lunes, 19 de julio de 2021

Las nuevas torres de Babel


 

Ayer sonaron sirenas de coches policiales por la calle. Se escuchaban pasar rápidos y supuse que ocurría algo desagradable. Hoy en los periódicos digitales se  denunciaba la agresión a un joven con arma blanca que fue llevado en ambulancia al hospital. No hay nombres ni identidades de los que provocaron la pelea. En esos mismos diarios he leído opiniones quejándose amargamente de que en el parque público donde se produjo la pelea es algo cotidiano encontrarse con gentes de mal vivir. Las opiniones son de vecinos quejándose de la impotencia que sienten al no patrullar la policía por el parque y de la inseguridad que supone los grupos de hombres durmiendo en los bancos a cualquier hora del día.

Antes, jamás ocurría nada parecido por estos pueblos manchegos. Ahora la calle es parecida a la torre de Babel de que se habla en la Biblia; se escuchan diálogos en lenguas desconocidas, y lo mismo nos cruzamos con africanos, árabes, hispanos y europeos del norte que solo se distinguen si los escuchamos en otros idiomas que no es el español. Es la consecuencia de una emigración descontrolada. Llegan creyendo que aquí hay trabajo agrícola procedentes del sur, o porque les dieron un billete de autobús y se bajaron en nuestros pueblos buscando vivir mejor que de donde huyeron a causa de la pobreza. Pero  no es verdad y no hay trabajo para tantos porque el campo, nuestros campos, también llevan sufriendo la inestabilidad económica y robos continuos desde hace años. Regreso al pasado, a ese pasado donde se me educo y se me enseñó a respetar lo propio y lo ajeno.

Me educaron para no violar las leyes divinas y esas leyes fueron para mis padres, mayores y más importantes, que las leyes vigentes que teníamos en mi tierra natal. Mi pueblo era mi patria chica, donde todos los  que me amaban me marcaban el sendero histórico de mis antepasados: donde el juez supremo era Dios, al que nadie podía engañar: El que todo lo veía de noche y de día.

La patria celestial estaba por encima de la jurisdicción vigente porque las directrices políticas podían cambiarse en cualquier momento, no así las leyes que nos decían que se respetaba a Dios y a las personas sin robar, matar, injuriar o levantar falsedades en perjuicio de los demás. Y como si aquello fuera un espejismo entre nosotros y el aire, el concepto de entendimiento asociado al respeto mutuo fue desapareciendo en favor de una tolerancia basada en la desigualdad legal.  

Prescrito por ley, los ladrones se fueron protegiendo en deterioro de lo estrictamente moral, así robar y destrozar los bienes ajenos de agricultores y ganaderos en las  casas de campo, destrozando puertas, ventanas para robar enseres y aperos, motores y tractores además de robar el gasoil continuamente se convirtió en algo tan usual y cotidiano y aunque empezaron las protestas nadie en la política vigente las escuchó. Se llegó incluso a asesinar personas, pero como no sumaban cientos de labriegos   los saqueos y el temor hicieron mella en ese grupo social tan escasamente respetado y la economía del sector fue perdiendo valor. Los precios agrarios durante años fueron restando ganancias y los costes subiendo de maquinarias, sueldos, semillas, estiércol, abonos  y también los seguros de cosechas por pedrisco y heladas.

El resultado ha sido la pobreza del sector agrario y la vejez acumulada en los trabajadores autónomos del campo y la ganadería. Pero como la Ley no admite equivocarse las cargas de impuestos han sido incrementadas creando una continua huida por parte de los jóvenes que no quieren seguir los pasos de padres y abuelos. De madres y abuelas,  sometidas al vaivén del capricho inmoral de los gobernantes que dejan desprotegidas a todas las familias del campo español. Porque esas familias siempre han ido ajustadas en la economía sin demasiadas quejas, a pesar de escuchar chistes y bromas sobre todos ellos.


 

Voces perdidas en el aire de los  años con mensajes erróneos  en favor de cosechas grandes  a cambio de precios bajos. Subsistir como dicta la economía de mercado ha dejado pueblos vacíos y jóvenes que no que cogen el testigo  de la continuidad del patrimonio familiar. Jóvenes que con licenciaturas y master académicos gracias a la economía familiar y al vender cuando se ha necesitado para que una vez concluida la formación emigren a países de la Europa de mejor economía, dejando viviendas urbanas a la anarquía de los okupas llegados y atraídos por las promesas de mejor vida.

Fluctuamos en una sociedad donde el “derecho a la diversión”; derecho inexistente, es la ley, sin ley, que no respeta la salud colectiva de nuestra sociedad. Sociedad violenta alentada desde los juegos de Internet, películas de lenguaje obsceno en muchas de ellas, donde  los protagonistas siguen un guion centrado en el poder sin escrúpulos, jóvenes viviendo al margen de las familias, lujo y delincuentes masculinos y femeninos mostrados como héroes actuales. Y, corrupciones diversas en las que no siempre triunfa la bondad y los principios éticos en favor de la sociedad que nos canaliza y manipula.

