosotros el ingenio de Francisco de Quevedo y buscaba los sonetos que mi madre recitaba de memoria, sobre todos  el de     Amor constante más allá de la muerte

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

 

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

 

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han gloriosamente ardido:

 

su cuerpo dejará no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

…Y luego estaban los chistes a él atribuidos, como si Don Francisco de Quevedo y Villegas,  hubiera sido un bufón de corte; nada más lejos del noble caballero Señor de la Torre de Juan Abad que se despidió del mundo y sus miserias en la celda de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes. Libros y personajes que habitaban y habitan en las bibliotecas de los pequeños pueblos y de las grandes urbes. Libros que me abrieron la mirada al mar antes de conocerlo.

 

                                                                                    Natividad Cepeda

 

 

 

lunes, 6 de julio de 2015

Un poema escrito para un cuadro de El Greco

POETAS DE CASTILLA-LA MANCHA ESCRIBEN SOBRE EL GRECO
 El greco retratado por los poetas de Castilla-La Mancha

 La lectura  de poemas  fue el miércoles, 9 de abril a las 18,00 h de 2014 en la Biblioteca de Castilla-La Mancha de Toledo. El director de la Biblioteca nos invitó a participar…

Ahora, con motivo del IV Centenario de la muerte del Greco, sin duda uno de los acontecimientos culturales más relevantes de nuestro país en 2014, la Biblioteca de Castilla-La Mancha desea impulsar nuevos textos, nuevas visiones, nuevos poemas acerca de El Greco…

Sois los poetas los que movéis los pueblos y quienes tenéis la palabra. Por ello, esta humilde iniciativa de la Biblioteca pretende rogaros vuestra colaboración en este IV  Centenario de la muerte de El Greco utilizando vuestro preciado don de la palabra, vuestros versos, vuestras emociones.  
                                                                                              Juan Sánchez 
                                                                       director de la Biblioteca de Toledo

Coordino el Acto Alfonso González Calero del departamento de Actividades Culturales de la Biblioteca.

De aquél encuentro se tomó una fotografía mirando al infinito del mundo de El Greco los poetas asistentes. Queda esa fotografía de un fugaz encuentro y unos poemas verdaderamente emocionados de todos los poetas que acudimos con nuestra poesía a esa cita singular, recordando al genial pintor  nacido en  Candía de la isla de Creta, y muerto en la ciudad del Tajo por excelencia que es Toledo.
Doménikos Theotokópoulos  salió de su isla a los 26 años, después estuvo unos 10 años por Italia, Venecia, Roma… Llego a Madrid, según dicen, y allá por el 1577 llegó a Toledo. No regresó a ver el mar, su mar y su isla se quedaron lejos para siempre.  Como tantos otros artistas no fue suficiente valorado en vida y casi desconocido hasta hace poco más de un siglo.
No hay duda sobre su gran espiritualidad  presente en su pintura. Y no sólo porque tenía que pintar lo que le encargaban para iglesias y conventos si no, por su única manera de idealizar y plasmar el arte. Se ha escrito que sus figuras son irreales, etéreas  casi de otras esferas y mundos alejados de lo real: se escribe estudiando su evolución, que hoy nos hace admirarlo y detenernos ante cualquiera de sus cuadros, tratando los críticos de arte,  sacar a la luz para los neófitos la esencia del artista. Lo verdaderamente singular es que hoy cuando nos paramos delante de uno de sus cuadros algo en las entrañas se nos revuelve,  tratamos de imaginarnos como era el hombre que pudo pintar las personas y la vida de aquél momento de esa forma y color; miramos y en silencio intentamos viajar a su alma para atisbar algo de su genialidad. No podemos evitar quedar atrapados en su mundo interior reflejado en toda su pintura.   
No era fácil elegir uno de sus cuadros para ponerle música de palabras. No lo fue para mí. Recordé la Sagrada Familia con Santa Ana. Recordé cuando yo amamanté a mis hijas, y también cuando mis hijas han amamantado a sus hijos… los niños, todos ellos son un milagro vivo. Un misterio. Y escribí sobre esa escena familiar.



