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martes, 10 de septiembre de 2019

Francisco García Pavón pluralidad en el devenir del tiempo


 El tiempo desdibuja  lo que fue real, similar a los castillos de arena de la playa que el mar borra quedando lo que capto una fotografía sin esa instantánea nadie lo recordaría. El aliento de los creadores en su faceta personal se olvida quedando para el gran público sus obras. Ha vuelto a los medios de comunicación y culturales el escritor Francisco García Pavón, en la conmemoración del centenario de su nacimiento por la celebración de esta efemérides se escribe y dan conferencias sobre su personalidad y obra literaria. Se han vuelto a reeditan sus obras completas. Dentro de la espiral de ese recordatorio todo es válido. Y todos aseguran haber leído al escritor tomellosero, nacional e internacional por lo que escribir sobre él y su legado literario es bien recibido.
La primera novela que leí a mis once años en las horas de siesta fue, Cerca de Oviedo, de Francisco García Pavón; libro que figuraba en el armario biblioteca del despacho de mi padre. Un libro  que me hizo preguntar por el autor al que conocí en el Casino de San Fernando de Tomelloso, situado junto a la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora: Casino adonde los domingos iba con mis padres por ser lugar de reunión con los amigos y centro de la sociedad rural de Tomelloso. Allí los niños jugábamos al parchís automático, comíamos cortezas y patatas fritas,  bacalao rebozado recién hecho en la cocina del casino. En verano mientras los mayores hablaban sentados en los veladores de la terraza del casino, los niños correteábamos por entre mesas,  sillas y la explanada de la iglesia. Fue allí donde mis padres me dijeron quién era el escritor de la novela que yo había leído…
La vida es un bulevar increíble que desborda por los personajes que desfilan por él. Y en ese bulevar tomellosero  vi pasar los años al escritor  con el que jamás hablé, porque a pesar de que me encontraba con su mirada penetrante al coincidir comprando el periódico en la tienda popular de Quinito, los que comprábamos prensa, y en la plaza bulevar del casino y la iglesia, donde él paseaba solo, al caer la tarde y llegar la noche, mi respeto hacia el personaje y mi timidez me lo impidió. También muchas noches, a través de los años,  lo vi con su  amigo Manolo Perona, camarero del casino, al que yo saludaba porque lo conocía desde la infancia; hombre educado y culto, amigo de mi padre y de Francisco García Pavón. Los dos  paseaban en la plaza solitaria dialogando pausadamente y con los que al cruzarme, alguna vez Manolo, me preguntaba por mi padre, cuando llevaba algún tiempo sin verlo por el casino. Con ellos me paraba unos minutos y en la mirada de Paco García Pavón, siempre había destellos de sonrisa  a la manera de la Mona Lisa. Los dos nos conocíamos. Y es que a  veces el lenguaje de los gestos dice mucho más que las palabras. El tiempo  nos devuelve la memoria al socaire de los recuerdo. Son tantos nombres los que han pasado y tantas las bajezas y grandezas las que se han vivido… Tantas las que no se cuentan y las que se exageran, omiten y se inventan…
Se celebra un centenario y en el oleaje de las pequeñas historias todos se apuntan alardeando de conocer al escritor y su obra. En esas acechanzas todos son versados sobre los libros publicados del escritor. Y todos, viejos y jóvenes presumen de haberle conocido. Los que compraban el periódico en la “tienda de Quinito” repleta de prensa y coincidían con el escritor con los que hacían cola para sellar las quinielas del futbol, jamás intercambiaron palabra alguna con él. Ni él con ellos.
Mientras el rodaje de la serie de Plinio por las calles de Tomelloso, en las idas y venidas de los actores y figurantes locales tampoco levantó demasiada expectación. Recuerdo que en la calle Belén – llamada ahora, Rvdo. D. Eliseo Ramírez -  en frente de la calle Galileo, había un estanco: el estanco de Pedro Borlas, donde además de tabacos se vendían sobres, cartas, lapiceros, borradores, sellos de correos y algunas otras cosas que la vecindad de esas calles solíamos adquirir con asiduidad. Entre descanso de rodajes era normal ver paseando tranquilamente  a los actores Antonio Casal (Plinio) y Alfonso del Real (Don Lotario), incluso pasar a comprar al pequeño estanco donde coincidíamos con ellos y donde de la manera más natural intercambiaban algunas frases con el estanquero y  los parroquianos; sin fotos ni aspavientos. En la misma acera, fachadas después  había una tienda donde se vendían hilos, cremalleras, medias, calcetines y se cogían puntos a las medias por las