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lunes, 11 de septiembre de 2023

Un libro para consultar y conocer “Historia de una ciudad: La cuevas de Tomelloso. Autor Ángel Bernao Berruguete

 



Cuando se pasea por las calles de  Tomelloso sorprende ver en las aceras las lumbreras. En un pasado muy cercano ningún habitante de esta población ignoraba su existencia y las conocía conviviendo con el elemento y sencillez de quien ha crecido dejando la huella de sus pasos en ellas. Los niños de las  décadas del siglo XX todos, sin excepción, saltaron encima de ellas y llamaron a las puertas de las casas para recuperar lapiceros, borradores, canicas, cuadernos, cuentos, cromos… que se colaban por las rendijas de sus hierros teniendo que bajar hasta la cueva con la dueña de la casa para buscar en sus profundidades el  tesoro perdido.

Y no fueron exclusivamente lo niños los que se les colaban cosas por esas lumbreras, también a los hombres y mujeres de este pueblo peculiar se les cayeron por el tragadero de luz de las lumbreras llaves, monederos, paquetes de cigarrillos, carteras, pañuelos y un sinfín de pequeños objetos que eran recuperados cuando sentían caérsele a la sima oscura de la cueva. En otras muchas ocasiones se descubrían los objetos  al bajar la dueña de la casa a barrer la cueva, o el dueño a remecer el vino, o a coger un jarro de vino para degustarlo en las comidas.  Incluso eran un maná  las monedas encontradas al barrer las cuevas.  Porque en las cuevas de Tomelloso la vida se sucedía en un plano diferente.


En el pasado; ese pasado que se va perdiendo con la vertiginosa rapidez de lo que ya no vale, porque no es rentable, las cuevas eran el templo profano de la economía y el orgullo de un  linaje hecho a base de esfuerzo y de trabajo. En la historia de los pueblos es imprescindible conocer con datos técnicos y fidedignos donde se ha sostenido la estructura social de la población.  Ese capital humano resplandeciente del ayer apenas se conoce hoy. Porque la muerte también ensombrece las historias locales sin no se recogen y enseñan a las generaciones el camino andado de los que se marcharon. El terreno que horadamos al andar, es el mismo por el que transitaron en el ayer los que se fueron. Y tan preciso es saber dónde se cimienta el presente y el futuro, como conocer los ideales que impulsaron el pasado.

En el libro de Ángel Bernao Berruguete “Historia de una ciudad: Las Cuevas de Tomelloso” se da a conocer una investigación real y exhaustiva del patrimonio más importante del pueblo de Tomelloso.  Partiendo de ese conocimiento, este libro, será consultado en lo sucesivo, cuando se precise conocer las bodegas subterráneas creadoras de riqueza y evolución en un medio rural que unió viticultura y elaboración dentro de la vivienda familiar.

La dimensión de este trabajo y los datos aportados con fechas y números en cada uno de los capítulos del libro, nos muestran una realidad casi desconocida para los pobladores actuales de esta pequeña ciudad manchega. Pequeña si la comparamos con las grandes ciudades. Grande al ir descubriendo en las páginas del libro el esfuerzo titánico del que fueron capaces al escavar todos ellos, las singulares cuevas tomelloseras.

Las imágenes que el autor nos muestra en los gráficos y fotografías  junto a la relación del entorno, el lenguaje localista de los términos empleados y  la gramática de los nombres auténticos de utensilios de épocas anteriores, es un acta notarial para estudios posteriores. Y es que la comunicación oral si no es recogida se diluye con el paso del tiempo. El libro acredita a su autor, no sólo como investigador y escritor, también como tomellosero, por decisión propia, al mostrar en este libro-documento, el esfuerzo realizado por amor al patrimonio del que se considera heredero directo.

Ángel Bernao Berruguete, aborda el tema de las cuevas analizando todos los patrones que las configuraron. Para ello, durante años, ha pasado a casas,  bajado a cuevas para fotografiar y dejar en este libro su testimonio y enseñanza. Frente a la oscuridad del olvido social  nos muestra el tesoro escondido debajo de nuestro suelo. Al hacerlo, no sólo nos muestra su orografía, también nos deja las señas de identidad para descifrar el por qué se hicieron, y para lo que sirvieron. Corresponde por ello reseñar su noble empeño en aportar datos y nociones fundamentales para que se conozcan con fiabilidad este patrimonio privado que, hasta este estudio y publicación, no ha merecido ser reconocido como un valor cultural.

