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miércoles, 10 de septiembre de 2025

Septiembre

 

   


 

 

Amo las tardes doradas de septiembre

igual que amo al hombre que me habita.

 

Amo las alas del último suspiro del verano

que navega en el sol de cada tarde.

 

Como amo el aroma de las uvas maduras

que al morderlas me saben al primer beso.

 

Y no quiero dejar de sentir el placer

de recuerdos lejanos que me hicieron mujer.

 

Septiembre es membrillo maduro

y dulzor de mosto cayendo por mis labios.

 

Sabed que en los atardeceres navega

por el aire el sonido de la voz de mi amado.

 

No penséis que estoy loca por amar

al mismo hombre de todos mis septiembres.

 

Al atardecer por él soy remanso de silencio

y amor derramado en el ocaso del atardecer.

 

Natividad Cepeda

 

lunes, 12 de julio de 2021

La cueva encalada


He bajado a la cueva recién encalada, y pintada de azul las columnas de hierro que para preservarla, el arquitecto exigió ubicar delante de las tinajas de cemento hechas dentro de la cavidad para elaborar el vino de mis uvas. Aceptamos lo que se exigió y como un absurdo palo de desgobierno el pilar de hierro se erigió delante de la tinaja que, el sabio arquitecto, quería destruir. Todo eso porque arriba  se hizo un estudio para mi hija escultora y pintora; en fin cosas que pasan en esta complicada vida.

He bajado a la cueva y por fin, después de la prohibición por culpa de la pandemia que asoló mi pequeña ciudad llevándose muchos de mis vecinos el encalador, ha podido adecentar las viejas paredes  solitarias de la cueva. Cuando la preservamos no ignorábamos que nunca más herviría el mosto de las uvas dentro de ls tinajas, pero no queríamos perder ese templo subterráneo de las viejas tinajas y la cueva. Nos gastamos el dinero que no nos sobraba y pensamos, mi esposo y yo, que era un legado cultural para nuestra familia. En Tomelloso los que no invierten esfuerzo alguno en esa conservación, por ejemplo la Casa Consistorial que es la que cobra impuestos y da prebendas a quien el Consistorio representado en los que la gobiernan quieren no hay ayuda alguna para la conservación de este patrimonio.

Un grupo de personas amantes de estas bodegas subterráneas  se han erigido en defensoras de ellas y solicitan a los dueños de las cuevas ser visitadas por curiosos propios y ajenos que, quieren conocerlas. No hay protección alguna que regule estas visitas, al hacerlo se olvida que hay que bajar escaleras escavadas en la misma tierra que suelen deteriorarse a consecuencia de la humedad propia de las cuevas, si algún visitante sufriera un accidente serían los propietarios los que tendrían que correr con los gastos y hasta podrían ser multados por no tener un seguro para prevenir posibles accidentes. n


Nadie parece pensar en ello y hay una fiebre por dar a conocer este patrimonio que las autoridades proclaman pero que para nada les interesa invertir en su mantenimiento y conservación. Se airea dentro y fuera del municipio estas cuevas con orgullo  invitando a conocerlas e invitando a escribir sobre ellas a periodistas descubridores, de pronto, de este tesoro telúrico obviando a los escritores locales que si hemos escrito desde hace muchos años sobre las cuevas. En estos tiempos del derecho de la mujer a ser reconocida es lamentable que se tapone a las mujeres del lugar injustamente. No es nada nuevo. Las cuevas de Tomelloso las hicieron hombre y mujeres conjuntamente y conjuntamente elaboraron el vino en sus panzas de gigantes de cemento y, fueron mujeres las que las encalaban y cuidaban de su conservación.

La historia de los anónimos seres humanos sigue siendo igual, el poder es el que la escribe y deja en el olvido a los que la hicieron, hoy igual que ayer.


He bajado a mi cueva y en silencio he escuchado el latir de la Madre Tierra. Me he refugiado en su útero para renacer con fuerza de las miserias que me rodean. He vuelto a sentir que yo soy ella, parte de su olor y de su fuerza arcaica cavernaria. Para mí no es nada nuevo, toda mi infancia bajaba y subía a la cueva, jugábamos en ella, era la despensa y nevera del verano, fresca en el calor de julio y caliente en el rigor del invierno. Ignoro cuando sucumbirán o si cuando pasen siglos alguna quedará para que hombres y mujeres venidos del futuro bajen hasta ellas y sientan renacer a la vida sintiendo su fuerza ancestral y primigenia.

