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lunes, 8 de junio de 2026

Mantener viva la luz del Venerable Ismael de Tomelloso: una llamada universal a la fe cristiana

 

 “Soy de Dios y para Dios. “

“Quiero vivir absorbido en Dios,

perdido en la inmensidad de Él y a Él totalmente entregado.”

Palabras del Venerable Ismael de Tomelloso

 

Hay vidas que no necesitan estruendo para dejar huella. Hay testimonios que no se imponen por la fuerza de la historia, sino por la profundidad de la fe con la que fueron vividos. Así siento yo la figura del Venerable Ismael de Tomelloso: como una luz silenciosa que sigue hablando al corazón de quien aún cree que Dios actúa en lo pequeño, en lo oculto y en lo aparentemente insignificante. Su vida, lejos de pertenecer solo a un lugar o a una circunstancia histórica concreta, me parece una llamada universal a vivir el Evangelio con verdad, con humildad y con amor.

Muchas veces he pensado en aquella palabra del Evangelio: «Nadie es profeta en su tierra». La he sentido especialmente al contemplar la figura de Ismael, cuya memoria, a pesar del reconocimiento de la Iglesia, no siempre ha sido acogida con la hondura que merece en la tierra que lo vio nacer. Y, sin embargo, precisamente ahí descubro una lección profundamente cristiana: Dios no necesita del brillo humano para santificar una vida; le basta un alma fiel, un corazón entregado, una existencia ofrecida en silencio

Cuando comenzamos los trámites para abrir su Causa en 2006, llegaron personas interesadas, invitadas por Blas Camacho Zancada. Muchas de ellas, con el tiempo, se fueron apartando con excusas y pretextos. Aquello me hizo comprender que trabajar por una causa espiritual rara vez concede prestigio social. Casi siempre se hace desde el anonimato, desde la perseverancia, desde una fidelidad que no busca aplausos. Y también me hizo ver que mantener viva la memoria de una vida santa exige más que palabras: exige compromiso, oración y amor verdadero por la verdad que esa vida encarna

Yo no contemplo a Ismael solo como una figura admirable del pasado. Lo contemplo como un hermano en la fe, como un joven cristiano que supo permanecer fiel a Dios cuando todo a su alrededor invitaba al miedo, al odio y a la desesperanza. En él veo reflejada esa santidad cotidiana de la que habla la Iglesia: la del que ama a Dios en lo sencillo, la del que se entrega en la vida diaria, la del que hace de su propia existencia una ofrenda silenciosa. Su testimonio me recuerda que la santidad no está reservada a unos pocos elegidos por su relevancia ante el mundo, sino a quienes, en medio de su fragilidad, responden con amor a la gracia de Dios.

Ismael era un joven normal, profundamente vinculado a la vida parroquial, amante de la Eucaristía, de la oración y del servicio a los demás. Esa normalidad me conmueve, porque en ella descubro una verdad esencial para la vida cristiana: Dios se manifiesta también en la sencillez de quienes le son fieles sin hacer ruido. Su adolescencia y su juventud estuvieron marcadas por una vivencia concreta de la fe, por un compromiso apostólico real y por una sensibilidad hacia los necesitados. Todo ello convierte su vida en una catequesis viva sobre lo que significa seguir a Cristo en medio del mundo.

La violencia de la guerra puso a prueba esa fe. En el frente de Teruel, en medio del odio y de la crueldad, Ismael eligió la paz. Esa decisión, que puede parecer incomprensible desde la lógica del mundo, es para mí una de las expresiones más altas del Evangelio vivido con radicalidad. No fue un héroe de armas, sino de espíritu. No eligió imponerse, sino orar. No respondió al mal con más mal, sino con silencio, fe y fidelidad. En su actitud veo el rostro de tantos cristianos que, a lo largo de la historia, han creído que el amor de Dios es más fuerte que la violencia de los hombres.

