domingo, 16 de noviembre de 2014

Lugar Al Sol, de Valentín Arteaga

Bajo las vigas de  madera  del siglo XVI  en lo que fue banco de trigos  bajo el reinado del mejor alcalde, no sólo de Madrid, también de muchos otros lugares de España, el poco recordado Carlos III, el de la Puerta de Alcalá, en el Pósito de Campo de Criptana  se presentó el libro “Lugar al sol” del escritor criptanense Valentín Arteaga. Libro publicado por Ediciones Soubriet que recoge una serie de artículos publicado en el periódico del Común de la Mancha que dirige Jaime Soubriet del que es colaborador fiel, cada quincena, Valentín Arteaga. El prólogo de Santiago Lucas-Torres  López-Casero Alcalde de Campo de Criptana, y la fotografía de la cubierta,  de Rufino Pardo Valverde acogen en su interior vivencias de un caminante fuera de su lugar de nacimiento. Lugar que no ha olvidado a pesar de la distancia de kilómetros y de los años pasados fuera de sus calles y plazas.
El libro es una suma escrita  de recuerdos de infancia, de personajes y calles ataviados todos ellos con un lenguaje manchego con localismos perdurables en nuestros pueblos españoles. Del hablar castellano desde tiempos antiguos que perviven entre las gentes sedentarias de villas y aldeas, pueblos y ciudades y,  como dijo el autor ha encontrado en esa América de habla hispana  en sus continuos viajes.

Valentín Arteaga, sacerdote católico, pertenece a la Orden de Clérigos Regulares de San Cayetano de Thiene es actualmente el Padre General.  Entre su amplia bibliografía publicada siempre se encuentra en su obra la poesía -incluso cuando escribe prosa  como en este libro- junto a la filosofía cristiana y su personal radiografía de la sociedad variopinta del mundo actual.  El libro lo dedica” A las madres y  los niños de aquél lugar al sol cuando todavía el cielo  se podía alcanzar con las manos” La dedicatoria abre al lector la puerta de muchos momentos extraídos de la memoria de este prolífico escritor. Memoria que devuelve a la vida a personas que se marcharon y que dejaron en el hombre narrador un poso indestructible de belleza y armonía, a pesar de lo difícil de aquellos años donde nada sobraba. Entre esas páginas también hay crítica social y radiografías del  personal que deambula por el libro. Un libro para leer despacio y a tragos cortos como el buen vino. 
                                                                                                                                                                     
Entre las murallas vetustas del Pósito la voz pausada del escritor se fue alojando en las vigas de madera, cálidas y viejas, amparadoras de muchas otras voces del pasado. Y recogió entre los peldaños de la escalera de madera, con pátina de polvo suspendida en lo alto del techo, la presentación del concejal de cultura José Muñoz Violero y la lectura de un extracto del prólogo del alcalde disertando sobre esa tierra de gigantes  que es compendio manchego de acertijos y rutas por el solar manchego. La noche salpicaba de agua los goznes del portón de la entrada y deslizaba por las tejas lluvia mansa de otoño. En el piso de arriba del Pósito, el editor, con voz entrecortada por la emoción, recordaba  ser un privilegiado por haber conocido a Valentín Artega desde sus años de juventud, con diecisiete años soñadores, y desde entonces él, y toda la pandilla seguían siendo amigos de este escritor e intelectual del mundo. El público asistente mantenía un silencio sereno. Y bajo el influjo de la voz de todos ellos la noche se deslizó quimérica bajo las piedras del antiguo granero.


No hizo falta video ni música en la presentación del libro, porque una vez más la palabra envolvió  a todos en su mágica fuerza. El autor leyó algunos de los textos del libro y dialogó posteriormente con los asistentes en el coloquio final. Cuando detrás de todos se cerró la puerta del Pósito el aire de la sierra ojeo mi libro y sus más de 217 páginas sintieron la fuerza ancestral de la sierra cercana; la misma fuerza del autor del libro que como él mismo dice camina en la ancianidad.  Por las calles, el hondón de la noche tomaba el pulso de las horas al escritor residente en Roma al que por unas horas había recobrado. Aunque nada, ni nadie, le ha podido hurtar a Valentín Artega las lindes de su alma unidas a su pueblo y a las gentes manchegas.  Porque no otro pensamiento es este libro de “Lugar al sol”

