martes, 18 de agosto de 2020

Aquél universo minúsculo de la infancia mirando el firmamento


Hace muchos años, cuando mi universo era una minúscula porción de emociones y personas en el espacio reducido de un pueblo rural donde las historias particulares  se entrelazaban con el aprendizaje de la geografía, la aritmética y geometría, la Historia de España, Historia Sagrada, gramática y  naturaleza, además de los dictados en la pizarra y algo de poesía  y cuentos sin olvidar las reglas de urbanidad que, era donde nos diferenciamos los unos de los otros por la educación recibida. En aquél tiempo de la infancia donde me sobrecogía la importancia de la verdad, tan importante y a la vez rayando en el heroísmo, si se cumplía, porque los niños y las niñas también mienten  y perjudican al hacerlo. En aquella etapa intensa de novedades sin psicología alguna, donde en principio pensaba que la bondad era lo natural y la maldad un feo y oscuro reducto donde yo no quería vivir, descubrí una noche de verano la Vía Láctea.
Fue en un lejano verano que nos regaló conocer la vida de aquellas caserías donde vivían familias ocupadas en labores agrícolas durante casi todo el año con niños, hombres y mujeres de todas las edades. Se aprovechaba el tiempo durante el día y a la noche, después de cenar se formaba un corro diseminado y a veces roto, el círculo de las personas de todas las edades, donde el dialogo fluía como la corriente de un río. La noche descendía  llenándose todo de negritud  y arriba, aparecían los puntos luminosos de miles y miles de estrellas temblando en las alturas como pequeños brillantes suspendidos del cielo.
Desde la lejanía llegaban sonidos desconocidos para mí y el aire al rozar los allozos nacidos a los lados de caminos y lindes de viñas y rastrojos se convertía en un xilófono inundando el manto de la noche. Los pinos, que crecían eran aún pequeños pero eso no impedía que a través de sus agujas el aire entonara melodías extrañas. Alguna vez se escuchaba batir de alas y un chillido imperceptible que me daba miedo, las mujeres sonreían y dejaban que los hombres me explicaran que eran las aves nocturnas como los búhos y lechuzas los que salían a cazar y al matar a su presa, se oía el último gemido de su vida.
Arriba, muy arriba, estaban aquellas luces que a veces se movían y entonces las mujeres se santiguaban y bajaban las cabezas con un rápido temor en su mirada. Los hombres callaban y fumaban rápido y algunos hacia círculos con sus pies en la tierra. Los astros, mascullaban, son los vecinos misteriosos que están mejor arriba sin moverse.  La vastedad de la noche dejaba sin volumen los contornos de casas y árboles y al alzar la vista la senda blanca de la Vía Láctea dibujada de un encaje brillante nos sumía en nuestra pequeñez al contemplarla.
Vía Láctea, esa leche materna derramada de una diosa griega cuando no quiso seguir amamantando a un niño. Pero las gentes del campo lo ignoraban y sin embargo cuando en la noches de agosto las perseida
se iban y venían en el oscuro manto del cielo, un miedo ancestral los recorría, pasados unos minutos en voz baja, musitaban que cada estrella errante eran almas buscando el paraíso. Los niños al ver deslizarse las estrellas corríamos al lado de los mayores, en silencio y agazapados junto a ellos, sentíamos al ver iluminarse el cielo que el misterio nos rodeaba y hasta los sonidos de la noche cesaban por minutos.
Mira, nos decían señalando el cielo, ese es el Camino de Santiago, el apóstol que custodian las estrellas y vino aquí en ese carro. ¿Adonde? preguntábamos, con el cogote en la nuca hasta que nos dolía tanto el cuello que  parecía que se nos iba a romper. Pues donde va a ser, en el cielo, y nos contaban que Santiago el Mayor viajaba por los cielos montado en su caballo blanco surcando la galaxia y cuando amanece se sube en la estrella  del norte y allí se duerme con su caballo blanco hasta que llega la noche y galopa por su camino de estrellas. Después casi todos soñábamos con ese caballo blanco y el hombre santo cuidando de nosotros.