dependientas de Lola Merlo. Tienda de clientela femenina y donde cuando el rodaje se iniciaba molestaba un tanto a los dueños de las tiendas porque se cortaba el tráfico y  bajito y a regañadientes musitaban que ya podrían rodar cuando no molestaran a las horas de trabajo. Y curiosamente casi nadie había leído los libros de Francisco García Pavón, confesándolo sin culpa alguna. Los más viejos referían que su familia  habían tenido la fábrica de muebles del Infierno, y que su mujer era hija de Angelito Soubriet, que había tenido una ferretería y vivía junto a la iglesia enfrente de la farmacia de doña Luisa: y el personal miraba al vacío como haciendo memoria de todo aquello y alzaban las cejas o subían los hombros en silencio con lo que con aquella explicación quedaba todo aclarado.
Fue después cuando la televisión empezó a emitir la serie Plinio que algunas gentes empezaron a buscar libros del autor del pueblo y a presumir de conocerlo. Luego pasó  la serie y salvo los intelectuales del pueblo casi nadie hablaba de él. Es tan cierto como que cuando paseaba por la plaza o compraba la prensa nadie le decía nada. Recuerdo que en un almuerzo en Madrid  en homenaje al poeta Leopoldo de Luis, al despedirme y felicitarlo me sonrío y dándome los gracias me dijo; “En la escalera de mi piso casi nadie sabe de mí, y en mi calle nadie me conoce”. Desde aquél lejano día pienso que  es triste que a los muertos se les conozca y no a los vivos. Porque el novelista García Pavón  amaba su lugar manchego: Y así quedó plasmado en la entrevista que le hizo José Vicente Ávila en Madrid  en febrero de 1973. Dijo:
“Mira, ya empiezo a estar cansado yo de tanto Quijote, de tanto Sancho y de tanta Dulcinea. Esto ya es un abuso y un folklore. Ahora todos los pueblos de la Región dicen: “Esta es la tierra de Cervantes. Por aquí pasó y tal y cual. Me gusta “El Quijote”, claro. Pero le doy más importancia a la manera de ser de la gente, su sencillez, el paisaje, esa condición de tierra inocente y descentrada y quizá un tanto humillada. A la Mancha nadie le ha hecho caso.”
Dolor expresado del hombre definido por el extraordinario escritor.
 Pues sí, es tierra donde no se queda nadie. No se quedaba nadie antes,  ni se queda ahora tampoco. El turismo va a Andalucía, Madrid o Levante. La Mancha la utilizan para mirarla con la mano encima de la frente, para echar un sueño hasta llegar al paisaje más ameno a las ciudades más divertidas. Somos la tierra más universal de España, pero donde nadie se para.  A la Mancha va el que tiene una curiosidad intelectual o por cuestiones de “El Quijote”. Es una tierra difícil para irse allí a darse la vida bomba.”
Cierto que es duro vivir aquí, ayer, y también hoy, con la despoblación actual.
Se le quedó sin cumplir el sueño de la película sobre su personaje Plinio para sacarse la agridulce herida de los comentarios que sus paisanos hicieron sobre la serie, al verse reflejados y no gustarse. Ocurrió, aunque ahora pasados los años nadie lo recuerde ni quieran sacarse a la luz.  Libros, crónicas, artículos y algunas definiciones escritas que lo definían como un señorito de pueblo; fue un intelectual estudioso de lo que le rodeaba y veía. Un escritor y notario de una época y un pueblo. Hijo de la Mancha geográfica, conocedor de que la Mancha política no era la real. Cuando se lee con parsimonia su legado literario sin otra búsqueda que el encuentro con el creador y su idiosincrasia,  se atisba  el alma que subyace en todo los que nos dejó. Madrid fue su otro lugar, la corte de los cafés y las conferencias, de las editoriales y los contactos donde darse a conocer para ser respetado y admirado entre los paisanos porque ser profeta en la tierra de uno no es fácil ni regalado. Con la celebración del centenario de su nacimiento a Francisco García Pavón se le devuelve su notoriedad y las generaciones de niños y jóvenes escuchan y escriben sobre el escritor desaparecido, aunque lo verdaderamente importante es obligar a leer su obra en las aulas.
La pluralidad de García Pavón es magnitud por la extensión de su obra por lo que no se le puede sintetizar de forma breve. Su capacidad literaria trasciende el límite de definirle como novelista ya que abarcó géneros literarios diversos. Tampoco el lector que escrudiña al autor le es ajena su personalidad, atrae porque define sus ideas y el marco histórico donde transcurrió su vida. Y es entonces cuando el carácter  del escritor se nos revela sin artificio encontrando en sus libros retazos biográficos donde, Francisco García Pavón, es narrador universal en el devenir del tiempo donde todo fluye dándose el encuentro entre el lector con el autor sin límites de fechas.