                                                                                                                       Natividad Cepeda

Publicado en el Diario Lanza de Ciudad Real

domingo 16 de noviembre de 2014

Arte digital: N. Cepeda

lunes, 27 de octubre de 2014

Escucho las palabras de los otros


Escucho las palabras de los otros con su carga de absurda indiferencia ante todos los abusos que se han dado y se dan.  Llegan hasta mí, con su sello de gleba,  de vasallaje inaudito en esta nueva centuria que ha empezado, con la angustia de miles y miles de personas que luchan por vivir y quedarse entre las tapias diseñadas por arquitectos funcionales, casi todos agarrados al poder, por encima de la belleza de las formas  que dan a las ciudades su rostro urbano.
Escucho las suaves censuras de los que, desde abajo, asisten con las manos atadas y las bocas selladas, a la imperante corrupción de todos los modos y vivencias posibles, y el personal se calla y yo no entiendo nada. 
Y mientras los pueblos se quedan desterrados y vacíos de gentes y justicia,  continúan las tretas de los facinerosos.
¡Oh dolor y miseria de los pueblos dolientes de la tierra!  ¿Hacia dónde te llevarán los poderosos con sus túnicas  revestidas de oro? que siguen mostrando en los palacios y congresos donde se reúnen con su falsedad  descarada  y su atroz hambre de poseer la gloria en todos los pesebres y salones sin que importen los demás. 
Nada ha cambiado; todo es un regreso a las viejas moradas de las sociedades esclavizadas y manipuladas sin derechos. ¡Ay,  mis hijos!  Aquellos que les falta lo esencial para no arrastrarse por debajo de las mesas de todos los tiranos con cara de ángeles y actores de reparto en las pantallas a las que está sujeta y anestesiada la plebe, esa porción humana que todos ellos desprecian y manejan.

¡Oh tristeza! De que los pobres de la tierra no posean nada, ni siquiera el orgullo de saber que tienen que ponerse de pie y no andar de rodillas, arrastrándose para poder engullir las migajas de los manteles del poder. De cualquier poder: De todos. También de los que acusan a los que se sientan en las altas esferas de las naciones y países para erigirse en él, y sus seguidores, en los que empuñan el cetro y el látigo a la vez.
Se nos cayó el cielo del viejo comunismo con su grandeza en mensajes exentos de libertad y bienestar. Los que cumplimos décadas de vida, hemos asistido, y asistimos, al desahucio de bienestar donde las dictaduras de izquierdas no dan felicidad ni bienestar a los pueblos que los han gobernado y gobiernan. Allí, donde la libertad no deja ni entreabrir los labios para exhalar una queja. Allí, donde también hay diferencias de pobreza y riquezas. Allí donde las cárceles  no se dejan ver, ni la prensa escrita y hablada  puede decir lo que está mal o bien.
Se nos han caído los pilares de nuestra sociedad democrática envuelta en fraudes y corrupción. Gemimos, ante la inestabilidad económica, ante la violencia esgrimida desde demasiados sectores, asesinatos de mujeres, maltratos múltiples, aberración de inocentes, y las cuevas de los Alibabas de los tesoros bancarios.   

Dicen: ¡Ábrete, sésamo! y al descubrir las bandas de ladrones nos quedamos sin palabras, además de encueros. Escucho las palabras de los otros en los puestos de mercadillos y tiendas de pueblos y grandes urbes. Las escucho vocear con esa lastimada ironía de los que no tiene nada más que eso, su rabia y su asco ante los desalmados que sin un ápice de conciencia y ética se hicieron piña, todos unos e iguales, convertidos en consejeros y en sabios asesores, que aprendieron que poner la mano y guardarse el dinero era lo primordial. Y llegaron de la izquierda y de la derecha, de los sindicatos y de las cajas de ahorro,  esquilmaron y arrasaron con lo que no era suyo…

