Poema dedicado a los que carecen de libertad,
por nacer mujer, por nacer pobre, por ser perseguidos
por sus creencias religiosas o políticas.
Hay un
silencio que fermenta en la garganta,
un
estancamiento del aire que no es calma,
sino
herrumbre; es la mudez corrupta que sitia los pulsos
y convierte la
biografía en una estancia estrecha.
Ese silencio,
impuesto por la mano del dogma,
es un fango
espeso donde el verbo naufraga
bajo el peso
ciego de la intolerancia.
Nacer es un
estallido de luz, un cenit sagrado.
Emerger
hombre, emerger mujer,
es una
epifanía que no admite adjetivos ni cadenas.
¡Qué
sacrilegio tallar con tinta de leyes ominosas
la piel del
libre para llamarlo esclavo!
Qué error tan
antiguo pretender que el linaje
o el oro sean los agrimensores del alma
humana.
Silenciar al
otro es un hacha contra el tiempo:
es fracturar
la arquitectura de la mañana,
extirparle
latidos al corazón del mundo,
y restarle
vida a la mismísima vida.
Alzamos
murallas de humo, fronteras de aire,
geometrías de
exclusión que solo engendran vacío.
Porque existir
es una polifonía, una danza de iguales,
y la única
muerte verdadera es aquella que ocurre en vida,
cuando el
hombre perece tras los muros del olvido
y obliga a la
mujer a ser esclava en vez de compañera.
Natividad
Cepeda
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