(1)El lienzo  de La Sagrada Familia y Santa Ana  de El Greco fue donado por Teresa de Aguilera Esta Sagrada Familia con Santa Ana de El Greco pertenece al Hospital Tavera al menos desde 1631, primer inventario en el que aparece citada como donación de Teresa de Aguilera, viuda de Alonso Capoche. Obra de extraordinaria calidad artística, realizada, según la mayoría de los historiadores, hacia 1595, es una composición devocional que gozó de bastante popularidad en la España de la Contrareforma, por lo que se conservan muchas variantes. La peculiaridad de ésta en concreto deriva de que un dibujo subyacente del rostro de la Virgen, visible únicamente a través de una radiografía, nos muestra el método de trabajo de El Greco que busca el ideal de belleza en sucesivas aproximaciones a partir de un modelo real. De hecho este rostro de la Virgen María es considerado por la crítica como una de las más bellos representaciones femeninas pintadas por el candiota.

Un año dedicado a, Doménikos Theotokópoulos,  El Greco, no es suficiente para descubrirlo en su inmensidad artística. El pasado 2014 ha servido para hacernos ver que  los críticos de arte  se equivocan cuando juzgan a los artistas. Se equivocaron con El Greco, y hoy se equivocarán con otros  muchos  cuando desprestigian  a unos y ensalzan a otros. El  tiempo, ese dueño y señor que prevalece por encima de los mortales es el que pone a cada cual donde le pertenece.




Contemplado  La Sagrada Familia con Santa  Ana del Greco

Es tan bella la madre que amamanta que los ojos 
no regresan de contemplar su rostro. Ella,  es  salmo 
sereno de dulzura y de paz. Todo es luz en María.
Perfección de blancura  el pecho que amamanta
al niño desnudo  que  descansa sobre  el halda
materna.  Encarnado el vestido  de la Virgen,  anuncia
su ascendencia solar y celestial.  Y amarillo,  como flor
de retama  de  los campos manchegos, es  el lienzo
que cubre el cuerpo de su hijo.  Un niño desvestido
 rodeado de amor.  Desnudez de la carne  mortal.

Y  Doménikos,  imagina,  los niños de su infancia.
Las madres frente al mar dando el pecho a sus hijos,
la fuerza  germinal de la leche, y los desnudos clásicos
de las islas de Grecia. ¿Quién puede no extasiarse
ante tanta belleza? Una  bella muchacha,  delicada
y gentil,  sostiene en su regazo el amor de su vida.
Doménikos  no duda, que la madre de Dios
ha de  ser  la más bella: deleite  notable en su grandeza.  
No de otra manera sería su vientre el altar de  su Dios. 

Y dibuja el ovalo perfecto, la nariz aguileña,
y las cejas dos puentes  armónicos para  la mirada
 limpia  del río de los ojos.  Su virginal mirada,
amanecer,  que rompe  tinieblas y pesares. 
Las colinas suaves y sonrosadas de los labios
 oran sosteniendo a su niño. Y caben todavía,
debajo  del velo, las hebras  de cabellos dorados.
Un jardín de belleza es el rostro enmarcado. 
El pintor extranjero imagina  una  Biblia creada
con pinceles.  El Tajo es su Jordán.  Toledo es Nazaret.

El ama esa ciudad.  El niño descansa su  mano,
en la mano perfecta de la madre, delicada y cuidada
de dama principal.  Las manos, todas ellas, acarician
al niño: lo protegen como si imaginaran lo que ha de llegar
a suceder.  Santa Ana cubierta  su cabeza  medita
silenciosamente.  Genealogía  y epilogo
de lo que ya está, hecho.  ¿Qué más puede esperar? 
Cristal  de sembradura  la figura paterna.
Ni purpura ni armiño lleva sobre los hombros.
San José es ternura a la orilla del cielo.

Llueve sobre Toledo, Doménikos  se duerme.
Llegaron las cigüeñas sobre  torres de iglesias.
Es abril y en el huerto cantan los gorriones.
En el cristal del río,  El Greco,  es una sombra
de interminable luz del color de la aurora.


                                                                              Natividad Cepeda   

                 
Escrito este poema en Tomelloso: leído en Toledo el 9 de abril de 2014

(1)   Fundación Casa Ducal Medinaceli




martes, 11 de febrero de 2014

Recordando la vigencia de Eladio Cabañero

La fascinación por la poesía no siempre alcanza a todo el mundo; y en este apartado se pueden incluir a los mediocres poetas que jamás admiraran a los grandes.
Las causas suelen ser diversas, una de ellas es desconocer la obra del poeta, otra sentir el resquemor de la envidia y encubrir esta dolencia en códigos prefabricados de acoso y derribo del poeta y su obra.

