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miércoles, 26 de noviembre de 2025

Surcos de Esperanza

 



Hoy vuelve a lucir el sol,
el aire viene helado,
porque allá, en las montañas del norte,
la nieve ha dejado su manto callado.

Mientras el sol calienta,
el hombre prepara la tierra,
abre surcos en la llanura manchega,
solitario, entre viento y besana.

Sabe que poco valdrá su trigo mañana,
pero siembra,
y en silencio suplica:
ven, lluvia, cuando acabe de sembrar,
humedece el grano,
haz que dé pan mañana.

Ya no son sus manos como antaño,
ahora guía la sembradora mecánica,
desde el tractor traza líneas,
igual que hicieron sus padres,
igual que soñaron sus antepasados.



Pasan las horas, el otoño sereno lo acompaña,
y él, muy solo, sigue sembrando esperanza
en cada grano, en cada surco,
para el pan de mañana.

 

Natividad Cepeda

lunes, 22 de junio de 2020

El tren con su temblor de hierros que perdimos los pueblos


Cuando se han vivido décadas de vida por un milagro inexplicable afloran los recuerdos sin ser llamados. En el atardecer de la vida junto a las nuevas generaciones de hijos y nietos regresan con su traje de nostalgia todos aquellos que nos hicieron fuertes y confiados en lo importante que es vivir marcaron el rumbo de los pasos diarios con  murallones de amor.
Nada ni nadie puede ni podrá suplir el calor que da el amor gratuito de los que nos aman exentos de egoísmo a pesar de los errores que cometieron en el lienzo diverso donde fuimos educados. Formados, junto al quicio de ventanas y puertas que se abrían y cerraban ante mis ojos de niña. Por entonces los trenes todavía llegaban al pueblo y al subir en ellos miraba por las ventanillas el fugaz paso de los campos  que me parecían larguísimos e interminables.
En los vagones los viajeros hablaban unos con otros y los niños, de rodillas en los asientos, mirábamos pasar árboles y casas de campo en aquél traqueteo por donde se divisaba la lejanía  con el gozo de soñar en que el viaje sería mucho más largo que lo que realmente era. En la estación olía a carbón  y el humo al salir por la chimenea era negro y blanquecino elevándose hasta el infinito formando nubes de imágenes imprecisas.
Mis primeras aventuras en ese tren de Tomelloso fueron ir con mamá a visitar la familia de Argamasilla de Alba. En ese tiempo detenidas salen a mi encuentro mi bisabuela Mercedes, vestida de negro con zapatos de cordones  sentada en una mecedora al lado de una enorme chimenea donde ardía la leña en los inviernos. Y el beso  al llegar y saludarla quedando mi mirada prendida en las llamas del fuego. En el buen tiempo  al llegar subíamos por una escalera del enorme patio hasta su dormitorio donde ella tenía un pequeño oratorio y una cama enorme de filigranas de hierro con algunos dorados. Su rostro permanece borroso en mi memoria. La recuerdo de piel blanca y amable hablarme con cariño. Después  un día mamá se vistió de negro y ella y papá se fueron  a su entierro, yo tenía seis años y escuché decir que se había quedado muerta rezando de rodillas en su reclinatorio de terciopelo granate, después de levantarse y hacer su cama. Comentaban que la abuela había tenido un primo canónigo en la catedral de Córdoba y que mis abuelos, él  argamasillero y ella de Tomelloso, habían ido de viaje de novios a saludar al familiar eclesiástico a la bella ciudad andaluza.
El tren en su vaivén me acercaba a ese lugar  por donde pasaba un río llamado Guadiana y a los huertos de la familia donde un otoño descubrí el pelo rojo de las mazorcas. Era tan niña que las distancias de las dos estaciones me parecían enormes por lo que al volver siempre lo hacía dormida y despertaba ya en casa, dejándome papá encima de la cama. Después durante días soñaba con el tren y en volver a viajar, y en la estación con el saludo del jefe de estación, su silbato, y la ventanilla de madera donde se vendían los billetes.
Recuerdo el andén de Tomelloso en su ir y venir de gentes y trenes cargados con cubas enormes y los árboles pintados de cal enfrente de la campana que anunciaba la salida del tren, dorada y reluciente con la que yo soñaba despierta, en tocar, igual que lo hacía el jefe de estación. A veces esperando al tren había viajeros con grandes maletones, casi todos con bigote, traje  oscuro y sombrero, que decían las gentes que eran representantes de comercio.  Y a otros con cestas de dos tapas y cestos de palma que iban hasta el apeadero de las Moyas o de Marañón donde vivían en las caserías y habían venido a comprar comida. El tren y su universo variopinto de la llanura manchega donde la gente se le reconocía su oficio por como vestían  y  hablaban.
Palpitaban los ferroviarios y los que llegaban a recoger los bultos de la estación en aquella niebla alejada del hoy tan llena de imágenes casi olvidadas. Recuerdo que en la estación se contaban  los que se habían tirado al tren, y yo no comprendía lo que era la palabra suicidio. O los que por descuido cruzando las vías se los había llevado el tren por delante. Cuando preguntaba porque de todo aquello, los que hablaban con mamá me mandaban callar diciendo que aquello era cosas que hablaban los mayores y que lo niños no debían enterarse.
El tren y la suerte que tenían las familias de los que trabajaban en Renfe y podían viajar gratis por toda España. El sonido del tren, los bancos de la estación y el pueblo de mi abuelo materno con su iglesia grande y sus leyendas adonde íbamos a bodas donde siempre había baile en el mismo salón de la calle de los árboles. Los vagones aparcados en los raíles con las puertas semiabiertas  donde  algunos chicos jugaban a subirse con el enfado de los ferroviarios al descubrirlos y perseguirlos, sin cogerlos nunca, cuando ellos salían corriendo. El tren silbando triunfante con su temblor de hierros que perdimos para siempre en los pueblos.
Natividad Cepeda

