martes, 31 de marzo de 2015

POR LAS VIEJAS PAREDES


                     











Cubre  el silencio la casa cada noche cuando la luna sale
a mirar en el patio los aperos, allí  arrinconados,
que palpan el vacío y la melancolía de un ayer y su historia.

Por las viejas paredes las sombras alzan su denso desvarío
entre tantos recuerdos que regresan heridos de añoranzas.
Vuelven las minúsculas partículas de algún sueño imposible
a posarse en las trébedes de añeja remembranza. En la trilla,
que se quedó sin  sus zagales, sin sus niños morenos
que olían a verano y a polvo, a ese polvo de paz de los caminos.

Por la noble cocina, en la noche, parece  que el aroma del queso
y los apaños de la matanza hecha por San Andrés, envuelve
la amplia estancia, desde las vigas, a las orzas, de panzas
estragadas;  y en el fuego, los leños que no arden,  con su mutis
de siglos, cree alojar en el humero de la ancha chimenea
los chorizos que secan, y la negra morcilla que gotea su grasa.

Todo queda callado y, sin embargo, en la artesa si se escucha
ese susurro que la gente confunde con silencio.
Se perciben las manos que amasan el pan,
como la masa es volteada al aire
aunque nadie se ve por las estancias ni por los rincones.
                                                                       
Luna de abril en El Toboso al borde de unos ojos de viento.
El viento que si conoce la vieja leyenda de un amor amable
y tan dulce como la miel de las colmenas de alto monte.
Alto como el olivar azul que mece entre sus ramas a la luna.

La casa tiene un corazón doblado en sí mismo que se expande
por la geografía del término del pueblo, y que late, 
aguardando por detrás de los campos labrados 
que vuelvan golondrinas a los nidos vacíos de los viejos tejados,
que presagian en vilo la ternura que envuelve los muros,
y el matiz de hermosura que el tiempo ha retenido
latiendo entre los días y las noches.

                                                                                                Natividad Cepeda   



Poema del libro  “Memorial de amor y leyenda” Editorial Hipálage

                                                            
Arte digital: N Cepeda







jueves, 26 de marzo de 2015

Casiano González el último carretonero de Tomelloso

               