                                                                            Natividad Cepeda
Escritor: Francisco García Pavón nace en Tomelloso (Ciudad Real España) el 24 de septiembre de 1919 fallece en Madrid el 18 de marzo de  1989. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Profesor en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Novela, Ensayo, Cuentos, Crítica Teatral, Crítico Literario. Novela Policiaca  y Ciencia Ficción.   Premio Nadal y de la Crítica entre otros premios.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Septiembre se enriquece con “La mujer de la escalera” Premio Café Gijón de Pedro A. González Moreno  


Estábamos cenando al estilo europeo a eso de las ocho y media para salir después a estirar las piernas por las calles de este pueblo manchego interminablemente largas, carente de plazas recoletas  cuando desde la radio escuchamos su voz y lo reconocimos; es Antonio, nuestro amigo al que le han dado el premio en el Café Gijón, dijo Jesús, y nos quedamos escuchando con la sonrisa en nuestros labios.  Y su voz se quedó prendida en las orquídeas rosadas que había encima de la mesa como una pátina suave y cadenciosa, un tanto desvaída, sin los bellos matices que tiene cuando habla despacio y se queda mirando brillando en sus ojos esa chispa de yesca con la que intenta ocultar lo que guarda en su alma. Yo le he dicho en múltiples ocasiones  que vestido con un traje de charro mexicano estaría esplendido, y Pedro Antonio González Moreno se ríe, quedando entornados sus ojos para ocultar lo que en realidad piensa.

Este jueves catorce de septiembre La mujer de la escalera", de Pedro A. González Moreno, ha sido la ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2017 y una vez más un manchego de Ciudad Real, nacido en Calzada de Calatrava escribe su nombre en el café más culto y famoso del Paseo de Recoletos; ese nombre que se conserva por esas carambolas del destino cuando nadie sabe ni recuerda, que se le llama por un extinto convento de Agustinos Recoletos, hoy ocupado por la Biblioteca Nacional y dicen que también por el palacio del Marqués de Salamanca. Paseo emblemático de esa Madrid donde el escritor reside perdido entre sus avenidas y jardines dejándose llevar por el vaivén de la ciudad que lo nutre y deja en su rostro la mirada de otros muchos que como él, miran a la diosa Cibeles y escriben en la soledad de su escritorio de una mujer que le ha susurrado su histórica leyenda envuelta en pergaminos del pasado. Desde ahora cuando el poeta que también es, Pedro Antonio González Moreno,  cruce por los jardines y estatuas de ese paseo, Valle Inclán, lo reconocerá como uno de los suyos, aunque también lo oculte valiéndose de sus gafas y su aire displicente.

