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domingo, 15 de marzo de 2026

El mundo desde la ventana

 


Amanece la luz entre mis párpados y escucho el rumor de la calle. Y, como si nada me asistiera, entre las voces de la muchedumbre viene el tumulto de noticias que traen los teletipos.

Parece que están cerca los sucesos sangrientos de las masacres cometidas en la arena de las playas del mundo y en las plazas de las ciudades del mundo.

Desde mi ventana veo que se ha empezado a secar mi esparraguera, esa a la que yo llamaba la loca de la casa porque le dio por crecer y crecer, y parecía que se había comido una dosis alta de vitaminas. Y ahora, de pronto, se ha empezado a secar y la miro y no lo comprendo.

Alguien me ha dicho que quizás le han hecho mal de ojo, y yo sonrío pensando que no es posible, y dejo que la esparraguera siga secándose porque, aunque me da tristeza verla, no es nada comparado con las tragedias que escucho a diario.

En el bar que hay en la otra esquina hay dos parejas tomando unas cervezas y dos perros esperan sentados a sus pies, con ojos aburridos. Conviven entre el piso y la calle y el paseo diario que les dan, pero se ve que los animales no tienen alegría.

¿Dónde —me pregunto— quedaron aquellos perros que pasaban ladrando alegres por la calle, sin trajes comprados ni cuerdas amarradas a las manos de sus dueños? No existen.

Ahora, de pronto, en las calles hay muchos perros de todos los tamaños caminando con sus cuatro patas impolutas y defecando en cualquier sitio de la acera, y sus dueños, como haciendo el favor de ser cívicos, sacan una botellita de agua y echan un chorrito en la meada y con eso dan el asunto por resuelto.

No reconozco a mi país ahora. No sé lo que ha sucedido, o yo he olvidado que los almendros florecen a lo lejos y que los árboles son solo árboles plantados en macetas donde no pueden anidar los pájaros porque ahí no se sostienen sus nidos.

No sé lo que sucede. Me cansa escuchar la violencia de cerca y de lejos y parece que a esta sociedad se le ha puesto un cíngulo que la aprieta y la soba, y están todos —bueno, casi todos— rabiosos y enfadados, y critican y hieren a quienes no somos sus iguales.

Ahora, de pronto, he visto a personas vestirse de animales y caminar a cuatro patas y ya no sé si en los pináculos del día hay un genio maligno que todo lo enmaraña, y de esa estupidez nace el odio y la contienda.

Y por eso hay tantos cíngulos quebrando la armonía y parece que, de pronto, el mundo va a estallar y yo aquí, mirando a mi esparraguera, que se ha cansado de crecer y se muere como si formara parte de esa escalada de terror y miseria.

Texto y fotografía Natividad Cepeda©

viernes, 2 de agosto de 2024

Destruyendo la vida


 Me faltan palabras ante un encendió forestal. Me horroriza el fuego. Y siento en el alma los alaridos de las plantas muriendo y el dolor de los seres vivos, animales, insectos... feneciendo  sin poder huir del fuego y de su muerte.

Me duele mi civilización tan bárbara y salvaje, tan enganchada a las maquinas y tan ajenas a la vida. 

Los caminos se hicieron paso a paso por hombres y mujeres en busca de nuevos horizontes. Y llegaron a través de bosques y llanuras sin perder la conciencia de ser uno con todo lo que les rodeaba. 

Hoy se desconoce el nombre de árboles y arbustos, de flores de prados y campiñas de lo que representan unos y otros para la lluvia y la pureza del aire que respiramos. se desconocen a los pequeños animales, no se hachan en falta mariposas y grillos, luciérnagas y abejas, avispas y vencejos, gorriones y   el extenso abanico del amplio y bellos sonido de la naturaleza.

No vemos las estrellas en la galaxias del cielo en la noche estrellada ni lechuzas ni búhos cruzando los espacios.  Hemos perdido la música del aire al rozar las ramas de los árboles y el silencio que habita  en los espacios.

Me pregunto ¿hacía dónde vamos?  Y no obtengo respuesta. Cuando escucho y veo en los televisores los incendios  siento que algo muy nuestro hemos perdido en cada uno de ellos. 

 Lástima de nosotros habitantes de un hermoso planeta al que no amamos ni respetamos. Al destruirlo nos destruimos, Al matarlo morimos con él. Somos caminantes por la tierra que heredamos y sin caminos que transitar nos quedaremos sin planeta. Sin nuestra casa . Sin nuestro habitad.