Estas son nuestras nuevas torres de Babel hablar sin entendernos mientras no nos importan los seres humanos que mueres de hambre  cada día como si ellos, no formaran parte de nuestra sociedad.    

La pandemia del Covid-19 sigue dejando un rastro de enfermedad y muerte y aun así no aprendemos la lección de vivir y morir día a día.  Los violentos imperan en vagones del Metro y en la calle donde se agrede y mata por capricho de ellos, los agresores violentos que como matones callejeros se imponen a la mayoría de ciudadanos que son los que sostienen la sociedad con su esfuerzo diario de trabajo y laboriosidad.  Están por todas partes. Y lo triste es comprobar que cuando una persona es agredida por ellos el miedo paraliza a los ciudadanos que miran como matan, hieren y atacan sin intervenir paralizados por el terror.  Ignoramos cobardemente que en cualquier momento nos pueden a atacar a uno de nosotros.   

 

 

Natividad Cepeda

  

 

 

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

Al otro lado del calor el retorno a las camas de los hospitales

           

En las noches estivales se ha olvidado el bicho que pulula por el mundo de nombre  Covid-19 y su incidencia en nuestras vidas y ciudades. Parece que el tiempo de la sensatez no existiera y bajo el sudor con aromas de desodorantes  crecen los ingresos y también las muertes. Allí, cuando se ingresa, la fiesta se termina dejando en el olvido reuniones de amigos  mientras el corazón se encoge y altera rogando a cualquier dios urbano que el médico sea algo más que un humano que nos presta su ayuda impartiendo la ciencia aprendida.

Como no disfrutar de las placidas noches veraniegas  olvidando tormentas tan cercanas plagadas de fugitivas sombras que tuvieron nombre y apellidos y, que se fueron por las sendas oscuras del olvido. Se han marchado amigos, familiares por esa puerta carente de rumores y casi nadie recuerda el vacío que hay en sus estancias. Ese silencio que pesa en las paredes, en los retratos y hasta en los paseos por donde coincidíamos y ahora ya jamás los vemos. 


Al otro lado del calor el retorno a las camas de los hospitalesAl otro lado del calor del verano parece que si no buscamos excitarnos con algarabía  resucitando ese pasado de botellón y reuniones masivas, la vida no es vida. Y sin embargo vivir no es perder  la vida y quedarse postrado en esas camas de hospital adonde no llegan los festejos de la reunión irresponsable. La enfermedad sale de nuevo a nuestro encuentro porque silenciosa permanece agazapada y nos engañamos creyendo que con la vacuna contra el Covid somos invencibles. Hace días visité el cementerio de mi ciudad y con tristeza entré al nuevo cementerio plagado de nombres conocidos, eran, son tantos los que allí descansan que no podía imaginarme cuantos se me habían ido.

En silencio fui recorriendo los paseos, leyendo los nombres y mirando las fotografías, donde las había, de tantas personas conocidas. El calor mostraba marchitas flores dejadas como señal de amor y fui saludando a los que sin vestiduras negras de luto, mostraban su luto en la mirada.  Volví al recuerdo del hospital , a sus camas y a sus largos pasillos que en la noche se quedan sumidos en penumbra y parece que el gozo de la vida en ellos no tienen cabida. Está mal visto hablar del dolor y de la muerte en nuestra sociedad amordazada de populismo absurdo. Está mal visto hablar de lo que es sagrado, aunque secretamente casi todos lo buscan porque el tiempo  es perpetuo y nosotros con él.

      Precisamente todas nuestras vivencias están plagadas de esa fuerza espiritual permanente e incesante de la que no podemos escapar, y si lo hacemos somos parias  con el deseo de regresar a nuestro origen.  Me duelen no solo las ciudades que amo, aquellas por las que anduve, y las otras; ciudades del mundo conocido  levemente imaginadas a través de mis ojos y de la lectura de su pasado y presente. Lo más nuestro es desear vivir en paz bajo las calles de las ciudades grandes y  pequeñas, yacer en nuestro habitad, admirando la vida que emerge de la que somos parte.

De pronto volvemos a olvidar que el mundo conocido es muy pequeño, igual que lo somos nosotros, viajeros  resguardados en los viejos solares de los antepasados. Residentes del cosmos, hijos de las estrellas… He pasado por muchos hospitales y en cada uno de ellos he visto y vivido la fragilidad humana en sus camas y estancias. Por eso no entiendo que se olvide lo que somos, frágiles como fino cristal que se quiebra y rompe y nadie puede reparar. Al mediodía a la hora del almuerzo bendigo la comida y ruego por los que les falta pan y techo, salud, trabajo y alegría porque no entiendo este virus, ni tampoco la muerte de miles de personas por hambre. Busco esa respuesta y no la encuentro.