La enseñanza  nos inicia e integra en la lógica necesaria para comprender la fuerza humana que lo hizo posible, y al investigar durante años, para sacar a la luz este patrimonio, Ángel Bernao, deja al descubierto la pasión que siente por estos santuarios subterráneos. Orgullo y admiración de un soñador es este libro, con el mensaje ordenado a través del laberinto  del mito de la caverna primitiva, que enlaza con la luz cenital de las lumbreras.


Libro certero por la difusión de su contenido en el repaso absoluto del refugio del vino. Cuaderno de empotres, tinajas y escaleras que Ángel Bernao Berruguete y Sergio Bernao Burrieza y José María Díaz – el ultimo constructor de tinajas de cemento - han recorrido escalón a escalón, durante años sin desfallecer en su búsqueda. Sergio Bernao Burrieza, captando con su cámara el color, forma y sombra luces de los recónditos lugares de las cuevas sintiendo  ambos, el dolor por las cuevas desaparecidas, sin poder impedirlo. Escuchando y dialogando  con sus dueños y con los constructores de tinajas y pocillos, quejándose muchos de ellos porque nadie alzó su voz para protegerlas de la extinción. 

Cuando se abre el libro nadie imagina las horas, días, meses y años que los autores  han invertido hasta ordenar analogías y semejanzas del contenido de más de cuatrocientas páginas y de las ciento cincuenta cuevas fotografiadas de Tomelloso… Fotografías y D.V.D, planos, esquemas, ilustraciones, cuestionarios y datos también de otras visitadas en Burgos, Valladolid, Salamanca y Castilla-La Mancha que componen los doce capítulos del libro con once anexos  y cinco planos despegables junto a cinco estadillos que también se pueden desplegar. Un tratado enciclopédico sobre las cuevas que nacieron para ser bodegas, almacén de la vivienda y para otros cometidos que el libro desvela e informa.

Es este un libro aleccionador y aglutinador de saberes: de ciencia y ensoñación romántica al unir en el mismo volumen las páginas poéticas de los poetas  que las firman. Hilo conductor del barro primero amasado con las manos, y de los iniciados en las cavernas, coronados de pámpanos, saboreando el vino mientras el eco de las voces recitaban versos.  La desnudez de las paredes de las cuevas que acogen y recuerdan que somos tierra y esencia antigua de la naturaleza. Misterio hermético de la piedra que respira y acuna en su vientre de madre. Volumen profundo que el autor explica y analiza con precisión y detalle.


Tenaz afán de Ángel Bernao que responde con este libro al encantamiento que siente por las cuevas. Por la belleza que nos deja sin palabras y que permanece intacta cuando bajamos hasta el confín de las viejas tinajas y creemos escuchar el latido de quiénes las hicieron… Hay figuras cotidianas que por conocidas apenas si reparamos en ellas. Solemos admirar, erróneamente, a gentes extrañas, probablemente porque no nos cruzamos con ellas en la plaza ni intercambiamos saludos, ni nos tomamos un vino mientras hablamos de la vida por donde deambulamos normalmente; yo tengo el privilegio de conocer al autor de este libro que un día, hace muchos años, cuando éramos jóvenes y todavía no se nos habían roto en el cuenco de las manos algunas ilusiones, llegó a Tomelloso. 

Llegó a dirigir las oficinas de Extensión Agraria y en ese quehacer diario crecieron sus hijos y la familia hecho raíces. Ahora, cuando los recuerdos rezan jaculatorias que interrumpen llenos de nombres que conocimos, y la vida nos ha dejado libertad para poder hacer algo de lo soñado, Ángel Bernao  Beruguete, vuelca su saber en el espacio blanco de los folios y nos deja el hermoso legado de este libro, quizá, para que andando el tiempo, alguien diga que este escritor tomellosero vino de Madrid para encontrar el cielo en este pueblo. y descubrirnos la magia ancestral de nuestras cuevas.


                                                                  
     Natividad Cepeda

HISTORIA DE UNA CIUDAD LAS CUEVAS DE TOMELLOSO

BERNAO BERRUGUETE, ÁNGEL / BERNAO BURRIEZA, SERGIO

Editorial: SOUBRIET Año de edición: 2014 Materia Historia y biografías

ISBN: 978-84-617-3251-7 Páginas: 444 Encuadernación: Rústica


Fitografías de la red

miércoles, 21 de abril de 2021

El silencio de la tierra y el resurgir de nuestros árboles

                         


Los jóvenes almendros plantados en hileras acarician la mirada de quien los mira. Los hemos traído hasta nosotros buscando no abandonar la tierra que nos tiene que alimentar, incluso en tiempos de peste de pandemia. El viñedo clavado en nuestra sangre no basta para tapar agujeros que anuncian ruina

Los vestigios de los almendros nos han acompañado en cunetas y caminos. En corrales que de ponto brotaban y se dejaban crecer como dádiva venida del cielo. El almendro y la higuera los he visto brotar buscando renacer  en huecos de piedras y areneros. En Tomelloso surgen brotes de higueras espontáneos en el letargo sombrío de las lumbreras de las cuevas. Se asoman buscando la luz para renacer después de muchos años en las que fueron talados sus troncos sin que viéramos ni adivináramos, sus ocultas raíces.

