jueves, 15 de octubre de 2020

El viejo castillo de la Muela de Consuegra

 


       El viejo castillo de la Muela de Consuegra

Lucia el sol en lo alto de la meseta de ésta Castilla, ayer llamada la Nueva, y a la que hoy llamamos Castilla-La Mancha. Alumbraba  con todo su esplendor los pueblos alejados los unos de los otros, de los que cuentan que las aldeas y villares esparcidos por estos terrenos y campos, fueron obligados a reagruparse por aquellas órdenes militares del medievo para controlar los pueblos reconquistados a los árabes  invasores. Arriba se divisaba el castillo con su bandera roja y gualda ondeando al viento del cerro Calderico, elevándose  por encima de la llanura, y a sus pies el pueblo de Consuegra.

Una población donde sus orígenes se datan anteriores a la época romana. Consuegra y el castillo de la Muela, dicen que primero fue plaza musulmana, después en el siglo XII, ampliado para albergar  a la Orden de San Juan de Jerusalén; monjes y combatientes en defensa de la fe cristiana. Caballeros de cruz y espada…Ellos los caballeros de San Juan, nacidos para defender los Santos Lugares de Jerusalén y a los peregrinos que viajaba hasta  ellos. Saladino fue uno de los grandes gobernantes del Islán, fue sultán de Egipto y Siria, dominó Palestina y Yemen entre otros muchos territorios y  puso fin a las gestas guerreras de occidente al vencerles y en el recodo de los monjes aparecieron las cresterías de la España ocupada.

Los caballeros de San Juan de Jerusalén perdieron la ciudad santa y con ella su Hospital: el hábito negro con la cruz blanca de ocho puntas y en ellas las ocho bienaventuranzas pronunciadas por Jesús de Nazaret en el monte y que recoge Mateo en su Evangelio; bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los que buscan paz, los perseguidos, los injuriados por seguir a Cristo…Dichosos todos ellos. Eso significa la cruz de ocho puntas. Cuando llego al castillo percibo que sus piedras conocen secretos agostados de vasallos y reyes, de nobles y felones de lo que flota en el aire de mitos y leyendas, de romances que cantan aquello de

Un castillo hay en Consuegra  

que en el mundo no hay su par;

mejor es para vos, rey,

que lo sabréis sustentar.  

No sufráis más que le tenga /

ese prior de San Juan...

 

Trágicas sentencias entre profundas oquedades delatan horas amargas entre sus muros, y a pesar de eso, deambulamos abstraídos por las dependencias recuperadas después de ser bombardeadas por las tropas francesas en el siglo XIX. Más tarde la desamortización de Mendizábal y Madoz, que ni fueron progresistas ni solucionaron la maltrecha economía, más bien hundieron a todos en la pobreza perdiendo patrimonio nacional por la mala gestión de los gobernantes en aquellas nefastas subastas…

Silva el aire por la muela del Calderico. No importa, ante el castillo se siente un escalofrío imperceptible porque es mucho más grande que cualquier castillo contemplado en una película. Se agolpa lo leído en libros o escuchado de otros labios: Aquí, en este castillo murió peleando en su defensa el hijo del Cid Campeador, Diego Rodríguez… Y de pronto en la torre albarrana circular e imponente, imaginas por ella debió asomarse la princesa sevillana Zaida, hija de Al-Mu'tamid casada con el rey Alfonso VI - que ahora nuevas investigaciones dicen ser falsas- Pero yo la veo mirando al Sur, mientras el ruido de los caballos le recuerda las naves al zarpar del río Guadalquivir en Sevilla, ahora lejana y a la que ya, jamás volverá.

El castillo de Consuegra se ve desde la autovía A4 que nos lleva a Andalucía. Durante años, en lo alto se veía una enorme grúa. Nos acostumbramos a verla y en mi infancia cuando le pedía a mi padre ir a visitar el castillo me respondía que allí solo había piedras derruidas. El ayuntamiento compró el castillo a su dueño y también los molinos, así, año tras año, se fueron recuperando estancias limpiándolas de escombros y devolviéndoles la austeridad y empaque que debió tener durante siglos.

