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jueves, 17 de septiembre de 2020

 Llegue ante las ruinas del castillo, allí donde nadie  había. Las losas enterradas entre la tierra de los siglos verdeaban por la humedad que el agua había dejado. Soplaba un viento que silbaba al pasar por los huecos de lo que fueron  puertas en la muralla. Hice un esfuerzo para imaginar la magnificencia del lugar y  cerré los ojos para escuchar los cascos de los caballos pasando por el puente de madera encima del foso, Los defensores asomados en las altas torres, y las damas, tiritando de frío entre los tapices que cubrían las paredes de los sillares de piedra.

Los caballos de los alférez subían por las anchas escaleras y allí, el señor de la fortaleza ayudado por sus pajes bajaba del caballo pesándole su cota de maya, casi oxidada, y aun con fatiga y mucho orgullo, intentaba bajar con el gesto más altivo que lo que el cuerpo le permitía sin soltar su escudo. La espada y el casco eran otra tortura para el cuerpo magullado y las rozaduras  por donde la camisa de lana se había rota le habían ocasionado, quemaban la piel de aquél joven hombre noble  al que ya los adolescentes de doce años, consideraban viejo con sus apenas treinta años.

Olía a  al hedor de las caballerizas y a los cerdos y gallinas que al lado en los corrales, o sueltos cuando no había batallas, grandes o pequeñas escaramuzas, obligaban a recoger animales y personas en el interior. No quedaba nada de los grandes fuegos en las estancias, ni de la leña y los hornos para cocer el pan... Aquellos vestigios se sostenían de pie mostrando a los visitantes piedras sobre piedras y la tierra colonizando las ruinas sin esplendor alguno.

Anduve recorriendo todas las piedras de aquél baluarte  en ruinas, sintiendo a mi alrededor, ulular al viento como si al entrar y salir de hendiduras y pasadizos semi ocultos entre las rotas estancias resonaran los pasos de los caballeros y los cascos de los caballos sobre el pavimento de piedra.

Algo rozaba a los visitantes que se atrevían a profanar aquellas piedras roídas  y diseminadas  sin concierto y sí, con mucho tiempo de permanencia. Algo que apenas si se captaba. Y sentí que había que marcharse y seguir leyendo las batallas en los libros  para dejar en paz la sangre vertida en aquél lugar.


Natividad Cepeda 
 

jueves, 9 de julio de 2020

Piedras legado postergado que son parte nuestra

               

Ha llovido esta tarde y la lluvia ha lavado la suciedad de las calles de mi pueblo. Al tronar he sentido que el cielo volvía a ser el de hace años cuando la tierra del verano se mojaba y el aire olía a verdor y paja mojada en las eras. Nada queda ahora de aquél ayer lo recuerdo y me duele demasiado porque he perdido lo que fue el ayer y con seguridad jamás recuperare.

En ese pasado recuerdo que cuando las tormentas caían en mi tierra el agua del cielo limpiaba las piedras de bombos y pedrizas recobrando un brillo inexistente y una luz de pureza antigua y extinguida al estar expuesta al sol y a la intemperie. Por aquí, en mi familia y en otras muchas familias de Tomelloso en las fanegas de tierra cultivada, al  laborar salían piedras que eran agrupadas en montones de perfectos círculos a los que localmente los llamamos “majanos”. Otras piedras formaban hileras de pequeñas murallas a ambos lados de los caminos vecinales recibiendo el nombre peculiar de “pedrizas”. Y la construcción perfecta  era y es, la casa de piedra redonda terminada en falsa cúpula  de piedra caliza  tan ancestral como la vida humana que aquí llamamos, “Bombos”.

Los bombos que se pueden hoy contemplar en otros  términos   municipales fueron tierras adquiridas por nosotros, los tomelloseros, labradas y aprovechadas al máximo; casas de piedra para personas y animales. Casas redondas buscando la protección arcana del sol y de la luna. Casas de piedras sagradas buscando la protección de la olvidada Madre-Diosa de la naturaleza. Casas térmicas sin argamasa ni carrizo, sin tierra ni adobe, si tapial ni ventana por donde se pudiera escapar la energía arcaica del legado emanado de las entrañas de la tierra.

Bombos, chamizos, cucos…piedra utilizada desde el amanecer de la civilización antes que los asentamientos humanos en aldeas y antes que la construcción de muros para castillos e iglesias. Piedras nuestras olvidadas, despreciadas por la cultura actual. Piedras formando círculos, misterio y magia hoy ignorada.

Ha llovido esta tarde de julio y he sentido el olor de la lluvia en la piedra mojada. La tormenta de luz y trueno ha impregnado con su energía la energía del círculo. Llovía y yo recordaba como con piedras se hacía un círculo donde encender un fuego para cocinar en la sartén de hierro de patas en mitad del campo. Sencillamente  necesario y a la vez protector para evitar que el viento dispensara las llamas de la lumbre. Al terminar el fuego se apagaba con tierra y y agua y se dejaba el circulo para volver a guisar de nuevo.

