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martes, 16 de mayo de 2023

Crónica del encuentro poético con el grupo Literario del Ateneo de Alcázar de San Juan y la Tertulia Literaria de la Media Fanega de Tomelloso

 








         Natividad Cepeda

Crónica del encuentro poético con el grupo Literario del Ateneo de Alcázar de San Juan y la Tertulia Literaria de la Media Fanega de Tomelloso

Por encima del tiempo transcurrido  procuro que la confusión no me trabe el camino andado porque olvidar  con los que anduve  sería tanto como traicionarme a mí misma.  Y es en esa senda donde a través de los años he mantenido amistades y 

encuentros con la poesía y con los que la sienten como voz propia. En ese periplo he perdido amigos y he encontrado otros y me caben en mi vida como tesoros recibidos hasta el día de hoy.  Entre ellos los integrantes del Ateneo de Alcázar de San Juan a través de los años y los de la Tertulia Literaria de la Madia Fanega de Tomelloso con los que asistí a su fundación hace casi una treintena de años.

El amor, incluso en literatura, es compartir y abrir puertas para conocerse y brindar encuentros y ampliar amistad, también en lo poético, y ha sido así como se ha dado el encuentro entre dos grupos cercanos geográficamente, Alcázar de San Juan y Tomelloso, alejados a través de los años. Todo surgió el pasado mes de abril  en la presentación de mi último libro publicado, “Con la sed de todos” en el Centro Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Tomelloso donde fui acompañada por miembros de las dos agrupaciones -entre otras- y al finalizar el acto, los del Ateneo sugirieron hacer su primera parada de las veinticuatro horas de poesía itinerante  que hacen anualmente en Tomelloso, y en el salón del Centro por ser excelente marco para ello; se me sugirió y se lo comuniqué al párroco José ángel Martín Acosta que accedió a ese encuentro.  Y esa misma noche, del  quince de abril, pensé que los anfitriones debía ser  la Media Fanega comunicándoselo  a la actual presidenta Pilar Valentín. El encuentro se preparó y como antaño la iglesia acogió en su centro a los poetas de ambos grupos.

Regresar a los orígenes de donde se representaban obras literarias al pueblo llano ha quedado en el olvido de las gentes, salvo de los eruditos, pero he aquí que en la mañana del doce de mayo de 2023 la poesía de los poetas de los pueblos se unió creando un puente de amistad gracias a los versos y al salón de una iglesia que generosamente les abrió sus puertas.

La crónica fotográfica de esa mañana la hizo, Javier Cepeda, de la Media Fanega, recogiendo imágenes del acto y de los poetas que intervinieron. Escuchamos al  presidente del Ateneo Luis Ángel Ajenjo, atento al reloj, por la premura del viaje itinerante que realizaban. Al finalizar nos hizo entrega de libros, vinos y las famosas tortas de Alcázar de San Juan, pagando así nuestra acogida. La actual presidenta de la Media Fanega, Pilar Valentín les hizo entrega de un pergamino con un poema referente al nacimiento de la Media Fanega…Entre los asistentes,  Mariano Lizcano, que fuera presidente del Ateneo y María Moreno, presidenta anterior de la tertulia Literaria de la Media Fanega durante diecisiete años: muchos otros nombres de poetas y amigos desgranaron versos en ese recital por lo que escribir esta crónica es una especie acta notarial  imprescindible para el recuerdo de lo acontecido.

 No siempre se abren puertas a los demás primando lo personal por encima del encuentro sin tomar la palabra, así lo hizo el sacerdote José Ángel Martín Acosta, asistiendo a la lectura. Las palabras de los poetas rozaron el sol de la mañana de mayo calentando el corazón de los asistentes: solo ellos, poetas de los pueblos vestidos de palabras esperanzadoras e ilusión:  sus voces se fueron sucediendo como juncos mecidos por la brisa de  la mañana.

Sumar versos es sumar sueños abandonados en el desván de la vida y al hacerlo se escriben de la memoria y derrotas personales que se guardan en las alforjas íntimas de cada uno.  Tan increíble y necesario es que los encuentros se dan en infinidad de lugares geográficos ignorando que si nos asomamos a nuestras propias vibraciones escuchamos al juglar de hace siglos reencarnado en nosotros mismos.




