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miércoles, 23 de marzo de 2022

La Habitación del Santo




Allá en el horizonte, a través de la vejez de lo eterno, tiendo mi mano a los silenciosos corredores del ayer y en la soledad de la memoria, un tanto imprecisa, regreso a las celebraciones familiares del día de San José. Mis dos abuelos llevaron ese nombre. Pero fue uno de ellos, el padre de mi padre, el que tenía oratorio, aunque el verdadero nombre era “La habitación del Santo”. En una hornacina excavada en la pared, de tamaño casi natural, la imagen de San José con el niño Jesús cogido de su mano nos miraba desde el centro de la habitación mejor de la casa. Allí se recibían a las mejores visitas y siempre aquella estancia estaba impecable. El santo nos miraba con bondad y el niño cogido de su mano era bello y dulce.

El abuelo José rezaba delante de él arrodillado en silencio sin premura y el tiempo se detenía en silencio como si la tierra no girara sobre su eje. Por la tarde la casa se llenaba de gente que llegaban a felicitar al abuelo y para todos había dulces y licores, refrescos y acogida sin dejar de sonreír el abuelo al dar la bienvenida a unos y despedir a otros. El abuelo se fue muy pronto, un día de vendimia y nunca más se invitó a nadie el día de San José. La abuela Chon continuo a diario rezando en la Habitación del Santo encendiendo los altos candelabros con sus velas en las primeras horas de la tarde. Después, a diario se iba a misa. El día de San José, a media mañana, íbamos las dos al cementerio a rezar delante del retrato del abuelo. Nos volvíamos pausadamente mientras ella se limpiaba los ojos y recordábamos al abuelo al que sentíamos a nuestro lado.

Unos años después la abuela se marchó y junto a la fotografía del abuelo pusimos la suya en el silencio del cementerio donde también había con ellos una imagen del santo. La vida fue haciendo cambios, mi padre se convirtió en abuelo y el día de San José, sin olvidar la oración familiar muchos años lo celebramos en Valencia asistiendo al rito ancestral del fuego.

El Día del Padre era un día muy importante en mi familia: papá recibía regalos año tras año a pesar de sus protestas y de decirnos que tenía de todo. Cuando mi padre se marchó quedaron, perfumes, corbatas, bufandas y libros recibidos en ese día guardados sin gastar ni estrenar. Mamá lo siguió a los trece meses y desde entonces ese día no fue igual. El Santo sigue en su habitación más solo porque se han marchado muchos de nosotros. En éste día no me siento desamparada espero seguir sus pasaos cuando Dios así lo quiera. Mientras mi vejez avanza yo guardo el legado que ellos me dejaron, su fe y su esperanza en la infinita misericordia de Dios, con los pies en el suelo respetando a los vivos y rezando por todos.

Cuando el amanecer rompe las negruras de la noche de cada diecinueve de marzo salgo a recibir el adiós de la ultima estrella, la del alba; Venus. Y entonces en la brisa escucho sus voces amadas sin palabras, pero conmigo, leves como el tornasol escarlata del cielo que se va difuminando allá lejos... En esa lumbre celeste crezco y me elevo por encima de mi cuerpo. En silencio rezo el Padrenuestro que ellos me enseñaron y legaron, al Patriarca San José, protector de la familia, la mía, y todas la que forman la sociedad habitada en la tierra.

Hay muchos caminos que recorrer, misterios sin desvelar, mundos ignorados y guerras inútiles que atraviesan la paz de los pueblos dejando terror y heridas difíciles de cerrar junto a la ambición desmedida del poder y del dinero. El tiempo se nos escapa como agua en las manos: se nos diluye como los amaneceres y si nos falta fe y esperanza no tenemos nada.

La vida de cada persona es sagrada y por eso nadie debería manipularla ni atacarla. Nos falta amor fraternal y nos sobran huracanes de maldad. Allá en el horizonte mi plegaria vuela, algo torpe quizá, y en esa levedad desnuda de soberbia intento dejarle a los míos un legado de amor por encima del tiempo similar a la Habitación del Santo donde tanto aprendí.



Natividad Cepeda



https://www.miciudadreal.es/2022/03/19/la-habitacion-del-santo/



https://www.cuadernosmanchegos.com/opinion/la-habitacion-del-santo-706.html


https://www.lanzadigital.com/opinion/la-habitacion-del-santo/


jueves, 14 de febrero de 2013

PLEGARIA DE LA AUSENCIA


     
 
                                                                                  "Adéntrate si quieres
                                                                                     hasta lo más profundo de mi casa"
                                                                                                                                  V. Arteaga.                            