La luz  de la tarde se desvanece cuando se accede al interior y me siento pequeña en la sala Capitular y siento deseos de rezar en la capilla y me admiro  del aljibe que proporcionaba agua y… siento terror al pensar en los prisioneros encerrados en esta fortaleza. Me asalta el miedo del pasado a su manera de vivir. Escucho el eco de mis pasos y me retiene el misterio que lo habita. Salgo al exterior cuando el sol declina su luz por el oeste y pienso que en los libros no está escrito todo lo que en este soberbio castillo ocurrió.

Hoy un domingo de octubre de 2020 el camino que lleva al castillo y a los molinos está abarrotado de coches, con gentes de todas las edades afanándose por ver el pueblo de Consuegra allá abajo, a los pies del acantilado y hasta todos llega el pasodoble de una corrida de toros desde la plaza que se divisa, y escuchamos su clamor y su alegría; vida y muerte bajo el sol. En otro lado el campo de futbol se disputa un partido, y nosotros, vamos y venimos por entre el castillo y los molinos huyendo del encierro del coronavirus, disfrazados de desconocidos detrás de nuestras mascarillas.

Intentamos sobrevivir a pesar de la caótica situación actual, y pienso al despedirme del castillo, que para los que lo habitaron tampoco tuvo que ser fácil la vida entre sus muros.

 

 

                                                              Natividad Cepeda

 


lunes, 5 de octubre de 2020

Lo que permanece velado en la Laguna Blanca

 

 

Cuanto más  alcanzo la cumbre de mis años más me pregunto sobre lo que me rodea y su maravilloso milagro.  Intento descifrar ese misterio que, a pesar de la actualidad encubridora de la magnificencia de la naturaleza, no relega a vivir de espaldas a ella en cualquier parte del mundo aislándonos de esa esencia primera de la creación que es de donde provenimos.

Las corrientes de nuestra sociedad están fundamentadas en la técnica y en los medios informáticos tan carentes de humanidad y de principios, por lo que cultivar el pensamiento no es la perspectiva  relativa a lo que se debe mirar. Pienso que por esa causa la sociedad actual camina incompleta al olvidad ese pasado del que venimos que nos vincula al pasado que hoy despreciamos. Es por ello que sobre nosotros hay una profunda sombra de barbarie, y aunque es imprecisa esa sobra, la conquista del espacio social no satisface lo suficiente para deshacer las sombras que yacen semicultas en rededor y que casi nadie quiere ver.

Soñamos, sueñan las personas, con hacer viajes programados desde ese turismo social que nos señala el camino a seguir coartando nuestra decisión personal y, dejando en la mochila del camino, olvidados parajes cercanos de belleza absoluta, muy desconocidos para los más cercanos de sus lugares de residencia. Parajes de lejanos siglos que permanecen a nuestro lado con su carga de misterio y tan sagrados que invitan al recogimiento cuando se llega a ellos.

Parajes donde se intuyen que allí si es posible que habiten seres de fábula. Seres relatados en leyendas antiguas primero, después en cuentos  escuchados a la luz de las hogueras de la lumbre familiar, y más tarde en libros que sacados de ellos  los vimos en las pantallas del  séptimo arte, que es el cine.  Y ahora de esos remotos tiempos  la televisión y el internet se nutren para mantenernos alejados de los lugares donde aún siguen existiendo.

Pertenezco a una tierra pobre, porque pobre son sus pueblos. Pertenezco a una porción de meseta alzada a la intemperie de la llanura inmensa plagada de restos arqueológicos, que casi nadie conoce, y mucho menos cuida y protege. Desciendo de antiguas curanderas que conocían los beneficios de la naturaleza, sus propiedades curativas y también el respeto que se debe a las aguas que brotan de las rocas, al árbol que nos da sombra y frutos, y  al sonido del viento cuando anuncia hechos que hay que mirar con cautela porque jamás sabemos que nos depararan. Ignoro casi todo de ese mundo oculto pero percibo algunos hechos que me callo para no ser perseguida como lo fueron en el pasado muchas otras mujeres.