Pero si el escritor no hubiera sido minucioso al sumergirse en la ingeniería de la trama novelística, el jurado del Premio del Café Gijón no se lo hubiera otorgado, y en los días próximos, nadie sabría que ha pasado muchas horas sentado, escribiendo en la soledad de su escritorio, donde nadie salvo él, sabe las horas y días invertidos hasta llegar al final de la novela. La soledad es el precio que el escritor paga  a la fortuna de ser reconocido por sus libros. Cuando Pedro Antonio cruce por el Paseo de Recoletos con su figura de romántico y bohemio  hasta el café Gijón, la mujer de la escultura que sostiene un libro, alzará su mirada para saludarlo,  nadie como ella conoce el valor inmaterial que tiene un libro: está sentada y es un motivo escultórico donde se lee, Los libreros españoles al libro y a sus creadores. Palabras sencillas y hermosas que miran a los que pasan, sin que casi nadie repare en ellas.

Septiembre se enriquece revolviendo entre sus pliegues los pasos de González Moreno, cuando cruza el dintel de la puerta de un café viejo e histórico, dicen que fue inaugurado allá por el 1888, que huele a monotonía de  platica en plática, donde los escritores reciben el testigo de los que se fueron, para que sigan creciendo entre su aroma la sabia nueva de los que llegan.

Pedro Antonio González Moreno es licenciado en Literatura Hispánica y profesor de Lengua y Literatura. Dirigió el Aula Literaria Gerardo Diego durante doce años. Ha publicado seis libros de poesía, entre los que destacan Calendario de sombras (Premio Tiflos, Visor), Anaqueles sin dueño (Premio Alfons el Magnánim, Hiperión), y El ruido de la savia (Premio José Hierro). En narrativa, ha publicado Los puentes rotos (Premio Río Manzanares), el libro de viajes Más allá de la llanura y la novela juvenil La estatua de lava. Como crítico literario y ensayista, es autor de los libros Aproximación a la poesía manchega, Palabra compartida (Antología poética de Eladio Cabañero) y La Musa a la deriva (Premio Fray Luis de León de ensayo). El Café Gijón vuelve a tener entre sus parroquianos un escritor sin mengua de los que se fueron.

Desde el homenaje tributado a Nicolás del Hierro en el paraje de la Fuente Agria, en Piedrabuena, después de su muerte, no he vuelto a verlo. Aquella tarde Pedro Antonio tenía una sombra  nostálgica cruzándole los ojos. Nos fuimos después de dejar entre los árboles un poco de nosotros, el adiós al amigo en mitad de los campos. Escribiré un correo desde mi ordenador a Pedro Antonio, felicitándole por este merecido premio y espero, si Dios quiere, tener entre mis manos su novela, para como lectora, sentir ese placer que solo los buenos libros nos regalan.



                                                                                                                                                                                   
Natividad Cepeda
                                                                          
Arte digital: N. cepeda                        



                                                                                                                                             

miércoles, 28 de enero de 2015

“Una ventana abierta” de Nicolás del Hierro en la office del corazón


Un libro es siempre una ventana a lo íntimo del autor. Al abrirlo el lector se sumerge  en el pensamiento  único de quien lo escribió sin importar época, edad y circunstancias  de quien le dio vida. Por ese fundamento el libro nos traslada a experimentar  otras vivencias que hacemos nuestras, mientras su lectura nos embarga y aleja de nuestra propia realidad. Y de esa experiencia se nutre el libro escrito por el poeta y escritor Nicolás del Hierro. Desde su edad de oro nos amalgama  relatos testimoniales de vidas  que verificamos, bajo el tamiz de su mirada, dejándonos sólo entrever lo que él quiere mostrar, para que  el lector pueda hurgar, esa otra parte misteriosa de imaginar nombres y lugares; hecho éste que da al texto universalidad sin fecha de caducidad.