                                                                
      Hasta mediados del año 1964 Casiano González, "el Moreno" fue carretonero en la casa de Jonás Torres  Y CIA.,S A (Elaboración de alcohol) Durante 22 años, fue y vino ininterrumpidamente, desde la bodega situada en la calle del Campo, 111, hasta la estación de tren de Tomelloso. A diario atravesaba con su carretón las arterias de las calles Campo y Don Víctor Peñasco (esta última conocida popularmente por la calle de la Feria) conduciendo su carga de vino hasta los fudres. Para llenar un fudre se necesitaban 24 cubas de vino. El Fudre eran los vagones que llevaban dentro una  cuba de 1000 arrobas. Los carretones transportaban dos cubas, cada una de 40 arrobas, ósea 80 arrobas cada carretón, 8 horas de trabajo repartidas en 6 viajes desde la bodega a la estación de tren. Para llenar un fudre se necesitaban 24 cubas, una vez lleno se cerraba la puerta y se precintaba, emprendiendo el vino el viaje hasta el  punto donde se convertiría en alcohol, o en vino, etiquetado con marcas que ocultaba su lugar de origen.
El oficio de carretonero es un oficio extinguido y como tantos otros ignorado por la sociedad actual, pero ocuparon durante un tiempo un trabajo indispensable en los pueblos manchegos, y muy espacialmente en Tomelloso.
Casiano González es un hombre mayor, un anciano por el que se siente respeto cuando se le escucha hablar, con su mirada franca y su gesto alegre en un rostro marcado por surcos nobles de arrugas. Arrugas tostadas por el sol que muestran el duro trabajo de un buen hombre.
Todo empezó cuando a los 17 años  deja la huerta familiar y entra a trabajar en la bodega, más tarde cuando es llamado para cumplir con el servicio militar es destinado a Gerona. Allí se encuentra con otros dos tomelloseros que estaban en las caballerizas.
Él, es destinado para las ametralladoras que eran trasportadas con mulas, porque como buen mulero las conocía y no le daban miedo. Casiano González tiene la sabiduría de los hombres que manejan una gramática parda, llamada de ese modo porque dentro de su cultura popular poseen datos y saberes aprendidos oralmente. Su filosofía es amplia por saber escuchar y aprender de los que le precedieron. Y es de suma importancia escuchar de sus labios el lenguaje empleado para definir animales, trabajos y enseres de un oficio que ha pasado a engrosar el recuerdo. Este singular hombre reconoce con la mayor naturalidad y humildad su escaso saber en leer y escribir, sin ser esto impedimento para conocer y detallar cada hueso de las mulas. Casiano tiene el labio superior partido por una coz,  y cuando habla de las mulas retiene en su interior la historia de una época en la que, la aventura de vivir, estuvo unida a esos animales.
Tiene el sentimiento arraigado de que todos, hombres, mujeres y niños. trazaron una línea de trabajo y convivencia que hicieron posible el crecimiento del pueblo. Sabe que los sueños de todos ellos fueron escasos y fugaces, y que el logro mayor era conseguir una casa, una viña, o una huerta como patrimonio para la vejez. Casiano sabe que no hubo lugar para la evasión, ni espacio para almacenar caprichos.
Se obligaron a trabajar para salir de la pobreza extrema. Se dieron al trabajo a la manera de ofrenda permanente sobre el calor del verano o el frío del invierno.
Las mujeres trabajaron hasta embarazadas, y los hombres no sabían lo que era la queja y el desaliento. Las mulas, los borricos y los perros formaban parte de las familias.
Cuenta que se llamaba a las mulas según se comportaban, y de ahí provenía su valor económico. A las que tiraban patás  se las llamaban desertas y repelosas, y había que persignarse por lo peligrosas que eran con su boca y sus patas. Esas mulas se vendían más baratas, y las solían comprar los que iban a por leña al monte, o el pobre que no podía comprar otras mejores. Eran las  abrochas porque tiraban del carro, y el borrico, puesto delante, era la llave de las mulas.
Para cuidar bien de las mulas había que conocer sus huesos y sus músculos, y Casiano "el Moreno", los enumera como si se trataran de los dedos de sus manos. Con su mirada iluminada nombra los huesos de las mulas entre ellos, el casco, la cuartilla, la rodilla, la cruz, los corvejones... 