Cuando pienso en su cautiverio, en su enfermedad, en la soledad del campo de concentración y del hospital, me sobrecoge imaginar cómo pudo mantenerse viva en él la esperanza. Y, sin embargo, precisamente ahí está para mí el núcleo de su grandeza espiritual: en haber seguido creyendo cuando todo parecía derrumbarse. Rezaba con un rosario improvisado de cuerda de esparto; soportaba el desprecio sin dejar que el odio entrara en su corazón; pedía tan solo que alguien escribiera a su madre para tranquilizarla. En medio del sufrimiento, no dejó de amar. Y eso, para un cristiano, es una forma altísima de testimonio.

También me conmueve profundamente el gesto de Aurora Álvarez, la joven enfermera que supo ver en él algo distinto. Ella escribió las cartas que él ya no podía redactar y evitó que su cuerpo terminara en una fosa común, logrando que recibiera sepultura digna en el cementerio de Torrero, en Zaragoza. En ese gesto descubro otra verdad del Evangelio: Dios suscita manos compasivas incluso en medio del dolor más oscuro. La caridad de Aurora no fue solo un acto humano de bondad; fue también, a mi entender, una respuesta providente a la dignidad irrepetible de una vida entregada a Dios.

No puedo olvidar que fueron Zaragoza y sus jóvenes quienes primero conservaron viva su memoria. Más tarde, esa luz regresó a Tomelloso, aunque tantas veces envuelta en el velo del anonimato. Años después, la inquietud despertó de nuevo a través de Blas Camacho, que sintió junto a la tumba de Ismael una llamada interior que compartió con otros. Yo creo firmemente que Dios obra así muchas veces: sembrando en el corazón humano una certeza, una moción, una invitación callada a custodiar aquello que el mundo deja a un lado. De esa experiencia nació un movimiento pequeño y frágil, sostenido no por el interés humano, sino por la fe.

A lo largo del tiempo, muchos se marcharon y otros nos quedamos. Esa realidad, lejos de desanimarme, me ha enseñado que las obras de Dios no siempre caminan acompañadas del éxito visible. A veces avanzan lentamente, sostenidas por unos pocos que oran, esperan y perseveran. Por eso sigo creyendo que mantener viva la Causa de Ismael no es solo una tarea histórica o devocional: es una forma concreta de servir a la Iglesia y de recordar al mundo que la santidad existe, que la fe puede vivirse hasta el extremo y que el amor a Cristo sigue siendo capaz de transformar una vida entera.

Para mí, Ismael no habla solo a Tomelloso, ni solo a quienes conocen su historia, ni solo a quienes participan en su Causa. Habla a todo cristiano. Habla al joven que busca sentido. Habla al creyente que se siente solo. Habla a quien sufre y se pregunta dónde está Dios. Habla a quien quiere ser fiel sin aplausos y amar sin condiciones. En su silencio, yo escucho una invitación clara: no devolver odio por odio, no renunciar a la oración, no perder la paz del alma, no dejar de confiar en el Señor, aunque la noche sea larga.

Su vida me recuerda que la verdadera grandeza no está en el poder ni en la violencia, sino en la humildad, en la entrega y en la capacidad de amar incluso en las circunstancias más oscuras. En una sociedad que con frecuencia olvida sus raíces espirituales, volver la mirada hacia Ismael es volver a preguntarnos por la autenticidad de nuestra fe. ¿Somos capaces de reconocer a Dios en lo pequeño? ¿Sabemos ver la santidad cuando no se reviste de grandeza humana? ¿Aceptamos que el Evangelio, vivido de verdad, nos llama siempre al amor, incluso cuando ese amor cuesta?