Nicolás del Hierro ha forjado su personalidad literaria en el entramado personal de su avatar humano. Y ese orden sucesivo de aconteceres es lo que se muestra en este libro. Porque lo verdaderamente interesante de los libros es, además del placer de la lectura, la incursión indiscreta en otras vidas que se suceden en esta obra literaria. Nicolás del Hierro nos da a conocer en estos relatos, personajes humanos polifacéticos de variada condición social. Es esa ventana abierta por donde vemos las vidas de los desconocidos que ignoramos, incluso, cuando compartimos con todos ellos espacio y tiempo indeterminado, en ese mundo paralelo donde convergemos.  Esa es,  como lector, la conclusión que he sacado al concurrir por las vidas de los seres anónimos que vemos y juzgamos, gracias a la fotografía literaria que el escritor ha dejado en el libro.

Porque lo interesante de un libro es precisamente llenarnos y empaparnos de su contenido. Cuando esto ocurre, el libro. ha conseguido su propósito, que no es otro que el de ser leído. Y Nicolás del Hierro lo logra a través de las cuatro partes en las que ha dividido su lectura bajo el título: Uno: Cinco estrellas: que reúne ocho relatos, y es del primer relato donde el libro coge su nombre; “Una ventana abierta” donde, desde el relato he percibido la soledad del poeta en la vida corriente y común,  que sólo los poetas verdaderos conocen y que el confiesa al decir. ”Yo no puedo hablar de versos con ninguno de los que me rodean”.

Continua, Dos: Destinos concretos: con cuatro relatos: del relato Fotografía de una guerra, sorbo el humanismo de Nicolás cuando afirma “El hombre es un interminable laberinto en donde se debaten el odio y el amor, la sinrazón y el miedo.”   Hermoso pensamiento como también lo es literariamente todo lo escrito. Y sin  dejar esos destinos, también hay que detenerse en el llamado “Los que regresan” impregnado del dolor de los que emigran, tan latente hoy…”Hay que asomarse al más grande horizonte posible y decir, señalando, “por allí queda EspañaMagnifico comentario, como muchos otros hallados en esta obra.


                                                                 Le sigue, Tres: Personas y lugares: de cuatro relatos que se leen ávidamente sin desmerecer el uno del otro  por su interés y belleza plástica y figurativa enmarcados en Cuenca y Toledo con sus leyendas y personajes. Y para cerrar,  Cuatro: Testimoniales:   diez relatos entrañables, cargados de nostalgias y recuerdos con la visión del que ha vivido y atesora en su memoria un bagaje  no extinto de olvido. Si dejar de leer el Prólogo de Luis Díaz-Cacho Campillo, donde asegura; Nicolás es todo corazón, pálpito en mitad de la mañana para gritarle al mundo que la vida tiene sentido, que tenemos un tiempo que no regresa y que es posible el encuentro de todos aquellos que anhelamos vivir en paz y en armonía.   Y para ello escribe versos y poemas y relatos. Historias que nos han podido pasar a todos. Así es Nicolás del Hierro, una página abierta en mitad del vértigo diario. Aquella ventana abierta a través de la que  Nicolás del Hierro siente y abriga esperanzas. Al fin y al cabo- define en su Prólogo Luis Díaz- Cacho-  de eso se trata de amar, de sentir, y de soñar.

Ciento cincuenta y cuatro páginas  de un libro bien editado por  Ediciones C&G: Coordinado por María Jesús Criado Gallego y con la Dirección Editorial de M. J. Gallego Romo. El diseño acertado de la portada de  Julio Criado, que nos trae el recuerdo acristalado de los preciosos miradores del pasado siglo. Un libro, por donde uno de nuestros ilustres patriarcas manchegos, nos regala en algunos de estos relatos, retazos autobiográficos, para quien indague sobre su obra y personalidad. De esta manera, Nicolás del Hierro, nos recuerda que escribir un libro, es un acta notarial para el que sepa leer entre líneas la obra de un escritor. La suya, intensa en publicaciones que lo avalan y acreditan como un legado  para las futuras generaciones.