Ninguno sabía nada del astrónomo Galileo y como mirando con su telescopio descubrió que en la Vía Láctea habitaban cientos y miles y hasta millones de estrellas, pero sabían situarse de norte a sur, y que por el este salía el sol y se ocultaba por el oeste. De aquellas gentes sencillas sentí escuchándolas que la emoción sentida en la infancia es la puerta abierta a la búsqueda del conocimiento y que sin emociones la vida carece de sentido. Aquél verano de mi infancia fue donde aprendí lo que es universal a pesar de habitar en un lugar pequeño.
 
Natividad Cepeda
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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sábado, 25 de julio de 2020

Los abuelos son ríos de esperanza

26 de julio de 2020 día en el santoral católico de San Joaquín y santa Ana, los padres de María Santísima, la madre de Jesús de Nazaret: en las celebraciones arcaicas a Santa Ana se la llamaba la abuelica. El Greco, pintó un cuadro donde la madre de Jesús sostiene al niño y los abuelos lo contemplan extasiados. El pueblo llano y sencillo ha venido celebrando este día con fe  en esos santos abuelos. Las redes comerciales comprendieron que celebrando ese día, el día de los abuelos, comercialmente aumentarían sus ingresos; este año lloramos la pérdida de miles de abuelos y abuelas, por el Covid-19 y la inoperancia de unos y otros.

Murieron solos en esos compartimentos aislados de las Residencias de Mayores. La vejez es la debilidad del ser humano. En la infancia necesitamos de la familia y en la ancianidad también. No se puede pedir amor por dinero, ese trato es tan inhumano que corrompe los cimientos de la bondad y el amor. Y sin amor no hay posibilidad para la existencia.

El coronavirus sigue entre nosotros y  va mutando atacando a jóvenes, no solo a viejos. Si se nos hubiera mostrado la realidad de los que se iban muriendo en hospitales y los masivos enterramientos, es probable que ahora los focos recientes de contagios fueran menores; se nos ocultó y cantamos con citaras actuales y el drama humano de muchos de los nuestros no lo percibimos. Yo, gimo y clamo por todos ellos, y ese río de lágrimas no deja de navegar hasta el mar invisible del alma. Lo dice el libro de la Biblia en el Eclesiastés, hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír…  Nosotros sonreímos a destiempo y no lloramos a nuestros muertos y el dolor sigue enconado.

Mucho tiempo pasará hasta que el equilibrio dañado se restablezca.

Por eso, a los abuelos,


Debimos negarnos a obedecer

y no dejarlos solos, por amor,

y ahora cuando no están en la casa

nos falta el valor para reconocerlo.

 

Se fueron navegando por las sombras

de un río encenagado  de dolor

como conchas abandonadas

o barcos encallados  en un apocalipsis.

 

Todos ellos eran ríos de esperanza,

lagos donde se miraban las colinas

y sucedió que al pagarse su sonrisa

perdimos la infinita luz de sus miradas.

 

A través de los pliegues de los años

los abuelos son el regalo de Dios

sobre el bosque desconocido de la vida

y, ahora,  no podemos congregarnos a su lado.

 

En las hojas de los almanaques

habrá que escribir a pesar de la pena,

dulcemente, que cuando  crucemos

ese río, ellos vendrán  a recibirnos.

Es inútil ocultar la imagen de la muerte

su origen es la vida y el pueblo que lo olvida

carece de barcas para cruzar al otro lado.

Más allá de las lágrimas está la Tierra Prometida.

 

Todo invariablemente es un retorno

gravado en el corazón del universo.

 

 

Natividad Cepeda

 

 

 

 

 

jueves, 9 de julio de 2020

Piedras legado postergado que son parte nuestra

               

Ha llovido esta tarde y la lluvia ha lavado la suciedad de las calles de mi pueblo. Al tronar he sentido que el cielo volvía a ser el de hace años cuando la tierra del verano se mojaba y el aire olía a verdor y paja mojada en las eras. Nada queda ahora de aquél ayer lo recuerdo y me duele demasiado porque he perdido lo que fue el ayer y con seguridad jamás recuperare.