Después de todo esto está la trama social de apuntarse a la moda del momento y ser asiduo de los eventos culturales, aunque los poetas y sus obras sean desconocidos. Eladio Cabañero poeta nacido en Tomelloso y residente en Madrid desde la década de los años 50, hasta su muerte en el año 2000, es uno de esos poetas más conocido por su nombre - incluida su ciudad natal- que por haber leído su obra.
Suele ser esto algo normal entre el gran público, y así hay muchos excelentes poetas  reconocidos por sus premios con escasos lectores de su obra.

A Eladio Cabañero durante su vida  ha sido frecuente verlo andar por las calles de su pueblo, metido en sí mismo, casi siempre andando camino de la ferretería de su amigo Emiliano Negrillo, hoy inexistente Allí, en esa ferretería con aire de solera familiar recuerdo que en una ocasión lo saludé, y le pedí hacerle una entrevista. Me la negó, y me dijo que podíamos hablar de lo que quisiéramos, menos de él. Mira, me dijo, podemos hablar de ti, de lo que haces ahora. A lo que yo le respondí. Ahora lo que hago es hablar contigo, que es lo más importante, y otros días cuando tú no estás por aquí, sigo viviendo como las demás gentes de nuestro pueblo. Él me miro profundamente a los ojos, le dio una chupada al cigarro, dejó caer sus manos, dando la sensación de querer llegar al suelo, y desde la silla donde estaba sentado me envolvió en su mirada y musitó con la voz hacia adentro. A mi ya no me quedan ganas de vivir.
En la tienda se hizo el silencio y yo supe que Eladio se moriría físicamente aunque se iría   cuando Dios lo llamara. Espiritualmente él ya se había anticipado a ese día.
Ignoro casi todo acerca del misterio de la vida, pero intuyo que en ocasiones hay un cristal multicolor  que nos hace vivir ocasiones excepcionales, o tratar a seres únicos e irrepetibles. Y hasta conocer a poetas puros; que también los hay, y los ha habido.
Un poeta no es mejor porque escriba muchos poemas, tampoco porque sea asiduo de los cenáculos donde se trasiega con los premios y las prebendas de cada momento.
Un poeta, lo es, por su poesía. Y porque los poemas  lleguen a emocionar a los lectores. A cualquier persona sin necesariamente ser un lector de su generación y al margen de que al autor se le haya conocido personalmente. Los poetas tienen ese don, carecen de tiempo y de edad
A Eladio Cabañero lo descubrí por un poema  leído a solas una noche de invierno, y supe que por ese poema Eladio Cabañero siempre sería un gran poeta. El poema lleva por titulo "Acción de Gracias por un Hombre", y éste poema es un poema universal de ayer, de hoy y para mañana. Lo es también el poema titulado "La comida", dedicado al poeta y amigo fiel, que lo fue hasta la muerte, Carlos Sahagún, y "Compañera", y algunos otros que emocionan y conmueven. Pero yo me pregunto ¿quien lee  estos poemas? ¿Quien asume la valentía de sus palabras y admira la belleza de sus metáforas?  ¿Quienes, cuantos acceden a ellos y van y vienen por sus versos? Pocos. Como casi siempre ocurre, una minoría.

Una vez más la historia se repite, un hombre muere y en la memoria colectiva se recuerda que entre nosotros ya no lo tenemos, y a Dios gracias se recopila su obra y se deja a disposición de quienes quieran acceder a ella. "Poesía Reunida" de Eladio Cabañero editada por Excmo. Ayuntamiento de Tomelloso y con la colaboración de la Excma. Diputación de Ciudad Real, es un libro para tenerlo entre las manos y en los anaqueles de la biblioteca propia, para conocer por él y su contenido a uno de nuestros grandes poetas Castellanos-Manchegos españoles sin prejuicios de vecindad tan dados a desprestigiar lo nuestro.     



                                                                                                                                         Natividad Cepeda.

Arte digital: N. Cepeda