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lunes, 12 de julio de 2021

La cueva encalada


He bajado a la cueva recién encalada, y pintada de azul las columnas de hierro que para preservarla, el arquitecto exigió ubicar delante de las tinajas de cemento hechas dentro de la cavidad para elaborar el vino de mis uvas. Aceptamos lo que se exigió y como un absurdo palo de desgobierno el pilar de hierro se erigió delante de la tinaja que, el sabio arquitecto, quería destruir. Todo eso porque arriba  se hizo un estudio para mi hija escultora y pintora; en fin cosas que pasan en esta complicada vida.

He bajado a la cueva y por fin, después de la prohibición por culpa de la pandemia que asoló mi pequeña ciudad llevándose muchos de mis vecinos el encalador, ha podido adecentar las viejas paredes  solitarias de la cueva. Cuando la preservamos no ignorábamos que nunca más herviría el mosto de las uvas dentro de ls tinajas, pero no queríamos perder ese templo subterráneo de las viejas tinajas y la cueva. Nos gastamos el dinero que no nos sobraba y pensamos, mi esposo y yo, que era un legado cultural para nuestra familia. En Tomelloso los que no invierten esfuerzo alguno en esa conservación, por ejemplo la Casa Consistorial que es la que cobra impuestos y da prebendas a quien el Consistorio representado en los que la gobiernan quieren no hay ayuda alguna para la conservación de este patrimonio.

Un grupo de personas amantes de estas bodegas subterráneas  se han erigido en defensoras de ellas y solicitan a los dueños de las cuevas ser visitadas por curiosos propios y ajenos que, quieren conocerlas. No hay protección alguna que regule estas visitas, al hacerlo se olvida que hay que bajar escaleras escavadas en la misma tierra que suelen deteriorarse a consecuencia de la humedad propia de las cuevas, si algún visitante sufriera un accidente serían los propietarios los que tendrían que correr con los gastos y hasta podrían ser multados por no tener un seguro para prevenir posibles accidentes. n


Nadie parece pensar en ello y hay una fiebre por dar a conocer este patrimonio que las autoridades proclaman pero que para nada les interesa invertir en su mantenimiento y conservación. Se airea dentro y fuera del municipio estas cuevas con orgullo  invitando a conocerlas e invitando a escribir sobre ellas a periodistas descubridores, de pronto, de este tesoro telúrico obviando a los escritores locales que si hemos escrito desde hace muchos años sobre las cuevas. En estos tiempos del derecho de la mujer a ser reconocida es lamentable que se tapone a las mujeres del lugar injustamente. No es nada nuevo. Las cuevas de Tomelloso las hicieron hombre y mujeres conjuntamente y conjuntamente elaboraron el vino en sus panzas de gigantes de cemento y, fueron mujeres las que las encalaban y cuidaban de su conservación.

La historia de los anónimos seres humanos sigue siendo igual, el poder es el que la escribe y deja en el olvido a los que la hicieron, hoy igual que ayer.


He bajado a mi cueva y en silencio he escuchado el latir de la Madre Tierra. Me he refugiado en su útero para renacer con fuerza de las miserias que me rodean. He vuelto a sentir que yo soy ella, parte de su olor y de su fuerza arcaica cavernaria. Para mí no es nada nuevo, toda mi infancia bajaba y subía a la cueva, jugábamos en ella, era la despensa y nevera del verano, fresca en el calor de julio y caliente en el rigor del invierno. Ignoro cuando sucumbirán o si cuando pasen siglos alguna quedará para que hombres y mujeres venidos del futuro bajen hasta ellas y sientan renacer a la vida sintiendo su fuerza ancestral y primigenia.

 

 

Natividad Cepeda

 

