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miércoles, 7 de agosto de 2019

Las horas sin dueño, un libro para leer éste verano de Francisco Jiménez Carretero


A veces  el calor nos deja aislados en esas horas aplastantes del centro del día  cuando parece que nada nos calma la sed y buscamos el fresco que no llega incluida la noche.  Para olvidar  ese tedio veraniego en la quietud del verano sin playas, ni multitudes  leo los libros que me han ido llegando de poetas ay escritores diversos.  Los leo porque en ellos encuentro esa emanación carente de banalidad asomadas a las pantallas grandes y pequeñas de nuestros aparatos tecnológicos.  A  pesar de las numerosas publicaciones  hay libros que me hacen pensar en una filosofía humanista tan necesaria para bajar de vulgaridades estridentes que alienan y confunden con sus mensajes exuberantes simplistas que recorren las redes como la panacea para la soledad individual porque con las personas cercanas nada tenemos que decirnos.

 Las horas sin dueño,  es intimista y delata  con fuerza suave  la piel que envuelve  al escritor que es poeta. Bueno los poetas somos los damnificados de la literatura  por eso  en nuestras maletas  creativas no soñamos con alcanzar fortunas, pero sí que algún poema llegue al corazón de los lectores.  De manera que escudriñar un libro de poemas  es saber que los lectores serán cicateros  y salvo los eruditos en análisis  formalistas casi nadie leerá   lo que se escribe sobre ellos. Por ello los juicios sobre poesía no siempre  corren parejos al gusto del lector. Personalmente  me dejo guiar por la emoción que me trasmite el poema y es en ese contexto donde me atrevo a escribir sobre este libro.

Escribe en el Prólogo Antonio Gutiérrez Gonzáles de Mendoza  que “la poesía no es como la ciencia. Ya sabéis que una teoría científica  puede anular o invalidar a otra anterior pero nunca un poema o un libro de poemas, por muy bueno que éste sea, anulará a otro. Cada cual tendrá, siempre,  su sitio  dentro de lo que consideramos como arte”. Y bajo ese prisma  el prologuista analiza  la poética del libro sin que nada, o casi nada, hay quedado sin ser estudiado y catalogado.  

El libro se abre con una dedicatoria de amor filial que dice: “A mis hijos, Francisco Agustín, Javier y David por haberme permitido, en algún momento de sus vidas, ser dueño de sus horas”. Después para introducir al lector a su lectura  hay un primer poema con el título de  Exordio, y el poeta nos dice: “Todo torna de  arriba: / las alas presurosas de los pájaros/ bajo el ancho dintel de un arco iris.” Bajo esta guía  empieza la primera parte del libro. I. Fugacidad de la luz, compuesta por dieciocho poemas. La  segunda.  II.  Sobre qué alas de pájaros, también de dieciocho poemas;   y a modo de gurúes hay dos citas de  Manuel Cortijo Rodríguez  y Jaime Siles. Manuel Cortijo, dice; Lleva arriba los ojos y no quieras ahora/ ver otra luz en ti que la que nunca has visto.  Y Jaime Siles asegura; “La  luz es un ave que se quema, que se inflama encendida, que se nace.” La luz, el calor, la vida  que nos rodea y reafirma en ella misma a pesar de vicisitudes acaecidas en el calor del verano y en cada día vivido.

Las horas sin dueño, es un libro por donde el poeta medita y expone su emoción íntima y personal mostrando en el papel  lo que se aloja en el alma. El poema “El rostro de las cosas” hace pensar  en esa paz que se repite en la actividad cotidiana y que a veces ni reparamos en ella ni la valoramos en su justa medida. Leerlo es meditar sobre lo que nos rodea. “ Es puntual el sol  esta mañana./ Ya Clarea. La luz lo inunda todo,/ desde un cielo que anuncia sus azules/ e irrumpe sobre el alba/ para ponerle rostro a las cosas:/ el árbol del camino con sus pájaros,/ a los niños del parque en los columpios,/ al agua del estanque que verdea,/a la mano que templa una guitarra,/a los crepúsculos que tiene el día,/ a las paredes  cóncavas del aire,/ al encalado patio de la aldea,/al perfume sutil de tantas flores,/ a las calles abiertas para todos…” Hermoso poema que termina diciendo: “Las cosas que rozamos cada día/ y no nos damos cuenta.”