Yo creo que mantener viva la luz de Ismael es, en el fondo, mantener viva la luz del Evangelio en medio del mundo. Es recordar que la fe no es una idea abstracta, sino una forma de vivir y de morir. Es afirmar que el amor de Dios puede sostener a una persona en el dolor, en la humillación y en la soledad. Es aceptar que la santidad se construye, muchas veces, lejos de los focos, en el silencio de un corazón que no se aparta de Cristo. Por eso su memoria no debería mendigar amor ni atención: debería interpelarnos y despertarnos

Espero y deseo que no dejemos caer en el olvido su ejemplo. Espero que Tomelloso comprenda la grandeza espiritual de este hijo suyo. Y espero, sobre todo, que los creyentes aprendamos a mirar su vida en cada pueblo y parroquia de nuestra diócesis de Ciudad Real; de las diócesis de Zaragoza, de Madrid, de Teruel, de España y del cualquier lugar del mundo cristiano no solo como una historia del pasado, sino como una palabra viva para nuestro presente. Mientras tanto, seguiré rezando por su Causa y por ese milagro que llegará cuando Dios quiera. Porque la fe auténtica exige perseverancia, y porque estoy convencida de que la luz que nace de Dios nunca se apaga del todo

 

Natividad Cepeda

Secretaria General de la Asociación para la Beatificación y Canonización del Venerable Ismael de Tomelloso

martes, 10 de septiembre de 2019

Un pórtico de adiós para Matías Rubio Noblejas en septiembre


             Septiembre ha llegado en hora buena con su aroma de uvas vendimiadas y el regreso de los muchachos a las aulas. El sol es joya con matices de membrillos en los días perdidos de bienaventuranzas descalzas de malicia por las tardes de Tomelloso cuando te dice adiós al despedirte.
Septiembre, éste septiembre nuestro, se sienta con dulzura en las plazas a la vera de las iglesias que siguen dando cobijo al Santísimo en la penumbra tenue del Sagrario. Sagrarios de mi fe y de tantos otros que esperan que las manos del sacerdote bendigan el pan y el vino de nuestras cosechas para que el misterio de Cristo resucitado  sea presente vivo entre  sus manos de oficiante sagrado.
Han pasado los años entre la repentina luz azul de las mañanas y el sonido de campanas que llaman a la oración de la misa diaria en la que tú, Matías Rubio Noblejas, oficiaste durante dieciséis años en esta pobre y limpia iglesia de Tomelloso, carente de cúpulas de altura y sillares de afamados canteros,  pero con un caparazón de fe entre sus muros viejos que tú remendaste y lavaste la cara, dejándola hermosa cuando ahora se la mira desde esa Pasada vieja de los Portales, que es junto a ella nuestro referente del pasado. Los recuerdos afloran similares a olas de playas barriendo las arenas vividos entre los afanes de los días, de esos más de tres lustros, que hemos compartido contigo. Ahora, cuando te marchas a seguir en otro pueblo y parroquia, a seguir bendiciendo las cosechas de Dios entre tus manos. curtidos por los años, regresan en tropel a mi memoria todos ellos, y en esos contornos están los que se fueron a descansar en la paz de los justos y que tú, sacerdote católico, despediste en el templo.  
No es fácil para mi repasar las vivencias que prevalecen a veces adormidas unas, y otras, muy presentes, porque han marcado mi presente y también el de otros que junto a ti, emprendimos con fe y perseverancia recobrar la santidad de un joven pacifista que por encima de odios y venganzas de fratricidas  guerras convulsas, oró con su rosario de cuerda entre sus manos, por la paz y el amor entre todos los seres humanos de este mundo: Ismael de Tomelloso, fue el misterio de Dios en su llamada a los que se nos fueron y, a los que hoy quedamos  por el camino emprendido.en su canonización. Hasta hoy tú has sido el consiliario de esa empresa de amor y fe que nos legaron los que lo conocieron y el empuje de Blas Camacho Zancada, que revolvió el pasado para traer de una vez por todas a Ismael de nuevo entre nosotros. A veces estimado Matías, ignoramos el porqué de lo que nos sucede y nos cambia la vida y nos la marca. Yo creo que eso es misterio de Dios y también su llamada.

Septiembre te lleva a otro pueblo vinatero y agrícola, a ese Bolaños de realengo  antiguo, que permanece gracias a su esfuerzo, vivo y seguro igual que Tomelloso, sin escudos de nobleza en sus paredes, pero fuerte defendiendo el terruño donde morar los hijos. Siento, sentimos que te marches en este porche por donde nos cobijamos a la sombra de la fe de nuestros mayores; son ellos, los ancianos y enfermos a los que tú has visitado desde que llegaste, los que se siente descobijados con tu marcha: así lo he escuchado de sus labios. Huele el amanecer a sinfonía temprana de otoñada y también al rito de esa ceremonia de adiós y bienvenida que la sencilla mancheguía de estas gentes te dará en los dos pueblos.