Hay un lugar alejado de las autovías  que emana algo impreciso y a la vez cargado de misterio cuando se llega a él. Para percibir  esa  magia irreal y misteriosa hay que dejar que el aire nos envuelva.  Olvidar el estrepito que nos rodea y escuchar las voces del agua y de los matorrales, cañas y carrizos, enebros y encinas que rodean una laguna aislada.

La laguna se llama “Laguna Blanca”, se la presenta como la primera de las lagunas del conjunto lagunar de Ruidera. Ese paraje al que se alude como totalmente mágico en el libro de Don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes, hace siglos. Está dentro de ese Campo de Montiel, de históricos acontecimientos, espacios arqueológicos olvidados y relegados por los mandatarios que lo han dejado a un lado impidiéndole prosperar al sumirlo en la despoblación sin importar nada a los señores del poder.

La Laguna Blanca refleja el azul del cielo en sus aguas de lecho blanco. El aire  riza pequeñas ondulaciones en su superficie, y en mitad de ese espacio, al agitarse las ramas de los árboles se perciben sonidos, voces difusas, que se dilatan en el espacio y que asustan si se permaneciera allí de noche. Vuelan aves y entre las piedras calizas se escucha el rastrear de pequeños seres ocultos a la mirada.  Los troncos los hay retorcidos, enmarañados como si en ellos habitaran las anjaras o anjanas, que permanecen para proteger a la naturaleza  que queda del entorno de la laguna. Apenas si se sabe algo de esos seres mitológicos que se decía curaban a los enfermos y ayudaban a los pobres y débiles. Invisibles a nuestros ojos esas entidades, y a la vez cercanas de los lugareños desde tiempos inmemoriales.

Innombrable es nombrar hadas y hechizos, por nosotros salvados por la ciencia.  Nadie cree que existan, pero en la quietud del paisaje de la Laguna Blanca algo permanece inexplicablemente en su marco de soledad. Hechiza el agua detenida. Contemplándola en silencio recordé lo que  mujeres y hombres, trabajadores del campo, aseguraban que en las aguas de ríos, manantiales y lagunas habitan seres a los que hay que respetar y no molestar para evitar que se enfaden. No otra cosa es el conjunto lagunar de Ruidera preñado de manantiales, pozos y grutas  de sedimentos hundidos y creados desde miles de años.  He visitado la Laguna Blanca en varias ocasiones  y en todas ellas he deseado volver. He sentido que me convoca a escuchar su mundo velado y sacralizado latente en todo su entorno.

 

Natividad Cepeda

 

 https://www.cuadernosmanchegos.com/ciudad-real/literatura/lo-que-permanece-velado-en-la-laguna-blanca-16237.html