Vivir es tan apasionado que sin pasión estamos muertos. Con pasión olvidamos que la vida pasa rápida como un aleteo de alas por el azul del cielo, y con ese aleteo  

permanece la ilusión de los poeta. De los aprendices de enlazar palabras hasta convertirlas en versos. 

Julio Llamazares  ha escrito que “Las librerías están llenas de libros escritos por gente que no son escritores. Escritor es aquel que seguiría escribiendo aunque no le leyeran ni publicaran, porque tiene la necesidad de escribir”. Es una certeza a medias, nada más que a medias, porque  gracias esos escritores desconocidos fluyen libros  diversos en el mar  de la literatura actual. Y me atrevo a asegurar que entre esos escritores  hay  hallazgos literarios como también entre los escritores de grandes editoriales los hay mediocres.

Por todo ese fluir es positivo encontrarse y escucharse los grupos literarios y estrechar encuentros con los más cercanos porque las barreras kilométricas ayudan sin necesidad de gastos excesivos en desplazamientos. Sobre todo cuando la economía es flaca para invertir en poesía. Es evidente  que hay que leer, y volver a leer a diario, para no desmayar de hambre de buena literatura pero sin olvidar que soñar y crear no evitará sentir la soledad de la muchedumbre al no ser escuchados. Escuchar es aprender a conocer a los demás, incluso a los poetas anónimos que nos rodean.

Natividad Cepeda

martes, 27 de octubre de 2020

Los libros y su apertura a los espacios de mi vida

  
 La voz amada de los poetas la descubrí en el colegio, la profesora nos hacía leer poemas de un libro gordo, grande y algo destartalado por donde aparecía José María Gabriel y Galán, Rosalía de Castro, Antonio Machado, León Felipe, Federico García Lorca, Teresa de Jesús, Ramón de Campoamor y sus doloras

   «Que en este mundo traidor              

nada es verdad ni mentira.          

Todo es según el color                 

del cristal con que se mira».… y apenas mujeres. Desde entonces yo me preguntaba por qué no estaban las mujeres.

Recuerdo aquellos años de un mundo masculino y solitarias horas de una niña embebida en libros y más libros. Recuerdo que de pronto descubrí  no solo a Federico García Lorca y a Miguel Hernández  y, a Pablo Neruda. Me quedé con Neruda como se queda la golondrina en la primavera manchega volando en el espacio azul de la llanura. Después conocí a Carmen Conde. La conocí cuando peinaba canas y me dio su tarjeta y me dijo que había perdido a su hija cuando era una niña; y al decirlo la tristeza le cubrió la mirada. Compre libros de ella y de  Gloria Fuertes. Y una tarde de mayo en la casa de cultura y biblioteca de mi pueblo llegó Sagrario Torres, altanera y bella con su orgullo de casta y sus bellos poemas… Nombres que están en nuestras bibliotecas. Mujeres que las pueblan y hoy son mucho más lectoras que los hombres. Mujeres que mantienen el equilibrio del ayer y del hoy pasando a las bibliotecas en grupos de lectura. Mujeres a las que se les negaron disfrutar de los libros ayer.       

Hay lugares que siempre perduran en la memoria, siguen anclados en el corazón igual que el color escarlata del ocaso. Son esos lugares que llevamos en la memoria de la infancia, todos los que nos dejaron su huella y nos hicieron crecer desde adentro hacia afuera. Son por donde nos vemos si hemos avanzado en dignidad y cultura, en respeto por lo que nos los dieron y por lo que gracias a ellos hoy somos lo que somos. Quién sabe lo que seriamos de no haber tenido un libro entre las manos, todos los que no podían comprarlo y que los abrieron gracias a esa biblioteca donde siempre estaba el director o directora para recomendar y ayudar  elegir la obra que fuera comprensible y amena. ¿Quién lo sabe?  