Nos han dejado sin honra y sin orgullo, porque nos engañaron con el circo del futbol  y la televisión, con los mercadillos medievales y la recuperación de las viejas tradiciones que no queremos volver a recuperar: Lavar en lavaderos y ríos, en pilones y artesillas, lavarnos el pelo con agua de ceniza y calentar el agua en la caldera para bañarse una vez por semana en una tina… por ejemplo. Arar con mulas y segar con las hoces en las manos. No, no queremos que vuelva ese pasado. Ni soñamos con perder lo que habíamos ganado.
Escucho las palabras de los otros y todavía me asombro de cómo soportamos la ignominia de que nos den cita para un médico para dentro de un año, de que se nos incrementen los impuestos, de que los robos y ocupas nos asalten en nuestra propia casa, de lo poco que importamos y no, nos enteramos, ni lo vemos. Escucho a los otros y sigo andando porque apenas si me queda un hálito de esperanza para creer que tendremos buenas leyes que nos salven de tantos desalmados.                                  



                                                                                                    Natividad Cepeda

martes, 7 de octubre de 2014

Ni diosas, ni vestales ni vírgenes ni brujas



Miro a través de las cosas los retazos
de vida que anidan en silencio.
Veo un instante lejano pasar entre  sueños
por la memoria con su haz  sin sentido
camino del olvido. Y sé que en el final
de la liturgia de la vida quedan ríos ocultos
pugnando por nacer.

                                 Nos dijeron a todas
que  la vida no nos pertenecía.
Nos cerraron salir a conocer los bosques,
a tocar el tronco de los árboles con nuestras manos
vírgenes porque eran impuras.
Todo estaba vedado,
ni siquiera podíamos elegir una estrella
porque éramos  necias.
Una página en blanco para el hombre de casa,
padre, hermano, marido…
Todas esas mujeres eran trapos usados
para limpiar la honra, para mecer le ira
y acatar en silencio la voz de quien mandaba:
así lo dictaban las leyes promulgadas.
Aventuras y  naufragio  sin mares
por donde navegar  ni caladeros
para echar nuestras redes.


                                        Encallamos la vida,
fuimos pasajeras sin mapas por donde transitar,
hojas caducas de  árboles que cualquiera
podía barrer y abandonar…
Mujeres las nacidas después de las batallas
de la última guerra en Iberia. Guerra estéril
que dejó heridas sin cerrar.
Guerra con cruces diferentes.
Cruces, todas ellas, de dolor y miseria.
Crecimos escuchando canciones
de mujeres marcadas; folclore nacional
donde todo era malo; pecaminoso y feo
la belleza de un beso y hasta  pasear
y reunirse para explorar la vida.
Crecimos luchando con lo que nos dejaban,
vistiendo minifalda y pantalón vaquero,
votando canciones en inglés
que luego traducíamos. Apenas si sabíamos
leer en un francés mediocre y algo de latín  
las privilegiadas.


                                 Mujeres que emigraron 
sin miedo a otros países, aventureras
en busca de fortuna, valientes, rompiéndose
en pedazos, cayendo sin cejar en su empeño.
Mujeres sin permiso para soñar despiertas
nos quedamos en el andén sin tren.
Nos negaron decidir el futuro; guardamos
la maleta el fracaso y las lágrimas
y juramos cambiar el destino de España.
Votamos leyes nuevas con fe en el futuro
y dimos la esperanza como el mejor legado
a nuestros propios hijos.
Mujeres humilladas, proclamadas menores
de edad  por un código indigno.
Apostamos por nosotras y sin perder la fe
cambiamos el futuro. Y seguimos luchando
a pesar de los años porque vivir es bello
sin perder la sonrisa.


                                La Historia es un muro
que aguanta muchas vidas. Bulevar
de  lacayos, isla de sinsabores,
escuela decadente de pueblos y farolas
que alterna en su ciénaga el fracaso
y la gloria. Y por toda la Historia
escrita por eruditos sabios, las mujeres,
a pesar del silencio que de ellas dejaron
rasgan con su existencia la luz
de las tinieblas. Sin pódium las mujeres
se yerguen invisibles, sin ellas nada existiría.
Necedad y soberbia es tapar lo evidente:
ni diosas, ni vestales  ni vírgenes ni brujas
fueron las que  amasaron la piel de las ciudades.
Mujeres negadas en los libros hicieron el milagro
anónimas y fuertes. Ellas amamantaron la vida
de los hombres, hoy,  ayer: mañana. Siempre.