 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Las casas sin nadie

 Tomelloso casa adosada calle - Trovit                                                                                                         Se venden las casas, se venden muchas casas y nadie las compra. Paso por las calles de pueblos distantes y veo, que hay letreros de ventas de casas. Se venden las casas llenas de recuerdos con muebles y ropas, con vidas que fueron hermosas. Se venden los rostros de nuestros vecinos, su sueños, sus risas, sus muchos fracasos y su sufrimiento.
Se venden y a veces hay ventanas abiertas que muestran las cosas. Los muebles que fueron cobijo y primor. Cuando cae la noche en las casas esas, al pasar por ellas crujen las paredes y se oyen quebrados lamentos extraños.  Nadie lo confiesa. Quien los escucha se queda callado. Nadie dice nada pero nadie quiere pasar por las noches junto a las viviendas donde nadie hay. 
Yo habité una casa llena de esperanza donde tuve sueños y me hice mayor. Yo habité una casa de bellas estancias con un mirador que alumbraba el sol cuando por el este, el sol se asomaba. Yo habité una casa donde recibía a muchos amigos, donde en navidad  se vestía la mesa con las mejores galas. Allí celebré  muhos cumpleaños, pedidas de mano, y en el gran salón hay fotografías de hermosas muchachas vestidas de novia. En aquella casa de amplias estancias se murió una anciana de dulce recuerdo, de cabello rubio y sonrisa tenue como la alborada. Nadie mas que ella allí se murió. Un día la casa se quedó desierta con todos sus muebles solos, sin personas que los utilizaran. Sola sin la risa ni el llanto de nadie. Sola con los muebles en las habitaciones esperando ellos, los muebles, que todos volvieran  a ocupar las sillas, a hundir los sillones, a encender el fuego de las dos cocinas, a poner los platos de alguna vajilla en alguna mesa de los comedores... A dormir en alguna de esas alcobas de camas que aguardan que alguien se acueste y se duerma en ellas... 
Yo vi que un hombre pedía a gritos regresar a ella, a la casa amada, a la casa suya donde lo enjendraron. Andaba gimiendo, rogando que a ella lo llevaran una noche tragica cuando en Viernes Santo por unas esquinas pasaba Jesús en su cruz clavado: le faltaba poco para a ella llegar, y como a Jesús camino del Gólgota, al hombre le  flaqueó el cuerpo. Un cuerpo cansado de anciano que se resistía a morir lejos de sus casa amada. Siempre hay cirineos... Apoyado en ellos el hombre callaba mientras los tambores de Semana Santa tocaban y el clarín hería la noche de todas las calles cuando Dios pasaba.  Como a Jesucristo, al hombre, una samaritna le dió a beber agua. Mi casa, pedía, llevarme a mi casa. Se quedó la casa esperando su vuelta y el hombre llorando nunca volvió a ella. 
Yo voy a la casa y siento la pena de morir en vida. A nadie lo cuento, a nadie lo digo, pero es tan triste que muero por dentro.
Los pueblos se quedan vacios, en sombras oscuras, con  casas vacias que nadie recorre. Sin pasos, sin risas, sin algún enfado y el beso robado que en ella nació...Todo se ha perdido. Todo pereció. Los pueblos se mueren y ni los fantasmas acuden a ellos. La congoja es tanta que solo el silencio es dueño de ellos.
Cuando amanece un rayo de luz llena los rincones y entonces, solo entonces veo caer lágrimas de  muchos rincones. Y el sol, asustado se va a los campos para no escuchar llorar a las casas vacias de todos los pueblos. A veces yo creo que al despertar abriré los ojos en mi antigua casa, en mi calle amada,allí con aquellos vecinos de antaño que ahora no están. A veces me niego a pasar por aquella calle donde está mi casa con ese letrero donde se reclama que alguien la compre. A veces ignoro si todo es un mal sueño y he de despertar.
A veces, a veces la vida se acaba y nos asomamos a las viejas casas para recordar
 
 
 
Natividad Cepeda

Recordando a los poetas: Eladio Cabañero López


 Eladio Cabañero Nació en Tomelloso (Ciudad Real) España el  6 de diciembre de 1930. Falleció en Madrid  el 22 de julio de 2000. Enterrado en el cementerio Municipal de Tomelloso

 

 DE ELADIO CABAÑERO Y DE SU LIBRO “DOCE POETAS ALREDEDOR DE UNA MESA” (1958-1961

PUBLICADO EN 1970 EN Barcelona POR Plaza Y JANÉS

 

El POEMA

 

Amigo Carlos

                             (A Carlos Sahagún, joven amigo nuestro)

 

Bello es estar delante de un paisaje

sin sombrero, de frente,

a media altura el corazón del traje,

sin tapa, transparente.

 

Prudentes hay que desconfían

del tiempo más que de la muerte,

hombres que no varían,

piedras calladas, roca fuerte.

 

Tú, Carlos, con un ave de alegría,

con un pájaro listo en la cabeza,

eres, apenas hombre todavía,

un rehén de la belleza.

Tú, amigo, enamorado de la gente

-bien se te ve en la cara-, tú aterido

de amor, de mundo de repente

tan niño huérfano afligido.