La segunda parte adentra a su lectura con tres citas de Cesar Simón que asegura: “Ahora sólo queda/ este pájaro indemne, / el sol inmóvil”. Antonio Moreno en la segunda cita afirma: “Un vuelo, un canto forman su horizonte./ Basta con verlo, basta con oírlo.” y Asunción Escribano relata: “Comienza la mañana a levantar/ su vuelo/ sobre un pájaro posado en mi ventana.” Entre  poema y poema hay que dejar sitio para pensar y aislarse  de tanto ruido inútil del verano. Probablemente sea una excelente terapia coger un libro; éste que  desgrano, en las horas de la calima y  dejarse llevar por los recuerdo al socaire de la buena poesía de Francisco Jiménez Carretero.

Leer es desarrollar la voluntad de soñar sin el sostén de la imagen y es posible al ir pasando las páginas de un libro. Volar con la poesía es sentir que nunca se cierran las etapas de la vida porque la existencia es un vuelo constante.  Mirar otras vertientes  así lo hace el poeta. “Desde el lugar que miro/ aún siguen abiertos/ los amplios ventanales de la vida/ y puedo contemplar/ la salmodia del agua entre los chopos/ y, bajo la luz límpida del cielo, el clamoroso vuelo de los pájaros.”  Francisco Jiménez Carretero  y su filosofía poética en este libro  Las horas sin dueño Premio ALCAP Internacional de Poesía 2016. La belleza procede del alma y hay poemas muy bellos en este poemario.

                                                                                                      Natividad Cepeda
                                                                                                             


lunes, 29 de septiembre de 2014

YO TUVE DOS COLEGIOS QUE DEJARON DE SERLO


Tenía un patio grande lleno de enredaderas
por donde las monjitas dejaban caer agua
por verdes regaderas. Y arriba, en lo alto,
ventanales inmensos de relimpios cristales.
Recuerdo que papá me llevaba  en invierno,
alguna que otra vez, subida a la grupa
de su bicicleta, manillar plateado,
ruedas altas, y de pintura negra y blanca
toda ella. Vestida de negro uniforme,
cuello duro muy blanco, cinturón de piel
negra, zapatos de charol y calcetines blancos
resaltaba mi pelo como el trigo en verano.
Nos enseñaban letras, canciones y oraciones
y a saber comportarnos. Me sentía enjaulada,
hablaba sin parar un momento, era jilguero
sin alas dentro del gallinero porque leía
sin mirar la cartilla y a la monja en la clase.


Amaba el colegio y todas sus estancias.
Dos grandes ventanales en la clase llenaban
con su  luz  los barnizados pupitres de madera.
La estufa de hierro era enorme. Por su boca
de fuego se quemaba la prisa, el papel arrugado
y las astillas rotas, con las que se encendía
en las frías mañanas de algunas primaveras.
Todo allí era hermoso. En el silencio de la capilla
flotaban  ángeles y  Dios  por los  rincones.
Todas eran amigas, sin consignas estúpidas
ni desprecios menores en el aula y recreos.
Y mamá me cambió de colegio sin saber
mi opinión, y me quedé perdida cantando
otras canciones que hablaban de  batallas
y soles en camisas en busca de la muerte
que yo no comprendía. Me sentí desvencijada
en medio de la nada  después de  examinarme.


Empezaba septiembre y estrenaba uniforme:
niña de largas trenzas domeñando los rizos
con mi camisa blanca y lazo azul, cayendo
su lazada,  en el redondo escote del pichi
tableado; también azul marino. Con chaqueta
de lana vestidita de azul igual que mi muñeca.
Todo era distinto: No tenía recreo, ni amigas
para jugar con ellas, ni capilla donde ir a rezar.
Desde una pizarra la nueva profesora escribía
en el encerado lecciones que había que copiar
con presteza. Todo eran apuntes en cuadernos
que luego ella nos corregía. Exigía implacable
lo que explicaba sin remilgos ni dudas.
Admiraba el esfuerzo y la tenacidad; difícil
muchas veces de entender por nosotras.
Aprendí a leer en voz alta en un libro de cuentos
antes jamás oídos. Y por primera vez escuché un poema.