Digo amor:
                 y digo flotación de los sentidos
de turbador desgarro
y belleza infinita que me envuelve.
Existo porque  me veo reflejada en tu mirada
y amarte es la revelación de lo sagrado
en el silencio de la noche.
Lo urgente es sentirte, y sentirme,
ser melodía en las laderas de tus labios
y terrón de azúcar en el lagar de tu mosto.
Bajo tu arquitectura soy una cruz del sur
que jamás retrocede y a quien nadie derrota.
Por ti soy un río que busca el horizonte
alrededor de tus montañas,
explosión de luz que ilumina los templos olvidados.

Soy  patrimonio
                             de la alborada incendiando la cresta
de los cielos por donde nacen las horas.
Y caben en nosotros el aliento del alba
y el otero por donde muere el sol.
Emigro desnuda y en silencio
para sentir  tu aroma   deslizarse suave por mis senos.
Eres roce presentido
de encuentro sobre la hoguera de la tarde.
Porque tus labios son mis parras,
mi vino fermentado  por donde se despereza
la belleza del encuentro en vendimia.
Eres mi paisaje
y la tierra labrada que aguarda la simiente
sobre el aliento místico que ora esperando el sol.
Eres el rumor de la tarde que recoge el vuelo de la noche.

Digo ausencia:
                         y escribo esta mañana gris
 mientras veo refugiarse a los gorriones
en los huecos de las tejas.
 Me disperso con ellos y cruzo con mi rumor
de pisadas y mi silencio de tristeza
entre el ropaje de tu imagen.

Digo tiempo:
                     y toda mi realidad se  altera. 
Gira mi corazón con todas sus cicatrices
empapadas de muchedumbre
y me asombra escribir de nosotros a la orilla
de las horas perdidas en el remoto espacio del olvido.

Digo silencio:
                        y mis labios esconden entre ellos
las huellas de tus besos. Guardan su inquietud
y su sed mientras se adormece el frío
en la dulzura tibia de tu pecho.

Digo espera:
                     y al cabo de mucho esperar
se me rompen las horas por el acantilado
de los meses. Y no vuelves.
Debiera guardar en el recuerdo las alas del corazón
plegadas y dejar de ser azul y confiada.
Debiera ser tan sólo espiga que espera al segador
y no amapola mecida por el viento en la soledad de los campos.

Digo noche:
                    y se me escapa furtiva la luna
detrás de un burdel de carretera.
Las ventanas se cierran y nadie ve
a los traficantes de la noche comerciar con la vida.

Digo soledad:
                     y tiemblo porque la noche acoge en su envoltura
la paz y la discordia. Acoge al amor
y también el olvido, la traición y la infamia.
Y hasta mi amor se extravía en el desván  de la incertidumbre.

Digo sueño:
                     y un ángel vela el sueño de los niños.
Y busco los hijos que no hemos tenido
y me asomo a mi vientre de mujer y lo veo vacío,
y aturdida suben por mis pupilas los niños nacidos del amor,
y aquellos otros que no importan a nadie.
Niños caídos en desgracia,
prostituidos en las calles con la mirada oscura.
Niños sin ángeles custodios
que militan en los grupos armados.
Niños sin amor,
despedazados por buitres sin alas.
Niños sin estrella,
sin gritos, sin risa y sin futuro.

Digo invocación:
                            y todo cabe en la matriz 
donde se funde la vida.
Sin proponérmelo me conmueve el gozo y el dolor
de esos puntos cardinales del mundo.
Tan distantes.
Y entonces llegas tú desde los soportales de la melancolía
con tu transparencia de viajero en el lagar oscuro de mi sangre.
Llegas y me habitas de conciencia cósmica el santuario de mi piel.
La noche me embriaga con un aria
y escapo de morir porque vuelvo a soñarte.


Y te llamo para poder albergarme en tus ojos.
Y te espera ésta mujer que una vez habitaste
en esta casa que es un nido vacío

Digo tu nombre:
                           junto al rescoldo que me dejó tu ausencia,
fiel a mí misma, sin dispersión, y como ave fénix
 resurjo de mis cenizas porque todavía sigo creyendo en ti.
Creer, como el almendro espera florecer en febrero.
Creer en las horas gastadas.
Creer, porque no hay demasiada vida
 ni demasiada muerte  para dejar de amar.
Y te siento en mi piel,
bancarrota de imágenes.
También en las adelfas de la ciudad
mojadas por la lluvia
salpicadas de sueños
que vagan por los patios sin recato.
Amor, arrebato de vida, eres mi punto de partida,
mis males sin remedio,
ese territorio que no tiene fronteras...,
pero a pesar de todo, quiero que seas mi elegía cuando te diga adiós.



                                                                                                       Natividad Cepeda




Poema Finalista IV Certamen de Poesía “Noches del Baratillo” Sevilla


Fotogafías.   Ángel Bernao Berruguete