



26 de julio de 2020 día en
el santoral católico de San Joaquín y santa Ana, los padres de María Santísima,
la madre de Jesús de Nazaret: en las celebraciones arcaicas a Santa Ana se la llamaba
la abuelica. El Greco, pintó un cuadro donde la madre de Jesús sostiene al niño
y los abuelos lo contemplan extasiados. El pueblo llano y sencillo ha venido
celebrando este día con fe en esos
santos abuelos. Las redes comerciales comprendieron que celebrando ese día, el
día de los abuelos, comercialmente aumentarían sus ingresos; este año lloramos
la pérdida de miles de abuelos y abuelas, por el Covid-19 y la inoperancia de
unos y otros.Murieron solos en esos compartimentos
aislados de las Residencias de Mayores. La vejez es la debilidad del ser humano.
En la infancia necesitamos de la familia y en la ancianidad también. No se
puede pedir amor por dinero, ese trato es tan inhumano que corrompe los cimientos
de la bondad y el amor. Y sin amor no hay posibilidad para la existencia.
El coronavirus sigue entre
nosotros y va mutando atacando a jóvenes,
no solo a viejos. Si se nos hubiera mostrado la realidad de los que se iban
muriendo en hospitales y los masivos enterramientos, es probable que ahora los
focos recientes de contagios fueran menores; se nos ocultó y cantamos con
citaras actuales y el drama humano de muchos de los nuestros no lo percibimos.
Yo, gimo y clamo por todos ellos, y ese río de lágrimas no deja de navegar
hasta el mar invisible del alma. Lo dice el libro de la Biblia en el Eclesiastés,
hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír… Nosotros sonreímos a destiempo y no lloramos a
nuestros muertos y el dolor sigue enconado.
Mucho tiempo pasará hasta
que el equilibrio dañado se restablezca.
Por eso, a los abuelos,
Debimos negarnos a obedecer
y no dejarlos solos, por amor,
y ahora cuando no están en la casa
nos falta el valor para reconocerlo.
Se fueron navegando por las sombras
de un río encenagado
de dolor
como conchas abandonadas
o barcos encallados
en un apocalipsis.
Todos ellos eran ríos de esperanza,
lagos donde se miraban las colinas
y sucedió que al pagarse su sonrisa
perdimos la infinita luz de sus miradas.
A través de los pliegues de los años
los abuelos son el regalo de Dios
sobre el bosque desconocido de la vida
y, ahora, no
podemos congregarnos a su lado.
En las hojas de los almanaques
habrá que escribir a pesar de la pena,
dulcemente, que cuando crucemos
ese río, ellos vendrán a recibirnos.
Es inútil ocultar la imagen de la muerte
su origen es la vida y el pueblo que lo olvida
carece de barcas para cruzar al otro lado.
Más allá de las lágrimas está la Tierra Prometida.
Todo invariablemente es un retorno
gravado en el corazón del universo.
Natividad Cepeda