Publicado en el Diario Digital 
 manchainformacon.com  27/01/2015                                                                                                    

                                                   Natividad Cepeda           


Arte digital: N. Cepeda

martes, 18 de febrero de 2014

Mi Encuentro Con Francisco Mena Cantero


Escuché hablar de su poesía a muchos otros escritores con respeto y admiración hacia su obra. Entre ellos al desaparecido Francisco Creis, y a su hermano Julian Creis, en la casa de la calle Cárcel Vieja de Valdepeñas.
También a la escritora  Ana Moyano, por citar algunos nombres. Había leído su poesía como suelo leer a los poetas, deleitándome, con ese placer que siento cuando me sumerjo en la lectura de las imágenes poéticas.
He escuchado reiteradamente decir a muchas personas que prefieren leer prosa, antes que poesía y,  escucho sin opinar nada ante esa afirmación. Luego he ido descubriendo que esa misma gente, o muchos de ellos, han escrito poesía, o al menos lo han intentado, pero curiosamente casi ninguna de estas personas conocen la obra de nuestros poetas. A lo sumo, citan a los poetas populares y poco más.
Francisco Mena Cantero es uno de nuestros grandes y buenos poetas manchegos. Ciudadrealeño de bien, y manchego en su porte y en su hablar. Aunque creo que su permanencia en el Sur, concretamente en Sevilla, le ha dejado en la mirada el sello y la hondura que marca el destino de pertenecer a dos tierras.
No sé si en Francisco Mena Cantero, a estas alturas de su sabiduría, la poesía que lo habita y sostiene, le ha aportado la grandeza que se desprende en sus composiciones, o esa grandeza de alma le fue regalada desde antes de su nacer. Pero, sea como sea, sumergirse en la lectura de su poesía es encontrarse con un  filósofo que al escribir muestra las múltiples acciones que los humanos podemos sentir, hacer y pensar.

Dones, que dirían los clásicos, de la mente y el corazón, que son las que abren el universo a los mortales. Porque Mena  Cantero es un poeta para la posteridad ya que su poesía seguirá viviendo después de él.  Imponerse la tarea de escribir es sucumbir a dejar las reflexiones íntimas para que sean conocidas por todos. Es compartir las emociones con otras personas, a las que probablemente, jamás conoceremos. Por eso es tan importante conocer al autor de esa emoción. A este poeta y articulista le había seguido sin ponerle rostro. Porque para un  autor su verdadero rostro es su obra.

Pero la amistad que siempre es milagrosa, fue la que me brindo  conocer su rostro y su figura. Ocurrió un sábado, 17 de noviembre en la cervantina Argamasilla de Alba, con motivo del homenaje que, Los Académicos de la Argamasilla, rindieron a la escritora Ana Moyano, hace algunos años. Impecable en su modo y en su hacer Francisco Mena Cantero leyó unos sonetos en homenaje a Ana Moyano, y después con esa discreción de las grandes personas se me perdió al final del acto entre el barullo de los congregados.



He de confesar que me sentía algo azorada al dirigirme a él, para saludarle. Con el pasar de los años he ido aprendiendo lo importante que es respetar el espacio de los otros. Pero también soy consciente de lo afortunada que soy cuando coincido con escritores a los que sigo y leo. Me agradó su sencillez y su acogida llana y afectuosa, sin  presunción ni engolamiento, y supe que su obra poética y de artículos, no desmerecían en nada con el hombre que tenía delante de mí. Días después me llegó el regalo de su Antología Poética (1967-2002) editada por el Ateneo de Sevilla.
He leído, y vuelvo a su lectura en ocasiones, para reencontrar la humanidad que se destila en los poemas. Y no es este un artículo donde pretendo analizar la obra poética, más bien es  un recordatorio de lo satisfactorio que puede resultar un encuentro.

Un nombre y un hombre. Un poeta y un escritor, que medita sobre sí mismo, y luego, nos lo deja para que los demás hurguemos en sus heridas y en sus descubrimientos.
Francisco Mena Cantero habla de la besana y de la tierra, del caz de la noria del tiempo, y de las alforjas cargadas de dolor, de los cardos y  del barbecho en un libro al que llamó "Motivos de tierra" escrito en 1977 y al que leyéndolo hoy,  "Todavía puede sonar la undécima esperanza", para esta tierra donde él nació y yo vivo. Porque es cierto que nos une aquello de lo que hablamos y amamos, porque carece de edad y de época.