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Natividad Cepeda | Tomelloso | Literatura | 20-06-2020


domingo, 12 de enero de 2020

Adonde quiera que nos lleve la estrella nacerá Dios.




Cuadernos Manchegos| Tomelloso | Sociedad | 23-12-2019
Natividad Cepeda 




Señor dame tu luz,
para guardar en mi tu Navidad
y compartirla con los demás.

Solo en la infancia se cree en los milagros; en las infancias de los niños y niñas que no carecen de lo necesario para la vida. Sólo en la infancia se miran las estrellas soñando con ver aquella otra estrella, que dicen las santas escrituras, que guió a los Magos de Oriente, al menos creen los niños que se les narra la historia de un niño divino nacido una noche de invierno al amparo de un pesebre junto a una mula y un buey.  Ante esa manifestación los niños han guardado en su memoria el rastro de un cometa que recorrió los cielos sin riesgo de perderse en su manifestación, de ser única en el tiempo, y por esa historia, ahora hay estrellas doradas y de falsa plata, de luces y colores alumbrando las ciudades de nuestro mundo.
Dicen los increyentes que aquello no fue así, y a pesar de las muchas razones escritas a lo largo de los cientos de años, más de dos mil, nadie puede demostrar que sea incierto, ni tampoco los que sí creemos en esa estrella y su mensaje, podemos demostrarlo, salvo con nuestra fe.  Todos consideramos que llevamos razón y suponemos, en nuestro interior, que aun dudoso, no por eso vamos a dejar de celebrar aquella efeméride narrada durante tanto tiempo.

La estrella ha tomado tanta importancia que brilla en calles y plazas de nuestras ciudades. Ciudades antirreligiosas orgullosas de su laicismo en su búsqueda de una convivencia social carente de referencias religiosas, en el caso de la estrella, cristianas. Inicial pantomima al imitar profusamente en lo que no se cree.  Pero quedan tan bonitas las estrellas de luces Led, que, a pesar del abuso del gasto, tan en contra, además, del ahorro de energía, ayuntamientos de aldeas y grandes urbes alquilan y pagan alegremente ese fasto inútil de la mascarada de la Navidad.

Esas estrellas inútiles sólo sirven para ser contempladas sin otro milagro que la carente economía que cuestan y que los ciudadanos pagamos englobados en altos impuestos. Sin embargo, todos buscamos ser felices debajo de esas luces y viajamos a verlas brillar para huir de las sombras de la guardarropía que se aloja entre arcos y árboles, bolas y falsa nieve de símbolos brillantes, sin ver en el cielo brillar las estrellas auténticas. Con todo la Navidad se hace presente entre nosotros y deseamos felicidad, ahora por ese medio de WhatsApp, tan recurrente y que nos va quitando el encuentro del dialogo, a no ser, que tengamos cena o comida preparada para juntarnos. Nuestra sociedad se desgaja entre abetos de plástico y árboles envueltos en bombillas relucientes mientras la pobreza avanza inexorablemente, a pesar de tanta charlatanería de todos los demagogos de nuestra sociedad.

Llueve en diciembre y ese bautismo de agua purifica las calles y nutre campos y lechos de ríos secos de mi amada tierra manchega. En otros lugares anega calles y desborda ríos probablemente por una ineficaz ingeniería urbana. Llueve y el cielo encapotado oculta las estrellas en la noche de invierno, a pesar de eso la estrella sigue alumbrando el camino, insistiendo, que Dios nace a pesar de nosotros mismos. Brilla su luz de amor en la Historia a raudales para quitar sombras. Alumbramos de falsas estrellas nuestras calles y casas porque no tenemos fe en nuestro destino y descuidamos amarnos.

Yo, sigo creyendo en esa estrella que significa paz.  Creo en la Historia que me narra que nació un niño en Belén, Tierra Santa, y lo busco para alcanzar lo que el canto de los ángeles deseó la noche de Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Publicado en el diario digital "Cuadernos Manchegos"

Natividad Cepeda