Crecemos, sin darnos cuenta,  entre la dimensión del pasado y el presente con nuestra identidad entre luces y sombras buscando la infinitud del Creador entre tanto ruido ensordecedor, que nos aturde, y en la lectura de la Santa Escritura y el Evangelio, quedan tus homilías en el templo repleto de la misa dominical y en las misas diarias, de la mañana y de la tarde.  No ignoro que en las alforjas de la actualidad no es importante la noticia del traslado de un sacerdote de una parroquia a otra, de puntos geográficos distintos. Porque esa trilla diaria de orar por los vivos y los muertos no es noticia en el cuajado frontón de las ciudades.

Pero, no quiero olvidar que nos has servido a esta comunidad de fieles sin otro premio que mostrar a Dios desde la soledad del altar mayor de nuestra iglesia. Gracias por compartir mesa y fe desde el cáliz y la patena  alzada de tus manos, Matías Rubio Noblejas, por dejarnos ese Centro Parroquial que te ha desvelado y, por irte un poco desgastado de este pueblo que es tuyo como mío. Sabes que tienes nuestras puertas abiertas de ese racimo amplio que te despide  en este tiempo de vendimia. Dios te aliente y te bendiga, hermano sacerdote de Cristo, allá donde tú mores.







                                                                                     Natividad Cepeda

















domingo, 18 de diciembre de 2016

Cuando Jesús de Nazaret nació en mi corazón


Al principio de mi infancia recuerdo  un belén grande en la iglesia de mi pueblo. Era inmenso con rebaños de ovejas y pastores, mujeres hilando y barriendo, amasando el pan en la artesa, lavando  ropa en el río y andando con sus familias por los caminos de los pueblecitos dispersado del belén camino del establo donde nacía el niño Jesús.
Para ver aquél fascinante mundo de barro, madera, tomillo, agua y harina simulando nieve con estrellas de platina en el cielo azul, me empinaba en la punta de mis pequeños pies, y solo alcanzaba a ver el enorme y temeroso castillo del malvado rey Herodes en su cima poderosa. Los soldados romanos y hebreos aparecían en legiones, apartados de la gente que buscaba la gruta de Belén.
Intentaba abarcar con mi mirada todo el espacio fantástico donde los ángeles bajaban a la tierra y se aparecían a los pastores  en medio de su luz y sus alas blancas y resplandecientes por encima de la lumbre que calentaba un caldero con la comida que guisaban los pastores.  Y a duras penas lograba ver el molino y los sacos de harina en hilera que el molinero cargaba en su espalda, junto a la mujer, que me decían, que guisaba gachas dulces para el niño Jesús en una sartén de patas puesta en la lumbre. Me esforzaba por ver a las lavanderas, lavando en el río y los pañales tendidos en los romeros que se cantaban en los villancicos.
Todos tenían un trabajo que hacer en el belén; a las gallinas, gallos, palomas, conejos y cerdos les echaba de comer hombres, mujeres y niños sin descuidar corrales y pilas de agua donde también bebían burros y mulas porque en el belén también había hombres arando la tierra y sembrándola. Y al fijarme en la posada me entristecía ver al posadero asomado por una ventana alta, con candil y gorro de dormir, negando cobijo a la Virgen María subida  en el borriquillo sentada de medio lado, envuelta en su manto azul,  y a San José, con su mirada hacia arriba sujetando los ramales del burro en una mano y la otra, puesta en el llamador, de la puerta de la posada.
Miraba sin reparar en el tiempo todo lo que sucedía en ese espacio, detenida en la mirada risueña de un niño rubio, desnudito, con un pañal, encima de las pajas de un pesebre junto a una mula,  un buey,  su madre y  su padre que recibían a mucha  gente, mirándolo de rodillas y de pie, con un ángel encima del portal  con un lienzo blanco donde se leía: Gloria In Excelsis Deo. Deletreaba despacio y mal las letras, intentando descifrar su mensaje. No lo conseguía y  me apoyaba en el borde de aquella plataforma cubierta de serrín,  porque creía escuchar lo que mis padres y abuelas me decían cuando  yo preguntaba por su significado.  Mi pregunta infantil era insaciable: ¿qué dice ahí? Y con paciencia me repetían: Gloria en el cielo, y en la tierra paz a los hombre de buena voluntad. Ah, sí, balbuceaba intrigada,  y volvía a preguntar si los ángeles habían bajado para escribir aquella frase y dejarlo sobre el portal…