 

 

Natividad Cepeda

 

sábado, 25 de julio de 2015

Nostalgia por el tiempo pasado

                  He pasado a la cueva con el silencio evocador  de lo que ya no es. Las tinajas de cemento siguen en ordenadas hileras formando su mágico círculo protegidas bajo el manto telúrico de la tierra. He bajado al templo de la memoria de antaño, de lo que  ya  es recuerdo ensalzado a la contemplación de la belleza inútil.
Muy lento el polvo del olvido ha ido cubriendo el contraluz de la lumbrera.
La lumbrera es por donde la luz besa el olvido de la cueva,  dejando que al penetrar la luz, las tinajas reciban  la caricia de la vida. Porque la vida habita a la intemperie. Y en esa intemperie sigue el pueblo subsistiendo con otros modos, pero igual de mal que cuando se escavo la cueva. Los hombres que las hicieron las recuerdan.
La recuerdan los hombres que cuentan con muchos años. Ancianos a los que les quedan pocos amigos, solitarios cipreses que se sostienen porque son duros como la cueva y sus tinajas. 

Contemplo envuelta en el silencio la caverna, el blanco de la cal desmoronada, las arañas que tejen su seda gris eterna, los escalones que se agrietan y rompen a causa de la mordedura de la humedad; y ese trágico silencio de la cueva me habla de la decadencia que percibo en todo su conjunto.
Ahora, en este tiempo adverso perfumado de escasas ilusiones y falta de recursos crece la nostalgia por el tiempo pasado. Y es tanta la irrealidad de este movimiento social que se olvida la realidad de lo que fue. No fue tan idílico como se representa cuando se desempolvan aperos en desuso y se elevan al altar de lo sublime las faenas agrícolas que se hicieron con animales y personas.


No, y por eso los hombres campesinos emigraron a las ciudades y dejaron los campos y los pueblos buscando una vida mejor. Todo lo que hoy se alaba y enaltece se despreciaba. Yo lo afirmo y recuerdo. La blusa que vestían los hombres del campo, agricultores, huertanos, pastores y viñeros en general era una prenda humilde, jamás admirada y que se dejaba de usar cuando se elevaba a otra clase social de mayor altura y economía. Era una vida dura. Poco afable para los asalariados y sacrificada para los dueños de escasa fanegas de tierra. La felicidad como hoy se representa es una pantomima de la verdad. Pobres picadores los que hicieron las cuevas: Pobres terreras las que sacaban la tierra a espuertas. Pobres agricultores que ocultaban hacer la cueva para que no se les siguiera gravando con impuestos. Y pobres mujeres dueñas de esas cuevas que además de bajar a remecer el vino, las limpiaban, enjalbegaban y subían y bajaban a dejar o coger, en la fresquera los alimentos en los veranos. 

He bajado a la cueva y los he recordado a todos ellos.  Entre las tinajas que sirvieron para guardar cosechas no hay rumor de mosto y si de mucho esfuerzo, fracasos y esperanzas rotas. Niños y niñas sin acceder a estudios, mujeres envejecidas, vejadas y marchitas; hombres que vivían con estrecheces pendientes de pagar los créditos pendientes al banquero de turno.
Se han cumplido las etapas y cerrado el ciclo de aquella forma de vida. Se cerraron y se intentaron olvidar. Lo hermoso fue la edad. Volver a la inocencia de la infancia y al despertar de la juventud. El templo de la cueva es el mismo, misterioso y eterno evocador de un ayer destruido, sangre de las entrañas de la tierra fundida al sudor humano de la especie; así lo siento rodeada de tinajas inmensas, cíclopes donde se ahoga el silencio sin otro escaparate que la trabajadora araña rodeándolas.

Volvemos a vestirnos con los ropajes despreciados en fiestas y saraos y mientras se coronan a los elegidos, el campesino español sigue sintiendo la soledad de las cuevas y el abandono a todos sus problemas. Los campos están siendo esquilmados por bandoleros que tejen la miseria con su tela de araña y nadie, nadie los protege. Microcosmos de tierras cultivadas donde también se sueña y donde también se muere de impotencia.   Cuando el campo no produzca alimentos ni cree riqueza porque nadie lo labre, entonces ¿de qué nos vestiremos? Algunas casas todavía tienen cuevas y junto a la bancarrota de la economía, al bajar a admirarlas como un fetiche de orgullo localista, olvidamos el rumor que en su vientre perdura, porque la madre tierra jamás olvida de los que de ella  nacen.



                                                                                                                                                                                                                                                                           Natividad Cepeda




Publicado en el Diario Lanza 3 del 10 de 2014
Arte digital: N. Cepeda
                                                                                     


lunes, 16 de septiembre de 2013

Septiembre en el lagar

                                       

 Se despide el verano por las tierras manchegas con sabor a chocolate y buñuelos calientes, de las ferias de pueblos y ciudades de esta región enorme que se mira así misma sin que a nadie le importe demasiado.
Como pájaros del otoño que llama a nuestra puerta vuelven a las aulas los niños arrastrando mochilas con sus risas de vida y sus voces alegres. Los profesores después de los exámenes de septiembre repartiendo aprobados y suspensos, abren agendas y miran el futuro con cierto nerviosismo en palabras y gestos. Y los universitarios comprueban lo escuálido de las rentas paternas sumadas a los conflictos laborables que se han asentado por todos los confines familiares.