 

Tú, Carlos, sabedor que lo de menos

es ya que el paraíso sea mentira,

que Eva baile y se chispe, si entendemos

que es bueno el aire cuando se respira,

que es bueno hablar a veces de otras cosas,

robar panes y libros, no dinero,

desconfiar un poco de las rosas

que se crían -¡ milagro¡- en el tintero.

 

Es bueno gastar bromas, mover risa,

hablar mal de los tontos y los malos,

aborrecer la brisa

que no orean otras frentes, quebrar halos.

 

Y es bueno hallar verdades verdaderas,

mirar la hierba verde, verde,

no recordar otoños, primaveras,

todo eso que se pierde…

 

 

Cuando Eladio Cabañero estaba ingresado en una cama del Hospital de la Princesa de Madrid, yo toqué la puerta de su habitación para pedir permiso, tímidamente, para poder pasar y verle; desde adentro me dijo una voz de mujer, adelante: abrí despacio la puerta y Eduarda Moro, su esposa, se acercó a mí y me acercó a la cama. Sonriendo le dije a Eladio que probablemente no me recordaba y él, tendiéndome sus manos, con una amplia sonrisa me dijo que sí, que como no y hasta me acuerdo de cuando comí en tu casa con tus niñas sardinas fritas y un huevo frito.

En un ángulo de la habitación, sentado y en silencio, estaba Carlos Sahagún, su amigo. Después en aquella calurosa mañana del  22 y 23 de julio del año 2000, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Tomelloso, por la tarde y la noche sentado en silencio estaba velando al poeta su amigo, Carlos Sahagún. Ningún otro poeta. Fue su amigo hasta la muerte. Por eso he  elegido este poema de Eladio Cabañero, en homenaje a los dos poetas y a la amistad.

 

 

                                                       Natividad Cepeda

sábado, 26 de septiembre de 2020

La actualidad de Francisco de Goya y Francisco de Quevedo en nuestra triste actualidad diaria.


 

Es triste para mi contemplar este cuadro de Francisco de Goya que se ha dado en llamar  “A garrotazos” Es triste porque tiene razón hoy también este cuadro cuando ha pasado el tiempo sobre el cuadro y no sobre algunas malas mentes.

Yo, que durante tanto tiempo creí en la bonanza donde mis hijos perduraran respetando ideas y creencias sin atacar las leyes que mi generación votó para en paz prosperar en cultura y bienes…

Yo, compruebo, que ahora esa bonanza se está resquebrajando sin límites negando desde las instituciones el respeto a las leyes que rigen mi país.

Yo, que no temo a mi muerte, pero si temo la muerte de la libertad y los derechos arrasados de una sociedad herida en su salud, herida en su economía camino de la pobreza y la mendicidad, que es una verdad y no una mentira, como las que escuchamos a diario en tantos portales de noticias asfixiadas por  el poder constituido…

Yo, al ver ese cuadro del pintor Francisco de Goya, me pregunto ¿por qué hemos de volver a la pelea, olvidando al pueblo sufriente y olvidado, ese pueblo que calla y no alborota, que trabaja y no medra a costa de los otros, de esos que clavan su aguijón en las economías y viven, gracias a su costa, aludiendo e invocando, salir a pelear a garrotazos, por plazas de todas las ciudades con el mandato cruel y despiadado de lanzar los unos a los otros mientras ellos, los que lanzan proclamas,  se llenan los bolsillos y viven como reyes sin corona  en palacios con sequito incluido?

Yo, después de tantas muertes ocurridas en los meses de atrás, y también ahora, a diario los muertos, sin darles importancia como si esos muertos no fueran de este mundo, me pregunto, ¿A dónde está el raciocinio, la voluntad de no herir más de lo que ya estamos?  ¿Adónde  la lógica y el mirar por nosotros? ¿Adónde nos llevará este incierto presente que nos prepara tan mal futuro?

