Mostrando entradas con la etiqueta ojos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ojos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de octubre de 2021

Por entre el otoño del vino y la ternura

 


Sobre las piedras de todas partes se escancia el llanto topacio que acarician las gargantas, mientras en el exterior hay escarpadas despedidas. Nosotros, ya sabes, somos viejos camaradas que mordemos el nido del color de las hojas que desguazan el corazón, pero no la esperanza de escuchar acordeones callejeros, al vacilante  paso del viejo músico, que al igual que tú y yo escribe gavillas de palabras en el ventanuco de las estrellas.

 

Si vienes hasta mí por la tarde, invitaré a los nidos vacíos que se columpian de los árboles, al perro flaco que duerme en los quicios de cualquier puerta, a la última hormiga y al grillo que se quedó en el mástil de una banderola de papel, a brindar por tus vestidos , por tu voz profunda…y, por tus distancias  tras los vidrios, en éste tiempo húmedo que llega derribando los follajes que no ha mucho  sirvieron de cúpula nupcial  de mariposas frágiles, de ocultas voces rotas bebiéndose los besos desteñidos de verde con decorado de uvas agridulces, con un suspiro prieto que se ahogaba en la saliva espesa sin lamento neutral y cómplice.

 

Si quieres, delante del tambor de unas copas de vino, recordaré tu mentón altivo de aquél día, mirando en el poniente, las hileras de vid, esmeralda de luz y el temblor de tus párpados como el fruto que descuelga su carne de uva hacia la tierra tatuando la sombra. Hasta el atardecer tenía sabor a pámpanas.

 

Arraigaban soles crucificados, relámpagos de agujas  enmedio de los surcos, fidelidad que a veces llora en  los inviernos con ribetes de frío en la besana.

 


Si retener el tiempo fuera posible, mojaría otra vez mis labios en el hervir del vino nuevo que, en la oscura panza de la tinaja de la bodega,  sabe todas estas cosas. Pero hay que escalar las piedras de los años,  como el vino recorre su nacer en la tierra y su morir en mi boca, como clama en septiembre el ruido de la prensa que separa la sangre de su piel y se inunda arrastrando consigo mis miedos, y tus ojos, que desnudaron mi congoja apenas nuestras manos se quedaron unidas. Pero todo esto, es algo que el tiempo sacude y solo deja su huella en las copas vacías, en la noche con olor a toneles, en el humo esparcido, en ese látigo caliente que aviva tu recuerdo cuando bebo con otros, en los odres vertidos que recuerdan tu esperma en mi cadera.

Espero cada día con el mantel y las viandas a que surjas de nuevo, hombre de vino y verso. Me seduces y aguardo con los vasos hasta el borde del ensueño. Me llego en esa espera a las plazas viendo jugar  a enamorarse a los más jóvenes, igual que un primer vino que es loco y se derrama, rebautizando como una espada los lagares.

Pasear, esperar al volver de una esquina a encontrarnos, y andar, andar… En ocasiones singulares  tu sabes que sobran las palabras.

 Viejo amigo, añorado amor, platónico y carnal, si mañana partiera sin verte, camarada de brindis, no sería del todo, los dos sabemos que volvería tímida y quebradiza en marzo con los primeros brotes, para julio que abrasa sería lecho de sombras igual que parras, y de esplendor de rosas y uvas en octubre. Seré en las noches de diciembre y enero, el viento golpea las paredes filtrando fantasmas invisibles de nube luna.

Por favor, no aventes los recuerdos en esas horas amigo de fiestas destinadas al exilio de envejecer, encierra entre tus manos un añejo y sosegado vino. Nosotros, tú lo sabes, cuantas horas los tres reconstruimos.

Sobre las piedras de todos los lugares, alguna vez sonó una música y se hizo brindis inocente y convulso.

Sembrador de aventuras, espero alzar las copas  por un encuentro más allá de cualquier dimensión, más sagrado cuando se sella con el néctar de Dios.

 

Natividad Cepeda.