En ese pasado recuerdo que cuando las tormentas caían en mi tierra el agua del cielo limpiaba las piedras de bombos y pedrizas recobrando un brillo inexistente y una luz de pureza antigua y extinguida al estar expuesta al sol y a la intemperie. Por aquí, en mi familia y en otras muchas familias de Tomelloso en las fanegas de tierra cultivada, al  laborar salían piedras que eran agrupadas en montones de perfectos círculos a los que localmente los llamamos “majanos”. Otras piedras formaban hileras de pequeñas murallas a ambos lados de los caminos vecinales recibiendo el nombre peculiar de “pedrizas”. Y la construcción perfecta  era y es, la casa de piedra redonda terminada en falsa cúpula  de piedra caliza  tan ancestral como la vida humana que aquí llamamos, “Bombos”.

Los bombos que se pueden hoy contemplar en otros  términos   municipales fueron tierras adquiridas por nosotros, los tomelloseros, labradas y aprovechadas al máximo; casas de piedra para personas y animales. Casas redondas buscando la protección arcana del sol y de la luna. Casas de piedras sagradas buscando la protección de la olvidada Madre-Diosa de la naturaleza. Casas térmicas sin argamasa ni carrizo, sin tierra ni adobe, si tapial ni ventana por donde se pudiera escapar la energía arcaica del legado emanado de las entrañas de la tierra.

Bombos, chamizos, cucos…piedra utilizada desde el amanecer de la civilización antes que los asentamientos humanos en aldeas y antes que la construcción de muros para castillos e iglesias. Piedras nuestras olvidadas, despreciadas por la cultura actual. Piedras formando círculos, misterio y magia hoy ignorada.

Ha llovido esta tarde de julio y he sentido el olor de la lluvia en la piedra mojada. La tormenta de luz y trueno ha impregnado con su energía la energía del círculo. Llovía y yo recordaba como con piedras se hacía un círculo donde encender un fuego para cocinar en la sartén de hierro de patas en mitad del campo. Sencillamente  necesario y a la vez protector para evitar que el viento dispensara las llamas de la lumbre. Al terminar el fuego se apagaba con tierra y y agua y se dejaba el circulo para volver a guisar de nuevo.

Círculos que las mujeres hacían en las casas para plantar dentro de ellos la manzanilla y la hierbaluisa. Círculos de los pozos de nieve de las caleras, de los aljibes, del pozo escavado para encontrar agua. Círculos de las motillas manchegas perdidas…  Círculos que he visto dibujar con un sarmiento seco en la tierra mientras escuchaba contar historias humanas no escritas en los libros.

Ayer, cuando yo era niña, había casas con espacios grandes destinados para casi todo. Viviendas encaladas sus paredes de piedra tierra y cal. Con divisiones de piedra, traída en muchas ocasiones del campo en un proceso incesante  de aprendizaje  para hacer parcillas de piedra y dividirlas para gallineros, basureros, sostenimiento de palos para las gavilleras, la cuadra del cerdo y, en las más humildes se dividían esas estancias con una pared de piedra baja y una tela metálica  para evitar que el averío molestara. En ese espacio se hacían arriates junto a una pared y se plantaban plantas y alguna higuera, un olivo y la parra con las uvas de gallo: uva de mesa aclimatada muy apreciada por ser diferente a las uvas de las cepas vinateras.    

Ha llovido y el estruendo del trueno me ha devuelto aquellos saberes que casi he olvidado. Un círculo profundo en la tierra, en mitad de la tormenta y una cruz de sarmientos pelados y atados, clavada en el centro para que nos protegiera de los rayos, haciendo el signo de la cruz las mujeres y los hombres mirando sin atreverse hacerlo, pero creyendo en ese ritual porque eran los que pelaban con sus navajas los sarmientos. Piedras que colonizaron con el firme propósito de echar raíces  entre las plantas autóctonas que ellos conocían. Piedras que al contemplarlas propagan un legado postergado que hoy he querido difundir porque son parte nuestra.