Las mulas y los machos eran muy valientes, pero cuando se obligaba demasiado a los animales con el trabajo se liaban  a sudar, entonces ya sabíamos que estaba la mula desmaya, lo solucionábamos con una sopa de vino. Cogíamos medio pan mojado en vino, se lo dábamos a comer, y enseguida se reanimaban. A los animales se les toma mucho cariño, yo tuve un macho al que llamamos Moro, era un macho nevaó, es el macho con el que me hice la fotografía. Me la hice al volver la esquina del paseo de San Isidro, donde ahora está la gasolinera,  camino de la estación de ferrocarril. ¡ Cuánto se puede llegar a querer a los animales! Se quieren como si fueran de la familia. A los animales los considero con  más talento que nosotros y con mayor nobleza.
Recordando a su macho nevao  a Casiano González, "el moreno", se le ilumina la mirada como si estuviera soñando, y como hablando consigo mismo prosigue diciendo como el macho Moro enfermó de las manos y fue vendido para la carne. Por un momento a Casiano se le nubla la vista y respira hondo, se lleva la mano derecha hasta la frente y se la pasa por ella, como si con este movimiento quisiera olvidar los malos momentos. Luego respira hondo, y susurra con tristeza que de haber podido él comprar el macho, nadie se lo habría llevado al matadero. Escucho y miro a este hombre de nobleza intacta y me siento orgullosa de pertenecer a su mismo terruño.
Me cuenta que los carretoneros ganaban 13 pesetas diarias en el año 1946, mientras que en el campo 10 y 11. Había carretoneros  particulares, esos eran los que iban por su cuenta. Estaban los Roses, que eran dos hermanos y un primo, los dos hermanos Topetes, luego Trini Chancla y los que estaban colocados en las bodegas del pueblo o "casas grandes", como se les solía llamar: Jonás Torres tres carretoneros y un curandero, eran Manolo Ortíz, Esteban Villar, que vino de Cuenca y Casiano González.  En casa de Pablo Martínez había un carretonero, con los Peinados estaba el hermano Chafarrote, los Camachos tenían uno,  con los Gonzalos estaba el Cuberete, los Espinosas uno, la Jerezana uno, y a los Casajuanas les hacían obrás los particulares, los Herrartes uno, Felipe Torres dos el Jaro Patojo y Martín el Aragón, y en casa de José Pérez  el Rocho; unos 24 o 25 carretoneros hubo en Tomelloso en aquellos años. El curandero era el que se encargaba de cuidar a los animales, los carretoneros de engrasar las ruedas del carretón, aparejar las mulas y los machos, engancharlos y salir tirando.
El carretonero vestía en invierno botas de piel con hebillas, pantalones de pana, camisa, chaqueta de paño, pañuelo de yerbas, la blusa y la boina. En verano llevaban peto de algodón azul y camisa. Habitualmente los carretoneros comían en sus casas. Casiano González me dice que ellos, los empleados de Jonás Torres, comían en casa a mediodía,  salvo cuando tenían que trasportar carbón de piedra en los carros, desde la estación de ferrocarril hasta las diferentes fabricas, esos días enganchaban a las 8 de la mañana y comían donde les daba la hora. Era un trabajo duro incluso para las mulas. En el año 1964 los carretoneros que quedan pasan a ejercer otros trabajos. Los carretones, carros de dos lanzas con cadenas para sostener las cubas en su interior hoy son piezas de los museos etnográficos.
Hasta mediados del siglo pasado (siglo XX), carretones y carretoneros  formaban parte de la empobrecida sociedad del momento. Pero si hay que añorar algo de aquella sociedad, entre sus muchos valores, se encontraba el respeto por el trabajo que se realizaba. Y el conocimiento que tenían los carretoneros de su profesión, además del cuidado y amor a la naturaleza y a los animales. Casiano González ha llegado a viejo con el legado de haberse ganado el respeto de todos aquellos que le conocen y tratan, por su saber estar y ser  integro a lo largo de su vida. A trabajado además de encalador y en la viña que tenía. Luego la viña la cambió por un solar, y dentro de ese solar plantó su huerto y su corral. Hoy recorre las calles de Tomelloso ayudado de su bicicleta, porque sus caderas se quejan demasiado cuando sus pies andan. Es el Patriarca de una familia que le quiere, y ha ido dejando semillas de bondad a lo largo de su vida.
No conoce el Caribe, ni ha viajado a China ni a Berlín, por la televisión sabe que hay otros modos de vida, otros pueblos, y otras gentes, pero yo quisiera para esta ciudad que crece y se expande, ese legado de honradez que Casiano González, el último carretonero de Tomelloso, atesora en su persona.
Recordar el pasado no es sólo recoger utensilios para mostrarlos en los museos, es sobre todo, trasmitir valores humanos que nos hicieron  ser diferentes y mejores.