Todo poema y verso escrito en esta antología resuda interés por lo acontecido, y no sería vital ni actual, si no fuera así. La poesía verdadera es aquella que rezuma energía, la que no pasa, la que mantiene su mensaje sin disgregar lo esencial de la vida. Es una fotografía de signos donde el negativo es el alma. Y de esa línea universal donde todo transcurre escribe Mena Cantero, en  "El otro libro de Job" y su poema "Credo".


Libros por donde un hombre escribe desde la soledad del Ser, y sé que al verle, muchos no supondrán  que detrás de sus gafas y su mirada directa y sin tapujos, ese poeta lleva dentro de su envoltura, tanto equipaje de humanidad.
Veinte libros reseñados en esta antología que dejan al descubierto la trayectoria magnifica de su autor. Por eso hay que volver a él. A sus datos, y a su filosofía. A su verificación de lo que es humano, y a la vez busca a Dios en el libro que cierra la antología con el título, "Esta fe que nos lleva" que es Premio Mundial de Poesía    Fernando Rielo del año 2000, y donde en el poema "El Dios de la palabra" resume la creación del lenguaje y su significado del amor, con la difícil sencillez de lo que parece sencillo, y no lo es. Me tomo la licencia de transcribirlo por su belleza.

"Darle nombre a una cosa
 es crearla otra vez, una manera
de otorgarle la vida,
cuando te nombro, amor,
y tú ni me contestas.
Esto que está ocurriendo:
el nombre de las cosas;
llamarte;
verte dentro de mí, no con los ojos;
y otras cosas que se hacen con palabras
es demostrarnos a nosotros mismos
que somos
hijos del Dios de la palabra
y de su misma estirpe,
por más que no reconozcamos
que esto sucede siempre
y es así de sencillo."

Sin lugar a dudas que este manchego - sevillano es un poeta de sumo interés, y esta crónica, pequeña  acerca de su persona y de su obra, es una pincelada escasa, que solo relata un encuentro fortuito en una noche de otoño bajo el cielo manchego.


Es éste un artículo que anteriormente  publiqué en otros medios y escaparates de lectura, cobra vigencia y lo recojo, porque hoy a las siete de la tarde será nombrado Hijo Adoptivo de Ciudad Real Francisco Mena Cantero por la Alcaldesa  Rosa Romero a tendiendo las innumerables peticiones firmadas de los amigos que lo conocemos y admiramos.


                                                                                                                             Natividad Cepeda


Arte digital: N.Cepeda

jueves, 30 de enero de 2014

Con un rumor de nieve se ha ido Félix Grande


Reabro el umbral de lo oscuro por donde las estaciones  no saben de lamentos y cerrando la indulgencia de la infancia de ayer, pongo sobre el blanco del día la negritud del luto que nos deja la muerte.
Ha muerto un poeta. Se nos ha ido en enero  dentro de la dehesa del frío y el granizo, con un manto de nieve sobre amplias besanas, y nos queda sobre el frío asfalto la máscara del miedo. La de ignorar si luego se irá apagando su grito, y su voz, y su verso, y su tiempo de hombre por esta geografía que cruzó de un ángulo a otro ángulo, de ciudades y barrios con sustancia de pueblo: humano para su desventura y también para la nuestra. Esto es vivir, encender los recuerdos y cerrando los puños enterrar a los muertos.