Círculos que las mujeres hacían en las casas para plantar dentro de ellos la manzanilla y la hierbaluisa. Círculos de los pozos de nieve de las caleras, de los aljibes, del pozo escavado para encontrar agua. Círculos de las motillas manchegas perdidas…  Círculos que he visto dibujar con un sarmiento seco en la tierra mientras escuchaba contar historias humanas no escritas en los libros.

Ayer, cuando yo era niña, había casas con espacios grandes destinados para casi todo. Viviendas encaladas sus paredes de piedra tierra y cal. Con divisiones de piedra, traída en muchas ocasiones del campo en un proceso incesante  de aprendizaje  para hacer parcillas de piedra y dividirlas para gallineros, basureros, sostenimiento de palos para las gavilleras, la cuadra del cerdo y, en las más humildes se dividían esas estancias con una pared de piedra baja y una tela metálica  para evitar que el averío molestara. En ese espacio se hacían arriates junto a una pared y se plantaban plantas y alguna higuera, un olivo y la parra con las uvas de gallo: uva de mesa aclimatada muy apreciada por ser diferente a las uvas de las cepas vinateras.    

Ha llovido y el estruendo del trueno me ha devuelto aquellos saberes que casi he olvidado. Un círculo profundo en la tierra, en mitad de la tormenta y una cruz de sarmientos pelados y atados, clavada en el centro para que nos protegiera de los rayos, haciendo el signo de la cruz las mujeres y los hombres mirando sin atreverse hacerlo, pero creyendo en ese ritual porque eran los que pelaban con sus navajas los sarmientos. Piedras que colonizaron con el firme propósito de echar raíces  entre las plantas autóctonas que ellos conocían. Piedras que al contemplarlas propagan un legado postergado que hoy he querido difundir porque son parte nuestra.

 

                                                                                 Natividad Cepeda   

 


jueves, 17 de diciembre de 2015

Los que llevo en mi alma

Es diciembre y espero que regresen de nuevo los que se fueron a otras latitudes.
Y en esta espera de este invierno inusual, sin nieve y sin frio, desenado que llueva y nos nazca Dios  en su portal pobre y su cuna de paja tiritando de frío recuerdo aquellos años donde todavía la lluvia nos bendecía con su húmedo manto. Si…
      Llovía en Madrid cuando llegué al Aeropuerto Internacional de Barajas. Miré la pantalla con el horario de llegada y comprobé que aún quedaban unos cuantos minutos para que aterrizara el vuelo procedente de Los Ángeles. Apoyada en la barra de contención que estaba enfrente de la puerta por donde los pasajeros tenían que salir, seguí pensando que aquél horario de las ocho cuarenta era demasiado intempestivo. Al menos para mi.  El despertador había sonado a las cinco de la madrugada, y desde aquél momento todo había sido correr y dejar atrás kilómetros en una carrera por llegar donde me encontraba. Doscientos kilómetros desde mi pueblo a Madrid, atravesar la gran ciudad, y ahora esperar a mi hija que volvía de California era una paliza. Sumando las cuatro horas que había dormido y el contratiempo de ver como octubre en sus primeros días nos regalaba un diluvio. Un diluvio que estaba pudriendo las uvas. Respiré y me fui serenando. Anunciaron por las pantallas un retraso, luego otro y otro más. Me fui a la cafetería y me tomé un café y un zumo de naranja. Me cobraron un disparate. Inmediatamente pensé que si a los agricultores de naranjas les pagaran el kilo a esos precios, seguro que no tendrían problemas. O si el mosto nos lo pagaran a la décima parte de lo que valía el zumo, tampoco tendríamos excedentes. La tierra, siempre la tierra... Y de pronto me acordé de mi abuelo cuando me decía, ya correrá la pataquilla por tu cuenta y verás entonces como haces cuentas.       
       Por fin la puerta se abrió y los primeros en salir fueron los pilotos y algunas azafatas, inmediatamente un grupo de chicos americanos rubios y desgarbados, vestidos estrafalariamente. No sabían lo que les esperaba cuando les diera el frío de Madrid en las piernas desnudas con aquellos pantalones bermudas. Por alguna razón todos los viajeros eran rubios y pecosos, y desde luego que entre ellos no estaba mi hija con su pelo negro y largo. Me esforzaba en mirar los rostros, dudé de haberme equivocado de puerta, interiormente empecé a temer algo. Rogué a Dios que no pasara nada...y entonces una joven con sombrero negro, una falda larga de topos azules y una chaqueta informal azul marino, tirando de un montón de maletas y llevando por su espalda y hombros bolsos y mochilas me envolvió en sus brazos. Se reía al comprobar que no la había reconocido.  Reconocí mi despiste y la miré detenidamente respirando tranquila. Anda vamos a llamar a papá y a tus hermanas para decirles que ya has llegado. Y volví a sentarme en la cafetería mientras mi hija por el teléfono prometía a su padre que llegaríamos a casa cuanto antes.
      