                                                                       Natividad Cepeda


Premio Ferias y Fiestas  de La Solana 2014



lunes, 29 de septiembre de 2014

YO TUVE DOS COLEGIOS QUE DEJARON DE SERLO


Tenía un patio grande lleno de enredaderas
por donde las monjitas dejaban caer agua
por verdes regaderas. Y arriba, en lo alto,
ventanales inmensos de relimpios cristales.
Recuerdo que papá me llevaba  en invierno,
alguna que otra vez, subida a la grupa
de su bicicleta, manillar plateado,
ruedas altas, y de pintura negra y blanca
toda ella. Vestida de negro uniforme,
cuello duro muy blanco, cinturón de piel
negra, zapatos de charol y calcetines blancos
resaltaba mi pelo como el trigo en verano.
Nos enseñaban letras, canciones y oraciones
y a saber comportarnos. Me sentía enjaulada,
hablaba sin parar un momento, era jilguero
sin alas dentro del gallinero porque leía
sin mirar la cartilla y a la monja en la clase.


Amaba el colegio y todas sus estancias.
Dos grandes ventanales en la clase llenaban
con su  luz  los barnizados pupitres de madera.
La estufa de hierro era enorme. Por su boca
de fuego se quemaba la prisa, el papel arrugado
y las astillas rotas, con las que se encendía
en las frías mañanas de algunas primaveras.
Todo allí era hermoso. En el silencio de la capilla
flotaban  ángeles y  Dios  por los  rincones.
Todas eran amigas, sin consignas estúpidas
ni desprecios menores en el aula y recreos.
Y mamá me cambió de colegio sin saber
mi opinión, y me quedé perdida cantando
otras canciones que hablaban de  batallas
y soles en camisas en busca de la muerte
que yo no comprendía. Me sentí desvencijada
en medio de la nada  después de  examinarme.


Empezaba septiembre y estrenaba uniforme:
niña de largas trenzas domeñando los rizos
con mi camisa blanca y lazo azul, cayendo
su lazada,  en el redondo escote del pichi
tableado; también azul marino. Con chaqueta
de lana vestidita de azul igual que mi muñeca.
Todo era distinto: No tenía recreo, ni amigas
para jugar con ellas, ni capilla donde ir a rezar.
Desde una pizarra la nueva profesora escribía
en el encerado lecciones que había que copiar
con presteza. Todo eran apuntes en cuadernos
que luego ella nos corregía. Exigía implacable
lo que explicaba sin remilgos ni dudas.
Admiraba el esfuerzo y la tenacidad; difícil
muchas veces de entender por nosotras.
Aprendí a leer en voz alta en un libro de cuentos
antes jamás oídos. Y por primera vez escuché un poema.




Fue materia obligada conocer a los poetas
y a  declamar también. Cobraron vidas  romances
del Medievo, rimas y pareados de pastoriles versos.
Mano a mano escribían frailes, santos y monjas,
y guerreros vestidos de armaduras en piafantes
caballos igual que en las películas y en los cuentos
de hadas. Confieso que me aburría Góngora
y me gustaban más los chistes de Quevedo
que leer sus sonetos. Soñaba con castillos
mientras leía coplas tristes escritas a su padre
de un tal Jorge Manrique; mientras a las mayores
oía divagar con rimas de Bécquer surcando
con José de Espronceda bergantines de sueños.
En el libro de gramática miraba el rostro de Teresa
de Cepeda y Ahumada  buscando trazos familiares
con los ojos del alma en pos de  sus moradas…


Gracias a mis maestras se abrieron las puertas
de la palabra en cueros, y peldaño a peldaño,
subo cada mañana con Juan Ramón Jiménez
a lomos de Platero, por campos de Castilla,
escuchando a Azorín. Y aunque mi juventud
se ha ido desvaneciendo sigue Antonio Machado
habitando en los libros, y junto a él otros muchos
autores,  nuevos y viejos, con su traje de letras.
No queda piedra en pie de aquellos dos colegios
donde aprendí a leer. Igual que mis maestras
se fueron con la historia  de décadas extintas:
permanece la fe que ellas en mí sembraron.
Mujeres olvidadas sin placas ni homenajes
nos dejaron el germen de amar lo que amaron.
Religiosas y laicas, maestras de los pueblos,
corazón de besana labrando tierra virgen
de las niñas de antaño. Por ellas soy poeta.