Me lo ha dicho mi hija a través del teléfono, con voz incrédula y triste. Ha vuelto a llamarme y consternada ha vuelto a repetirlo; mamá, mamá ha muerto Félix Grande. El silencio ha caído  solemne sobre él. Como cae la palabra cuando nadie la escucha. Hace años, muchos años, yo le hice una entrevista y al preguntarle sobre su fama adquirida él, mirándome a los ojos me dijo imperturbable: Quien sabe, quién mañana será recordado.  ¿Acaso los poetas que escribieron sus versos hace cien, doscientos, trescientos años, los que en su tiempo disfrutaron de fama ahora se les recuerda? Yo me quede mirándole y dije algunos nombres de los poetas clásicos… y él me dijo sonriendo. ¿Y los otros, los que sí escribieron y  tú no los pronuncias?  Aprendí la lección. Fue una lección llena de sabiduría. Félix Grande no se irá de la vida siempre que sus libros se lean. Ese es su patrimonio y también lo es nuestro. Y el poeta, el flamencólogo, y el conferenciante, el escritor curtido en el surco del libro, sabía que la aurora es hermosa cuando envueltos en su luz ojeamos los libros. Los libros han sido su andadura, y también las palabras formarán su epitafio.

Mañana, vendrá a presidir el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Tomelloso, así me lo ha dicho el alcalde. Y de nuevo en el salón silencioso flotarán las figuras de Francisco García Pavón y la de Eladio Cabañero; compañeros de letras, polvo ya del pasado al que siguen llegando al hojear sus libros. No se han ido del todo, por aquí se les nombra y se les quiere como algo muy nuestro. Eran un triángulo de ases  al amparo del verbo enlazando metáforas, sarcasmos y sentencias, versos de amor y fuego. Versos clamando algo, justicia, libertad, rabia, desigualdad… y amor bramando vida.

Se nos ha ido el poeta llamado Félix Grande, pronto, y sin que apenas nos hayamos enterado de que estaba malito. Sí, malito, como dicen los niños  de por aquí cuando les duele algo. Y a nosotros nos duele  su marcha y su abandono de esta tierra inhóspita en tantas ocasiones, pero que nos regala a personas geniales, y por eso no nos gusta que nos dejen, ni que envejezcan, ni que se marchen sin saber que han estado malitos. Félix no quería el olvido. No lo queremos nadie porque cuando sucede, entonces, es cuando de verdad morimos y nos vamos.

Si todo es como me han dicho mañana, reposará junto a sus muertos. Y no serán dos días decretados de luto en su honor. Cuando las ceremonias oficiales terminen, en ese camposanto enjoyado de frío sentiremos el luto, porque se nos ha marchado con un rumor de nieve, quizá porque la nieve es blanca y estamos en enero cuando el cielo nos parece más alto y es más bello. Nos deja su obra, y se queda encerrado en el  corazón del pueblo vinatero, en el que aprendió a vivir, a sentir y a latir como hombre y poeta, aunque después se fuera. Ahora vine para quedarse a pesar de que sus libros seguirán viajando por extensas laderas de ciudades lejanas.
Descansa en paz Félix Grande Lara: Y gracias por habernos dejado tu belleza interior, en palabras. Gracias por venir a tu pueblo.

                                                                                                       Natividad Cepeda
Publicado en Mancha Información 
Diario Lanza Ciudad Real                                                                                                         

            
El poeta Félix Grande Lara nace en Mérida 1937. A los dos años sus padres regresan a su pueblo natal, Tomelloso  y en el crece y se hace hombre Félix Grande Lara rodeado de toda su familia manchega. Conoce a Francisco García Pavón y a Eladio Cabañero y empieza a escribir. La investigación sobre la guitarra y el flamenco es junto con la poesía dos temas por el que se le reconoce su valía de escritor además de la narrativa y el ensayo. Casado con la escritora Francisca Aguirre tienen una Hija Guadalupe Grande Aguirre, también escritora.  Se traslada a Madrid y allí conoce a su esposa. Dirigió la revista  literaria Cuadernos hispanoamericanos, entre  sus premios consiguió el Adonáis, iniciando con este reconocimiento su carrera literaria. En 1978 recibió el Premio Nacional de Literatura por Las rubáiyátas de Horacio Martín. Su obra ha sido traducida y es una figura emblemática de la literatura española. Ha muerto hoy 30 de enero de 2014, será enterrado en Tomelloso.