Durante mucho tiempo el edificio de la biblioteca fue para mí un lugar mágico lleno de silencio. En ese silencio yo escuchaba rugir al mar en las tormentas marinas con sus vórtices y remolinos creando trombas de agua gigantescas y olas que engullían los navíos. Viajé en buques por alta mar  y hasta llegué a encallar en playas lejanas que nadie conocía con Julio Verne. Sentada con mis piernas balanceándose en la larga mesa alta, iluminada por las lámparas de metal, trabé amistad con Pinocho y su autor  un italiano que se llamaba Carlo Collodi.  Sin embargo la biblioteca en mi  entorno era casi desconocida porque  no le interesaba a casi nadie. Sumergida en páginas y páginas de libros descubrí  guerras de tribus y naciones. Viajé a sabanas y tundras. Y fui conociendo a picaros y aventureros junto a santos y heroínas. Cerca de los libros estaban las noticias de los periódicos con sus editoriales y artículos firmados por escritores y periodistas y fui comprobando que entre todo el complejo de la biblioteca era escaso el nombre de mujeres en los diferentes ámbitos y temas.  Lo mismo ocurría con los asociados apenas si había mujeres pasando a ese recinto donde nadie impedía pasar. Y de pronto en el viejo corazón de la biblioteca llena de sentimientos y añoranzas arribaron otros libros y el espacio pareció empequeñecerse porque yo había crecido y conmigo surgieron otros lectores y el inmueble se tornó caduco. El primer edil adecuo otro edificio y los libros se empezaron a empaquetar por secciones y autores. El proyecto se hizo realidad y cuando el último libro se bajó del anaquel donde había vivido muchas décadas, al depositarlo en su caja salió y se cerró la puerta… Allí en el silencio de la estancia escuché sollozar al piso de madera y desde las baldas vacías fueron cayendo pedacitos minúsculos de polvo y de madera semejantes a lágrimas.  Desde las ventanas  el silencio despojado de los libros  pensó que allí no tenía sitio. Alzado en sí mismo intentó divisar los amados  libros y con ellos a los directores de la biblioteca. En su desconsuelo evocó sus voces tenues y los sueños de los que entre sus paredes habían escrito bellos poemas y hermosas narraciones. Arriba brillaba el sol y sin palabras, con grandiosidad  se despidió de las paredes y se fue a buscar los amados libros al nuevo edificio.


Un día pasé a la nueva biblioteca y de pronto el silencio me saludó. Me envolvió en su pátina y los dos nos sentimos realmente dichosos. Ajena a nosotros la primavera se paseaba por la nueva biblioteca a la que años después  se le puso el nombre del primer director; Biblioteca Pública de Francisco García Pavón y  de nuevo después de las pasadas décadas la directora es una segunda mujer Rocío Torres Márquez. En el recuerdo queda Ana Victoria Velasco y Doroteo Cabañas los que también dirigieron la biblioteca. El sol entra por los ventanales acariciando con su luz los viejos y nuevos libro. Es el mismo sol que he visto iluminar otras bibliotecas de mi tierra. Y también en sus estancias me ha saludado el silencio en Toledo recitando y recordando al Greco. En Ciudad Real  leyendo pasajes del libro escrito por Miguel de Cervantes de su Hidalgo  Don Quijote de la Mancha, tan suyo y tan nuestro. Siempre entregada a esa fuerza en plenitud donde los libros esperan he leído en bibliotecas de Albacete, de Munera, Cuenca, Valdepeñas, Ocaña, Miguelturra, Calzada de Calatrava, Piedrabuena, Puertollano, Manzanares, Campo de Criptana, Argamasilla de Alba, Pedromuñoz, El Toboso, Torre de Juan Abad, Miguel Esteban, La Solana, Albacete, Toledo, Madrid…sola y con  compañeros escritores y escritoras, creaciones nacidas en soledad gracias al germen de otros libros. Los libros continúan siendo mis inseparables amigos.

 Las bibliotecas y todos los días dedicados a esos templos del conocimiento pienso que aún son escasos. La  lectura y el paisaje de ciudades y pueblos inmerso en la retina y el silencio sumergido de cualquier biblioteca es un logro importantísimo para la cultura. Lo fue para mí, en la de mi pueblo, Tomelloso,  y desde ella todos las otras, donde ahora las mujeres si van y entran. Rompimos ataduras decrepitas y detrás de nosotras todas las generaciones que hoy pasan a todas ellas. Los libros son nuestros tesoros, en ellos coincidimos y nos reencontramos con nuestras raíces auténticas. Reivindicar las bibliotecas no debe quedarse en un día conmemorativo porque son mucho más que esa efeméride que pasa inadvertida.

 

                                                                                               Natividad Cepeda