Por ellas la lluvia es sementera de versos
en mi boca .Y vuelvo a los colegios cuando
escribo de ellas amando su enseñanza
entre la metamorfosis del ayer y el mañana.


                                                               Natividad Cepeda


       
                                               Este poema, junto con otros sesenta y siete de otros poetas,  dan vida al libro que ha visto la luz de la publicación gracias a la generosa entrega de la coordinadora Pilar Geraldo Denia, que tuvo la original idea de su creación. Mi gratitud a ella y a todos los que han hecho posible tener este libro entre mis manos y en las librerías. 




martes, 2 de septiembre de 2014

A mi Señor: Don Quijote de la Mancha.



         Mi Señor Don Quijote:
                                             Habéis de saber que jamás tendré otro caballero que no seáis Vos. Lo reitero en ésta carta que comienza sin fecha ni día, porque todo el amor me irrumpe como un campo de amapolas en mayo.
Todos saben que mi nombre es Dulcinea; dama de mi señor, al que también se le conoce como el Caballero de la Triste Figura, el mayor defensor de los oprimidos, el único idealista que no se cansa de cabalgar por encima del tiempo para imponer justicia allá donde no la hay. Vos, no ignoráis que solo nací para amaros y ser amada por vos. Sin vuestro nombre en mis labios mi existencia no tendría razón de ser. Los dos nos hallamos en el espacio sin tiempo terrenal, inermes ante la profunda sed de nuestro amor. Dicen los muchos viajeros que sois un loco echado a los caminos para desfacer entuertos, que de tan locura estáis llenos que se duda de mi existencia. Pero mi señor; los rumores de nuestro amor se extienden como polen y son muchos, -mujeres y hombres- los que nos envidian.

Tú eres para mi distancia y tiempo de geografía dilatada, y se condensa mi amor por detrás de la tarde y, fugitiva de lo que me rodea me interno en tu voz y en tu figura concreta y masculina.  Así, te imagino cansado, detenido al repecho de un derrumbado hastial, mientras nuevos y jóvenes lectores dejan sus libros de texto y leen tus aventuras.
Yo en estos días de comunicación desorbitada y febril, donde la prensa, destaca las muchas muertes de mujeres a manos de malos hombres, me refugio en tu conmovedor amor y cierro mis ojos para guardar dentro de mi soledad vuestra mirada.
enamoré del azul transparente de las tardes manchegas hace ya mucho tiempo: dicen que la Mancha es un mar de llanura por donde los sueños navegan...
Así, como perdida, me quedo desmigando nuestros muchos naufragios, mirando la ciudad con los muchos rostros que en ella deambulan. Todo cabe entre sus paredes y sus calles, el deseo de recibir una caricia sin testigos, así, frente a la tarde que adolece de luz. Y en el juego de luces crepusculares dejar que vuestra ausencia se desvanezca, y me asistan vuestras manos, su tacto  y su temblor sentirlas por mi piel  como una procesión de estrellas primerizas. Por eso ahora turbada, llena de eternidad y de misterio escribo esta carta empapada de tiempo.

Tiempo cosido a tus aventuras, a la inmensidad de tus hazañas, a tu doliente grito enfrentado a tanto malandrín que puebla nuestro mundo, y nos mancha la dignidad, y nos ensucia  la alacena cuando desde la televisión nos dicen que la sangre de un cuerpo de mujer a vuelto a oscurecer el sol.
Yo que solo por vuestro amor fui llamada bella, emperatriz y señora, princesa y dama a la que desde entonces cantan los trovadores y poetas, os escribo desde la niebla de los días, entre este jirón de vida que nos asiste, y nos hace coincidir en este nuevo siglo, para así demostrar que los milagros aún son necesarios y precisos, porque sin ellos el camino al futuro sería un triste funeral, una tumba donde ni la yerba crecería porque se me hiela la sangre ante  tanta miseria y destrucción.