Y es un prodigio ver emerger en la penumbra de las lumbreras, que ya no se encalan porque muchas de esas casas están cerradas, pugnar por asomarse a la luz de la calle los brotes de las hojas de higueras. En el pasado la higuera deba sombra y fruto a las familia y cuando avanzaba el verano y había exceso de cosecha de tomates en las huertas de Tomelloso, el precio se abarataba y en las orzas de barro de los alfares de Mota del Cuervo, de La Solana o Villafranca, compradas en los puestos de cacharros de la feria de finales de agosto, se echaban los tomates en sal, que se cubrían con hojas de higuera y se llenaban con el agua de algún pozo tomellosero que no había sido echado a perder sus aguas por los contaminantes de las filtraciones de las alcoholeras. 

Antaño, las mujeres ancianas con pocos recursos, aconsejaban hervir durante cinco minutos unas hojas de higuera o rezar unos credos y filtrada la infusión tomarla endulzada con miel  para curar las toses tercas y duraderas. También se machacaban en el mortero y se ponían sobre folículos para reventarlos. Con la leche de las higueras aplicadas a las verrugas se eliminaban pasados unos días…Leche de higuera para picaduras de tábanos y mosquitos… 


Enmudezco ante el alma callada de la tierra que aguarda con su gran potestad cuidar las semillas preciosas de los árboles. Y ante esa fuerza emergente, yo, que soy huésped de paso, siento que todo lo que hay a mi alrededor es sagrado. Y lamento que con tanto coloquio expuesto en plataformas de información, se eluda trasmitir lo que más importa, la vida en el conjunto humano con la naturaleza.

Abril por esta alta meseta se abre en verdor de pequeñas hojas temblorosas ante el viento o el calor repentino sin apenas transición del frío al paso suave de la primavera. La tierra a pesar de estar cubierta con capas de asfalto de negro alquitrán, cuando se resquebraja, enseguida empuja semillas depositadas en su seno para que vuelvan a la vida. Antes en las casas había corrales  y patios donde la higuera daba sombra y frutos junto a las parras y los membrillos.  En los mercados y tiendas los sacos llenos de higos secos  se compraban por kilos, los hombres se los llevaban en talegas de tela para la semana en el campo. Eran consumidos por otros oficios masculinos y femeninos por su bajo coste y la energía  que aportaban. Almendras guardadas para cocidas añadirlas al mostillo, a la comida de la pepitoria guisada para bodas y comidas familiares. Con miel se hacían las almendras garrapiñadas y tostadas en sartén con sal se servían en aperitivos.

En Cámaras y alacenas se guardaba el arrope y la carne de membrillo junto al tomate seco y los higos. Todo se aprovechaba y se respetaba a los árboles, no solo a los frutales caseros, también a las encinas y allozos silvestres. En caminos y cunetas, en descampados y montes bajos no había basuras ni botellas ni latas de bebidas. Se nos educó para respetar nuestro entorno. Se nos enseñó la dependencia que tenemos de la naturaleza como legado sagrado que hemos de trasmitir a los que vienen detrás de cada uno de nosotros.

El esparto verde y machacado en manojos era trabajado en los días lluviosos por mis abuelos, de ellos aprendí a entrelazarlo y a distinguirlo. Teníamos una cultura de supervivencia que se ha olvidado. Como se ignora los telares manchegos que hubo trabajado por mujeres. En una de las cámaras familiares descubrí un telar y todos sus enseres, hasta la parafina que se empleaba para el hilo y la lana. Cuánto se ha perdido de esa cultura que respetaba la vida de las plantas y la vida de las personas.

Ahora se vuelve como novedad a los huertos urbanos. Y se abandonan los cultivos por su escasa rentabilidad. Me pregunto, ¿cuántas generaciones  pasarán hasta descubrir que la tierra y nosotros somos un Todo?