sábado, 24 de octubre de 2015

El macho rojo del abuelo 2º

Al abuelo todos le decían que no me engarabitara a lo alto de aquél animal tan loco, pero yo pedía a Dios, (a mi Dios particular, que era un niño rubio vestido con una túnica de mangas muy anchas y el pelo largo hasta los hombros) que el abuelo no les escuchara Mi niño Dios tenía sus manos juntas y la mirada elevada a un cielo que estaba por encima de sus bucles rubios. Aquél cielo no tenía estrellas, estaba poblado de flores blancas. Unas flores muy raras que yo no había visto en ningún jardín. A mi madre ese cuadro le recordaba su primera comunión, porque fue ese día cuando le regalaron la estampa con un Dios niño sin sangre ni lágrimas y sombra de cruz. A mí me gustaba aquella estampa de Dios más que las otras de las cruces tristes y con tanta sangre. Además, si él tenía un cielo por donde nacían flores tenía que ser un Dios soñador, y yo estaba segura que a él también le gustaría montar en el macho Rojo y besar su cabeza grande cuando para no caerme me abrazaba a su cuello.
Tía Julia y  tía Benigna me contaban que Dios cuando era niño le gustaba jugar con el barro, lo mismo que yo, y con sus manos hacía pájaros y burritos, gatos y perros, hasta gallinas, y luego soplaba sobre ellos y, todos los animales de barro se movían. A eso, ellas lo llamaban milagros, y me decían que las personas muy buenas también podían hacer milagros. A esas personas ellas las llamaban santos. Yo, muchos días era muy buena y le pedía a tía Julia que me hiciera pajaritas de papel y ranas, luego me salía al patio de las plantas y las ponía todas encima del arriate donde crecían muchas flores de colores, entonces les soplaba muy fuerte al mismo tiempo que cerraba los ojos, y esperaba un rato para que se hiciera el milagro. Esperaba muy quieta y calladita, pero como no escuchaba nada yo me temía que las pajaritas y las ranas no eran de verdad. Me daba mucho miedo comprobar que si el milagro no se hacía era porque yo no era buena, y aquello me daba mucho miedo.  No porque Dios me castigara, yo sabía que mi Dios rubio y con un cielo lleno de flores no me podía castigar, como mucho, no juntarse conmigo, y sobre todo, no dejar que yo pudiera hacer milagros. Siempre pasaba lo mismo las pajaritas no volaban y las ranas no croaban. Por eso,  como yo no era buena las estrujaba entre mis manos enfadadas porque sólo eran de papel.
 Tía Julia cuando me veía hacerlo me decía que todas las cosas tienen alma y que no tenía que destruir nada. Las pajaritas de papel y las ranas si las dejas vivir contigo, y tú juegas con ellas, cuando duermes ellas se van al cielo y juegan con Dios. Me decía tía Julia. ¿De verdad, de verdad de la buena, que eso ocurre? Claro que sí, refunfuñaba tía Benigna que sonreía un poco menos que tía Julia. Yo las miraba primero a una y luego a la otra, no sé por qué, a ellas sí se les iban sus pajaritas al cielo, y las mías continuaban sin volar por las mañanas. Pero las tías eran buenas, tan buenas que tenían hasta pan bendito de San Antonio. Cuando a mí me dolía la tripa sin saber la causa, ellas sacaban de la taquilla pan duro de San Antonio  y me enseñaban a comerlo a bocaditos  pequeños. Tenía que masticarlo despacio muy despacio, y mientras tanto ellas y yo rezábamos al santo para que su pan me curara. Al rato ya no me dolía nada el vientre - así llamaban ellas a la tripa- y es que aquél pan duro de san Antonio sabía mejor que otros panes. Por algo san Antonio era santo.
El abuelo también tenía sus santos amigos, y hasta vivían con él, eran San José y el niño. El niño Jesús de San José siempre estaba cogido a su mano, y era igual que el niño de la estampa de la comunión de mamá. Solo que ese niño no miraba al cielo de las flores, miraba al rostro de su padre, que era san José. A mí, me parecía que en vez de ser su padre, san José, parecía  su abuelo. Mi papá no era tan viejo, pero el abuelo decía que los dos, san José y el niño, se llevaban muy bien, y que ellos también tenían una burra como la nuestra.
A mí, aquello de que mi Dios subiera en burra, como yo en el macho, me hacía quererlo. Tanto lo quería que cuando no me veía nadie abría la puerta de cristal de la urna y le daba al niño un beso en los pies  porque a su cara no alcanzaba. Dios era más alto que yo.
El abuelo se levantaba de noche, antes de desayunar se iba a la habitación del Santo y se ponía de rodillas con la cabeza baja y los brazos caídos junto al cuerpo, no decía nada, nada, y así pasaba  un rato grande. Yo cuando me cansaba de dormir me levantaba de la cama sin hacer ruido y  llegaba hasta donde el abuelo hablaba con su santo. Me ponía de rodillas y tocaba un poco la mano del  abuelo, él no se movía pero yo sabía que a él le gustaba y al Santo también, porque los dos se reían por lo bajo, y el niño también apretaba la mano de su padre porque la manga ancha de la túnica se movía. Yo no me cansaba de estar allí con el abuelo, se me olvidaba el frío del suelo en mis rodillas y cuando el abuelo se santiguaba tres veces y se levantaba y se volvía a arrodillar otras tres veces, entonces el niño Jesús dejaba de apretar la mano de su padre y yo me levantaba y salía corriendo otra vez a mi cama.




                                                                                     Natividad Cepeda





Publicado en Almagre literario.
Arte digital: N. Cepeda