Mi buen amor, mi señor, don Quijote en estos días os digo que me siento como un ángel sin alas, roto, y cubierto de sangre que me llama y reclama, que os suplique, que por Dios, vengáis de donde estéis a defender a tantas pobres mujeres maltratadas, ultrajadas, vejadas, violadas, asesinadas como si el fruto de aquella manzana primigenia aún nos pasara cuentas...
Sé que solo vos, defenderéis a esas damas sin hacerles preguntas, sin repasar sus vidas, sin pensar que alguna se lo tenía merecido. ¡Oh, Dios! no sé,  las que ahora están amenazadas dónde podrán hallar cobijo. No lo sé, y me siento yo misma por ellas perseguida, y me duele la memoria de pensar en tantos nombres olvidados, y me tiemblan las manos cuando rezo por ellas...
Por eso mi señor don Quijote, os escribo esta carta, que sin fecha ni dirección os mando, para así calmar mi dolor y mi impotencia, y siento que por mis venas galopan el miedo y el dolor que junto a mi corazón llora por tanto amor asesinado. Cuando la recibáis, Señor Hidalgo, no dudéis en volver del más allá, las damas de hoy en día os reclamamos vuestra ayuda, y no es que todos los hombres sean malvados y perversos, no señor, pero algo de valentía y de coraje, sí que les falta para de una vez por todas acabar con  tantas muertes y hacer causa común y no mirar para otro lado...


Venir mi amor para que dejen de haber ángeles negros en los labios que hoy, llevan y hay sólo frío. Venir para dejar en las manos de las mujeres ramos de flores. Flores que sean recibidas por ellas, como tributo de amor, y no que sean flores de mortaja y de adiós.
Llegar para que esta arisca realidad termine, para que en la besana de la vida el luto no se convierta en algo cotidiano. De verdad mi Señor, que ahora más que nunca necesito vuestros brazos, dejarme abandonada en vuestro pecho, escucharos, hablar, y comprender, que la nobleza de la estirpe masculina aún persiste, porque quiero volver a amar y en el rellano de mi sangre no sentir la violencia de la muerte; sentir que el amor es poderoso y que gracias a él  los buitres infernales del crimen  se disipan.
                                                                             Al borde de vuestro amor y mi esperanza esta mujer a la que llaman Aldonza y Dulcinea os espera.
                                                                                                          
           
Febrero, mes de la fiesta del amor, del año de gracia de 2004

                                                                                                                 Natividad Cepeda



Hoy a primeros de septiembre del año 2014  las muertes de mujeres asesinadas  en demasiados pueblos y ciudades del mundo conocido continúan. Son asesinadas mujeres en Europa,  América del Norte y del Sur, Asia, África… y  maltratadas, castigadas y ultrajadas en todos los países donde no hay Derechos Humanos amparados sus jueces y gobernantes en leyes inhumanas y fanáticas. Por cada una de esas mujeres asesinadas mi plegaria y mi recuerdo con el dolor de que cuando escribí esa carta que fue premiada en un certamen literario pensé, equivocadamente, que diez años después la muerte de las mujeres asesinadas habría terminado. Por todas y cada una de esas víctimas debería volver mi Caballero para salvarlas del exterminio. Amen.