Fue materia obligada conocer a los poetas
y a  declamar también. Cobraron vidas  romances
del Medievo, rimas y pareados de pastoriles versos.
Mano a mano escribían frailes, santos y monjas,
y guerreros vestidos de armaduras en piafantes
caballos igual que en las películas y en los cuentos
de hadas. Confieso que me aburría Góngora
y me gustaban más los chistes de Quevedo
que leer sus sonetos. Soñaba con castillos
mientras leía coplas tristes escritas a su padre
de un tal Jorge Manrique; mientras a las mayores
oía divagar con rimas de Bécquer surcando
con José de Espronceda bergantines de sueños.
En el libro de gramática miraba el rostro de Teresa
de Cepeda y Ahumada  buscando trazos familiares
con los ojos del alma en pos de  sus moradas…


Gracias a mis maestras se abrieron las puertas
de la palabra en cueros, y peldaño a peldaño,
subo cada mañana con Juan Ramón Jiménez
a lomos de Platero, por campos de Castilla,
escuchando a Azorín. Y aunque mi juventud
se ha ido desvaneciendo sigue Antonio Machado
habitando en los libros, y junto a él otros muchos
autores,  nuevos y viejos, con su traje de letras.
No queda piedra en pie de aquellos dos colegios
donde aprendí a leer. Igual que mis maestras
se fueron con la historia  de décadas extintas:
permanece la fe que ellas en mí sembraron.
Mujeres olvidadas sin placas ni homenajes
nos dejaron el germen de amar lo que amaron.
Religiosas y laicas, maestras de los pueblos,
corazón de besana labrando tierra virgen
de las niñas de antaño. Por ellas soy poeta.


Por ellas la lluvia es sementera de versos
en mi boca .Y vuelvo a los colegios cuando
escribo de ellas amando su enseñanza
entre la metamorfosis del ayer y el mañana.


                                                               Natividad Cepeda


       
                                               Este poema, junto con otros sesenta y siete de otros poetas,  dan vida al libro que ha visto la luz de la publicación gracias a la generosa entrega de la coordinadora Pilar Geraldo Denia, que tuvo la original idea de su creación. Mi gratitud a ella y a todos los que han hecho posible tener este libro entre mis manos y en las librerías. 




domingo, 9 de diciembre de 2012

Prosas de Alcandora un cuarto de siglo en Albacete


                                               

El libro de “Prosas de Alcandora” me llegó por correo postal gracias al regalo -no pagado- del escritor Manuel Terrín Benavides, sin dedicatoria alguna, similar a cuando llega la primavera con el sonido de la naturaleza al despertar del letargo invernal. Antología elaborada con quince autores y el reflejo de algunas de sus obras creadas. Literatura vernácula con sabor a cercanía a pesar de las grandes distancias que nos impiden conocernos a los autores manchegos. Autores no siempre conocidos en tertulias y círculos por donde se vanaglorian publicaciones que no  siempre son tan excelentes como se venden en los comentarios literarios de revistas especializadas. 

Prosas de Alcandora, es la constatación de la tenacidad de un grupo de escritores que han sabido mantener una tertulia durante veintiséis años; un cuarto de siglo plagado de nombres que han dejado su impronta en el devenir literario de Albacete. Proceso no fácil de mantener por la complejidad humana inherente a la abstracción artística en cualquiera de sus facetas.

La razón por lo que nace una tertulia es siempre positiva por el bagaje enriquecedor que amplia conocimientos entre personas de ambientes dispares al poner en común experiencias que ayudan a consolidar amistades y compartir afinidades comunes.                                                                                                                     

Más de un cuarto de siglo es mucho tiempo de permanencia escuchando teorías y obviando  envidias soterradas, en ocasiones, por el éxito de unos, que no siempre es el de otros. Actitudes que honran a los tertulianos al permanecer inalterables al paso del tiempo sus encuentros, incorporándose nuevos nombres y despidiendo con el último adiós a los que se fueron físicamente, no sentimentalmente, al recordarlos en la solapa del libro con nombres y apellidos, hecho que hay que resaltar por la generosidad y aprecio que sienten los que han editado de su propio peculio este libro, con aquellos que compartieron tiempo, sueños y lecturas en el pasado.

Alcandora es insistencia de creación  sin ambages de la palabra: empeño en dejar correr las ideas al socaire del abrigo de la pasión poética. Romanticismo de la nueva escuela del siglo XX, que ha trazado el sendero del siglo XXI, para evitar caer en los atolladeros individuales de la soledad de los escritores, tan necesaria y a la vez tan temida. 

Y es con las antologías publicadas de poesía y prosa que se pone un broche de capacidad creadora y unificada, a las reuniones semanales de los escritores que firman los trabajos publicados.
Gremio insigne regido por la profesión de escritor, sin ordenanzas especiales, donde nunca se termina de aprender el oficio. Porque en el intercambio del dialogo estriba  la solidez de las tertulias de Alcandora.