En ese pasado recuerdo que
cuando las tormentas caían en mi tierra el agua del cielo limpiaba las piedras
de bombos y pedrizas recobrando un brillo inexistente y una luz de pureza
antigua y extinguida al estar expuesta al sol y a la intemperie. Por aquí, en
mi familia y en otras muchas familias de Tomelloso en las fanegas de tierra
cultivada, al laborar salían piedras que
eran agrupadas en montones de perfectos círculos a los que localmente los
llamamos “majanos”. Otras piedras formaban hileras de pequeñas murallas a ambos
lados de los caminos vecinales recibiendo el nombre peculiar de “pedrizas”. Y
la construcción perfecta era y es, la
casa de piedra redonda terminada en falsa cúpula de piedra caliza tan ancestral como la vida humana que aquí
llamamos, “Bombos”.
Los bombos que se pueden hoy
contemplar en otros términos municipales fueron tierras adquiridas por
nosotros, los tomelloseros, labradas y aprovechadas al máximo; casas de piedra
para personas y animales. Casas redondas buscando la protección arcana del sol
y de la luna. Casas de piedras sagradas buscando la protección de la olvidada
Madre-Diosa de la naturaleza. Casas térmicas sin argamasa ni carrizo, sin
tierra ni adobe, si tapial ni ventana por donde se pudiera escapar la energía
arcaica del legado emanado de las entrañas de la tierra.
Bombos, chamizos, cucos…piedra
utilizada desde el amanecer de la civilización antes que los asentamientos
humanos en aldeas y antes que la construcción de muros para castillos e
iglesias. Piedras nuestras olvidadas, despreciadas por la cultura actual.
Piedras formando círculos, misterio y magia hoy ignorada.
Ha llovido esta tarde de
julio y he sentido el olor de la lluvia en la piedra mojada. La tormenta de luz
y trueno ha impregnado con su energía la energía del círculo. Llovía y yo
recordaba como con piedras se hacía un círculo donde encender un fuego para
cocinar en la sartén de hierro de patas en mitad del campo. Sencillamente necesario y a la vez protector para evitar
que el viento dispensara las llamas de la lumbre. Al terminar el fuego se
apagaba con tierra y y agua y se dejaba el circulo para volver a guisar de
nuevo.
Círculos que las mujeres
hacían en las casas para plantar dentro de ellos la manzanilla y la
hierbaluisa. Círculos de los pozos de nieve de las caleras, de los aljibes, del
pozo escavado para encontrar agua. Círculos de las motillas manchegas
perdidas… Círculos que he visto dibujar
con un sarmiento seco en la tierra mientras escuchaba contar historias humanas
no escritas en los libros.
Ayer, cuando yo era niña,
había casas con espacios grandes destinados para casi todo. Viviendas encaladas
sus paredes de piedra tierra y cal. Con divisiones de piedra, traída en muchas
ocasiones del campo en un proceso incesante
de aprendizaje para hacer
parcillas de piedra y dividirlas para gallineros, basureros, sostenimiento de
palos para las gavilleras, la cuadra del cerdo y, en las más humildes se
dividían esas estancias con una pared de piedra baja y una tela metálica para evitar que el averío molestara. En ese
espacio se hacían arriates junto a una pared y se plantaban plantas y alguna
higuera, un olivo y la parra con las uvas de gallo: uva de mesa aclimatada muy
apreciada por ser diferente a las uvas de las cepas vinateras.
Ha llovido y el estruendo
del trueno me ha devuelto aquellos saberes que casi he olvidado. Un círculo
profundo en la tierra, en mitad de la tormenta y una cruz de sarmientos pelados
y atados, clavada en el centro para que nos protegiera de los rayos, haciendo
el signo de la cruz las mujeres y los hombres mirando sin atreverse hacerlo,
pero creyendo en ese ritual porque eran los que pelaban con sus navajas los
sarmientos. Piedras que colonizaron con el firme propósito de echar raíces entre las plantas autóctonas que ellos
conocían. Piedras que al contemplarlas propagan un legado postergado que hoy he
querido difundir porque son parte nuestra.
Natividad Cepeda
Es
tan encantador soñar que al no poder hacerlo es posible que algo se nos haya
roto en la música interior del corazón. Soñar es tocar o percibir la magia de
lo que queremos alcanzar aun sospechando que es casi imposible conseguir. Soñar
es ver la Tabla Redonda rodeada de aquellos puros caballeros con un rey Arturo
justo. Soñar es ver cabalgar al héroe de Mío Cid en pos de la justicia sin
importar perder fortuna y ser lanzado al destierro. Soñar es creer en el
milagro de los gobernantes que prometen paz, prosperidad y respeto por la
justicia sin favoritismos ni cargas sobre la espalda de sus pueblos. Pero
cuando se suman años y conocimientos
diversos los sueños carecen de cielos
azulados y anocheceres de mágicos destellos de las altas estrellas.
Estamos
empezando julio de 2020 entre la
frontera del miedo al contagio y la muerte del Cobit19 y la desazón de cómo
sobrevivir por los corredores de todas las profesiones, salvo la política, que carece de precariedad. Reconozco que
jamás tuve peores pesadillas al imaginar subsistir en esta España de mis
pesares y alegrías. Años atrás el muro
de nuestras lamentaciones no estaba tan poblado y teníamos fe en los partidos
políticos del pasado. La mentira e insidia que nos tiene amargados y
perjudicados a casi todos los niveles, solía desvanecerse con el paso de unas
elecciones a otras, regresando así a recuperar la ilusión en nuestra joven y
querida democracia.
Volver
a soñar ahora es casi imposible porque nuestros sueños son de a ras de tierra;
poder vivir sin ir al comedor social o religioso, cobrar el ERE o ERTE, esa
prestación originada por desempleo porque no hay trabajo; y además que se cobre
de verdad. Soñar así es perder los sueños. Es regresar a un tiempo de miedo
inmisericorde a través de los días actuales.
Andamos
por sendas de soledad absoluta atendiendo con todos los sentidos a la
supervivencia a campo abierto y a ciudad amurallada de inseguridad. No lo
decimos en voz alta pero estamos amedrentados porque la situación actual nos ha
cogido desprevenidos y casi sin esperanza de arreglo. De pronto vivimos una
barbarie inhumana, se ha perdido el respeto a todo aquello que rige la
civilización. Sí, la barbarie se instala cuando se pierde la cultura e ideas
sobre creencias que nos han hecho evolucionar en conocimientos diversos, desde
el pensamiento a los avances científicos; al respeto a toda vida, desde el
nacimiento a la senectud. Y calladamente hay un miedo primario e inconsciente.
Percibimos
que algo no funciona. Se perciben en todas las capas sociales. Es una marabunta que acomete las fibras más
sensibles, no solo de aquellos que están predispuestos a alborotar, animados
por exaltados líderes; no, es ese miedo a la intemperie de perder el techo y la
comida. Traducido a la inestabilidad en sanidad, educación, impuestos y
prestaciones sociales que no pueden paliar
el daño moral que se siente.
Natividad Cepeda

En las escuelas y colegios
se les enseño a respetar la Constitución creando para su comprensión un libro
con dibujos y texto que hiciera comprensible lo complejo de las leyes de su país;
y ahora asistimos a ver con incredulidad
a ese no respetar la leyes que en ella se promulgaron, por lo que nos sentimos
vejados y abandonados en medio de un drama espantoso por la magnitud que esta
pandemia nos está dejando.