   Octubre marcaba con el paso de los días en los almanaques la consumación de la vendimia. Por fin el sol había salido y nos dejaba recoger la cosecha sin barro y sin llanto del cielo. Bajamos del coche y de entre los pinos salieron los gatos  y se acercaron a mi hija pequeña. Esta niña tiene un don para con los animales. Bueno, de verdad para con todo. Uno de los pinos mostraba unas ramas secas. Ya estaba siendo tratado, pero daba tristeza verlo así, marrón y moribundo. Los pinos eran ahora enormes, si el abuelo los viera se sentiría orgulloso de ellos. Seis pinos por tres niñas. Y de nuevo tres hijas se cobijaban a su sombra.
Por el camino venían mis otras dos hijas con mi marido, sudorosas, con los vaqueros manchados de mosto y de barro... Hacían proyectos para cuando terminara la vendimia plantar nuevos árboles, además de un ambicioso plan de embotellar vino. La tierra decía el abuelo que es la mayor pasión de los hombres.  Porque todos nosotros somos tierra. De la tierra nacemos y a ella regresamos, sentenciaba con su sabiduría parda.. Sangre de su sangre eran aquellas jóvenes mujeres nacidas en su misma tierra. ¿Mamá, me compraste en la feria las navajas que te encargué? Pregunto mi hija mayor. Asentí. La segunda de mis hijas bromeó diciéndole a su hermana que sus amigos no sabrían comer gachas con navaja.  Eso ya lo veremos, sentenció la mayor, porque lo que es las gachas les gustan mucho. Claro, dicen que a la fuerza ahorcan, cada vez que vienen les tocan gachas con pan y vino. Dijo riéndose la número dos de mis hijas mirando a su padre. Eso son cosas de tu madre y de su abuelo que la enseñó a comerlas y a guisarlas, dijo sonriendo mi marido.
       El sol se ponía detrás de los últimos ribazos mientras las universitarias discrepaban de la próxima celebración del vino nuevo. Mentalmente pregunté al abuelo si aquello era hacer las cosas bien. Miré mis manos y reconocí en ellas las huellas del trabajo. Miré luego a mis hijas y en ellas fui viendo otras mujeres que ya no estaban. Pero que habían poblado mi vida y la habían enriquecido dejando en mi lo mejor de ellas. Lo importante no eran las cosas. Lo realmente importante eran las personas, ese era el mejor legado y yo lo había recibido a manos llenas, justo era que a mi vez, yo lo trasmitiera.
Ya empezaban a verse sombras y silencio en los campos y por encima de los pinos se asomaban las primeras estrellas. Nos habíamos quedado solos frente a la extensa geografía de los viñedos. ! Solos!
No, solos jamás, porque en esta tierra el corazón de cada uno de nosotros está invadido y poblado por los corazones de los demás. Oliendo a mosto y sudor mi marido me pasó su brazo por mis hombros y empezamos a andar hacia los coches. Se nos había hecho un poco tarde y a esa hora la cooperativa vinícola estaría ya hasta los topes. En el camino esperaba el tractor enganchado al remolque con su carga de uvas... ¿En qué piensas? Me pregunto mi esposo. En todo, le contesté. Pensaba en la encrucijada que es la vida, en todos los que partieron cuando nosotros éramos niños y que nunca más volvieron. En sus anhelos y en sus recuerdos, en las manos de los hombres que plantaron estas viñas viejas y después tuvieron que emigrar para poder vivir a otras ciudades. En los que se marcharon para ser estrellas trémulas de las noches...  En tantos antepasados que siguen estando entre nosotros... Anda vámonos, mujer, que ya está bien por hoy, que todavía me queda descargar, y el día ya viene empujando a la noche. Y  el anochecer, que ya era sombra de la raíz de las cepas, nos sostuvo con un golpe de viento los deseos más íntimos. El esfuerzo de las personas quedaba abatido sobre los surcos llenos de sombras. Todo se borraba en el manto de la noche. Ya, apenas si se distinguían los contornos de las piedras del camino. Ni se notaba el cansancio en la piel a pesar de llevarlo tatuado en las entrañas. Un día más el campo se dormía sin otro cobijo que el de las estrellas, y con la misma magia esperaban las viñas, que los dedos de los vendimiadores volvieran al día siguiente a cortar los racimos de las cepas. A lo lejos se escuchó a un búho, y ladridos de perros que vagabundeaban buscando restos de comida. Pensé en los pobres perros galgos abandonados por los cazadores, y un presagio de tristeza me embargó. La tierra una vez más giraba inmersa en su eje con todo el equipaje de injusticia que desde antaño el hombre había ido creando.  Subimos a los coches camino de la carretera y del pueblo, atrás se quedaban las viñas, y de pronto sentí que una legión de almas se quedaba guardándolas.

                                                                                                         Natividad Cepeda

      Arte digital: N. Cepeda