                                                                                                                        Natividad Cepeda

Tomelloso, agosto de 2007

 Publicado en la Revista Socio Cultural La Alcazaba 2009

En la revista local de Tomelloso  Tradiciones y costumbres del pueblo

 Hoy 26 de marzo Casiano  González  Perona se ha marchado de Tomelloso para volver a encontrarse con su macho Nevao: Dios lo tenga en su gloria. 


martes, 3 de marzo de 2015

Emancipación de mujer siglo XXI

El despertador suena 6 de la mañana. Se levanta y se va a la cocina, prepara café, zumo de naranja, yogur con miel y rápidamente, la ducha, cepillado de pelo, maquillaje, rímele, labios perfilados y barra de color inalterable. Preparado el pantalón, camisa, jersey azul, zapatos de tacón bajo y recogido el pelo en belleza simétrica con ayuda de una pinza de bisutería. 
Se escucha una puerta que se abre y la voz luminosa de unos niños la saludan. Alrededor de la mesa se sientan y desayunan, luego salen todos juntos camino del colegio. Despedidas. Ya en la calle la invitan a tomar un café unos conocidos, no, no, no tengo tiempo, dice apresurada. Llega al trabajo y se sumerge en un mundo diferente.   
De vuelta en casa prepara la comida, selecciona libros y cuadernos, coloca los juguetes, suena el teléfono, sí, sí, de acuerdo cuando salgan los niños del colegio, no hay problema. Se quita los zapatos, sus pies vuelan dentro de las zapatillas. Pone la lavadora, revisa los recibos llegados por correo. Pide cita al Centro de Salud. Llama al fontanero. Suena el teléfono: no te preocupes todo bajo control, iré con los niños a ver las marionetas, no, haremos tarde.   
El reloj avisa que hay que recoger a los niños a la salida del colegio. Dicen que está guapísima, los niños la miran divertidos y ella sonríe.  Debajo de su sonrisa nadie advierte un cansancio espeso, aprieta las manos de sus hijos entre las suyas y camina con aire decidido. Al verla pasar nadie duda de que es una mujer emancipada ejerciendo su libertad de trabajar fuera de casa; también dentro. Ah, pero ese trabajo de casa no está considerado trabajo… Libertad conseguida de la mujer en el siglo XXI: ¿Libertad? Lo pongo en duda.
Canela y miel jamás escrita de las mujeres que luchan por ser algo más que mujeres sin rostro ni nombre en los oficios. Mujeres tantas veces solas y olvidadas sin salir de sus labios queja alguna.
                                                                                                                Natividad Cepeda
Artedigital: N. Cepeda 





sábado, 28 de febrero de 2015

Día a día

                                                                                   Lo he visto esta mañana esperando el tranvía, quieto y erguido aguantando el cuerpo envejecido con su pañuelo anudado al cuello y su chaqueta impecable muy pasada de moda cruzando un pie encima del otro como si quisiera demostrar que todavía es fácil para él hacerlo. Lo he mirado sin que se diera cuenta con pena y con tristeza.
Casi todos los días llega muy temprano a la parada y espera pacientemente frunciendo los labios en un mohín a veces, y otras pasando su mano derecha sobre el pelo engominado y brillante de color negro, tan oscuro que delata sus arrugas y su flacidez restirada artificialmente.  Se sube y recorre la ciudad mirándose en los cristales o se quedan sus ojos prendidos de un viandante soñando en sueños que alimenta y le hacen alzar su cabeza como si acabara de tocarle un premio de rejuvenecida adolescencia.  
Ya no cumplirá los sesenta años, ojalá que así fuera, pero al mirarse en su espejo cada día sólo ve al joven que ayer fue. Cuando se cansa de ir sentado en el tranvía se baja en la estación por la que ya no pasan trenes y apoyado en sus viejas paredes espera que pase el tren que perdió antes de nacer. Mira las nubes y sueña lo que solo él sabe.  Cuando vuelve el tranvía, sube de nuevo y se baja en el hospital, dentro pregunta en diferentes salas a los hombres quien es el último, pide la vez y con la excusa de que tiene prisa se marcha dando las gracias educadamente por la información. Cerca del mediodía sale y espera al tranvía, sube y se baja en la primera parada de donde se subió. 
A veces coincidimos y lo veo bajarse y alejarse andando como si fuera desfilando por una pasarela de moda… Así,  día tras día con sus anillos de oro relucientes y sus gafas de sol oscuras imitando a los galanes de cine de hace cuarenta años.
Un día cualquiera él o yo nos marcharemos para no regresar al tranvía y a la calle y los espejos lo echarán de menos al perder su reflejo en el cristal. Sí, nos marcharemos por ese lado inescrutable de la eternidad  en la que creo, y entonces espero volver a encontrarnos para seguir subiendo al tranvía de las energías que no se pierden jamás. Probablemente seamos unas nubes que van y vienen, o el motor de un viejo tranvía recogiendo los sueños imposibles de algunos pasajeros.