Albacete queda algo lejos para otros colectivos literarios de la geografía española, no así los libros, que tienen la facultad de llegar a las manos de quienes los abrimos  para posar nuestros ojos en sus páginas y empaparnos de su contenido. Gracias al galardonado Manuel Terrín Benavides, por sus máximas calificaciones en premios obtenidos nacionales e internacionales -le pese a quien le pese- como reconoce en el prólogo Domingo Henares, cuando afirma “La palabra Terrín es premio a secas” y también que “lleva sus dedos anillados de versos afluentes”,  devoro con placer la lectura de estas prosas, donde el prólogo  impecable de Domingo Henares introduce a su lectura y al conocimiento detallado de los autores que engrosan el volumen con pinceladas certeras sobre cada uno de los autores desde José Albadalejo Martínez, de prosa limpia y sin afeites, a Isidoro Ballesteros Ruíz, tela de araña de ramificación literaria, Francisco Bonal, o la intimidad de sus versos, Juan Lorenzo Collado, valorado por jurados de altura, Antonio Galdón Sánchez, prosa  poética y sugerente, Mercurio García Iris, muestra suficiente de narración descriptiva, y Francisco Jiménez Carretero, de prosa minuciosa, surcada de pensamientos altos, a  Román Casa Gualda, nostalgia de un relato que se lleva guardado, Martín  Jiménez Vecina, palabras minerales afloran artículos y poemas, junto a Teodora Lozano Garrido, espacio circunscrito de bondad, M. J. M. Arellano, quicio del tiempo donde no sabemos si estamos, y Alfonso Ponce Gómez, retratos breves con la maestría de los buenos toreros, además de Daniel Sánchez Ortega, con una crítica sazonada de ironía, para terminar con Jesús Tomás Tomás, metáfora del tiempo que a todos nos compromete… El prologuista confiesa que se leyó todos los trabajos que integran la obra y a buen seguro que es cierto, porque de no ser así el esbozo escrito de cada uno de los autores no sería posible.

“Prosas de Alcandora- antología” ha sido publicado por  ediciones QVE por los autores. Diseño de portada de Javier Jiménez Hiniesta. En la contraportada fotografía a color de los componentes de Alcandora con texto sobre lo publicado en el libro. Entresaco esta frase   “dejar libertad a cada uno de los autores para expresarse según sus cualidades y preferencias” porque es donde se comprende que esta Asociación Literaria de Alcandora siga adelante después de cumplir veintiséis largos años de permanencia.
Todo libro publicado es testimonio para el futuro.



                                                                                                               Natividad Cepeda



Ate digital: N. Cepeda





sábado, 17 de noviembre de 2012

Sopa en vino, del libro “Memoria de lo usado” de Manuel Cortijo


           
       Me encontré con Manuel Cortijo en la pasada feria del Libro, en Madrid,  en los jardines del Buen Retiro adonde fuimos llegando escritores y poetas, casi todos castellanos-manchegos, junto a la caseta donde se presentaba el libro, Universo Narrativo, de la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha, que dirige Alfredo Villaverde Gil, y que era la más numerosa en público, también en ventas por lo que pude escuchar. Fue un agradable encuentro por la oportunidad de intercambiar opiniones con escritores y poetas  de diferentes círculos literarios madrileños, casi todos conocidos por su obra publicada. Manuel Cortijo, con su proverbial simpatía y llaneza manchega, en un momento del encuentro me acusó de no escribir sobre escritores de Albacete, seguramente porque en la Casa de Castilla-La Mancha de Madrid se recibe parte de la prensa de nuestra Comunidad y es donde se leen los artículos de opinión.

