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sábado, 24 de octubre de 2015

El macho rojo del abuelo 2º

Al abuelo todos le decían que no me engarabitara a lo alto de aquél animal tan loco, pero yo pedía a Dios, (a mi Dios particular, que era un niño rubio vestido con una túnica de mangas muy anchas y el pelo largo hasta los hombros) que el abuelo no les escuchara Mi niño Dios tenía sus manos juntas y la mirada elevada a un cielo que estaba por encima de sus bucles rubios. Aquél cielo no tenía estrellas, estaba poblado de flores blancas. Unas flores muy raras que yo no había visto en ningún jardín. A mi madre ese cuadro le recordaba su primera comunión, porque fue ese día cuando le regalaron la estampa con un Dios niño sin sangre ni lágrimas y sombra de cruz. A mí me gustaba aquella estampa de Dios más que las otras de las cruces tristes y con tanta sangre. Además, si él tenía un cielo por donde nacían flores tenía que ser un Dios soñador, y yo estaba segura que a él también le gustaría montar en el macho Rojo y besar su cabeza grande cuando para no caerme me abrazaba a su cuello.
Tía Julia y  tía Benigna me contaban que Dios cuando era niño le gustaba jugar con el barro, lo mismo que yo, y con sus manos hacía pájaros y burritos, gatos y perros, hasta gallinas, y luego soplaba sobre ellos y, todos los animales de barro se movían. A eso, ellas lo llamaban milagros, y me decían que las personas muy buenas también podían hacer milagros. A esas personas ellas las llamaban santos. Yo, muchos días era muy buena y le pedía a tía Julia que me hiciera pajaritas de papel y ranas, luego me salía al patio de las plantas y las ponía todas encima del arriate donde crecían muchas flores de colores, entonces les soplaba muy fuerte al mismo tiempo que cerraba los ojos, y esperaba un rato para que se hiciera el milagro. Esperaba muy quieta y calladita, pero como no escuchaba nada yo me temía que las pajaritas y las ranas no eran de verdad. Me daba mucho miedo comprobar que si el milagro no se hacía era porque yo no era buena, y aquello me daba mucho miedo.  No porque Dios me castigara, yo sabía que mi Dios rubio y con un cielo lleno de flores no me podía castigar, como mucho, no juntarse conmigo, y sobre todo, no dejar que yo pudiera hacer milagros. Siempre pasaba lo mismo las pajaritas no volaban y las ranas no croaban. Por eso,  como yo no era buena las estrujaba entre mis manos enfadadas porque sólo eran de papel.
 Tía Julia cuando me veía hacerlo me decía que todas las cosas tienen alma y que no tenía que destruir nada. Las pajaritas de papel y las ranas si las dejas vivir contigo, y tú juegas con ellas, cuando duermes ellas se van al cielo y juegan con Dios. Me decía tía Julia. ¿De verdad, de verdad de la buena, que eso ocurre? Claro que sí, refunfuñaba tía Benigna que sonreía un poco menos que tía Julia. Yo las miraba primero a una y luego a la otra, no sé por qué, a ellas sí se les iban sus pajaritas al cielo, y las mías continuaban sin volar por las mañanas. Pero las tías eran buenas, tan buenas que tenían hasta pan bendito de San Antonio. Cuando a mí me dolía la tripa sin saber la causa, ellas sacaban de la taquilla pan duro de San Antonio  y me enseñaban a comerlo a bocaditos  pequeños. Tenía que masticarlo despacio muy despacio, y mientras tanto ellas y yo rezábamos al santo para que su pan me curara. Al rato ya no me dolía nada el vientre - así llamaban ellas a la tripa- y es que aquél pan duro de san Antonio sabía mejor que otros panes. Por algo san Antonio era santo.
El abuelo también tenía sus santos amigos, y hasta vivían con él, eran San José y el niño. El niño Jesús de San José siempre estaba cogido a su mano, y era igual que el niño de la estampa de la comunión de mamá. Solo que ese niño no miraba al cielo de las flores, miraba al rostro de su padre, que era san José. A mí, me parecía que en vez de ser su padre, san José, parecía  su abuelo. Mi papá no era tan viejo, pero el abuelo decía que los dos, san José y el niño, se llevaban muy bien, y que ellos también tenían una burra como la nuestra.
A mí, aquello de que mi Dios subiera en burra, como yo en el macho, me hacía quererlo. Tanto lo quería que cuando no me veía nadie abría la puerta de cristal de la urna y le daba al niño un beso en los pies  porque a su cara no alcanzaba. Dios era más alto que yo.
El abuelo se levantaba de noche, antes de desayunar se iba a la habitación del Santo y se ponía de rodillas con la cabeza baja y los brazos caídos junto al cuerpo, no decía nada, nada, y así pasaba  un rato grande. Yo cuando me cansaba de dormir me levantaba de la cama sin hacer ruido y  llegaba hasta donde el abuelo hablaba con su santo. Me ponía de rodillas y tocaba un poco la mano del  abuelo, él no se movía pero yo sabía que a él le gustaba y al Santo también, porque los dos se reían por lo bajo, y el niño también apretaba la mano de su padre porque la manga ancha de la túnica se movía. Yo no me cansaba de estar allí con el abuelo, se me olvidaba el frío del suelo en mis rodillas y cuando el abuelo se santiguaba tres veces y se levantaba y se volvía a arrodillar otras tres veces, entonces el niño Jesús dejaba de apretar la mano de su padre y yo me levantaba y salía corriendo otra vez a mi cama.