Yo, en éste empezado otoño me resisto a volver a vivir a garrotazos, esos garrotazos verbales que se alzan para deshabilitar la democracia y volver a la miseria y al odio sin ética ni moral, sin principios de buena convivencia.

Yo,  que solo pido pan y trabajo y respetar las leyes, no entiendo que la gente del pueblo no vea el engaño de azuzarnos los unos contra los otros para herirnos, y dejar en las cunetas actuales, la sangre de todos: nuestra sangre de padres y de hijos… De jóvenes sin horizonte de verdad,

He vuelto a leer a Francisco de Quevedo en ese poema de la pobreza y el dinero  por su actualidad. Confieso mi admiración por su grandeza de escritor y poeta y. mi dolor, por lo que afirma que hoy de nuevo es actualidad cuando afirma…

 

¿Quién con su fiereza espanta

el Cetro y Corona al Rey?

¿Quién, careciendo de ley,

merece nombre de Santa?

¿Quién con la humildad levanta

a los cielos la cabeza?

La Pobreza.

 

¿Quién los jueces con pasión,

sin ser ungüento, hace humanos,

pues untándolos las manos

los ablanda el corazón?

¿Quién gasta su opilación

con oro y no con acero?

El Dinero.

¿Quién la Montaña derriba

al Valle; la hermosa al feo?

¿Quién podrá cuanto el deseo,

aunque imposible, conciba?

¿Y quién lo de abajo arriba

vuelve en el mundo ligero?

El Dinero.

 

Francisco de Quevedo

 

Siglos de ignorancia nos condujeron a la manipulación de los poderosos igual que hoy, por eso la pintura de Goya y el poema de Quevedo tristemente son actualidad.

 

Natividad Cepeda

sábado, 19 de septiembre de 2020

Bombos de Tomelloso surgieron de las manos de hombres y mujeres

            Surgieron de la piedra del terreno y de las manos de hombres y mujeres en su afán de lograr un futuro. Llegaron y no había cuevas donde guarecerse. Tampoco alquería ni cortijo. Tomaron un trozo de tierra, escasas fanegas de tierra sin río y desmontaron, primero las marañas del monte bajo ya esquilmado, después clavaron el arado y surgieron las piedras. Esa costra caliza que fueron amontonando para que el grano sembrado al voleo no tuviera tantos impedimentos.

Desperdigados quedaban en el magín  aquellas leyendas perdidas en la noche de los siglos. Les contaron que para defenderse en la llanura de tribus enemigas construyeron con hiladas de piedra, circunferencias unidas alrededor del pozo que habían excavado. El pozo era la vida para las familias y para los ganados. Al pozo había que defenderlo, también al grano cosechado y, como no, a las vasijas de aceite y de vino. Más ¿cómo ver venir con antelación al enemigo ladrón en mitad de la tierra a cielo abierto?

Piedra a piedra surgieron las motillas y fueron baluarte de despensa y, de guerra, si era necesario. Conquistaron los ejércitos romanos la llanura, y antes que ellos, otros muchos guerreros. Con piedra caliza sin argamasa ni mortero hicieron las motillas, y con piedra labrada los castillos, los circos romanos, las iglesias románicas y godas; los circos y teatros y las ciudades que surgían en tiempos de bonanza.

Pasaron de cien en cien los siglos. Pasaron las epidemias y la muerte de miles de víctimas. Se derrumbaron aldeas cuando se quedaron sin gentes porque casi todos estaban enterrados y los que quedaron se fueron buscando sobrevivir en otros lugares.

Pasaron las estaciones y el pozo se mantuvo intacto. El viento Abrego y el Cierzo azotaban caminos y veredas polvorientas… Las tierras habían recobrado tomillares, allozos,  higueras romeros en flor en primavera. Florecía el cardo en su cardencha y el esparto se movía suavemente en sus ramos por  aquí y por allá. Los villares, aquellos núcleos que fueron habitados, yacían casi sepultados. Pasaban cruzando los ganados de la poderosa Mesta y abrevaban en el pozo rodeado de tomillares.