 

Natividad Cepeda



El silencio de la tierra y el resurgir de nuestros árboles

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El silencio de la tierra y el resurgir de nuestros árboles - Lanza Digital

Lanza Digital·Hace 12 horas

 

 

sábado, 25 de julio de 2015

Nostalgia por el tiempo pasado

                  He pasado a la cueva con el silencio evocador  de lo que ya no es. Las tinajas de cemento siguen en ordenadas hileras formando su mágico círculo protegidas bajo el manto telúrico de la tierra. He bajado al templo de la memoria de antaño, de lo que  ya  es recuerdo ensalzado a la contemplación de la belleza inútil.
Muy lento el polvo del olvido ha ido cubriendo el contraluz de la lumbrera.
La lumbrera es por donde la luz besa el olvido de la cueva,  dejando que al penetrar la luz, las tinajas reciban  la caricia de la vida. Porque la vida habita a la intemperie. Y en esa intemperie sigue el pueblo subsistiendo con otros modos, pero igual de mal que cuando se escavo la cueva. Los hombres que las hicieron las recuerdan.
La recuerdan los hombres que cuentan con muchos años. Ancianos a los que les quedan pocos amigos, solitarios cipreses que se sostienen porque son duros como la cueva y sus tinajas. 

Contemplo envuelta en el silencio la caverna, el blanco de la cal desmoronada, las arañas que tejen su seda gris eterna, los escalones que se agrietan y rompen a causa de la mordedura de la humedad; y ese trágico silencio de la cueva me habla de la decadencia que percibo en todo su conjunto.
Ahora, en este tiempo adverso perfumado de escasas ilusiones y falta de recursos crece la nostalgia por el tiempo pasado. Y es tanta la irrealidad de este movimiento social que se olvida la realidad de lo que fue. No fue tan idílico como se representa cuando se desempolvan aperos en desuso y se elevan al altar de lo sublime las faenas agrícolas que se hicieron con animales y personas.


No, y por eso los hombres campesinos emigraron a las ciudades y dejaron los campos y los pueblos buscando una vida mejor. Todo lo que hoy se alaba y enaltece se despreciaba. Yo lo afirmo y recuerdo. La blusa que vestían los hombres del campo, agricultores, huertanos, pastores y viñeros en general era una prenda humilde, jamás admirada y que se dejaba de usar cuando se elevaba a otra clase social de mayor altura y economía. Era una vida dura. Poco afable para los asalariados y sacrificada para los dueños de escasa fanegas de tierra. La felicidad como hoy se representa es una pantomima de la verdad. Pobres picadores los que hicieron las cuevas: Pobres terreras las que sacaban la tierra a espuertas. Pobres agricultores que ocultaban hacer la cueva para que no se les siguiera gravando con impuestos. Y pobres mujeres dueñas de esas cuevas que además de bajar a remecer el vino, las limpiaban, enjalbegaban y subían y bajaban a dejar o coger, en la fresquera los alimentos en los veranos. 

He bajado a la cueva y los he recordado a todos ellos.  Entre las tinajas que sirvieron para guardar cosechas no hay rumor de mosto y si de mucho esfuerzo, fracasos y esperanzas rotas. Niños y niñas sin acceder a estudios, mujeres envejecidas, vejadas y marchitas; hombres que vivían con estrecheces pendientes de pagar los créditos pendientes al banquero de turno.
Se han cumplido las etapas y cerrado el ciclo de aquella forma de vida. Se cerraron y se intentaron olvidar. Lo hermoso fue la edad. Volver a la inocencia de la infancia y al despertar de la juventud. El templo de la cueva es el mismo, misterioso y eterno evocador de un ayer destruido, sangre de las entrañas de la tierra fundida al sudor humano de la especie; así lo siento rodeada de tinajas inmensas, cíclopes donde se ahoga el silencio sin otro escaparate que la trabajadora araña rodeándolas.

Volvemos a vestirnos con los ropajes despreciados en fiestas y saraos y mientras se coronan a los elegidos, el campesino español sigue sintiendo la soledad de las cuevas y el abandono a todos sus problemas. Los campos están siendo esquilmados por bandoleros que tejen la miseria con su tela de araña y nadie, nadie los protege. Microcosmos de tierras cultivadas donde también se sueña y donde también se muere de impotencia.   Cuando el campo no produzca alimentos ni cree riqueza porque nadie lo labre, entonces ¿de qué nos vestiremos? Algunas casas todavía tienen cuevas y junto a la bancarrota de la economía, al bajar a admirarlas como un fetiche de orgullo localista, olvidamos el rumor que en su vientre perdura, porque la madre tierra jamás olvida de los que de ella  nacen.



                                                                                                                                                                                                                                                                           Natividad Cepeda




Publicado en el Diario Lanza 3 del 10 de 2014
Arte digital: N. Cepeda