 

Natividad Cepeda

 

 

 

lunes, 12 de julio de 2021

La cueva encalada


He bajado a la cueva recién encalada, y pintada de azul las columnas de hierro que para preservarla, el arquitecto exigió ubicar delante de las tinajas de cemento hechas dentro de la cavidad para elaborar el vino de mis uvas. Aceptamos lo que se exigió y como un absurdo palo de desgobierno el pilar de hierro se erigió delante de la tinaja que, el sabio arquitecto, quería destruir. Todo eso porque arriba  se hizo un estudio para mi hija escultora y pintora; en fin cosas que pasan en esta complicada vida.

He bajado a la cueva y por fin, después de la prohibición por culpa de la pandemia que asoló mi pequeña ciudad llevándose muchos de mis vecinos el encalador, ha podido adecentar las viejas paredes  solitarias de la cueva. Cuando la preservamos no ignorábamos que nunca más herviría el mosto de las uvas dentro de ls tinajas, pero no queríamos perder ese templo subterráneo de las viejas tinajas y la cueva. Nos gastamos el dinero que no nos sobraba y pensamos, mi esposo y yo, que era un legado cultural para nuestra familia. En Tomelloso los que no invierten esfuerzo alguno en esa conservación, por ejemplo la Casa Consistorial que es la que cobra impuestos y da prebendas a quien el Consistorio representado en los que la gobiernan quieren no hay ayuda alguna para la conservación de este patrimonio.

Un grupo de personas amantes de estas bodegas subterráneas  se han erigido en defensoras de ellas y solicitan a los dueños de las cuevas ser visitadas por curiosos propios y ajenos que, quieren conocerlas. No hay protección alguna que regule estas visitas, al hacerlo se olvida que hay que bajar escaleras escavadas en la misma tierra que suelen deteriorarse a consecuencia de la humedad propia de las cuevas, si algún visitante sufriera un accidente serían los propietarios los que tendrían que correr con los gastos y hasta podrían ser multados por no tener un seguro para prevenir posibles accidentes. n


Nadie parece pensar en ello y hay una fiebre por dar a conocer este patrimonio que las autoridades proclaman pero que para nada les interesa invertir en su mantenimiento y conservación. Se airea dentro y fuera del municipio estas cuevas con orgullo  invitando a conocerlas e invitando a escribir sobre ellas a periodistas descubridores, de pronto, de este tesoro telúrico obviando a los escritores locales que si hemos escrito desde hace muchos años sobre las cuevas. En estos tiempos del derecho de la mujer a ser reconocida es lamentable que se tapone a las mujeres del lugar injustamente. No es nada nuevo. Las cuevas de Tomelloso las hicieron hombre y mujeres conjuntamente y conjuntamente elaboraron el vino en sus panzas de gigantes de cemento y, fueron mujeres las que las encalaban y cuidaban de su conservación.

La historia de los anónimos seres humanos sigue siendo igual, el poder es el que la escribe y deja en el olvido a los que la hicieron, hoy igual que ayer.


He bajado a mi cueva y en silencio he escuchado el latir de la Madre Tierra. Me he refugiado en su útero para renacer con fuerza de las miserias que me rodean. He vuelto a sentir que yo soy ella, parte de su olor y de su fuerza arcaica cavernaria. Para mí no es nada nuevo, toda mi infancia bajaba y subía a la cueva, jugábamos en ella, era la despensa y nevera del verano, fresca en el calor de julio y caliente en el rigor del invierno. Ignoro cuando sucumbirán o si cuando pasen siglos alguna quedará para que hombres y mujeres venidos del futuro bajen hasta ellas y sientan renacer a la vida sintiendo su fuerza ancestral y primigenia.

 

 

Natividad Cepeda

 

lunes, 5 de julio de 2021

El lejano zumbido de las abejas en extinción

               

Hace calor en los primeros días del mes de julio. El termómetro marca los 38 y 39 grados de un sol de justicia cayendo seco y pleno de luz por calles y campos manchegos. Por la noche huyendo de las luces de mi ciudad busco el brillo de las estrellas para reencontrarme con mi espacio natural.  Para ver el cielo he de irme lejos de las paredes de mi pueblo. Demasiado lejos, a unos quince kilómetros de distancia evitando además, gasolineras, clubes de carreteras iluminados con bombillas de colores y fogonazos de luz de coches y camiones. Me desalienta no ver el cielo desde mi casa, desde mi calle, desde cualquier plazoleta de barrio…siento que he perdido  algo mío y me siento engañada  por esta sociedad de candilejas excesivas, fatua e ignorante de lo que es natural y primigenio.