lunes, 9 de mayo de 2016

Retrato Inacabado del pintor Isidro Antequera


Un pintor nacido en La Mancha solanera y enamorado en La Mancha criptanense, Isidro Antequera López de Haro, cuando atesora más de nueve décadas en su memoria y en su andar por estas tierras nuestras, lo adoptarán como un hijo en ese pueblo alto donde los molinos son saludo y seña de permanencia y vida: Hijo adoptivo de Campo de Criptana, reconocimiento válido y lleno de gratitud a quien ha amado a lo largo de su existencia a esta villa molinera. 
Isidro Antequera, pintor de luz y color que camina por encima de este tiempo con su equipaje de pinceles y memoria de personas y acontecimientos narrados desde su voz que, al escucharlo nos devuelve a vivir en el pasado, que es el que nos da legado y presencia en el presente; pintor manchego, donde, desde su obra nos muestra etapas y vivencias atesoradas y plasmadas desde su visión pictórica y la luz casi extinguida, ahora de sus ojos. Se alojó niebla en su mirada y sus manos dejaron de trazar la belleza del color y la forma en los lienzos; le quedó una profunda tristeza alojada en el alma y la nostalgia de acariciar sus pinceles sin poder trazar figuraciones en los lienzos. Hijo de La Solana y ahora preferido y ensalzado en Campo de Criptana, el pueblo que él eligió libre para perpetuar su genética y su andar a través de la vida. Cuando ese acontecimiento solo sea un recuerdo recogido en fotografías y videos, en su corazón de anciano venerable quedará la dulzura de las palabras ensalzadoras, junto a la ovación de las manos anónimas que lo acompañarán cuando en el silencio siga escuchando las voces del recuerdo de ese día. Igual que el homenaje que se le brindó en el Auditorio Municipal de Ossa de Montiel, en la entrega del Premio Internacional de Poesía "Antonio Ruiz L. de Lerma" abril de 2011 donde fue el Invitado de Honor de esas Jornadas Poéticas el ilustre pintor D. Isidro Antequera, y los poemas a él dedicados. Vivencias y recuerdos de acontecimientos labrados en la piel inmaterial de nuestros lugares amados; de nuestro paso rápido por estos lares donde seguimos soñando al amparo de poetas, pintores y gentes de buen vivir y a veces, escaso pasar. Nosotros los que habitamos pueblos y ciudades en el corazón mismo de la llanura manchega. Para Isidro Antequera mi legado de palabras de afecto y admiración con los veros de este poema que él escuchó un día también de primavera.



Ruidera en mayo con Isidro Antequera

Por los cielos del Cerro Lobero
el crepúsculo dibuja la figura
de un viejo pintor,
y deambula
su sombra buscando la luz
a través de los ojos del alma.

Asegura Valentín Arteaga,
-poeta y servidor de Dios-
que Isidro Antequera,
solanero de bien,
es el que inventó la metáfora
pictórica de Campo Criptana
en el Rincón del Conde,
sin olvidar la lejana Toscana.

Yo lo he visto
pasear por la Mancha
con su mirada limpia y su sonrisa
amplia, y he tenido mis manos 

en las suyas, con la misma reverencia,
de quien recoge
agua de la pila bendita.

Porque Isidro Antequera es hombre
de paz y de templanza
Dios le besó
una madrugada la mirada;
fue tanto el amor que recibió,
que desde entonces,
no pudo ver otra cosa

que no fuera el latir
del corazón humano.

Desde ese día, Isidro Antequera,
es un retrato inacabado
de dulzura en la costra astral
de la melancolía.
Y también, es amor
de materia cromática, en las creaciones
que plasmó en sus cuadros.
Porque nadie ignora, amigo mío,
que la vida es similar a la sonrisa
bellísima de un niño,
o a la esperanza, que alberga
tu mirada, a pesar de la oscuridad
de tus ojos, yo bendigo haberte conocido.

Por los cielos de mayo, Antequera,
retrata el alma de Ruidera,
en el paisaje eterno de su alma de artista.



                                                                              Natividad Cepeda


Mancha Información  08/05/2016




viernes, 17 de julio de 2015

Día a día


Lo he visto esta mañana esperando el tranvía, quieto y erguido aguantando el cuerpo envejecido con su pañuelo anudado al cuello y su chaquete impecable muy pasada de moda cruzando un pie encima del otro como si quisiera demostrar que todavía es fácil para él hacerlo. Lo he mirado sin que se diera cuenta con pena y con tristeza.
Casi todos los días llega muy temprano a la parada y espera pacientemente frunciendo los labios en un mohín a veces, y otras pasando su mano derecha sobre el pelo engominado y brillante de color negro, tan oscuro que delata sus arrugas y su flacidez restirada artificialmente.  Se sube y recorre la ciudad mirándose en los cristales o se quedan sus ojos prendidos de un viandante soñando en sueños que alimenta y le hacen alzar su cabeza como si acabara de tocarle un premio de rejuvenecida adolescencia.  
Ya no cumplirá los sesenta años, ojalá que así fuera, pero al mirarse en su espejo cada día sólo ve al joven que ayer fue. Cuando se cansa de ir sentado en el tranvía se baja en la estación por la que ya no pasan trenes y apoyado en sus viejas paredes espera que pase el tren que perdió antes de nacer. Mira las nubes y sueña lo que solo él sabe.  Cuando vuelve el tranvía, sube de nuevo y se baja en el hospital, dentro pregunta en diferentes salas a los hombres quien es el último, pide la vez y con la excusa de que tiene prisa se marcha dando las gracias educadamente por la información. Cerca del mediodía sale y espera al tranvía, sube y se baja en la primera parada de donde se subió. 
A veces coincidimos y lo veo bajarse y alejarse andando como si fuera desfilando por una pasarela de moda… Así,  día tras día con sus anillos de oro relucientes y sus gafas de sol oscuras imitando a los galanes de cine de hace cuarenta años.
Un día cualquiera él o yo nos marcharemos para no regresar al tranvía y a la calle y los espejos lo echarán de menos al perder su reflejo en el cristal. Sí, nos marcharemos por ese lado inescrutable de la eternidad  en la que creo, y entonces espero volver a encontrarnos para seguir subiendo al tranvía de las energías que no se pierden jamás. Probablemente seamos unas nubes que van y vienen, o el motor de un viejo tranvía recogiendo los sueños imposibles de algunos pasajeros.


                                                                                                      Natividad Cepeda

Arte digital: N Cepeda