Me sorprendió la acusación y prometí enmendarlo en lo sucesivo. Días después me llegó el libro de poemas “Memoria de lo usado” de Manuel Cortijo Rodríguez editado por la Diputación de Albacete con fotografía en la portada de Miguel Ángel Blanco de la Rubia que se abre al lector con la dedicatoria A Luli, compañera de viaje. A la memoria de  mis padres, señales del camino. En la siguiente página  unos versos de Federico Gallego Ripoll para abrirse con el poema “Momentos”Situación de partida” donde el poeta que es Manuel Cortijo, nos adentra a modo de prólogo personal en el contenido del libro. “Momentos que si llegan a escribirse/ serán en clave velada, reservada al silencio” Así dice unos de los verso de ese primer poema. Se abre la primera parte  bajo el titulo Antes (cuando venía)  con tres versos de José María Valverde; marco para seis  poemas dedicados a María José Rodríguez, a su hermano Manolo, a José Luís Morales, a Miguel Galanes, a Eladio Cabañero y el segundo Sopa en vino a Sagrario Torres, poema con voz de pueblo y de raíces de familia, sin combate ni guerra en la pasada infancia, antes elogio y amor a lo que fue cotidiano, hermoso testimonio de la madre a la que el poeta recuerda y donde se trasluce un cariño blindado a los ancestros sin estafas escondidas debajo del recuerdo en estos versos donde afirma “Tardes que hacen de puente y lavan la memoria/entre un hombre que mira/ los años ya traspuesto” y continua el poema en una andadura fiel sin oropeles de florituras literarias, vanas y estériles porque aquellos años sirvieron, y muy bien, para la forja de este hombre y también del poeta. Así Manuel Cortijo redunda al decir: “esta tarde que soy el yo de entonces, / que mi madre me llama a merendar/ sopa en vino, me nombra en su mudez,/ con la única voz que se permite/ hablarnos nuestros muertos” Y así termina el poema y queda todo dicho.
Hay otras servidumbres en el libro con metáforas preciosas y sabor a nostalgia otoñal, sin evitar asombrosos recuerdos, idealizados por pertenecer al pasado, donde nada queda petrificado para el poeta, gracias a sus vivencias tenemos la creación de este libro de poemas por donde se ve el rostro humano de Manuel Cortijo con la gratitud, por su parte, al recordar a otros poetas a lo largo de la lectura del libro. Así, en la segunda parte  bajo el título Ahora  (cuando voy)  con versos de Francisco Brines y Rubén Martín son el pórtico para catorce poemas dedicados a Cristobal López de la Manzanara, a Ángel García López, a Francisco Caro, a Delfín Yeste, a Francisco Jimenez Carretero, a Inocencio Martínez Angulo, a Juan José García Carbonell, a Pedro Antonio González Moreno, a Santiago Romero de Ávila, a Juan Pedro Carrasco, y a su madre, con el poema La hora de llegar, de nuevo confesión convertida en metáfora en la asamblea de la vida.


La tercera parte llamada,  Después (en otro tiempo) con preámbulo de versos de Ángel González y Eloy Sánchez Rosillo, se abre a la mirada ávida del lector con el poema Ahora es otro tiempo, poema dedicado a Juan Martínez Martínez, in memorian: poema intimista donde el poeta y el hombre se confiesa bajo la tristeza nostálgica del tiempo que no cesa en su ir y venir siempre en continuo movimiento, siguiendo la concepción de Aristóteles por la filosofía de vida de la que se nutre todo el poema; definitorio en los últimos versos donde escribe, “Ahora es otro tiempo, es ir sin tiempo/ a dar con ese aire que cerrará del todo/ las puertas de mi casa,/ estas puertas hinchadas que procuro/ tener abiertas/ para saber si aún puedo buscarme en el pasado,/ encontrarme un momento con mi vida” Seis poemas continúan con parecida identidad y estado de ánimo, similar al primero que abre la última parte del libro. Poemas algunos de ellos con citas de Vicente Alexandre y  dedicados A Isabel Montejano,  in memoriam y Marisa de Rioseco. A Nicolás del Hierro, donde parece que le escribe al amigo y al poeta que es Nicolás, cuando afirma “Nadie sabe que buscas/ por detrás de esa puerta que terminas de abrir”. Otros con la cita a Pascual B.  Molina, in memoriam, donde en todos esos poemas el corazón de Manuel Cortijo siente la adversidad de la pérdida de los otros en el fluir de los versos escritos. Se cierra el libro con el poema Confesión del que llega (Selladura final) significante poema de la unidad del libro que empieza diciendo “Haber llegado aquí con lo vivido,/ no es poco este traer: la vida relumbrada, la vida que ya fue.” definitorio de esta Memoria de lo usado escrito por Manuel Cortijo Rodríguez que hay que leer despacio por la filosofía encerrada en cada uno de los poemas creados. Y también porque en tiempos de crisis y tristezas acceder al pensamiento de los poetas es ver que detrás de una mirada hay un maravilloso mundo interior cuajado de experiencias.

                                                                                              Natividad Cepeda
                                                                       


Arte digital: N. Cepeda