 

                                                                                 Natividad Cepeda   

 


viernes, 3 de julio de 2020

Alguna vez soñé con un mundo mejor

                    

Es tan encantador soñar que al no poder hacerlo es posible que algo se nos haya roto en la música interior del corazón. Soñar es tocar o percibir la magia de lo que queremos alcanzar aun sospechando que es casi imposible conseguir. Soñar es ver la Tabla Redonda rodeada de aquellos puros caballeros con un rey Arturo justo. Soñar es ver cabalgar al héroe de Mío Cid en pos de la justicia sin importar perder fortuna y ser lanzado al destierro. Soñar es creer en el milagro de los gobernantes que prometen paz, prosperidad y respeto por la justicia sin favoritismos ni cargas sobre la espalda de sus pueblos. Pero cuando se suman años  y conocimientos diversos  los sueños carecen de cielos azulados y anocheceres de mágicos destellos de las altas estrellas.

Estamos empezando julio de 2020  entre la frontera del miedo al contagio y la muerte del Cobit19 y la desazón de cómo sobrevivir por los corredores de todas las profesiones, salvo la política,  que carece de precariedad. Reconozco que jamás tuve peores pesadillas al imaginar subsistir en esta España de mis pesares y alegrías.  Años atrás el muro de nuestras lamentaciones no estaba tan poblado y teníamos fe en los partidos políticos del pasado. La mentira e insidia que nos tiene amargados y perjudicados a casi todos los niveles, solía desvanecerse con el paso de unas elecciones a otras, regresando así a recuperar la ilusión en nuestra joven y querida democracia.

Volver a soñar ahora es casi imposible porque nuestros sueños son de a ras de tierra; poder vivir sin ir al comedor social o religioso, cobrar el ERE o ERTE, esa prestación originada por desempleo porque no hay trabajo; y además que se cobre de verdad. Soñar así es perder los sueños. Es regresar a un tiempo de miedo inmisericorde a través de los días actuales.

Andamos por sendas de soledad absoluta atendiendo con todos los sentidos a la supervivencia a campo abierto y a ciudad amurallada de inseguridad. No lo decimos en voz alta pero estamos amedrentados porque la situación actual nos ha cogido desprevenidos y casi sin esperanza de arreglo. De pronto vivimos una barbarie inhumana, se ha perdido el respeto a todo aquello que rige la civilización. Sí, la barbarie se instala cuando se pierde la cultura e ideas sobre creencias que nos han hecho evolucionar en conocimientos diversos, desde el pensamiento a los avances científicos; al respeto a toda vida, desde el nacimiento a la senectud. Y calladamente hay un miedo primario e inconsciente.

Percibimos que algo no funciona. Se perciben en todas las capas sociales.  Es una marabunta que acomete las fibras más sensibles, no solo de aquellos que están predispuestos a alborotar, animados por exaltados líderes; no, es ese miedo a la intemperie de perder el techo y la comida. Traducido a la inestabilidad en sanidad, educación, impuestos y prestaciones sociales que no pueden paliar  el daño moral que se siente.


No, nos gustan los espejos donde mirarnos, ni las formas desleales de ser tratados como ciudadanos con obligaciones y escasos derechos. Flota en el ambiente oscuros presagios y no es bueno que esto ocurra. En el bazar de la globalización hay una atmósfera de pliegues  contraídos cada vez  más visible. A pesar de todo ello hay que recuperar los sueños y volver a soñar con un mundo mejor. Creer que es posible y entender, unos y otros, que ir avasallando, desde el punto de vista moral, es malo para todos. Nuestro tiempo humano es demasiado corto para tirarlo por un dédalo de podridas salidas. Poner postigos a los débiles es crear riadas de penurias y no es aconsejable subestimar su insignificancia desde el poder establecido, porque, torres más altas han caído. Hoy arriba y mañana, puedes estar abajo. Recordarlo puede que nos haga falta para la convivencia.

 

 

                                                                                                 Natividad Cepeda

 

 