Arte digital:  N. Cepeda

miércoles, 27 de agosto de 2014

                                                      Las ferias esperadas

En los pueblos el verano nos traía las ferias. Las ferias eran esperadas con ilusión por su significado de fiesta.  Por entonces, desde las tapias de los pueblos; de todos los pueblos, el ruido del ferial era el mejor pregonero de esa fiesta veraniega. Los niños las esperaban soñando  con ese mundo mágico de las luces de colores  mezclado con el sonido estridente de las atracciones de feria: todos soñaban con subir en ellos y viajar a un mundo de fantasía. Alrededor de tómbolas y casetas la gente imaginaba ganar premios fabulosos y el suelo se llenaba de una alfombra de papelillos alrededor de ellos.
Tan sólo hace unas décadas los niños de los pueblos todavía conservaban esos sueños. Casi toda esa magia se perdió igual que se perdieron los corrales, los patios y la seguridad de jugar en la calle protegidos por la vecindad. Las ferias siguen llegando puntuales a su cita y en Tomelloso el ferial es enorme, se expande y dilata versátil y grande como si al venir los feriantes a Tomelloso  todos tuvieran aseguradas las ganancias.  Y los niños, los más pequeños, siguen llegando al ferial y todos lo miran y contemplan con mirada de sorpresa y sobresalto. Pero  incluso a los más chiquitines se les pone el veto de  la restricción de dar vueltas y vueltas por lo costoso de los viajes. Casi siempre ha sido así, aunque ahora se impone la levedad de viajar en los tiovivos porque la crisis  no concede tregua para que acabe pronto y las ayudas sociales no son todas las que son enunciadas por los ediles de los municipios.
Agosto nos envuelve en su capa de sol caluroso y no todo bajo el sol es satisfactorio. Por las tapias y  naves industriales  abandonadas de Tomelloso, julio y agosto  nos ha dejado una muchedumbre de hombres negros que no sabemos porque han llegado tantos y de pronto, como si  las pateras y las vallas de Melilla estuvieran a la vuelta de los caminos y el mar nos lavara los pies de los cultivos.   Cultivos abandonados: sandias que no se recogen porque nadie las paga y quiere; vino que sobra y uvas que maduran y esperan ser recogidas bajo la incógnita de los caldos sobrantes de la campaña anterior… y empresas que se cierran y tiendas que desaparecen de un día  para otro de los hombres blancos habitantes de Tomelloso.

En la feria  tomellosera hay calles llenas de puestos que muestran su mercancía variopinta y tenderos africanos, orientales y sudamericanos esperando  pacientemente a los compradores. La gente pasea, se acerca a  los puestos toca un bolso, un pañuelo, una figura tallada de madera, un collar, unas deportivas de marca falsa y siguen después su paseo sin apenas comprar algo porque los euros no sobran y todo el año hay gente por las calles ofreciendo cosas… Paseamos por el ferial,  por entre los puestos de artículos, bares, chocolaterías y restaurantes  con  olor a pollo asado y patatas asadas  gigantes que también han perdido su novedad. Los niños señalan con sus dedos lo que les admira y quieren, se paran delante de los puestos de los juguetes y piden que se les compre algo… Es la feria y en su círculo de luces y ruido la gente; toda la gente, todavía espera conseguir un sueño.
En otro apartado está la feria oficial  con su programa diseñado en busca de conseguir la bendición popular que después se transformará en votos. Votos que dan poder, riqueza y seguridad a los políticos.  

Y en esa otra feria también hay sueños y logros diversos: los sueños de las jóvenes designadas para lucir belleza coronadas para ser mostradas cual símbolo local, los premiados con los trofeos de concursos programados, los elevados al pódium de la honorabilidad por ser nombrados con distinciones y reconocimientos, y los que acuden a orar al templo porque la feria tomellosera es en honor de la Santísima Virgen de las Viñas, Patrona de este pueblo.  
Nos quedan las corridas de toros, las atracciones populares de la Plaza de España por las noches, gratuitas y concurridas, el abrazo con los tomelloseros ausentes, y el paseo por todos los lugares de la feria. Agosto  tiene el broche de la traca final mientras los agricultores recogen las gomas del riego por goteo, siguen sufriendo los robos en el campo y preparan la vendimia con el escozor de la inestabilidad en los mercados. Cuando la traca finaliza regresan los tomelloseros que se marcharon la noche de la pólvora a vivir los días de la feria en otros puntos geográficos. Al amanecer del día siguiente  todavía por Tomelloso hay grupos de jóvenes que fatigados y felices van regresando a sus casas después de vivir la “Cena de gala” con sus mejores galas, con alguna pérdida del esplendor de las primeras horas de la tarde-noche.
En ese amanecer de la despedida de la feria  por la calle se mezclan los agricultores que van al campo y los jóvenes que regresan de ella, con los que vagabundean arrastrando la pesadilla universal de buscar un lugar en la tierra, mejor que en  donde nacieron.  Sí, todos vivimos la feria dentro de las tapias de Tomelloso, unos mejor que otros, como casi siempre ha sido y es en la feria del mundo.

                                                                                                              Natividad Cepeda

Publicado en  “El periódico del Común de la Mancha” Feria 2014

Arte digital:  N Cepeda