                                                                                     Natividad Cepeda





Publicado en Almagre literario.
Arte digital: N. Cepeda

EL MACHO ROJO DEL ABUELO

                                  
                                      Octubre había llegado trayendo agua del cielo. Se quejaba la gente porque todavía  quedaban días de vendimia. Cuando pasaban los carros al pueblo traían las ruedas llenas de barro y las mulas se veían fatigadas de tirar con la carga por los caminos.
Yo esperaba en la portada, sentada en el poyete pequeño del centro, hecha un cucunete, apoyada la cara en mis manos con la vista fija en la entrada de la calle para ver aparecer el carro del abuelo con sus mulas y el macho rojo. Antes de verlo sabía que venía por su voz saludando a los vecinos. El abuelo era simpático y soportaba las bromas de los conocidos con una sonrisa en sus finos labios. Sin embargo, si lo miraba a los ojos, en ocasiones, me parecía ver que se le vidriaban y parecían tristes y apagados. Pero eso la gente no lo veía porque él no quería que nadie supiera lo que sentía.
El abuelo era pequeño de estatura, delgado y moreno, a mi me parecía que sus piernas y sus brazos eran de goma, pero de una goma muy fuerte porque cuando me elevaba en sus brazos yo volaba y me sentía segura.  Cuando el carro se paraba delante de la lumbrera de casa lo asejaban  pa tras, eso decía Nicanor, que era uno de los pisadores, y cuando ya lo tenían bien centrado en la boca de la lumbrera, desataban la lona y la ataban con cuerdas a la los clavos grandes de la pared dejando deslizarse el mosto hasta el fondo del jaraíz, que estaba en lo profundo de la cueva.
Yo tenía prohibido asomarme a la lumbrera, por si me caía, pero casi siempre conseguía extender mis manos hasta el chorro de mosto y beber  luego de ellas. El mosto así era  más rico, y además escuchaba el sonido  brusco y profundo que hacía el mosto al estrellarse en el piso de cemento del jaraíz. Enseguida resbalaban las uvas con un estruendo de golpe amortiguado.
Cuando el mosto caía  sonaba igual que una catarata que se despeña por un barranco, y yo soñaba que era el mosto brincando del carro a la cueva en plena libertad fuera de la lona. Cuando me descubrían con mis manos extendidas bañadas por el mosto y mi pequeño cuerpo protegido por el muro frágil de la lona. Al verme las mujeres elevaban gritos de miedo por si me asustaban y perdía el equilibrio y los pisadores daban fuertes voces pidiendo que me  retiraran de allí;  el abuelo, con su sonrisa cómplice, me  cogía en volandas y me subía en el lomo del macho rojo para pasar por la portada balanceándome en su grupa hasta llegar a la cuadra. Una vez allí, el abuelo me cogía en sus brazos y yo besaba al macho rojo muy cerca de sus grandes y enormes ojos. Entonces el macho movía sus orejas y su cola, y lanzaba por los enormes agujeros de su nariz un aire muy caliente que me lavaba la cara pegajosa de mosto.
       La familia decía que el abuelo estaba loco por dejarme hacer todo aquello, pero a mí me encantaba. Luego, cuando el abuelo depositaba en los pesebres paja y cebada  para las mulas, el macho y la burra blanca y gris, me cogía por la cintura y me enseñaba a revolver con mis manos la paja y la cebada.
 También me dejaba sostener con él, el cubo de agua del que bebían los animales, y jamás sentí miedo entre sus patas y sus bufidos. El abuelo me decía que los animales conocen a quien los quieren y que son mejor que muchas personas.
 El abuelo cogía la rascadera y pasaba una y otra vez sus manos delgadas y nervudas por el cuerpo de cada uno de ellos.  Los recorría desde  la cerviz  al rabo, y mientras lo hacía les hablaba como si ellos lo entendieran. Los peones y los gañanes decían que el macho rojo era un macho loco.
Lo llamaban coloraó, y se ponían a distancia de él porque lanzaba muchas coces al aire, y por si acaso alguna se perdía y les llegaba a ellos se ponían a buen recaudo de sus patas. Mi padre contaba que cuando lo compraron  una tarde que él estaba arando en la tierra de Pinilla con un garabato, el macho Rojo se encolerizó y salió corriendo con garabato y todo, y así llegó hasta el pueblo. Parece que fue todo un suceso. También un gran disgusto con sofocación por parte de mi padre. Mi padre también afirmaba que el macho Rojo era un animal muy valiente. Todos conocían la gran predilección del abuelo por su macho, y a mí  me hacía soñar siempre que el abuelo me subía a su grupa desnuda de atalajes.

Yo era muy poca cosa allí arriba abrazada a su cabeza en ocasiones, y en otras, erguida, asiéndome a su pelo basto y rojo como si fuera una heroína que habitaba un castillo










Publicado en el libro Almagre Literario:  ...continuará la narración


                                                                                                                       Natividad Cepeda
Arte digital: N. Cepeda