Los días transcurrían serenos en medio del frío del invierno rodeado de oraciones y cánticos sencillos. Al atardecer tía Julia y tía Benigna abrían sus breviarios y en silencio leían. Cuando preguntaba a mamá por esos libros de las abuelas -tías, ella me explicaba que eran unos libros  con todas las oraciones del año.
Los inviernos continuaron trayendo  otras navidades. Un año en la iglesia se levantó el piso de madera, que no hacia ruido al pisar sobre su pavimento. Los albañiles fueron poniendo unas baldosas de terrazo blancas y negras, que eran más frías  y por donde sonaban los herretes que el zapatero me ponía en la punta de los zapatos y las botas.
El belén grande lo hicieron más pequeño, y yo lamenté que ahora que había crecido ya no estuviera para verlo sin tener que empinarme sobre las puntas de mis pies.
Me seguía intrigando la lectura de los ángeles y su mensaje  a los pastores y  pregunté quien lo había contado. Entonces me dijeron que lo dejó escrito San Lucas, que fue quien escribió el tercer Evangelio, discípulo de San Pablo. “Lucas, el médico querido” Ni él ni Pablo conocieron a  Jesús. Lucas nació en Antioquia  en el seno de padres paganos. Su cultura fue griega y recibió una esmerada educación  en literatura y medicina. Dirigió su mensaje a gentiles cristianos. Era incansable, y escuchaba con mucha atención todo lo que le contaban los que sí habían conocido a Jesús y fueron testigos de su mensaje.  Él, es quien  cuenta la infancia del niño nacido en Belén, y nos habla de su madre, la Virgen María, porque se piensa, por lo que escribe, que fue ella quien le narró todo lo sucedido al visitarla en la ciudad de Efeso,  Allí, según la tradición, San Juan Evangelista, fue donde se llevó a la madre de Jesucristo, después de su crucifixión, huyendo al ser perseguidos en Jerusalén. Y allí, todavía se visita la “Casa de María” situada en la actual Turquía en Selçuk, a tres kilómetros de Efeso.
Escuchaba con la atención de quien está descubriendo lugares legendarios. Preguntaba cómo era  Lucas, el discípulo de Pablo y me explicaban que lo seguía a todas partes. Viajó con él a Troas, donde decían que se encontraba la ciudad de Troya; a Tiro, Jerusalén, Roma…conocieron naufragios y jamás perdieron la fe.
Los días navideños  traían historias anexas al nacimiento del niño Jesús y así fue como en la misa de Nochebuena escuché el Gloria In Excelsis Deo de los ángeles y los pastores que nos dejó escrito Lucas en su Evangelio que dice así:
Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió en su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre." Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace." Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado." Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.
María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.
Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho.
En la iconografía, San Lucas, es representado con un libro, un novillo alado o pintando  por lo que es llamado el “pintor de la Virgen” Es Patrón de artistas, doctores, encuadernadores, escultores, cerveceros, notarios y un sinfín de profesiones por sus cultura cristiana. Amó al mismo Jesús que llevo en mi corazón. Es el legado recibido de los que me amaron y acompañan por encima de la muerte, cada Navidad.


                                                                                                        Natividad Cepeda


Imágenes: Adoración de los pastores: El Greco. Niño dormido Inmaculada Lara Cepeda “Maku” Poema: Natividad Cepeda
Arte digital: N Cepeda