Es tanta la barbarie en la que vivo que esforzándome busco donde comprar tomates que sepan a tomate, sin brillo de cera, pero con olor a huerto natural. Y no lo encuentro. Intento recordar el sabor de la leche recién cocida con su espuma subiendo por los bordes del cazo y después quedarse una nata espesa y amarillenta que al ser retirada en una taza o cuenco nos la daban a comer con un poco de miel y  era exquisita. Todo está empaquetado y envuelto en su esterilización etiquetada con origen de compra en las que a veces nada es verdad. No se nos informa de los fitosanitarios empleados, tampoco de los que son prohibidos en Europa y llegan a los mercados procedentes de países donde los siguen empleando sin garantía alguna de salud para el consumidor porque son más baratos al comprador y son permitidos por las autoridades que miran hacia otro lado.

La miel adquirida con etiquetas de calidad no es aquella miel comprada en mi infancia, blanca, espesa y con algunas impurezas que eran la garantía que procedían de los panales sin falsificar. Ahora peligran las abejas y su extinción es peligrosa para todos nosotros. Ayer en los veranos a los niños se nos advertían del zumbido peligroso de las abejas y del respeto que debíamos a sus nidos y panales. Éramos educados en el seno de la familia y sin estridencias ni petulancias egocéntricas padres y abuelos, madres y abuelas, tías y tíos, vecinos y conocidos nos informaban de lo que eran beneficioso y de lo que era malo y pernicioso. Lo escuchábamos  mientras comíamos, jugábamos o preguntábamos  por una abeja que se posaba en una flor del rosal o en las que libaban en prados silvestres como lo más natural.

Al final del verano y a la entrada del otoño sereno y equilibrado en temperatura, ocurría que al volver del colegio, en la puerta de casa había una mula o un macho, cargado con un pellejo grande y de un negro lustroso lleno de rica miel, mamá, sacaba una o dos ollas medianas y el mielero calculaba los kilos que en ellas cabían, desataba la boda del pellejo y salía un chorro de miel hasta llenar los envases. Una a una las vecinas ponían sus cacerolas y ollas delante del pellejo y cuando terminaban regateaban sobre el precio de la miel y el peso sabiendo cada una de ellas lo que pesaban y valía la miel. El vendedor  rebajaba algo del precio inicial y apostillaba que el último chorreón  era regalo del pellejo y así, pagaban y le sentenciaban que si la miel estaba adulterada no volviera el próximo año porque no le comprarían ninguna.  El hombre se marchaba tirando del ramal de su caballería  voceando aquello de mieeel de romeeero o mieel de la Alcarríaa… hasta que se perdía su voz  por las calles del pueblo.


Era otra forma de vida cercana y respetuosa con los nuestros, Comíamos catas de pan de cruz blanco  con miel y las abejas no estaban en peligro de extinción porque las plantas también eran respetadas. Las plantas y los árboles seres vivos como nosotros sensibles a la luz y al medio ambiente moviéndose  y adaptándose al viento, a los estímulos que las hacen crecer y multiplicarse. De tal manera que los árboles, a pesar de trasplantándolos en reductos de cemento en nuestras calles y avenidas para impedir su crecimiento, se estiran hacia el cielo buscando la luz y el aire no contaminado de nuestras calles. Crecen y sus ramas llegan a balcones y ventanas molestando a los  moradores por lo que los podan dejando ramas derechas dirigidas hacia lo alto; error total o sencillamente ignorancia actual, porque al no dejar la copa de un árbol cuando hay tormentas y vientos huracanados, los árboles se tronchan y caen al pavimento. En otras ocasiones por la falta de suelo las raíces no sostienen su altura y su peso y son arrancados de raíz provocando accidentes múltiples a veces mortales.

Hay voces alzadas en defensa de las abejas. Voces apenas escuchadas, obviadas por los responsables de urbanismo, medio ambiente y agricultura. Voces invisibles por no ser consideradas imprescindibles en la enseñanza de colegios y asociaciones ciudadanas de cultura y ocio. Voces acalladas en foros mundiales hoy, ahora, que la globalización nos maneja a su antojo desde plataformas mundiales de Internet. Si las abejas se mueren nosotros las seguiremos. Nuestra civilización actual está alimentada de violencia diaria y hemos llegado a tal extremo que la anormalidad nos parece normal.

Hace calor por mi tierra en julio, mucho calor y los insectos, moscas y afines nos visitan, para evitarlos yo pongo pequeños recipientes distribuidos por casa con vinagre de manzana, sin aerosoles ni fumigaciones caseras anunciadas por la publicidad. Claro que yo soy algo rara, eso dicen algunos sobre mí. De todo hay en la  viña del Señor.

 

                                                                                   Natividad Cepeda