lunes, 22 de junio de 2020

El tren con su temblor de hierros que perdimos los pueblos


Cuando se han vivido décadas de vida por un milagro inexplicable afloran los recuerdos sin ser llamados. En el atardecer de la vida junto a las nuevas generaciones de hijos y nietos regresan con su traje de nostalgia todos aquellos que nos hicieron fuertes y confiados en lo importante que es vivir marcaron el rumbo de los pasos diarios con  murallones de amor.
Nada ni nadie puede ni podrá suplir el calor que da el amor gratuito de los que nos aman exentos de egoísmo a pesar de los errores que cometieron en el lienzo diverso donde fuimos educados. Formados, junto al quicio de ventanas y puertas que se abrían y cerraban ante mis ojos de niña. Por entonces los trenes todavía llegaban al pueblo y al subir en ellos miraba por las ventanillas el fugaz paso de los campos  que me parecían larguísimos e interminables.
En los vagones los viajeros hablaban unos con otros y los niños, de rodillas en los asientos, mirábamos pasar árboles y casas de campo en aquél traqueteo por donde se divisaba la lejanía  con el gozo de soñar en que el viaje sería mucho más largo que lo que realmente era. En la estación olía a carbón  y el humo al salir por la chimenea era negro y blanquecino elevándose hasta el infinito formando nubes de imágenes imprecisas.
Mis primeras aventuras en ese tren de Tomelloso fueron ir con mamá a visitar la familia de Argamasilla de Alba. En ese tiempo detenidas salen a mi encuentro mi bisabuela Mercedes, vestida de negro con zapatos de cordones  sentada en una mecedora al lado de una enorme chimenea donde ardía la leña en los inviernos. Y el beso  al llegar y saludarla quedando mi mirada prendida en las llamas del fuego. En el buen tiempo  al llegar subíamos por una escalera del enorme patio hasta su dormitorio donde ella tenía un pequeño oratorio y una cama enorme de filigranas de hierro con algunos dorados. Su rostro permanece borroso en mi memoria. La recuerdo de piel blanca y amable hablarme con cariño. Después  un día mamá se vistió de negro y ella y papá se fueron  a su entierro, yo tenía seis años y escuché decir que se había quedado muerta rezando de rodillas en su reclinatorio de terciopelo granate, después de levantarse y hacer su cama. Comentaban que la abuela había tenido un primo canónigo en la catedral de Córdoba y que mis abuelos, él  argamasillero y ella de Tomelloso, habían ido de viaje de novios a saludar al familiar eclesiástico a la bella ciudad andaluza.
El tren en su vaivén me acercaba a ese lugar  por donde pasaba un río llamado Guadiana y a los huertos de la familia donde un otoño descubrí el pelo rojo de las mazorcas. Era tan niña que las distancias de las dos estaciones me parecían enormes por lo que al volver siempre lo hacía dormida y despertaba ya en casa, dejándome papá encima de la cama. Después durante días soñaba con el tren y en volver a viajar, y en la estación con el saludo del jefe de estación, su silbato, y la ventanilla de madera donde se vendían los billetes.
Recuerdo el andén de Tomelloso en su ir y venir de gentes y trenes cargados con cubas enormes y los árboles pintados de cal enfrente de la campana que anunciaba la salida del tren, dorada y reluciente con la que yo soñaba despierta, en tocar, igual que lo hacía el jefe de estación. A veces esperando al tren había viajeros con grandes maletones, casi todos con bigote, traje  oscuro y sombrero, que decían las gentes que eran representantes de comercio.  Y a otros con cestas de dos tapas y cestos de palma que iban hasta el apeadero de las Moyas o de Marañón donde vivían en las caserías y habían venido a comprar comida. El tren y su universo variopinto de la llanura manchega donde la gente se le reconocía su oficio por como vestían  y  hablaban.
Palpitaban los ferroviarios y los que llegaban a recoger los bultos de la estación en aquella niebla alejada del hoy tan llena de imágenes casi olvidadas. Recuerdo que en la estación se contaban  los que se habían tirado al tren, y yo no comprendía lo que era la palabra suicidio. O los que por descuido cruzando las vías se los había llevado el tren por delante. Cuando preguntaba porque de todo aquello, los que hablaban con mamá me mandaban callar diciendo que aquello era cosas que hablaban los mayores y que lo niños no debían enterarse.
El tren y la suerte que tenían las familias de los que trabajaban en Renfe y podían viajar gratis por toda España. El sonido del tren, los bancos de la estación y el pueblo de mi abuelo materno con su iglesia grande y sus leyendas adonde íbamos a bodas donde siempre había baile en el mismo salón de la calle de los árboles. Los vagones aparcados en los raíles con las puertas semiabiertas  donde  algunos chicos jugaban a subirse con el enfado de los ferroviarios al descubrirlos y perseguirlos, sin cogerlos nunca, cuando ellos salían corriendo. El tren silbando triunfante con su temblor de hierros que perdimos para siempre en los pueblos.
Natividad Cepeda

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Natividad Cepeda | Tomelloso | Literatura | 20-06-2020


jueves, 16 de abril de 2020

Un mes convulso y desmesurado estamos viviendo en Tomelloso y en España bajo la pandemia del Covic-19.