                                                                                                      Natividad Cepeda

Arte digital: N.Cepeda

miércoles, 25 de febrero de 2015

El circo de los hombres “civilizados”

           
Seguimos en febrero. Un febrero que ya tiene almendros con flor temprana y desaforadas voces de hombres en su canción vergonzosa a favor del maltrato de un jugador de fútbol, Rubén Castro  que maltrató a su ex novia, y le corearon victoriosos como si hacer daño a una persona sea motivo de admiración y orgullo varonil. Circo de hombres civilizados en este nuevo siglo donde la violencia sigue existiendo en todos los lugares de la tierra.
En España más de medio centenar de mujeres han sido asesinadas en el año 2014. En este 2015 ¿cuántas serán las que mueran violentamente? Dicen que ya han sido asesinadas siete. Horror de horrores las miles de mujeres y niñas matadas en países bárbaros. Cifras que llegan engrosando estadísticas y muchas otras mujeres asesinadas que no suman sus muertes y quedan en el olvido.
Brota la sangre de la piel cosida a cuchilladas de mujeres que han caído abatidas por la mano del hombre. Y ante tan descarnadas muertes yo siento una tristeza irremediable. ¿Qué hemos conseguido? me pregunto después de tanta dentellada recibida desde los siglos  de antaño. Creía- y como yo otras muchas mujeres, que con las nuevas leyes todo sería más fácil. Llegué a pensar que el amor ya no sería ese pecado oscuro que nos hería la vida. Que el hombre ya no sería un extraño enemigo con el que hay que convivir cada nueva mañana, y por creerlo me sentí renovada, di por bueno tanta derrota de miles de mujeres que ni siquiera tienen historia que contar, porque el miedo les selló los labios. Son  muertes desparramadas de una miseria atroz, canalla, espeluznante, de hombres asesinos. Y ya no sé como cerrar la página de estos hechos macabros y siempre repetidos.
Apenas si siento un escalofrío por mis pechos desnudos al recordar sus muertes. El corazón de ellas lo siento en mi garganta, y ya no quedan lágrimas...
La libertad, esa atalaya a la que hemos ascendido dejando en el camino tantas huellas de mujeres anónimas, ¡qué cara está costando!  Estamos en febrero y sigue la matanza. Les ocurren- dicen los entendidos- por cohabitar con malos hombres. También, porque vuelven, con sus absurdas pretensiones, a los pobres hombres locos, y claro, ya no saben lo que hacen...
Mujeres audacia y sinrazón de la existencia.

Mujeres para acunar la vida en sus vientres, cambiadas como trueque, vendidas, vejadas, masacradas de todas las posibles maneras inventadas.
Mujeres, sexo rentable para el macho explotador, básico placer  que nunca cesa, princesa y ángel en la primera juventud, después mercancía barata y despreciada.
Habrá que replantearse que es lo que está pasando seriamente. Analizar por qué se está matando a la mujer de cualquier edad, de cualquier condición social, sin que hasta ahora sirva de mucho la sangre de estas víctimas.
Féretros de mujeres que se pierden en las tardes azules y se olvidan.
Odio, sangre y despojos de la mordedura letal del desamor.  ¿Cuantos ejecutores andan sueltos?  A veces la impotencia nos cerca y nos engulle aunque continuemos poniendo en nuestros labios un poco de carmín. A veces sentimos las entrañas apretarse y un alud de tristeza nos va inundando el alma. A veces yo siento que todavía a las mujeres no se nos mira como a iguales.

                                                                                              Natividad Cepeda



Arte digital: N.Cepeda

viernes, 20 de febrero de 2015

Coartadores de libertad

                                        

