miércoles, 28 de enero de 2026

El silencio de la intolerancia degrada humanamente la libertad

 

                             


              Poema dedicado a los que carecen de libertad,

          por nacer mujer, por nacer pobre, por ser perseguidos

          por sus creencias religiosas o políticas.

 

 

 

Hay un silencio que fermenta en la garganta,

un estancamiento del aire que no es calma,

sino herrumbre; es la mudez corrupta que sitia los pulsos

y convierte la biografía en una estancia estrecha.

Ese silencio, impuesto por la mano del dogma,

es un fango espeso donde el verbo naufraga

bajo el peso ciego de la intolerancia.

 


Nacer es un estallido de luz, un cenit sagrado.

Emerger hombre, emerger mujer,

es una epifanía que no admite adjetivos ni cadenas.

¡Qué sacrilegio tallar con tinta de leyes ominosas

la piel del libre para llamarlo esclavo!

Qué error tan antiguo pretender que el linaje

 o el oro sean los agrimensores del alma humana.

 

Silenciar al otro es un hacha contra el tiempo:

es fracturar la arquitectura de la mañana,

extirparle latidos al corazón del mundo,

y restarle vida a la mismísima vida.

 

Alzamos murallas de humo, fronteras de aire,

geometrías de exclusión que solo engendran vacío.

Porque existir es una polifonía, una danza de iguales,

y la única muerte verdadera es aquella que ocurre en vida,

cuando el hombre perece tras los muros del olvido

y obliga a la mujer a ser esclava en vez de compañera.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

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