Estamos viviendo estos días en España un drama continuado por el Covic-19 y los enfermos y fallecidos en condiciones penosas tanto a nivel psicológico como sanitario. Llevamos confinados un mes y según las expectativas del Gobierno del Presidente Pedro Sánchez, se podría alargar el confinamiento para frenar la mortalidad que es la primera en estadísticas comparada con otros países.

En Tomelloso, estadísticamente somos la población con mayor número de muertos en España comparando la población con los fallecidos. Cifra  que no concuerda con las cifras que se están dando oficiales. La causa de la ocultación es a nivel nacional por lo que se ha creado inseguridad en la opinión pública. Incertidumbre por la escasa confianza del pueblo en el Gobierno y las opiniones en contra de la libertad que todo sistema democrático tiene que salvaguardar, por encima de políticos que después de jurar o prometer la Constitución de España, no la respetan. Creando con sus opiniones y actitudes inconsistencia y mostrando falta de lealtad a la Constitución que nos defiende a todos los ciudadanos.
Se da la circunstancia que los dirigentes actuales  han crecido y educado bajo esta Carta Magna y gracias a ella han llegado al poder, por lo que restringir las libertades va en contra de lo que juraron o prometieron.

En las escuelas y colegios se les enseño a respetar la Constitución creando para su comprensión un libro con dibujos y texto que hiciera comprensible lo complejo de las leyes de su país; y ahora asistimos  a ver con incredulidad a ese no respetar la leyes que en ella se promulgaron, por lo que nos sentimos vejados y abandonados en medio de un drama espantoso por la magnitud que esta pandemia nos está dejando.

Asistimos aterrorizados y callados a ver como la muerte de miles de ancianos es despreciada y hasta se mofan de esas pérdidas aludiendo a que son personas incapacitadas los residentes en las Residencias de Mayores. Jamás hubiéramos imaginado  la inmoralidad y deshumanización en quienes tienen la obligación de velar por el bien común del país. Olvidan que la muerte no tiene edad. Lástima de aquellos que  tienen pies de barro y se creen por encima del bien y del mal haciendo planes y olvidando la Historia de acontecimientos anteriores.

En numerosos círculos sociales se habla en voz baja, de la censura que se va infiltrando en medios públicos; voces  que va creciendo como un tsunami y que amenaza con engullirnos. Ahora lloramos, a pesar de aplaudir cada tarde a nuestros médicos, enfermeros, farmacéuticos, transportistas, comerciantes y las muchas personas que trabajan en medio de esta pandemia que siega vidas a diario. Pedimos, los creyentes a Dios, que nos auxilie en esta aflicción desmesurada, y a todos en general, un corazón pleno de amor tan fundamental para equilibrar la balanza del bien común de nuestra sociedad.

El curso de la vida  está establecido civilmente por nuestras leyes y el centro, nuestro centro, es nuestra Carta Magna; la misma que en el año 1983 se publicó y compramos con toda  ilusión y fe, a nuestros hijos; los mismo que ahora nos gobiernan. En ese libro se lee…


“Se prohíbe la censura, y gracias a ello, tenemos derecho a:
--Decir libremente lo que pensamos.
-- Enseñar según nuestras ideas políticas o morales.
--Mandar o recibir  información por cualquier
   medio de difusión como televisión, radio,
   prensa etc…
--El único límite de estos derechos deberá ser el
  Respeto a los demás.
La ley tendrá que garantizar el uso de estos derechos por parte de todos los ciudadanos, y así evitar cualquier abuso de poder. “

Recogido en “La Constitución para niños” 1 de diciembre de 1983. Recordemos que olvidar las leyes es actuar fuera de la normativa legal y de la dignidad  hacia la vida de los demás, frente a la sinrazón y ausencia de toda  ética.
 

                                                                                            Natividad Cepeda