En los pueblos con raíces de cepas vitícolas ha empezado a oler a uva trasegada. El ciclo de la vida se cierra en el otoño con la muerte del fruto bendecido por Dios. Las uvas; nuestra ancestral sangre bíblica y milenaria son nuestro particular vellocino de oro, también hoy en tiempos de miseria y crisis añadida. Los campos de La Mancha son campos alzados al sol de la besana, repletos de esmeraldas bruñidas y copiosas de vides muy amadas.
Aquí nada nos ha sobrado nunca. Lo que hemos logrado es gracias al tesón de hombres y mujeres herederos de una casta que se dobla a la tierra, y doblados trabajan sin descanso desde tiempos antiguos. Ignoro, si de verdad las manos, nos nacieron primero en el útero materno o fueron los sarmientos los que nos dieron los dedos y los brazos para atarnos al cuerpo de la madre y la tierra.

Cuando llega septiembre el aroma se adentra en las venas del cuerpo y respiramos mosto en vez de aire y otoño. Escribo lo que siento, lo que llevo en arterias y alma, aquello que he mamado desde antes de ser yo engendrada. Relato la pasión que nos une a esta tierra tan áspera, tan dura y tan esquiva para darnos los frutos con los que hemos de vivir año tras año, siglo tras siglo, siendo todos nosotros anacoretas oriundos  desde un confín eterno.
Y todo se realiza como si fuera tan sencillo como beber un vaso de vino y trajinar con él en la cocina, añadiéndolo a carnes y pescados para darles sabor, y degustar alrededor de la mesa, la comida familiar y fraterna con el bendito néctar arrancado a la tierra.

El vino, nuestro vino, ha sido siempre compañero de la casta familiar. Desde antaño las abuelas, ancianas venerables, nos lo daban mojando una cata de pan blanco de cruz en vino, añadiendo azúcar espolvoreada, sabedoras de que aquél alimento aumentaba la fuerza  y nos daba energía. Jamás nos convertimos en alcohólicos los niños, ni tampoco lo fueron las sabias guisanderas que ablandaban la carne de cordero con vino, dejando en la mesa al mediodía la rica vianda elaborada. Con mosto elaboraban el arrope; postre para el invierno y con mosto la mistela servida en celebraciones festivas… Tiempos de amor a la vendimia de colgar en los porches las uvas doradas para comerlas en las últimas campanadas del año viejo que moría… Tiempos que nos han dado la riqueza de salir adelante con vinos señoriales, ilustres viajeros que nos preceden en tierras lejanas europeas, y de otros países y regiones. Vinos que nos dan cobertura firmando alianzas para continuar apostando por un futuro próximo, incluso cuando otros negocios se han vuelto esquivos  y también fracasados. 


Septiembre en Tomelloso es un lagar inmenso. Grande desde la pequeña extensión de su término. Hermano de otros pueblos que vendimian y viven debajo de este cielo. En el lagar redondo de la cooperativa mayor de nuestra geografía, comí el once de septiembre gachas de titos, o de  almortas, y migas de pastor y gañan, junto al vino, el chorizo y el pan redondo de cruz, ahora pequeño y sibarita, que junto a los cubiertos nos dejaban al lado. Comida de rufianes, que dirían los clásicos del Siglo de Oro español: pintores, músicos, poetas y narradores,  periodistas y fotógrafos de cámara y reportaje gráfico. Sin faltar los que sacan a escena en ventanas de plasma, la vida en tabletas y videos. Afuera el sol de la Bodega  y Almazara Virgen de las Viñas, besaba los lagares abiertos que recibían los primeros remolque de uva de esta cosecha, escasa en dulzor y grande en esperanzas.


El vino, presente, nos unía. Bridábamos, sin saber que lo hacíamos, por la vida y la tierra que guarda a nuestros muertos y nos da abrigo y alimentos. Todo estaba allí; las manos callosas de los agricultores, las de las madres y niños que empuñan lapiceros, también las que crean el arte en los lienzos en blanco. Afuera el Museo Infanta Elena, convivía con el aroma primero de las uvas…Magia o el sueño de un hombre que nos deja su rastro en las cepas y el arte. Confundido entre los últimos días del verano el hombre camina por el pueblo. Es uno más que cruza la vereda de la vida, apenas una sombre del mañana, un suspiro de aroma en la bodega, una gota de aceite en la almazara… Lo contemplo, delgado y enjuto en su envoltura; quijote del siglo XXI: Rafael Torres Ugena, Presidente, de este lagar inmenso que se alarga en la pequeña historia de La Mancha desde la cúpula del cielo de septiembre que envuelve en su abrazo a Tomelloso.  Dios te guarde  y nos guarde a todos. 

                                                                                                                 Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda