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jueves, 9 de septiembre de 2021

Girasoles de septiembre

                               

 


Han pasado las lluvias tormentosas arremetiendo contra todo en pueblos y ciudades. Han dejado espanto con sueños rotos engullidos por el barro y el lodo. Y a pesar de esas muchas tragedias que solo serán recordadas por los que tienen que recuperar paredes y enseres de sus casas y cosechas perdidas los demás nos olvidamos cuando el sol luce en lo alto y nada de aquello nos afecta. El 9 de septiembre es el Día Mundial de la Agricultura y a pesar de que esta conmemoración pasa inadvertida para la mayoría de los medios de información, hay que recordar que sin el sector primario, agricultura, pesca y ganadería, la población no podría existir sin esos alimentos.

Se calcula que la superficie dedicada a la agricultura en España es aproximadamente de 25 millones de hectáreas dedicados a diferentes cultivos, ya que España es el  cuarto país  de la Comunidad Europea con empleo laboral en éste sector. Informando e impulsando una agricultura sostenible y ecológica. A la luz de la agricultura se halla la cultura arraigada en familias labradoras que han dejado sobre el mantel de la tierra un gran manojo de enseñanzas. Y es por eso que  me sigue doliendo bajo la luminosa luz solar, no ver abejas volando sobre melonares y girasoles. Tampoco hay demasiadas avispas, ni tábanos, ni mariposas y escasos cantos de grillo en las noches.

 Las que se van dando la vuelta con parsimonia a lo largo del día son las tortas de sol. Así las llamábamos por aquí cuando los huertanos y agricultores meloneros las sembraban para venderlas en el mercado y regalarlas a vecinos y amigos en los días del mes de septiembre. Las tortas de girasol, grandes como harneros de cerner trigo, se troceaban en triángulos y así, repartideras, se ponían a la venta para niños y mayores. El ritual de comer pipas era casi sagrado, nos sentábamos en poyetes y en el suelo limpio y empedrados de las casas y, una a una, se sacaban de sus celdillas amarillas verdosas, semejantes a las celdillas de los panales de las abejas, hasta terminar con el trozo de torta. La novedad ocurría en los primeros días de septiembre, después saciados de comer pipas se dejaban secar y cuando  estaban secas se guardaban en talegas de algodón blanco  para comerlas a lo largo del otoño.

Los que ayer  me enseñaron a comer pipas de girasol pronunciaron consejos reveladores de vida en mi alma infantil que han sido, y son, principios de valores irrebatibles.  Escucha, niña mía -me decían- las personas, son semejantes a estas pipas, todas nacen en celdillas iguales pero cuando se van granando unas son grandes de jugosa pipa, otras más pequeñas se comen después por su tamaño,  y las vanas y  desiguales debido  a que al girar la torta el sol se nubló o calentó en demasía, se comprimieron y se quedaron secas.

Cuando las desgranamos, las vanas las dejamos que ardan en el fuego cuando llega el invierno. Pues igual somos las personas, giramos alrededor de los años, duramos como el ocaso de una tarde y antes de extinguirnos, algunas personas son vanas porque la avaricia secó sus almas, a otras las envileció la envidia con su macilento hedor y, a otras el odio y  la soberbia les mató el amor y les hizo olvidar lo que es justo.

Aquél rosario de enseñanzas procuro no olvidarlo entre los días anaranjados de septiembre por la certeza y la reciedumbre de su continua actualidad.

Desteñidos de silencio rojizo septiembre redime con su melancolía  la fiebre del estío despidiendo al verano dejando  playas desiertas y campos de cepas vendimiadas. Los melonares sin hojas dejan al descubierto melones que nadie compra. En los atardeceres giran los girasoles abandonados hasta caer a la tierra y allí quedan esperando al arado, muertos, como esas personas que quieren brillar ocultando el fulgor verdadero de otras.

Girasoles de septiembre identidad pasajera de profecía ignorada en el silencio infinito de los anocheceres.

 

                                                              Natividad Cepeda

 

 

 

lunes, 19 de julio de 2021

Las nuevas torres de Babel


 

Ayer sonaron sirenas de coches policiales por la calle. Se escuchaban pasar rápidos y supuse que ocurría algo desagradable. Hoy en los periódicos digitales se  denunciaba la agresión a un joven con arma blanca que fue llevado en ambulancia al hospital. No hay nombres ni identidades de los que provocaron la pelea. En esos mismos diarios he leído opiniones quejándose amargamente de que en el parque público donde se produjo la pelea es algo cotidiano encontrarse con gentes de mal vivir. Las opiniones son de vecinos quejándose de la impotencia que sienten al no patrullar la policía por el parque y de la inseguridad que supone los grupos de hombres durmiendo en los bancos a cualquier hora del día.

Antes, jamás ocurría nada parecido por estos pueblos manchegos. Ahora la calle es parecida a la torre de Babel de que se habla en la Biblia; se escuchan diálogos en lenguas desconocidas, y lo mismo nos cruzamos con africanos, árabes, hispanos y europeos del norte que solo se distinguen si los escuchamos en otros idiomas que no es el español. Es la consecuencia de una emigración descontrolada. Llegan creyendo que aquí hay trabajo agrícola procedentes del sur, o porque les dieron un billete de autobús y se bajaron en nuestros pueblos buscando vivir mejor que de donde huyeron a causa de la pobreza. Pero  no es verdad y no hay trabajo para tantos porque el campo, nuestros campos, también llevan sufriendo la inestabilidad económica y robos continuos desde hace años. Regreso al pasado, a ese pasado donde se me educo y se me enseñó a respetar lo propio y lo ajeno.

Me educaron para no violar las leyes divinas y esas leyes fueron para mis padres, mayores y más importantes, que las leyes vigentes que teníamos en mi tierra natal. Mi pueblo era mi patria chica, donde todos los  que me amaban me marcaban el sendero histórico de mis antepasados: donde el juez supremo era Dios, al que nadie podía engañar: El que todo lo veía de noche y de día.

La patria celestial estaba por encima de la jurisdicción vigente porque las directrices políticas podían cambiarse en cualquier momento, no así las leyes que nos decían que se respetaba a Dios y a las personas sin robar, matar, injuriar o levantar falsedades en perjuicio de los demás. Y como si aquello fuera un espejismo entre nosotros y el aire, el concepto de entendimiento asociado al respeto mutuo fue desapareciendo en favor de una tolerancia basada en la desigualdad legal.  

Prescrito por ley, los ladrones se fueron protegiendo en deterioro de lo estrictamente moral, así robar y destrozar los bienes ajenos de agricultores y ganaderos en las  casas de campo, destrozando puertas, ventanas para robar enseres y aperos, motores y tractores además de robar el gasoil continuamente se convirtió en algo tan usual y cotidiano y aunque empezaron las protestas nadie en la política vigente las escuchó. Se llegó incluso a asesinar personas, pero como no sumaban cientos de labriegos   los saqueos y el temor hicieron mella en ese grupo social tan escasamente respetado y la economía del sector fue perdiendo valor. Los precios agrarios durante años fueron restando ganancias y los costes subiendo de maquinarias, sueldos, semillas, estiércol, abonos  y también los seguros de cosechas por pedrisco y heladas.

El resultado ha sido la pobreza del sector agrario y la vejez acumulada en los trabajadores autónomos del campo y la ganadería. Pero como la Ley no admite equivocarse las cargas de impuestos han sido incrementadas creando una continua huida por parte de los jóvenes que no quieren seguir los pasos de padres y abuelos. De madres y abuelas,  sometidas al vaivén del capricho inmoral de los gobernantes que dejan desprotegidas a todas las familias del campo español. Porque esas familias siempre han ido ajustadas en la economía sin demasiadas quejas, a pesar de escuchar chistes y bromas sobre todos ellos.


 

Voces perdidas en el aire de los  años con mensajes erróneos  en favor de cosechas grandes  a cambio de precios bajos. Subsistir como dicta la economía de mercado ha dejado pueblos vacíos y jóvenes que no que cogen el testigo  de la continuidad del patrimonio familiar. Jóvenes que con licenciaturas y master académicos gracias a la economía familiar y al vender cuando se ha necesitado para que una vez concluida la formación emigren a países de la Europa de mejor economía, dejando viviendas urbanas a la anarquía de los okupas llegados y atraídos por las promesas de mejor vida.

Fluctuamos en una sociedad donde el “derecho a la diversión”; derecho inexistente, es la ley, sin ley, que no respeta la salud colectiva de nuestra sociedad. Sociedad violenta alentada desde los juegos de Internet, películas de lenguaje obsceno en muchas de ellas, donde  los protagonistas siguen un guion centrado en el poder sin escrúpulos, jóvenes viviendo al margen de las familias, lujo y delincuentes masculinos y femeninos mostrados como héroes actuales. Y, corrupciones diversas en las que no siempre triunfa la bondad y los principios éticos en favor de la sociedad que nos canaliza y manipula.

Estas son nuestras nuevas torres de Babel hablar sin entendernos mientras no nos importan los seres humanos que mueres de hambre  cada día como si ellos, no formaran parte de nuestra sociedad.    

La pandemia del Covid-19 sigue dejando un rastro de enfermedad y muerte y aun así no aprendemos la lección de vivir y morir día a día.  Los violentos imperan en vagones del Metro y en la calle donde se agrede y mata por capricho de ellos, los agresores violentos que como matones callejeros se imponen a la mayoría de ciudadanos que son los que sostienen la sociedad con su esfuerzo diario de trabajo y laboriosidad.  Están por todas partes. Y lo triste es comprobar que cuando una persona es agredida por ellos el miedo paraliza a los ciudadanos que miran como matan, hieren y atacan sin intervenir paralizados por el terror.  Ignoramos cobardemente que en cualquier momento nos pueden a atacar a uno de nosotros.   

 

 

Natividad Cepeda

  

 

 

 

 

viernes, 31 de enero de 2020

El campo es un lamento de fiebre reprimida


Ven, venir, a ver en los pueblos las fiestas actuales plagadas de atuendos y disfraces conmemorando batallas épicas allí, donde ni se conoce la verdadera 

Historia. Venir por los caminos donde reina el bandolero actual robando aperos, motores, tractores y cosechas desde hace décadas y no hay seguro que lo cubra ni político que se atreva a solucionarlo. Llegar a estos pueblos desolados donde la vida se acaba porque solo quedan viejos amarrados a su terruño y a sus recuerdos. 
Llegar vestiros de turistas y, por una vez, conocer la soledad de la España en despoblación sin el discurso de la masa amaestrada que, por supuesto, no reside en estos pueblos…
El campo es un enajenado de los núcleos urbanos, poblado, según nos retratan, de gente zafia, de los que se hacen chiste y burla. La gente se ha creído que avanzar es proteger la fauna y la flora olvidando a quines viven de cultivar los campos. En las Delegaciones de agricultura se mide palmo a palmo por el SigPac los cultivos y se multa a los propietarios agrícolas si las medidas no concuerdan con lo que muestra el satélite, olvidando que los permisos de plantación fueron expedidos por esas oficinas, y aunque se muestren los permisos oficiales, nada se puede hacer salvo pagar la multa como esclavos de un sistema atroz y desmesurado.
En las recolecciones falta mano de obra a pesar de estar las oficinas de empleo saturadas de desempleados y desempleadas, los emigrantes que han llegado a nuestros pueblos como maná humano, si no tienen “papeles” en regla, no se los puede contratar, y si se les contrata, para que se les concedan los “papeles” con los que puedan demostrar que sí tienen trabajo, al empresario agrícola, que es un trabajador como ellos, se le multa. Expliquen ¿como se soluciona esta problemática de la que nadie habla?

Los autónomos no son justos y hay que enviarles inspectores para mirar explotaciones ingresos y facturas por si delinquen. Los autónomos agrícolas no tiene sociedades donde enmascarar ganancias y desaparecer con levantamiento de bienes cuando la empresa no tiene ganancias. Esos rudos trabajadores autónomos no suman las horas, las jornadas, que ellos echan al cabo de cada día del año. Tampoco el frío y el calor, la soledad aparejada a su trabajo, ni tienen psicólogos cuando la cosecha se pierde por inclemencias del tiempo o, porque el mercado ha dejado de adquirirla.

Ahora se manifiestan y gritan su desesperación y son apaleados, heridos, vilipendiados cuando tanto se vocea en canales y tribunas sobre derechos humanos convertidos en papel mojado por su ineficacia; por ejemplo, los asesinatos de mujeres que no cesan. Ni nadie se rasgó sus vestiduras políticas cuando el precio del aceite bajó, los melones y sandias no se pagaron y las cebollas sin recoger eran un llanto en los campos, por citar algunos casos que se pueden incrementar con todos los productos agrarios.
Graznan los cuervos sonriendo ante el abandono de este sector y olvidan que cuando se abandonen los campos también sucumbirán los que viven de ellos; mecánicos, electricistas, gasolineras, albañiles, carpinteros, camiones, cisternas ...todos se quedaran sin trabajo y ¿ adonde irán? A las ciudades a las que habrá que seguir surtiendo de productos agrarios del campo español o de campos extranjeros. La trampa es engañosa y como asegura la sabiduría popular no se puede sacar patillas de donde no hay pelo.

¿Quien da la consigna para la vida actual destruyendo lo que genera vida y trabajo? ¿Acaso el pasado siglo XX en su principio no fue un siglo plagado de violencia, destrucción y muerte, y hubo que salir de aquellas ruinas violentas en la vieja Europa, que ahora un siglo después vuelve a olvidar lo que no debería olvidarse.

Desde lo más profundo nace la agricultura en los seres humanos. Y la moral es el sustento de los pueblos para vivir y crear riqueza. El bienestar de nuestra sociedad ha costado demasiado conseguirlo para tirarlo como si la existencia humana no importara. El choque de unos contra otros abre brechas de odios difíciles de saturar cuando se producen. Y no todo es viable, Y no todo es correcto, ni esta bien, incluso cuando ese fin viene desde los propios gobernantes. El cariz que está tomado nuestra sociedad de no convivencia radicalizada desde los ámbitos políticos para conseguir sus propios fines de usura y mercadería, nos convierte en bocas sin voz si no queremos tener problemas, o en meros parias al servicio de ególatras ambiciosos.

El campo se queja y los pueblos hace mucho tiempo que se están quedando vacíos. Todo es tan primario que el equilibrio social se nos resquebraja al destruir lo que nos da prosperidad y vida. La superioridad acrecentada en la soberbia anula la verdad y destruye todo lo que debe protegerse y cuidar. No lo olvidemos.



Natividad Cepeda

jueves, 11 de mayo de 2017

Voces del aire

                                            
Transgredir nunca lo he hecho me educaron para no violar las leyes divinas y esas leyes fueron para mis padres, mayores y más importantes que las leyes vigentes que teníamos en mi tierra natal. Mi pueblo era mi patria donde todos los  que me amaban me marcaban el sendero histórico de mis antepasados: donde el juez supremo era Dios, al que nadie podía engañar: El que todo lo veía de noche y de día.
La patria celestial estaba por encima de la jurisdicción vigente porque las directrices políticas podían cambiarse en cualquier momento, no así las leyes que nos decían que se respetaba a Dios y a las personas sin robar, matar, injuriar o levantar falsedades en perjuicio de los demás. Y como si aquello fuera un espejismo entre nosotros y el aire el concepto de entendimiento asociado al respeto mutuo fue desapareciendo en favor de una tolerancia basada en la desigualdad legal.   
Prescrito por ley, los ladrones se fueron protegiendo en deterioro de lo estrictamente moral, así robar y destrozar los bienes ajenos de agricultores y ganaderos en las  casas de campo, destrozando puertas, ventanas para robar enseres y aperos, motores y tractores se convirtió en algo tan usual y cotidiano y aunque empezaron las protestas nadie en la política vigente las escuchó. Se llegó incluso a asesinar personas, pero como no sumaban cientos de labriegos   los saqueos y el temor hicieron mella en ese grupo social tan escasamente respetado y la economía del sector fue perdiendo valor. Los precios agrarios durante años fueron restando ganancias y los costes subiendo de maquinarias, sueldos, semillas, estiércol, abonos  y también los seguros de cosechas por pedrisco y heladas. El resultado ha sido la pobreza del sector agrario y la vejez acumulada en los trabajadores autónomos del campo y la ganadería.
Pero como la Ley no admite equivocarse las cargas de impuestos han sido incrementados creando una continua huida por parte de los jóvenes que no quieren seguir los pasos de padres y abuelos. De madres y abuelas,  sometidas al vaivén del capricho inmoral de los gobernantes que dejan desprotegidas a todas las familias del campo español. Porque esas familias siempre han ido ajustadas en la economía sin demasiadas quejas, a pesar de escuchar chistes y bromas sobre todos ellos. Han sido y son voces del aire, miradas con desprecio por las clases sociales de funcionarios y perseguidas por sindicatos, ajenos a todo lo que no fuera ir en contra de la sufrida clase media baja de esta España adormecida entre balones futboleros y fiestas creadas para el entretenimiento del pueblo y así, evitar que no piense.

La inseguridad en el campo y la desmantelación de un patrimonio propio que nadie a retribuido, recuérdense pilas de piedra, teja curva robada de tejados, puertas, ventanas de forja, utensilios que se pusieron de moda, trillas, mesas rusticas auténticas y un sinfín de toda clase desde botellas de butano, platos…tan cierto y viejo es todo esto que hay casas de campo que no se dejan con la lleve echada para evitar que destrocen cerraduras y pernios.  Las casas de campo, antes encaladas y conservadas para refugio de todos, dueños y asalariados se caen a pedazos porque ni hay euros para conservarlas ni arrestos para seguir confiando en que vuelvan a romper todo lo que los ladrones quieran. Nuestros campos no importan casi a nadie.

Importan a algunos que gracias al silencio de ese sector viven a su costa.
Y para terminar de estrujar esta economía se ha creado el impuesto de cobrar por cada casa de campo destartalada. Ante esa injusticia ni hay voz que se oiga en el aire del que respiramos. Los pintores de nuestros pueblos plasman los campos y sus casas rotas, viejas, sin nadie que las habite y al verlas en los cuadros admiramos su belleza, salvo los que conocemos la agonía de esas paredes gracias a las leyes vigentes de tanto político inhábil que han sumado fortunas y éxitos gracias a manejos turbios y fraudulentos. Nos sobran gentes de mal vivir de todas las calañas y especies.
No tardando mucho tiempo en el campo no quedaran casitas blancas ni tampoco casas viejas cubiertas de heridas y desconchones: no las veremos porque se tiraran todas para no pagar esos impuestos injustos. Es el feudalismo actual de los grandes señores para con sus vasallos.


                                                                                            Natividad Cepeda

                      
A

jueves, 11 de junio de 2015

Para esta merienda no necesitamos alforjas

                           
Todo se quedó oxidado en la llanta de carros y galeras; todo menos los sueños y la esperanza en el futuro de los que comieron pan con aceite y azúcar, o la cata de vino en la orilla del pan de cruz, amasado con harina de trigo.



Por el espejo de los días vuelvo a pasar por sus moradas. Vuelvo a toda esa gente al degustar el vino etiquetado con denominación de origen diverso: Vinos manchegos que presumen de nombre y etiquetas. Vino que no crea tantos sueños y sí muchos sinsabores en las gentes que plantan y cuidan la viña. Hay veces que el vino a pesar de su traje elegante de botella de diseño, se queda arrinconado en las bodegas, sin sueños en sus botellas aburridas y perfectas de higiene y mansedumbre comercial.
Antes, la cal anunciaba que era verano y que había que encalar dentro y fuera del pueblo quinterías, y con las granzas sobrantes, las parcillas que rodeaban paradores y ejidos. Por entonces había ilusión por tener todo blanco de cal; almidonado como tapete de ganchillo: ahora la cal anuncia la ruina de esas casas de campo, violadas innumerables veces por ladrones foráneos y extranjeros. Ultrajadas desde los cimientos hasta el rincón último de los cuartos, temblando de horror paredes desconchadas, escuchando crujir y caer a golpes las puertas de pozos y aljibes, cocinas de gañanes respetadas en aquél pasado donde la ley ponía cerco al pillaje de pícaros y delincuentes, y hoy campan a sus anchas sin que la ley exista como tal.

Se pelean estos días los grupos políticos por esa cota de poder que les dan las urnas: que les otorgan con su voto los ciudadanos que depositaron el voto, esperando sin mucha esperanza, que las leyes se cambien. Porque las gentes del campo no suelen dar muchos quebraderos de cabeza en las plazas públicas; ni se manifiestan en universidades ni en congresos adonde acuden los que marcan la economía de mercados; no, esas gentes no interesan a casi nadie, salvo para gravarles con impuestos y estrujarles hasta estrangular su tenacidad. Ya no se encalan las piedras que señalan la división vecinal. Tampoco sueñan sus hijos en seguir encalando casas, pozos y cámaras, porches, cuevas y bombos ¿para qué? Para qué hacerlo si la cal es cara y el ladrón acudirá al reclamo como ave de presa para darse el festín. 

Nadie ha defendido en los mítines a esas gentes del campo. No interesan. No existen para los que predican igualdad y derechos. Tampoco para los que  han legislado impuestos y perseguidos a esos patrones que trabajan antes que el sol salga, y después de que se oculte, por si no pagan salarios justos. Familias que no hicieron dinero fácil engañando a los bancos, estafando a los que se hipotecaron e invirtieron en estampitas que prometieron alta renta por confiarles sus ahorros. No. No fueron ellos los que arruinaron la economía ni amasaron fortunas a la sombra de levantamiento de bienes u trampas de los legisladores vendidos, cual Judas actuales, a los mafiosos corruptos de todos los colores si conciencia ni honra.

Los partidos de izquierdas pregonan igualdad. También los de derechas, los liberales y los ecologistas, los muy encorsetados en trajes de marcas y los que se disfrazan en mangas de camisa  y cabello desordenado imitando aires de mansedumbre mesiánica; todos los ignoran. La cal sigue anulada de las casas de campo, expatriada de su origen. Muerta como los sueños de las tierras de España. Y cuando perdamos esa columna vertebral que sostiene los pueblos y todavía dan trabajo, entonces todos pediremos que nos den trabajo los políticos, el alcalde del pueblo un puesto de barrendero, de limpiador de comedores sociales, de bufón en las fiestas  o sencillamente iremos a pedir que nos den la ayuda social que dan a los emigrantes, a los no integrados y que no puedo nombrar porque no sería políticamente correcto, pero que viven gracias a los tontos de turno que pagamos impuestos y aguantamos los robos, el tirón del bolso, los bancos destrozados, las botellas rotas en las calles, las voces a deshora y el abandono de jueces y gobernantes de cualquier ideología ante tanta injusticia. 

Ignoro si podemos  cambiar todo esta hecatombe. Lo ignoro porque debo de haber perdido la audición, porque nadie en esos días de proclamas  y promesas para el futuro, ha alzado su demagogia prédica, denunciando esta cruda realidad de la agricultura en todas las autonomías. De los sufridos habitantes que soportan los robos en sus viviendas y para evitarlo tienen que pagar protección privada, y decirlo, poniendo la chapita correspondiente en puertas de viviendas adosadas, viejas, sin ser mansiones de lujo, anunciando al ladrón que se paga para que los amigos de lo ajeno se detengan.

La gente  dice que, para esa merienda no necesitamos alforjas, o qué, para qué queremos tanto guardia y policía  si pagamos a otros vigilantes porque los oficiales del Estado no defienden a las gentes de los pueblos. La gente lo dice en voz baja. La gente, mucha de esa gente, no ha votado. Otros han votado desesperados a esos partidos que han prometido cambios: Cambios sociales y económicos donde el campo y quien lo trabajo no cuenta.  Tampoco los habitantes de nuestros municipios que son asaltados en lo más sagrado, el hogar, su pequeño trozo de parcela íntima ganada con sacrificio y trabajo.
La cal ha huido de las casas de campo y la seguridad de todos los hogares.


                                                                                                  Natividad Cepeda

Arte digital: N. Cepeda