La  esteticién de la publicidad y la política nos engaña con su maquillaje haciéndonos olvidar lo que carece de color y verdad por las calles y hogares. Pero no podemos negar que nos encanta dejarnos engañar por sus mensajes, luego cuando hablemos con los amigos, que creemos más reflexivos, decimos que la vida está muy mal argumentando que  ya no es como antes. Aclarando, que hay mucha gente alocada. Claro que la gente no somos nosotros. La gente, son los demás, y al negarnos a aceptar esa realidad nos convertimos en  las medusas que no queremos ver reflejadas en los espejos interiores.
Sin duda que el  mayor de los ídolos  actuales es el dinero. 
Todos los paraísos que soñamos tienen acceso gracias a su poder. La felicidad, no es felicidad si no podemos adquirir todo aquello que desde la publicidad se nos muestra incitándonos a consumir desenfrenadamente. 
¿Pero quién es el valiente que se enfrenta con la sociedad del bienestar y el consumo? 
Y ¿quién recuerda que en los cinturones de las ciudades hay chabolas. También paro callado, miseria educada, crisis y desamparo. Nos acordamos de esos barrios marginales y de esas situaciones sin límites creadas por la avaricia sin escrúpulos de unos pocos, cuando saltan noticias de asesinatos y robos, y cuando desde las instituciones religiosas y laicas nos recuerdan que hay que paliar con parches las necesidades más urgentes de las personas desamparadas. Triste realidad. Cáncer de  hoy y de ayer esa llamada que escuchamos con oídos tapados, y nos recuerdan,  los  que se dedican a ejercer la caridad altruistamente. Nos lo recuerdan, sin  dejar de llamar a las puertas de los que quieren escuchar, alertando de que hay caras en las ciudades menos deslumbrantes que también existen. Y lo grave,  sin mucha esperanza de cambio.  

No veo que hayamos avanzado mucho en la equidad. Y tampoco veo ni escucho que  nos preguntemos ¿por qué hemos avanzado tan poco en el reparto de riquezas? Al hacerlo obtenemos la misma respuesta de hace miles de años; el Hombre sigue sin cubrir y amar al Hombre. La persona, ese animal civilizado, continua siendo un depredador empedernido para su propia especie. Las palabras cultas y generadoras de discursos y proclamas políticas y sociales, son sólo eso, palabras. Palabras al servicio de los astutos  que se lucran  sin transformar el sistema social en la mayoría de los pueblos de la tierra. Las palabras viajan con el viento. El viento barre generaciones, imperios y nunca se olvidan los ídolos que inducen al poder y condenan a la esclavitud a  seres indefensos. A pesar del  tiempo transcurrido la crueldad reina en las ciudades. Las ciudades han cambiado de nombre, de lugar, pero no ha variado la soberbia de sus habitantes ni los crímenes nacidos en sus entrañas.

Estamos viviendo en la plenitud de la idolatría sin  darnos   cuenta. Sin ver el vacío que impera y nos engulle con sus falsos reflejos de felicidad. La sangre vertida de tantos inocentes anónimos, el dolor por la enfermedad que sí puede curarse, pero que no les es posible a millones de seres humanos que carecen de dinero para comprar medicinas… Las patrañas en nombre de tantos reyes sin coronas  es un pantano donde se siguen hundiendo los humanos.
 Tenemos titulares de periódicos, casi libres, que nos informan de masacres espeluznantes. Tragedias repetidas. Historias que nos parecen sacadas de películas y que, de tanto repetirse, nos dejan sin asombro. No soy culpable, no me atañe, nos decimos, y el poder del dinero y sus premisas, nos engulle y engaña.  Casi nada ha cambiado en la historia de los vencedores. Mediante el genocidio de millones de seres el poder de los ídolos se sustenta. Con mentiras de poder nos controlan y nos permiten  caprichos inservibles para ahogar nuestro sentimiento de culpabilidad. La misma culpabilidad de  otros pasajes de la Historia. Violación acolchada de los que tienen seguridad frente a los que nada tienen. Y lo peor de esta situación es que ya, ni el corazón grita, y nos disculpamos diciéndonos que siempre ha sido así.


El tiempo guarda misterios. Dentro de su cadena imperturbable el ídolo crece y no se extingue. Nos engulle en sus fauces,y seguimos contentándonos con ponernos la  moda en las relaciones sociales, o de asistir a  la programación estudiada a entretenimientos de índole diversa a cambio, de que nuestro espíritu, siga enclaustrado en las cavernas de los ídolos de nuestro tiempo. Un tiempo, el nuestro, plagado de falsos mitos coartadores de libertad verdadera.