                                                                                      Natividad Cepeda 

domingo, 22 de octubre de 2017

Llegó el infierno a Galicia y a Portugal en una desgracia que continua

A deslumbrado el fuego todas las emociones negativas que los  seres vivos llevamos en el alma. ¡Cuánto dolor sobre los árboles muertos! ¡Cuánto alarido en esos indefensos animales! Todo fue un haz de lumbre viva hambrienta de destrucción por el sendero que conduce al exterminio de la vida.  Ha bastado prender una cerilla de odio para qué empuje a la inmoral conducta asesina de que la lumbre sea una maldita llama que lamio, huesos de hombres y animales y hasta ha llegado, a roer las  raíces del matorral  que nadie veía e ignoraba. Hemos vuelto a demostrar nuestra pobreza basada en el fracaso de  destruir todo el encanto de ser civilizados. Y  hasta hemos perdido una miejita de la hermandad compartida con el hermano árbol que jamás nos ha hecho daño.

Nosotros, los osados que cambiamos el paisaje a nuestra conveniencia mermando el don de la naturaleza, si queréis, no divino, para los que presumen de saberlo todo y desprecian aquello que ignoran, y se atreven a dar lecciones de necia sabiduría.  Nosotros, los que extendemos sin razón la miseria de guerras y hambrunas desequilibrando la armonía de la tierra: de esta parte habitada que no nos pertenece, y de la que sin ella nada somos.  Vamos desde épocas extintas, destruyendo al pájaro que trina y al buey que nos da carne y piel para andar por esos montes degradados, únicamente para demostrar que podemos cambiar a nuestro antojo la vida por la muerte a cambio de poder y de dinero.
Buscamos en nidos de placeres esa felicidad tan deseada en esta sociedad endémica de fatuos fuegos artificiales y, cuando algo no nos cuadra prendemos fuego  a lo sagrado; a veces con palabra provocadoras y soeces para imponer una ley sin ley, y también, algunos líderes para manipular la voluntad de los esclavos porque los necesitan para alcanzar poder y relevancia.
“todo es turbia señal de lo intocado;
viento, sol: único transito
sobre lo prohibido”               
Así lo asegura Francisco Caro, en estos versos de su libro, “Paisaje (en tercera persona)” Y es cierto lo que escribe el poeta en este libro, que pocos lectores atesora, a pesar de ser Francisco Caro, un poeta admirado y con muchos seguidores, que en su poesía reconocen que expresa bien lo que su emoción hila y da forma poética en los libros.
Se ha quemado Galicia y Portugal con ella borrando el fuego la existencia de inocentes hombres y mujeres, y de pronto el olvido ha empezado a caminar de nuevo entre nosotros porque bastante tiene cada cual con lo suyo. Y tenemos que ser realistas y también procurar ser objetivos, ver como sucedió esa hoguera gigante sin prejuicio, sin olvidar razonar sin antojeras de que esa porción de tierra queda lejos, porque de hacerlo así, olvidamos que todos somos habitantes de trozo de tierra que nos acoge, acuna y nos da lecho para vivir hasta morir y descansar en ella: y esto es universal a pesar de als distancias de leguas y kilómetros.
Lo escribió el poeta con premonición de tiempo distendido en el agujero negro del espacio que sólo él, siente en su emoción más verdadera


“Después que la vigilia
del fuego terminase,
contempla el hombre
la  dehesa y su cuerpo,
las heladas preguntas…”
No hay respuesta para la voz escrita de Francisco Caro que hoy hago, no sólo mía; es la voz de todos los bien nacidos cuando prosigue  clamando.
“Perdido todo
-cuando es más vero el día-
la voz, la casa,
su desván y el amor, los escorpiones
dulces, las dos maneras
de beber y llorar y hacerse árbol”.

Y cuando el fuego se apagó todo quedo negro y silenciado. Incluso en el olvido cuando la televisión dejó de emitiré las imágenes calcinadas de los montes; las tumbas de los que murieron abrasados, los despojos de mamíferos, insectos y aves que sucumbieron y, tantos otros que huyeron y se han quedado sin refugio ni comida. Y la insensatez de conductas erróneas para las que no hay disculpas.
Y  junto al miedo y la impotencia de la ruina ocasionada por el fuego el testimonio de la palabra escrita de ese poeta que grita. Es su grito, el grito de todos los que gimen ante la incertidumbre del hoy.
“desde el umbral
saqueado y sin ruidos del refugio,
contempla el hombre
el lecho, la hendidura, sus dos brazos
siente que sólo
le queda  como herencia la piedad
y que se ahoga”
La verdad es que ya hemos empezado a olvidar el fuego destructor y su visión de infierno que sin temor alguno nos mostraron móviles y pantallas de todas las pulgadas. Buscar la causa y prevenir incendios es prioritario, tan prioritario como educar al pueblo a cuidar de lo que  es un legado de vida y permanencia. Creo que los barbaros se han instalado entre nosotros, o que nosotros somos esos barbaros  crueles, feroces, toscos sin educación ni sensibilidad por lo que emana vida a su alrededor y que no le pertenece… Si al menos se leyera a los poetas comulgaríamos con las palabras de Francisco Caro, y con la de  tantos otros que gritan clamando estar abiertos a la belleza de un entorno hecho para la vida, y jamás para la muerte.  


                                                                           Natividad Cepeda