Los sueldos eran pocos y escasos, con los pocos dineros que tenían cansados de ser explotados, unas familias famélicas, vieron la tierra sin labrar y la hicieron su tierra prometida. Recordaron aquellas confortables viviendas de piedra y en vez de desechar las piedras construyeron en hiladas y su cúpula falsa, el bombo genuino de piedra. Vivian en el campo con sus granos y rebaños, con su plantación de viñedo y en el paisaje agreste surgieron los bombos tomelloseros.  Piedra sobre piedra  se fueron multiplicando por los campos, y eran y son, seña de identidad de un pueblo.

El látigo del tiempo ha destruido algunos, otros permanecen como vigías del pasado. Los amo y los admiro. Los contemplo como se contempla la imagen de todo lo que es sagrado. Bombos y chozos manchegos descendientes de la piedra milenaria y de todos  aquellos que con ella construyeron sus primeras viviendas. Os admiro, y con vosotros y a vuestro lado, toco esa piedra que acoge en su interior con su termal cobijo, la vida de tantas vidas desde ayer.

 Nadie los protege. Las administraciones públicas les restan importancia y en alguna ocasión si es imprescindible, alaban las manos que los alzaron en el paisaje rural de hoy, Aunque los pobres bombos también pagan impuestos. Avaricia del fisco que no tiene emoción ni amor por esa cúpula redonda que desde la carreta y los caminos admiramos, desde esa distancia del viajero que cruza y se para a pernoctar en nuestros pueblos. Sí, porque por aquí vivir del turismo sigue siendo un sueño… Y todavía hay quien asegura que defendemos lo nuestro. Escasa memoria se tiene. Y poca cordura cuando están ahí y seguimos sin verlos.

 

Natividad Cepeda

jueves, 17 de septiembre de 2020

 Llegue ante las ruinas del castillo, allí donde nadie  había. Las losas enterradas entre la tierra de los siglos verdeaban por la humedad que el agua había dejado. Soplaba un viento que silbaba al pasar por los huecos de lo que fueron  puertas en la muralla. Hice un esfuerzo para imaginar la magnificencia del lugar y  cerré los ojos para escuchar los cascos de los caballos pasando por el puente de madera encima del foso, Los defensores asomados en las altas torres, y las damas, tiritando de frío entre los tapices que cubrían las paredes de los sillares de piedra.

Los caballos de los alférez subían por las anchas escaleras y allí, el señor de la fortaleza ayudado por sus pajes bajaba del caballo pesándole su cota de maya, casi oxidada, y aun con fatiga y mucho orgullo, intentaba bajar con el gesto más altivo que lo que el cuerpo le permitía sin soltar su escudo. La espada y el casco eran otra tortura para el cuerpo magullado y las rozaduras  por donde la camisa de lana se había rota le habían ocasionado, quemaban la piel de aquél joven hombre noble  al que ya los adolescentes de doce años, consideraban viejo con sus apenas treinta años.

Olía a  al hedor de las caballerizas y a los cerdos y gallinas que al lado en los corrales, o sueltos cuando no había batallas, grandes o pequeñas escaramuzas, obligaban a recoger animales y personas en el interior. No quedaba nada de los grandes fuegos en las estancias, ni de la leña y los hornos para cocer el pan... Aquellos vestigios se sostenían de pie mostrando a los visitantes piedras sobre piedras y la tierra colonizando las ruinas sin esplendor alguno.

Anduve recorriendo todas las piedras de aquél baluarte  en ruinas, sintiendo a mi alrededor, ulular al viento como si al entrar y salir de hendiduras y pasadizos semi ocultos entre las rotas estancias resonaran los pasos de los caballeros y los cascos de los caballos sobre el pavimento de piedra.

Algo rozaba a los visitantes que se atrevían a profanar aquellas piedras roídas  y diseminadas  sin concierto y sí, con mucho tiempo de permanencia. Algo que apenas si se captaba. Y sentí que había que marcharse y seguir leyendo las batallas en los libros  para dejar en paz la sangre vertida en aquél lugar.


Natividad Cepeda