                                                                                                            Natividad Cepeda



Arte digital: N.Cepeda


lunes, 16 de febrero de 2015

Ninguna guerra es santa

                                          
¿Quién se ha manifestado en contra de los asesinados cristianos en Libia? Coptos egipcios son asesinados sólo y exclusivamente porque son cristianos y casi nadie se ha manifestado en denunciar esta brutal matanza, además proclamada por los asesinos como un éxito de su  fuerza brutal, trágica y deshumanizada.
¿Acaso estas muertes no merecen ser denunciadas precisamente porque los ejecutados son cristianos?
¿Y esa vorágine de sangre demostrada  cual estandarte feroz de asesinatos, no merece que la sociedad, esta sociedad nuestra, tan proclive a opinar y seguir estupideces multitudinarias, que no enumero, porque me niego a darles a todos los payasos que entretienen en cadenas televisivas,  ni una sola de mis líneas, se queda inmutable ante estos horribles asesinatos? 

Tan horribles como los niños soldados, presentes en nuestra Historia actual. Igual que la esclavitud lo fue hace apenas dos siglos: Esclavitud tolerada y amparada bajo leyes injustas dictadas por legisladores eminentes, a los que nadie, o casi nadie, se atrevía a poner en duda esos principios legales que se demostraron después de muchos llantos y sufrimientos, que eran erróneos y exentos de humanidad.

Nos hundimos en nuestra propia devastación de estereotipos que urge cambiar por inútiles y pérfidos. Nos traicionamos, poniendo como excusa la banalidad de  respeto ante situaciones insustanciales que repercuten en el bien social.
El filósofo alemán  Hermann Cohen que murió en Berlín  en 1918 escribe “El hombre es plural. Tiene muchas sendas a su disposición, y formará muchas naciones que contribuyen con su color específico a la policromía humana, y conocerá muchas religiones que forjan un mosaico que debería ser de mutuo respeto y enriquecimiento, y no de “salvación” por la espada o guerras curiosamente “santas” 

Cuando se lee a los escritores que antes de serlo han pensado y buscado en las fuentes del pensamiento  la realidad que les rodea, y las lecciones de la Historia, se descubre la grandeza de esos pensadores que después han escrito, y la bajeza de los que esgrimiendo la leyes llamadas, santas o civilizadas, han sido, y lo son, crueles y sanguinarios.  Y obviar la maldad es tanto como querer tapar al sol con nuestras manos. 
Es lo que nos ocurre ahora, cuando taponamos la inmoralidad porque nos quedan lejos esas acciones violentas. La gente juega conscientemente a mirar hacia otro lado para no ver el horror. Una veces porque se es agnóstico y no se ha vivido, ni se siente la trascendencia. Otras escudadas en la no existencia de Dios. Y también porque su fe de creyente, no es la misma fe de otras creencias. De ahí se derivan la guerra, no santa de hoy, y todas las guerras del pasado.

Los escritores tienen el deber moral de escribir lo que ocurre, no otro es su oficio. Aunque esa escritura denuncia les cierre puertas y les obstruya que su pensamiento hecho palabra, vea la luz. Pero hay que escribirlo, porque de no hacerlo ese tesoro  inmaterial no será conducto del pensamiento;  si eso ocurre, es porque no existe el narrador fidedigno de la realidad social de su momento, y por supuesto,  tampoco hay un legado de su existencia humana y filosófica.

Y no vale argumentar que hay hechos que no atañen, porque toda violencia y atentado en contra de la vida, de cualquier vida, hay que defenderla y denunciar a quienes cometen esos atropellos injustos e inhumanos.
Hoy escribo por esos cristianos asesinados porque son parte de mi momento histórico, y nadie en nombre de ideas religiosas o civiles tiene derecho a arrebatar la vida y a torturar a otras personas. Porque no todas las  conciencias  saben discernir sobre el bien y el mal;  ante esa incertidumbre  hay que regresar al principio del amor. Al sentimiento universal del encuentro con todos los moradores de la tierra, y defender ese derecho, como lo han venido haciendo muchos otros antes que nosotros.


                                                                                                  Natividad Cepeda                                                     



 Arte digital: N. Cepeda